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Fabricar vida

“Logran producir crías de ratón con padres del mismo sexo”, titula un rotativo de tirada nacional la reciente noticia de que un grupo de investigadores ha conseguido producir con dos madres ratones sanos que después pudieron tener su propia descendencia con normalidad. Se suma a muchas otras que nos deberían llevar a pensar sobre la finalidad de estas investigaciones, los límites de la ciencia y la necesidad de fijar pautas de actuación éticas que marquen el camino para evitar que los resultados se vuelvan contra nosotros mismos. Más allá de ello, esta situación suscita una profunda reflexión: la vida no se fabrica, sino que se engendra. En el caso de los seres humanos no estamos muy lejos de esta misma realidad; fecundación in vitro, inseminación artificial, vientres de alquiler, por señalar algunos ejemplos, ponen de manifiesto que la reproducción, entendida como capacidad natural de engendrar, está dando paso a la producción. Con ello, se corre el riesgo de que nuestros hijos dejen de ser el fruto del amor entre un hombre y una mujer que tienen un proyecto en común y se transformen en un producto objeto de deseo que se adquiere bajo demanda. Con esta afirmación no se pretende juzgar las intenciones ni las decisiones de las personas que optan por esta vía, sino simplemente llamar la atención acerca de la involución que se está produciendo en nuestros días como consecuencia de una doble realidad. De un lado, el retraso continuo en la estabilización de los proyectos de vida, que no va acompañado de un retraso biológico en la paternidad/maternidad (pues la fertilidad no ha cambiado en siglos y no lo hará) lo que lleva en no pocas ocasiones a que, cuando se valora que ha llegado el momento de tener un hijo, no es posible lograrlo por medios naturales. De otro, la trivialización de la sexualidad y del sexo biológico, que conduce a descontextualizar el amor y la capacidad de engendrar vida con responsabilidad. Los poderes públicos tienen una gran responsabilidad ante ello. También nosotros, ciudadanos de a pie. Una sociedad que fabrica vida en lugar de engendrarla, paradójicamente, está condenada a la muerte.  

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Un dramático olvido

MANOS Abre los informativos, y ocupa amplios espacios en la prensa: un padre de cuatro hijos deja olvidada a su pequeña de veintiún meses en la parte trasera de su coche. La pequeña fallece a causa de la deshidratación y la temperatura que alcanza el interior del vehículo. Según declara en ABC la psicóloga M. Jesús Álava Reyes: “Vivimos en un estado de gran tensión y aceleración desde que nos levantamos por la mañana, lo que provoca que no respetemos los ritmos biológicos propios del ser humano. Muchos padres se lamentan en consulta de que desde bien temprano gritan a sus hijos para que se despierten, se levanten, se vistan, se laven, desayunen… porque todo lo hacen muy despacio. Eso se debe a que los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza. Sin embargo, los adultos, desde que suena el despertador, se levantan con una sensación de urgencia absoluta, su sistema nervioso se pone en alerta y su mente vive cada instante como una situación de emergencia. Esto hace que uno se sienta acelerado y que meta prisa a los demás porque en la mente está muy presente el horario que hay que cumplir por tener agendas demasiado apretadas” ¿Merece la pena vivir así? ¿Podemos permitirnos el alto coste que estamos pagando por llevar un ritmo de vida que a veces nos imponemos nosotros mismos? No podemos hacernos una idea del infierno que está viviendo esta familia, especialmente el padre; pero lamentablemente hay muchas otras víctimas de este ritmo frenético en el que estamos todos viviendo: niños que crecen en soledad con el único amparo (en el mejor de los casos) de abuelos, vecinos, cuidadores etc; matrimonios sin espacio para el diálogo y el encuentro profundo, amistades que se ven seriamente dañadas porque no hay tiempo para compartir, dolencias físicas, psicológicas, espirituales, etc., etc., “Los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza” ¿Y si paramos un poco?

