Toma de hábito de clarisa. De Toledo a Soria.

Después de un año y medio como postulante, el pasado 6 de agosto, nuestra hermana Ana María tomaba el hábito de clarisa en el convento de las Hermanas Pobres de Santa Clara de Soria. Su familia y un grupo muy numeroso de amigos la acompañamos en este momento tan importante, participando en la celebración de la Eucaristía que finalizó con la imposición del hábito; una celebración entrañable, gozosa y emocionante que nos hizo sentirnos muy cerca del cielo y compartir esa realidad espiritual entre aquellas, las religiosas de clausura, que viven en la tierra como si no fueran de la tierra, anticipándonos así la vida en el cielo. Con ella, que recibió el nombre de Sor Ana María Clara del Corazón de Jesús, vivimos intensamente el momento en el que hizo entrega a Dios de su vida en esta vocación.

Entrañables también fueron sus primeras palabras como novicia para explicarnos lo que suponía para ella ese momento y esa vida… “que Dios es y eso me basta”. Se trata de seguir “la llamada a reparar el Corazón de Jesús”, “para amarle a Él” y también “para beneficio de la Iglesia a la que tanto quiero y tanto debo; (…) pues el paso que he dado hoy no lo doy yo sola, sino que es el paso que da la Iglesia conmigo y eso hace que el gozo sea mucho mayor”. No olvidó dar las gracias a todos los que la acompañaron, presentes y no presentes; a los sacerdotes “sin los que mi vocación no tendría sentido pues sin ellos no podría estar aquí, adorando al Señor”; a su comunidad que es “ejemplo y espejo” para ella; a Dios que “me regala esta vocación y porque sólo Él colma mi corazón; porque no es que salga corriendo del mundo porque no me guste, es todo lo contrario, es porque me gusta el mundo y porque amo al mundo, estoy aquí; …porque amo al mundo me siento sostenida por ese Dios que me ha concedido el regalo de estar aquí hoy y siempre… para siempre”; a toda su familia y especialmente a sus padres a los que debe “no sólo la vida sino el mayor regalo que me podían hacer que es el don de la fe”. Finalmente, recordando las palabras de Juan Pablo II, nos dijo “merece la pena luchar por la causa de Cristo” y nos hizo una petición, “que oréis y veléis por mí, para que merezca la pena mi vida y la vuestra”.

Siguieron a la ceremonia las felicitaciones y un rato de cantos, presentaciones, testimonios y charla de todos los que allí estuvimos con la comunidad de clarisas en el locutorio. Agradable jornada que nos dejó un profundo agradecimiento a Dios y una gran alegría.

Recemos por Sor Ana María Clara, recemos por el corazón de la Iglesia que son las religiosas de clausura. Ellas no dejan de rezar por nosotros, por toda la Iglesia.

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