Inicio del curso 2018-19

Convivencia inicio de curso 2018-19Ya está en marcha el curso 2018-19 en Oasis.

El pasado viernes, 5 de octubre comenzamos las reuniones de los más pequeños.

El sábado 6 y el domingo 7, tuvimos una convivencia los más mayores para arrancar el resto de actividades con renovadas energías. Tenemos por delante un año lleno de gracias que nos están esperando, por eso la Esperanza debe ser la protagonista de este inicio de curso, y nos acompañará todo el año.

Nuestro objetivo es crecer vigorosamente en la fe y en el amor de los unos a los otros, que compartimos y deseamos para todos.

Adios Susana….¡¡hasta el cielo!!

Y…se fue de puntillas sin hacer ruido, con el corazón lleno de amor y ternura que había ido almacenando a lo largo de su vida.
Agradecemos a Dios el haber compartido contigo, querida Susana, un pedacito de tu vida, el haberte conocido ha sido un regalo inmenso que no podremos olvidar.
Y… tomaste la lámpara encendida y entraste en el banquete de bodas… estabas preparada esperando la llamada de Dios. Tu vida no ha terminado con la vida en la tierra, ahora tu vida es eterna y como seguro que estarás muy cerquita de Dios te pido que desde el cielo intercedas por tu familia y por todos nosotros que seguimos caminando deseosos de encontrarnos contigo en la eternidad.
Adios Susana….¡¡hasta el cielo!!

Marisol.

No son de los obispos, ¡son del pueblo!

Desde hace varios años se está tratando de generar una falsa polémica acerca de la propiedad de determinados templos que, aparte de estar dedicados al culto, poseen un gran valor artístico e histórico y, por ello, generan múltiples ingresos. Se discute su propiedad por considerarse que pertenecen “al pueblo” –lo que ha de ser traducido en este caso por “instituciones públicas”– y por entender que se ha accedido a ella por medios contrarios a Derecho. La polémica no sólo es falsa, sino que, además, resulta artificial. Basta con leer los argumentos que se exponen en los informes de supuestos expertos para darse cuenta de ello. La inmatriculación es un acto formal consistente en incorporar al Registro de la Propiedad un bien que se posee legítimamente. La inscripción en el mismo se produce una vez acreditada la propiedad mediante justo título; dicho sencillamente, tal inscripción no atribuye la propiedad de un bien, sino que simplemente da fe pública de esta. A través de una Ley de 1998, partiendo de una situación de facto –la existencia de múltiples bienes que estaban sin inscribir porque la posesión continuada de los mismos durante siglos lo hacía innecesario– se abrió la posibilidad de inmatricular aquellos de propiedad de la Iglesia mediante la presentación de un certificado del Obispo titular de la Diócesis. Esta posibilidad se cerró, con una nueva reforma normativa, en el año 2014, por entender que ya había existido tiempo suficiente para culminar la regularización registral de tales bienes. Durante esos años se han inscrito en los correspondientes Registros de la Propiedad Iglesias, Ermitas, Catedrales, casas sacerdotales o salones parroquiales, es decir, edificios destinados a celebrar y vivir la fe por parte de los fieles. Es más que evidente que todos ellos no se conservarían en nuestros días de no haber sido por estar destinados a uso celebrativo y por ser propiedad de “la Iglesia” (Parroquias, Diócesis, congregaciones religiosas). Piénsese sencillamente en el hecho de que la mayor parte de los bienes que fueron objeto de alguna de las desamortizaciones llevadas a cabo en el siglo XIX o bien han desaparecido como consecuencia de su abandono o bien han pasado a manos privadas y, por ello, no pueden ser objeto de uso público. La propuesta de reclamar la propiedad de edificios de incalculable valor que generan importantes beneficios –aquellos que carecen del mismo no son objeto de reivindicación pública– esconde claramente una desamortización encubierta que cercena el derecho de propiedad reconocido en el art. 33 de la Constitución Española y, sobre todo, la libertad religiosa del 16. Pero hay más. Son edificios heredados de nuestros antepasados que, durante siglos, han servido permanentemente a la finalidad para la que fueron construidos: dar culto a Dios. No podemos perder de vista esta perspectiva. Por ello se han conservado y por eso son tan bellos. Privarles de tal finalidad sería privarles de su esencia y sólo su pertenencia a la Iglesia la garantiza. Junto con ello, no puede olvidarse el hecho de que los beneficios que generan los que poseen más valor no van al bolsillo de los Obispos ni de los miembros de los respectivos cabildos, sino que se destinan a su conservación, a proyectos de caridad o a iniciativas culturales de las que todos nos beneficiamos. Quienes han generado la polémica sólo tienen razón en un extremo. Estos bienes no son (sólo) de los Obispos, sino que pertenecen al pueblo; pero no a cualquier pueblo, sino al Pueblo de Dios. ¿De verdad estaríamos dispuestos a que la Catedral de Córdoba o la de Toledo pasen a ser gestionadas por nuestros políticos?    