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¿Objetos o personas?

maternidad Ha sido noticia este verano que el consulado español en Kiev dejó de tramitar visados a los bebés allí nacidos a través de vientres de alquiler, por lo que desde entonces más de una treintena de parejas españolas no pueden regresar a sus casas con esos bebés. A ello se suma la noticia de que la clínica Biotexcom de Kiev ha sido clausurada y su dueño detenido por existir indicios de tráfico de menores, clínica destino principal de españoles que buscaban un vientre de alquiler. El precio por embarazo oscilaba entre 30.000 y 49.900 euros y se abonaba a través de paraísos fiscales. Nuevamente se olvida parte de nuestra sociedad que un hijo es siempre un don, no un derecho de los padres y que en nuestro ordenamiento jurídico la práctica de la maternidad subrogada está totalmente prohibida. Es fácil tocar la fibra sensible de la sociedad reconduciendo nuestra atención al problema de esos padres que no pueden regresar a sus hogares desde Ucrania con sus bebés, en un intento más de normalizar las conductas de aquellos que eluden la ley española viajando a otros países a conseguir el hijo, a cambio del pago de un precio. Las agencias que se dedican a tramitar esta práctica, y que cobran por sus servicios, se encargan de legitimar su actividad a través de estrategias de marketing. Se evita sistemáticamente toda valoración moral al respecto, para eludir que, en estas prácticas, el niño pasa a ser un objeto, algo que tiene un precio y que se adquiere sin más a través de una compra, lo que supone claramente cosificar al hijo. Es imposible justificar de manera alguna el hecho de que los hijos sean tratados como objetos, como meras mercancías, con el fin de cubrir los deseos de los adultos. ¿Nos escandaliza la cruda realidad de que a través de la maternidad subrogada o vientres de alquiler se compra un ser humano? ¿No será que nos estamos acomodando a la visión del todo vale con tal de conseguir nuestros deseos?  

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Sentido común

El pasado fin de semana ha sido planteada formalmente una hipótesis sociológica muy interesante. La confirmación se ha producido en un contexto insospechado: la reunión de un partido político para designar a su presidente. Efectivamente, el candidato elegido por los compromisarios, en su discurso inicial, propuso como una de sus líneas de actuación “un compromiso con las políticas de familia, de natalidad, de incentivo a la conciliación, de interés contra la despoblación que sufren muchas de nuestras Comunidades Autónomas y de nuestras provincias”. La reacción no se ha hecho esperar. Desde el resto de formaciones el conjunto del mensaje ha sido interpretado como “giro a la derecha”, “derechización” o “vuelta de la extrema derecha”.   Ello ha conducido rápidamente a un grupo de sociólogos a abrir una investigación de alto nivel. Se ha tomado como referencia un país, España, con el índice de natalidad más bajo de la Unión Europea, donde los estudios demográficos ponen de manifiesto que no está garantizado el relevo generacional y, por tanto, tampoco la posibilidad de mantener el Estado de Bienestar. Como campo de pruebas se han seleccionado algunas de las iniciativas normativas y de las políticas públicas recientemente adoptadas. En primer lugar, la Proposición de Ley sobre la Eutanasia, presentada por el partido de Gobierno y admitida a trámite con el apoyo de los restantes partidos que se autoproclaman de izquierdas, con la que se pretende introducir en el ordenamiento jurídico el libre derecho a elegir la propia muerte. En segundo lugar, la crítica desde estos mismos sectores al modelo de familia por ellos denominado despectivamente “tradicional” —basado en la unión de hombre y mujer abierta a la vida—, y la propuesta como alternativa de un conjunto de políticas públicas basadas en la ausencia de apoyos a las familias numerosas, en el fomento de las familias monoparentales y en la consideración como familia de las uniones civiles entre personas del mismo sexo. En tercer lugar, la consolidación de Ley, aprobada hace algunos años,  que permite el aborto libre basado en la decisión de la madre sin la existencia de alternativas ni ayudas públicas para aquéllas mujeres que se plantean la posibilidad de continuar con un embarazo no deseado. Por último, y a pesar de que los partidos del entorno de la izquierda se califican a sí mismos como “partidos de los trabajadores”, la inexistencia de políticas reales de conciliación de la vida familiar y laboral y la ausencia de reflexión alguna sobre la llamada “brecha de maternidad” que sufren las mujeres que optan por ser madres y, por ello, ven perjudicadas sus opciones de promoción profesional.   Tales hechos, entre otros, son la base sobre la que estos sociólogos han formulado la siguiente hipótesis: ¿El sentido común está a la derecha? Confían en ofrecer resultados provisionales en los próximos meses.    

