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¿Objetos o personas?

maternidad Ha sido noticia este verano que el consulado español en Kiev dejó de tramitar visados a los bebés allí nacidos a través de vientres de alquiler, por lo que desde entonces más de una treintena de parejas españolas no pueden regresar a sus casas con esos bebés. A ello se suma la noticia de que la clínica Biotexcom de Kiev ha sido clausurada y su dueño detenido por existir indicios de tráfico de menores, clínica destino principal de españoles que buscaban un vientre de alquiler. El precio por embarazo oscilaba entre 30.000 y 49.900 euros y se abonaba a través de paraísos fiscales. Nuevamente se olvida parte de nuestra sociedad que un hijo es siempre un don, no un derecho de los padres y que en nuestro ordenamiento jurídico la práctica de la maternidad subrogada está totalmente prohibida. Es fácil tocar la fibra sensible de la sociedad reconduciendo nuestra atención al problema de esos padres que no pueden regresar a sus hogares desde Ucrania con sus bebés, en un intento más de normalizar las conductas de aquellos que eluden la ley española viajando a otros países a conseguir el hijo, a cambio del pago de un precio. Las agencias que se dedican a tramitar esta práctica, y que cobran por sus servicios, se encargan de legitimar su actividad a través de estrategias de marketing. Se evita sistemáticamente toda valoración moral al respecto, para eludir que, en estas prácticas, el niño pasa a ser un objeto, algo que tiene un precio y que se adquiere sin más a través de una compra, lo que supone claramente cosificar al hijo. Es imposible justificar de manera alguna el hecho de que los hijos sean tratados como objetos, como meras mercancías, con el fin de cubrir los deseos de los adultos. ¿Nos escandaliza la cruda realidad de que a través de la maternidad subrogada o vientres de alquiler se compra un ser humano? ¿No será que nos estamos acomodando a la visión del todo vale con tal de conseguir nuestros deseos?  

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Asentados sobre el polvorín silencioso del odio de género