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Los héroes de la vida

Fotografía de BBC

Fotografía de BBC

Desde hace más de dos semanas estamos viviendo con intensidad las noticias que nos llegan sobre los doce niños atrapados junto con su monitor en una cueva en el norte de Tailandia. Son miles las personas que se han movilizado, algunas procedentes de otros países, para ayudar en su rescate: localizarles, llevarles alimentos, prestarles apoyo psicológico y cuidados médicos, transmitir mensajes a sus familias, enseñarles a bucear para poder abandonar el lugar en el que están encerrados. No pocos están arriesgando sus vidas para salvar las de los pequeños. De hecho, uno de los buzos voluntarios ha muerto en el intento. En situaciones de tal naturaleza nos resulta evidente la necesidad de hacer uso de todos los medios disponibles para salvar la vida de una persona, hasta el punto de entregar otras si es preciso. Y así debe ser: la vida de cada ser humano tiene un valor pleno. Es posible que algunos se pregunten en este caso si realmente el precio es proporcionado: no tanto el coste material cuanto el riesgo para la vida de los profesionales y voluntarios que participan en el rescate. La vida de ese buzo, perdida en su misión de asistir a los niños, también poseía un valor pleno. En ejercicio de su libertad la ha entregado por ellos. Nos ha dado ejemplo a todos. Son muchas las situaciones similares que se plantean cada día, todas ellas menos mediáticas que la que estamos viviendo casi en directo. Son muchos los héroes que, como el buzo, no dudan en arriesgar su vida para salvar la de otros. En un contexto cultural en el que el valor de la vida ha quedado devaluado, presentar esta realidad, en positivo, es más necesario que nunca; reflexionar sobre ella resulta imprescindible si verdaderamente queremos construir una sociedad en la que la vida y la dignidad de cada ser humano estén en el centro de las políticas públicas, de las normas jurídicas, de nuestras decisiones personales y familiares. Sí, cada vida importa.