Fotografía 20minutos

Fotografía 20minutos

Firma invitada: Rosa María Arcones Baeza. Letrada especializada en Derecho de Familia   La Ley Orgánica de Violencia de Género, aprobada el 28 de diciembre de 2004, solo ampara un tipo de violencia, la de “género”, ejercida por el hombre sobre la mujer con la que ha mantenido o mantiene una relación afectiva. Si bien es cierto que en nuestra sociedad existe la lacra de mujeres maltratadas por hombres, de esta norma se excluye la regulación de cualquier otro tipo de violencia en el ámbito familiar, como si esos otros tipos de violencia no importaran. Precisamente por ello, a juicio de un sector amplio de juristas, es una ley claramente excluyente. No en vano, la realidad está demostrando que la ideología que subyace detrás de ella prácticamente convierte al varón en maltratador genético por el mero hecho de ser hombre. Con este caldo de cultivo, el pasado verano se nos bombardeó a través de los medios de comunicación con el caso “Juana Rivas”, en el que un importante sector de la población se posicionó de manera irreflexiva y pasional a favor de esta madre a través del eslogan “Todos somos Juana Rivas”, tratando de hacernos ver en ella una heroína llevada en volandas por claros partidarios de la ideología de género. Sin embargo, la realidad fue que la Sra. Rivas, muy mal asesorada jurídicamente, optó por colocarse por encima de la justicia, desobedeciendo varias resoluciones judiciales y optando por caminos equivocados. En lugar de acudir a la justicia por los cauces legales, amparándose en una condena de malos tratos del padre del año 2009, procedió a ocultar a sus hijos durante más de un mes para impedirlos que, según correspondía por resolución judicial, pasaran el periodo vacacional con su padre, con el que de manera voluntaria y libre volvió a convivir durante varios años más. Justo ahora, al año de aquella maniobra legal que pretendía ser un paso más en el adoctrinamiento de la ideología de género, la Sra. Rivas ha sido juzgada por un delito de sustracción de menores y condenada en calidad de autora de dicho delito a 5 años de prisión, a 6 años de privación de la patria potestad de sus dos hijos y al pago de una indemnización de 30.000 euros a favor del padre de los menores. La reacción de un cierto sector social ha sido la de considerar como excesiva y fuera de la realidad social la condena impuesta a la Sra. Rivas. Por ejemplo, la Asociación de Mujeres Juezas de España ha calificado la resolución judicial como “decisiones desproporcionadas o dictadas al margen de la realidad social producto de ignorar la obligación de integrar la perspectiva de género en la aplicación del derecho”, y ha hecho un  llamamiento a “dejar de ser herederos y herederas de una justicia patriarcal que la sociedad no tolera y la comunidad internacional condena”, pues, en su opinión, sólo así se podrá “mantener la confianza de la ciudadanía en sus instituciones”. No nos corresponde valorar la crudeza o no de la pena impuesta tras la celebración del correspondiente procedimiento judicial y la oportuna valoración de los hechos enjuiciados por el Tribunal correspondiente. Tampoco la situación personal de la condenada, clara víctima de un mal asesoramiento. Que cada cual saque sus conclusiones. Pero es significativo que, como se recoge en sentencia y se ha hecho público, esta madre no valorara el daño futuro para sus hijos. Hay que recalcar que un delito es siempre un delito, independientemente del sexo del que lo lleva a cabo, por lo que el hecho de ser mujer no debe dulcificar una condena que caería con todo el peso de la ley en caso de ser hombre, dado que, como todo español conoce, en nuestro Ordenamiento jurídico y, en concreto, en el art. 14 de la Constitución, se recoge expresamente que todos somos iguales ante la ley sin distinción de sexo, religión, raza. ¿No detectamos que tras la mal llamada Ley de Violencia de Género se respira un claro odio de género? ¿No dejará la justicia de ser justicia si se tiñe por completo de esta ideología? ¿No perderemos mucho de humanidad? ¿Estallará el polvorín del odio de género sobre el que estamos silenciosamente asentados, en una sociedad ya de por sí muy dañada por todo tipo de odios?

Sentido común

El pasado fin de semana ha sido planteada formalmente una hipótesis sociológica muy interesante. La confirmación se ha producido en un contexto insospechado: la reunión de un partido político para designar a su presidente. Efectivamente, el candidato elegido por los compromisarios, en su discurso inicial, propuso como una de sus líneas de actuación “un compromiso con las políticas de familia, de natalidad, de incentivo a la conciliación, de interés contra la despoblación que sufren muchas de nuestras Comunidades Autónomas y de nuestras provincias”. La reacción no se ha hecho esperar. Desde el resto de formaciones el conjunto del mensaje ha sido interpretado como “giro a la derecha”, “derechización” o “vuelta de la extrema derecha”.   Ello ha conducido rápidamente a un grupo de sociólogos a abrir una investigación de alto nivel. Se ha tomado como referencia un país, España, con el índice de natalidad más bajo de la Unión Europea, donde los estudios demográficos ponen de manifiesto que no está garantizado el relevo generacional y, por tanto, tampoco la posibilidad de mantener el Estado de Bienestar. Como campo de pruebas se han seleccionado algunas de las iniciativas normativas y de las políticas públicas recientemente adoptadas. En primer lugar, la Proposición de Ley sobre la Eutanasia, presentada por el partido de Gobierno y admitida a trámite con el apoyo de los restantes partidos que se autoproclaman de izquierdas, con la que se pretende introducir en el ordenamiento jurídico el libre derecho a elegir la propia muerte. En segundo lugar, la crítica desde estos mismos sectores al modelo de familia por ellos denominado despectivamente “tradicional” —basado en la unión de hombre y mujer abierta a la vida—, y la propuesta como alternativa de un conjunto de políticas públicas basadas en la ausencia de apoyos a las familias numerosas, en el fomento de las familias monoparentales y en la consideración como familia de las uniones civiles entre personas del mismo sexo. En tercer lugar, la consolidación de Ley, aprobada hace algunos años,  que permite el aborto libre basado en la decisión de la madre sin la existencia de alternativas ni ayudas públicas para aquéllas mujeres que se plantean la posibilidad de continuar con un embarazo no deseado. Por último, y a pesar de que los partidos del entorno de la izquierda se califican a sí mismos como “partidos de los trabajadores”, la inexistencia de políticas reales de conciliación de la vida familiar y laboral y la ausencia de reflexión alguna sobre la llamada “brecha de maternidad” que sufren las mujeres que optan por ser madres y, por ello, ven perjudicadas sus opciones de promoción profesional.   Tales hechos, entre otros, son la base sobre la que estos sociólogos han formulado la siguiente hipótesis: ¿El sentido común está a la derecha? Confían en ofrecer resultados provisionales en los próximos meses.    

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Adoctrinamiento en las aulas

escuela El adoctrinamiento en las aulas es cada vez más patente y tiene múltiples expresiones, conscientes o inconscientes. Desde hace no mucho, en algunos centros de Primaria –muy pocos– se ha sustituido la celebración del día del Padre y del día de la Madre por el día de la Familia. En algunos casos se ha tomado esta decisión por la solicitud de algunos padres divorciados; en otros por la petición de los padres –ambos del mismo sexo– de uno de los escolares. Es comprensible y digno de aprecio que un grupo de padres quiera solidarizarse con un niño que no tiene padre y madre. Un gesto solidario semejante se hace con niños enfermos de cáncer cuando se les cae el pelo por los efectos de la quimioterapia, y sus compañeros deciden ir a clase con el pelo rapado. Sin embargo, este gesto solidario no tiene nada que ver con la necesidad de considerar preferible o valiosa la situación en sí: me corto el pelo para solidarizarme contigo; pero esto no significa que tenga que considerar digno de admiración o valioso carecer de pelo, ni mucho menos sufrir un cáncer. En el caso de los colegios que renunciaron a celebrar el día del Padre o el día de la Madre, el gesto solidario no debe ocultar la realidad de que un padre y una madre son un bien en sí, independientemente de si un niño es huérfano de padre, o de madre, o si un niño tiene dos tutores del mismo sexo. Celebrar el día de la familia no es malo, pues la familia es algo que merece ser celebrado; lo malo es ocultar una realidad que es también bella: la paternidad y la maternidad. Hacerlo es una aberración, aunque se haga con una buena intención. Por eso, no debería establecerse esta medida sino de modo excepcional y con carácter provisional. Los padres y las madres deberían proteger el valor de la paternidad y la maternidad. Hacer lo contrario es ceder ante una ideología que unos pocos pretenden imponer al resto de la sociedad: la ideología de género.  