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Valorar la vida

“Qué bonita la vida” es el título de la canción que lanzó a un conocido cantautor español hace ya varios años. ¡Qué regalo más grande!, se escucha en uno de sus emotivos y contradictorios versos cargados no sólo de magia y belleza, sino también de profundidad existencial. Sí, efectivamente, qué bonita es la vida y qué regalo tan grande. Por eso la valoramos: porque la vida no es cualquier cosa, ni es solo una cosa valiosa entre otras muchas, sino que vale por lo que representa para cada persona. Porque vivir no es sólo biología, que también, sino sustancialmente biografía -personal y también social-: la tuya, la mía, la nuestra, la vuestra, la de ellos. Y porque gracias a ella podemos gozar, amar, disfrutar de la belleza, cuidar a otros, transmitirla…Por eso la valoramos por encima de cualquier cosa y de forma tan radical. Y por ello, en un tiempo tan convulso como el nuestro, donde se la maltrata tanto y donde sufre tantas agresiones, se pide a los gobernantes que legislen para hacerla más digna y más respetable: en una palabra, más humana. Y ellos de alguna manera, ante esta demanda, responden bien en muchas facetas y ámbitos de la convivencia. Precisamente por eso resulta muy difícil de entender la competición -a ver quién lo hace antes- en la que han entrado ciertas fuerzas políticas de nuestro país para legalizar la eutanasia o suicidio asistido como un derecho individual y que sea prestado por la Seguridad Social; como ya hace años se hizo con el aborto, presentándolo como un derecho de la mujer. Son muchos e importantes los interrogantes que suscita esta pretensión: ¿Por qué presentarlo justificándolo a través del factor emocional del sufrimiento de la persona?  ¿Acaso no hay otras opciones generadas por los avances médicos para paliar este sufrimiento y que aún no están debidamente legisladas y extendidas? ¿Acaso su legalización no podría llevarnos a la “pendiente resbaladiza” de una creciente tolerancia social que podría desembocar en la muerte inducida de personas vulnerables simplemente porque estorban? ¿O generar situaciones de presión emocional sobre el enfermo por parte del entorno (familia) o del sistema sanitario? ¿Por qué un partido político que hace un año estaba en contra de su despenalización hoy está a favor? ¿No suena a electoralismo y por tanto a irresponsabilidad?… El valor radical que damos a la vida nos lleva a afirmar con Wittgenstein: “Si el suicidio está permitido, todo está permitido. Si algo no está permitido, entonces el suicidio no lo está. Esto ilumina lo que es la ética…”    

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Sobre el aborto

Estos últimos meses  Irlanda y Argentina han votado leyes que despenalizan el aborto.  La prensa nos recuerda que durante años se ha intentado que se legalizara la muerte de estos pequeños inocentes. Las asociaciones pro-aborto no han parado y han insistido una y otra vez hasta que han conseguido su fin; y después hemos visto cómo se ha celebrado en las calles la victoria de la muerte. Estas votaciones nos interrogan: ¿Las personas, los grupos sociales que creemos en la vida somos tan activos como los grupos contrarios a la vida?  Percibimos una sensación de derrota, parece que los que creemos en el derecho a la vida de todo ser humano hemos arrojado la toalla ante este silencioso holocausto. Muchos dicen: «no podemos hacer nada, hemos perdido la batalla en favor de la vida». ¿Qué ha pasado en nuestra sociedad para que ningún grupo del arco parlamentario sea defensor de la vida del no nacido? Durante años nos han vacunado poco a poco y el virus provida está anestesiado. Nuestras sociedades consideran un grave problema la crisis económica y creen un avance de derechos que se legalicen el aborto y la eutanasia. Hace unos años alguien recriminaba a un político el cambio de postura de su partido respecto al aborto, y el político respondía: «parece que te importa más el aborto que la grave crisis económica». Aquel pobre hombre, reflejo de nuestra sociedad, no había entendido que una vida humana es infinitamente más importante que todas las medidas dirigidas a aumentar el consumo de las personas y la mejora de las condiciones económicas. Es urgente que empecemos a recuperar espacios para la vida. Es un imperativo para todos mostrar a la sociedad, adormecida por la fiebre del consumo y del egoísmo, la belleza del amor, la alegría de una vida nueva, el gozo y el don que supone el nacimiento de un hijo. Hay quienes optan por la queja de los tiempos que toca vivir, lamentarse porque hemos perdido todas las batallas. Eso no sirve de mucho. Lo que está en nuestras manos es ser levadura y fermento en la sociedad. Levadura de la civilización del amor y fermento de nuevos tiempos que reviertan la anestesia social ante el horrendo crimen del aborto.  