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Un plan sin vida

Fotografía pixabay

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Hace unas semanas la Comunidad de Madrid ha presentado el PLAN INTEGRAL DE ABORDAJE DE LOS EMBARAZOS NO DESEADOS 2017-2020. El plan quiere trazar unas líneas de actuación que eviten los embarazos no deseados y que favorezcan la “interrupción voluntaria” de los mismos, facilitando el acceso a la información relativa a los trámites necesarios para llegar al aborto y la educación afectivo-sexual, desde una perspectiva de género. Cuando uno lee detenidamente el documento, puede ver claramente cómo la artillería pesada de la cultura de la muerte se ha desplegado en él. Curiosamente no hay una sola referencia a la posibilidad de encauzar un embarazo inesperado, mediante las ayudas necesarias, públicas o privadas, hacia su desarrollo completo y el nacimiento de ese niño, que no puede ser quien pague las consecuencias del mayor o menor deseo con el que sus padres lo esperan. No es extraño este enfoque cuando para la elaboración del Plan se ha contado con muchas asociaciones y colegios profesionales, exceptuando justo a aquéllas que desde hace años están ayudando en la Comunidad de Madrid a que esos embarazos inesperados se conviertan en ocasión de acompañamiento, ayuda, esperanza y vida tanto para los bebés que llegan a nacer  como para sus padres. Efectivamente nadie ha requerido la aportación de las asociaciones y fundaciones pro-vida. Es más, una de las asociaciones consultadas es ni más ni menos que la filial en España de la multinacional del aborto “Planned Parenthood”, el abortorio más grande del mundo, con un aborto cada 97 segundos. Salvando las enormes distancias, es como si al elaborar el plan de prevención de incendios no se hubiera contado con la ayuda que pueda facilitar el Servicio de Emergencias o los bomberos de la Comunidad de Madrid y se hubiera recabado en cambio la opinión o buscado la ayuda de la “Asociación de Pirómanos de la Rivera del Manzanares”. ¿Alguien encuentra un punto de lógica al hecho de no optar por la vida? ¿Dónde está la búsqueda del bien común que debe caracterizar toda actuación de los poderes públicos? ¿Quién protege a los más vulnerables en esta situación, que son el hijo en riesgo de muerte violenta y la madre en riesgo de aborto? Una vez más, quienes tienen el encargo de velar por los derechos fundamentales de todos los ciudadanos dejan a los más débiles absolutamente indefensos. Vidas truncadas para siempre ante la indiferencia más absoluta.    

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El bien es contagioso

Hace pocas fechas pudimos leer en el periódico: “Muere la mujer que renunció a un tratamiento contra el cáncer para dar a luz a su sexto hijo” (http://www.larazon.es/amp/sociedad/muere-la-mujer-que-renuncio-a-un-tratamiento-contra-el-cancer-para-dar-a-luz-a-su-sexto-hijo-OJ15947669) Carrie Deklyen, con un cáncer cerebral, decidió libre y voluntariamente proteger la vida de su hijo no nacido, el más vulnerable de todos, negándose a recibir tratamientos teratogénicos, a pesar de que ella moriría. El instinto maternal prevaleció frente al instinto de supervivencia. Este testimonio nos conduce al asombro ante la grandeza del ser humano y alimenta la esperanza en una humanidad verdaderamente humana. ¿Somos auténticamente libres al satisfacer nuestros deseos aunque perjudiquemos a terceros? ¿El reclamado “derecho a decidir” sobre “mi cuerpo”, justifica dañar a mi propio hijo no nacido, vulnerable entre los vulnerables? ¿Ese “derecho a decidir” me hace libre, me conduce hacia la felicidad?¿O más bien, hacia el vacío, hacia la nada? El núcleo esencial de la persona radica en amar y ser amado, vivir y dar vida. Esto es propiamente humano, y nos diferencia de otros animales. Nos impulsa a transcender, a salir de nosotros, a no “ensimismarnos”, a salir del “yo-mi-me-conmigo”. Somos seres de encuentro, y esa salida hacia los otros, como ejercicio supremo de nuestra libertad, da sentido verdadero a nuestra vida. Eso es el amor, expresión de la auténtica libertad. Camino necesario para alcanzar una vida plena y una humanidad humanizada. Carrie ha decidido, en un acto de amor, entregar su vida por completo para dar vida a su hijo. En ese don voluntario ha encontrado la plenitud, la felicidad. “Vince in bonumalum” (se vence al mal con el bien). La decisión de Carrie no sólo ha salvado la vida de su sexto hijo, sino que puede salvar muchas más, porque el bien es contagioso. Gracias Carrie.