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Togas negras, batas blancas

El Congreso de los Diputados ha aprobado el debatir la despenalización de la eutanasia junto con el suicidio asistido; Tal despenalización conllevaría exonerar de responsabilidad penal a quien ayude a morir a un enfermo terminal o incurable, cuya enfermedad le provoque sufrimiento físico o psíquico grave. Despenalizar la eutanasia supondrá la reforma del actual código penal, que hasta ahora castiga la eutanasia con una pena de prisión de 4 a 8 años y entre 2 y 5 años de prisión el suicidio asistido. Como ya ocurrió con el tema de la despenalización del aborto, se busca que el principio de la mayoría se convierta nuevamente en el  único criterio de la verdad, con una concepción deficiente del valor de la persona y del sentido de justicia; Como en el tema del aborto, con la búsqueda de la eutanasia como derecho y derecho financiado por el Sistema Nacional de Salud, se intenta volver a  unir “las togas negras” con las “batas blancas” en defensa de la cultura de la muerte, en lugar de proponer una ley a nivel estatal que garantice e invierta en cuidados paliativos y  que respete la vida humana hasta la muerte natural . Lo que se pretende en nuestro país en este momento con una apariencia de “buenismo” y que pretende ser un derecho para enfermos terminales basado en la autonomía del paciente, aventuro a decir que de regularse para determinadas situaciones terminará siendo la puerta abierta a decidir cómo y cuándo morir a la carta …como se nos ha recordado recientemente con el caso de David Goodal, que no sufría ninguna enfermedad terminal, pero que se cansó de vivir. Entre los factores que más influyen en la creciente aceptación social de la eutanasia está la imposibilidad de la cultura dominante de descubrir el sentido y valor del sufrimiento. Estamos llamados a encontrar el camino para ayudar a todos los hombres de nuestro tiempo a descubrir los bienes y valores escondidos en el sufrimiento, empezando por nuestras casas, enseñando a nuestros hijos que existe el sufrimiento y que tiene un gran valor acogerlo e incorporarlo a nuestra propia existencia humana, abriendo nuestras vidas al sufrimiento de los otros, mostrándonos cercanos hacia los enfermos, ancianos, necesitados… vivir así el sentido del sufrimiento es “cuestión de experiencia”, para el que solo existe el camino del amor, la acogida y el servicio a la vida humana….y desde ahí confiar en que entre ” las togas negras” se alcen con fuerza voces a favor de legislar  leyes justas que defiendan el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural y que  entre “las batas blancas” sigan existiendo valientes profesionales sanitarios que sin ser reconocida su labor por los medios de comunicación, sigan cuidando y acompañando al enfermo y su familia hasta que esas vidas siempre dignas se apaguen de manera natural.  

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Alfie Evans y el llanto de Raquel

Dentro de la liturgia católica, en la fiesta de los Santos Inocentes, se proclama el relato de la huida a Egipto por parte de San José con la Virgen María y el niño Jesús, para evitar que el recién nacido fuera asesinado por Herodes. El evangelista refiere en este momento una profecía de Jeremías donde proclama el llanto de Raquel por sus hijos que “ya no viven”. En los últimos días venimos asistiendo a lo que parece ser una “versión moderna” del pasaje referido. Unos padres que desean trasladar a su hijo a otro hospital que les brinda acogida y posibilidades de continuar con un tratamiento del que desiste el hospital en que residen, huyendo ante la posibilidad de asesinato de su hijo. No entraremos en cuestiones sobre si se trata de un encarnizamiento terapéutico o no –que parece queda clarificada por la intervención del Papa Francisco, de la directora del hospital Bambino Gesù de Roma, del gran experto en Bioética Cardenal Sgreccia y de la gran ofensiva diplomática llevada a cabo por Italia, entre otros –  ni en el clamoroso silencio mediático que a este caso se ha dado en la prensa nacional de nuestro país, sino en las terribles consecuencias derivadas del triunfo del positivismo legal sobre el iusnaturalismo. ¿Qué potestad tiene un juez para decretar la muerte de un ciudadano inocente? ¿Qué peligro para el bien común de la sociedad se deriva de mantener a Alfie Evans con vida? ¿Con qué autoridad un juez quita la patria potestad a unos padres que lo único que buscan es mantener con vida a su hijo con la posibilidad de ofrecerle otros tratamientos en otros hospitales que han ofrecido todos los medios posibles para llevarlo a cabo?  ¿Por qué esa cerrazón de ofrecer una segunda posibilidad a Alfie Evans para seguir luchando por su vida? ¿Acaso los hijos son una propiedad mercantil del Estado? La “legalidad” parece imponerse sobre la “naturalidad” de la vida, prevaleciendo su peso por encima de aquello que la naturaleza le ha regalado. Lo natural se vuelve esclavo de lo legal, con la terrible consecuencia de que nuestra libertad queda vendida al arbitrio de una ley presa de aquellos que la cocinan según el gusto de cada época. Esta situación genera que de nuevo se pueda escuchar el grito de Raquel porque sus hijos “ya no viven”, pero ¿qué hijos no viven? ¿Aquellos que son sentenciados a muerte o aquellos que permanecen callados ante tal injusticia? ¿Qué vida se puede esperar de un Estado que devora a sus hijos? ¿Dónde esos gritos de los que se definen valedores de los derechos? Alfie sigue combatiendo, y en el momento que estas líneas se escriben, todavía con vida. Queda claro que él no es de los que “ya no viven”, cabe preguntarnos si nosotros, personas del siglo XXI, de la defensa de derechos de todo tipo, estamos vivos o hemos muerto devorados por un positivismo legal que en nombre de la libertad nos quita la vida.   < p style="text-align: right;">

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¿Por qué no somos más?

marchaporlavida Domingo de esta recién estrenada primavera. Las calles de Madrid empiezan a vibrar envueltas en la actividad propia de cada fin de semana: paseos tranquilos, desayunos prolongados en las primeras terrazas que abren sus mesas a turistas y paisanos que hoy  no viven bajo el agobio del reloj. Muchas personas caminando sin prisa, pero sin pausa, acompañadas de su familia y amigos, hacia el evento que les ha traído hasta aquí: una marcha para celebrar y defender la vida. Antes de llegar al punto de encuentro, en el camino hacia allí se cruzan con otro evento. Se trata de una manifestación en la que se reivindican pensiones justas. Y apenas se ha andado quinientos metros, hay un numeroso grupo de personas que se han concentrado para promover el respeto a la vida de los animales y hacer caer en la cuenta a la sociedad de la importancia de erradicar  el maltrato animal. Por  fin se llega al destino. La Marcha del Sí a la Vida. Hay ambiente de fiesta y eslóganes que recuerdan que cada vida importa. La reacción de todos los que se cruzan por el camino son diversas. Hay sonrisas llenas de ironía; en otros hay, sin embargo, gestos de adhesión a esta causa. ¿Por qué no somos más? ¿Por qué no se unen los que están pidiendo pensiones más justas en un contexto de desierto demográfico, y los que luchan por evitar el maltrato animal?  La defensa de la vida humana debería reunir a muchas más personas. Muchas personas que valoran la vida como un don.  Los testimonios con los que concluye la marcha ponen de manifiesto que importa luchar por la vida humana. Testimonios como los de un joven con síndrome de Down: veinticinco años, trabajo fijo, entusiasta del deporte, etc. Un joven luchador. Sin embargo se estima que en España cada año deberían nacer setecientos niños con síndrome de Down, y sólo nacen setenta. Seiscientos treinta son abortados. Seiscientos treinta abortados. Conviene repetirlo porque no se conoce. ¿Qué nubla nuestro entendimiento? ¿Cuál es la causa de esta frialdad en nosotros ante la causa de la defensa de la vida? ¿Por qué no somos más? Si la vida de un ser humano indefenso en el vientre materno, en el final de su vida, en la enfermedad o pobreza no nos moviliza, entonces cualquier cosa es posible. Ha llegado el momento de defender lo evidente. Ha llegado el momento de movilizarse y gritar allá donde estemos ¡Sí a la Vida!

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