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El derecho a la vida (de otros)

“¡Quiero ser padre! Busco chica joven, alta y con estudios para gestación subrogada. Si estás interesada manda e-mail”. Este es, literalmente, el tweet con el que un ex concursante de un programa de televisión muy popular se dirigía a sus seguidores para comunicar que quería conseguir un hijo por medio de la mal llamada gestación subrogada. Este tema se ha convertido en una de las nuevas cuestiones de debate político como consecuencia de la iniciativa de un de partido nacional de regularlo en nuestro país. En una sociedad cada vez más consumista y sin valores, la trivialización de la vida puede alcanzar extremos insospechados. En esta ocasión, se trata de reconocer el derecho a ser padre disponiendo de la vida de un tercero engendrada con la colaboración de una mujer que cede su vientre a tal fin. El hijo se convierte así en un producto, en un objeto de consumo que se consigue en el mercado, previo pago del precio estipulado. De hecho, basta con hacer una búsqueda en Google para conocer diferentes ofertas y precios. ¿Dónde queda el bien del niño? ¿Cuál es la posición de la madre natural durante la gestación y tras el parto? ¿Por qué no potenciar la adopción legal, liberándola de la pesada burocracia que la caracteriza en nuestro país, para que los ya nacidos puedan tener una familia? Hemos de ser capaces de reaccionar frente este tipo de propuestas, pues encierran un evidente ataque contra la dignidad del ser humano: la de la madre natural, que alquila su vientre y renuncia al amor por su hijo, criatura suya, a cambio de un precio; la del niño, que no será el fruto del amor de sus padres, sino de un negocio jurídico; e, incluso, la de los propios compradores, incapaces de concebir la vida como un don y la paternidad como una decisión compartida y responsable. De lo contrario, seremos cómplices de una nueva forma de esclavitud.

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Una mirada a la vida

El día 25 de cada mes tenemos una cita con la vida. Somos defensores de la vida, el don más sublime y sagrado que hemos recibido. La semilla que recibimos y que estamos llamados a cultivar y hacer que se multiplique y de fruto. ¿Y qué podemos decir este 25 de abril sobre la vida? Compartimos con vosotros una mirada a la vida que nos ayuda a entender su grandeza,  la necesidad que tenemos de cuidarla en la familia, entre los amigos, y de defenderla en la sociedad; siempre defensores de la vida. ¿Qué mirada es esta? La que nace de la contemplación del momento que hemos dado en llamar “piedad”, ese en el que la Virgen Madre toma en sus brazos a su hijo muerto en cruz. Muchos artistas, que han reflejado este momento, ponen en la mirada, en los movimientos de María un punto de ternura y de esperanza que parece casi ocultar el dolor. Es como si las miradas y las caricias de la Madre dieran de nuevo vida al fruto bendito de su vientre. Aquel momento anunciaba la resurrección, la Vida a la que todos estamos llamados y que construimos cada día con nuestras obras. Y ¿para qué esa mirada? Pues para ayudar a aquellas madres que no quieren conocer a sus hijos porque no vienen el momento adecuado, o no son tan perfectos como ellas soñaron. Esas madres necesitan de nuestra piedad que se debe convertir en acompañamiento y cercanía, que les ayuden a vencer el miedo, y entender que la caricia de sus hijos por nacer llenarán totalmente su corazón. Una mirada de piedad a esas familias que tienen tiempo para sus deportes, sus vacaciones, sus fiestas y no tienen tiempo para sus ancianos padres. Todos necesitamos aprender de la sabiduría de los mayores y acoger el amor que sus miradas casi apagadas reflejan. Nuestros mayores, con sus caras llenas de arrugas, nos guían por las sendas de la gratitud. Una mirada de piedad para nuestra sociedad, tan llena de derechos que olvida a los que no tienen derechos; piedad para una sociedad que cuida más de una mascota que de un abuelo; piedad para una sociedad que tras los nuevos derechos esconde la muerte de inocentes. Piedad para una sociedad que se escandaliza del drama de los refugiados, pero no les abre las puertas. Puede que hoy nosotros estemos llamados a llevar la esperanza a nuestra sociedad y esta esperanza comienza por un simple gesto de piedad que defienda la vida.    

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Como la dignidad de la madre es mayor que la del feto

Durante su ponencia en un Curso organizado por la Universidad Complutense, un reputado ginecólogo –que se explicaba con verbo fácil ante la mirada atenta de una audiencia constituida en su gran mayoría por ginecólogos–, en un momento de su exposición dijo:“…como la dignidad de la madre es mayor que la del feto…” y continuó su disertación justificando determinadas acciones que sobre éste podrían llevarse a cabo, apoyándose en la idea anterior. Nadie pestañeó. Parecía que la mayoría de los oyentes aceptaban como verdad esta premisa, y por tanto, la justificación de lo que venía después. Durante el café, al finalizar la ponencia, uno de los participantes se acercó al reputado ginecólogo y le preguntó: “¿cuál es el recorrido intelectual que te ha llevado a aceptar como una verdad evidente que la dignidad de la madre es mayor que la del feto?” Ahora fue él quien dejó de pestañear. Tras unos instantes de perplejidad, reconoció que nunca lo había pensado. Que lo daba por bueno porque sí. Así lo había aprendido y así lo mantenía, y sobre eso, seguía construyendo su praxis médica.Al darse cuenta de la trascendencia de lo ocurrido, se sintió mal, y prometió darle “una pensada” (palabras literales) al tema. El ser humano es un fin en sí mismo. Esto le confiere un valor que llamamos dignidad. Por el hecho de ser persona tenemos dignidad (ontológica), que no puede medirse (no hay unidades de medida de la dignidad) y, por tanto, no puede compararse. La dignidad ontológica de cada persona es máxima. No admite categorías. Exige respeto máximo. Hay otro tipo de dignidad, la dignidad moral, que es la que cada uno de nosotros nos vamos ganando según nuestras acciones. Las personas mayores somos responsables de nuestras acciones, no así el feto. Aunque nuestra dignidad ontológica siempre es máxima, al poder elegir si obrar bien o mal, nos jugamos nuestra dignidad moral. El asumir acríticamente como verdad evidente una falsedad puede ser irresponsable, y mucho más si se justifican acciones inhumanas a partir de esa premisa falsa.Ciertamente, el asunto merece “una pensada”.  

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Disculpa…¿eres un qué o un quién?

cigotoCon esta pregunta se dirigió el profesor a la alumna que acababa de defender que, al principio, en las fases iniciales del embrión, éste es más bien un conjunto de células, una especie de “grano” en el cuerpo de la madre.

  • Pues un quién – respondió, mostrando un evidente malestar por la “ofensiva” pregunta.
  • ¿Desde cuándo? – continuó preguntando el profesor.

Ante esta segunda pregunta, se hizo un tenso silencio en el aula, y la alumna no supo qué responder. Jamás se lo había planteado. Sencillamente daba por buena la idea que circula en nuestra sociedad, una verdad irrefutable, tan evidente, que no necesita demostración: que en las fases iniciales, el embrión es un algo y no un alguien, un qué y no un quién.

La alumna, que se consideraba un alguien (¡y con toda razón!), tenía que explicar racionalmente al resto de la clase, al profesor y a ella misma, cómo es posible que se pueda pasar de ser un algo a ser un alguien. Porque si esto no fuera posible, no quedaría más remedio que aceptar que si ahora la alumna es un alguien, lo tiene que ser desde el primer momento de su vida, desde que era un zigoto.

Y explicar la trasformación de un algo en un alguien es racionalmente imposible. Por tanto, somos personas desde el primer momento de nuestra vida, con lo que eso conlleva.

Este descubrimiento de la alumna y de todos sus compañeros, les hizo comprender algunas cosas más: qué fácil es ser manipulado por la sociedad cuando falta pensamiento crítico, cómo nos dejamos llevar por explicaciones arbitrarias, o cómo se pueden justificar acciones inhumanas (como las que se justifican si no somos más que un “grano”) cuando falta reflexión. De repente descubrieron que ellos eran víctimas de una sociedad que acepta como verdad cosas falsas. Muchos se sintieron manipulados y avergonzados.

Un zigoto humano es persona. Su vida, como cualquier otra vida, se desarrolla de forma coordinada, continua y gradual desde que es un ser unicelular hasta que muera. Por ello, merece ser respetado como uno de nosotros.

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