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Un dramático olvido

MANOS Abre los informativos, y ocupa amplios espacios en la prensa: un padre de cuatro hijos deja olvidada a su pequeña de veintiún meses en la parte trasera de su coche. La pequeña fallece a causa de la deshidratación y la temperatura que alcanza el interior del vehículo. Según declara en ABC la psicóloga M. Jesús Álava Reyes: “Vivimos en un estado de gran tensión y aceleración desde que nos levantamos por la mañana, lo que provoca que no respetemos los ritmos biológicos propios del ser humano. Muchos padres se lamentan en consulta de que desde bien temprano gritan a sus hijos para que se despierten, se levanten, se vistan, se laven, desayunen… porque todo lo hacen muy despacio. Eso se debe a que los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza. Sin embargo, los adultos, desde que suena el despertador, se levantan con una sensación de urgencia absoluta, su sistema nervioso se pone en alerta y su mente vive cada instante como una situación de emergencia. Esto hace que uno se sienta acelerado y que meta prisa a los demás porque en la mente está muy presente el horario que hay que cumplir por tener agendas demasiado apretadas” ¿Merece la pena vivir así? ¿Podemos permitirnos el alto coste que estamos pagando por llevar un ritmo de vida que a veces nos imponemos nosotros mismos? No podemos hacernos una idea del infierno que está viviendo esta familia, especialmente el padre; pero lamentablemente hay muchas otras víctimas de este ritmo frenético en el que estamos todos viviendo: niños que crecen en soledad con el único amparo (en el mejor de los casos) de abuelos, vecinos, cuidadores etc; matrimonios sin espacio para el diálogo y el encuentro profundo, amistades que se ven seriamente dañadas porque no hay tiempo para compartir, dolencias físicas, psicológicas, espirituales, etc., etc., “Los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza” ¿Y si paramos un poco?

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Tres preguntas para valorar su trabajo

Fuente Pixabay

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La calidad de su trabajo puede medirse a partir de tres preguntas que valoran aspectos clave respecto a las personas y la sociedad:
  1. ¿Su trabajo transforma el mundo, mejorándolo y adaptándolo a las necesidades humanas?
  2. ¿En su trabajo desarrolla sus capacidades personales y sociales?
  3. ¿Su trabajo contribuye al sustento personal y familiar?
Detrás de estas preguntas están siglos de tradición cristiana que encierran valores profundos del ser humano. El trabajo no es un conflicto entre empleados y empleadores, es un reto de ambos grupos para colaborar en el desarrollo de la comunidad. Los empleadores también trabajan. La actitud del trabajador es necesaria para dignificar un puesto de trabajo. Trabajar sin ilusión, sin ganas de mejorar, sin aportar lo mejor de uno mismo, sin buscar lo mejor para los demás, puede arruinar el mejor puesto de trabajo. El trabajo es necesario para la maduración de las personas y para el desarrollo de la sociedad. Es una oportunidad inmejorable de superación personal. El trabajo no es exclusivamente un problema económico, por tanto, ni el subsidio, ni la fijación de sueldos mínimos resuelven el problema del trabajo digno. La retribución del trabajo no es imprescindiblemente económica, así ocurre, por ejemplo, en el voluntariado o en el trabajo doméstico, donde la retribución viene por los otros fines del trabajo, no directamente por la búsqueda del sustento. El sustento personal y familiar va más allá de las necesidades del individuo; debe considerarse la comunidad que lo rodea: la familia y la comunidad en la que se desarrolla, también los enfermos y necesitados , y debe ser suficiente para cubrir esa utilidad. Esta visión contradice la creencia popular de que el trabajo es una maldición bíblica provocada por el pecado original («Comerás pan con el sudor de tu frente» Gén 3, 19). El texto bíblico realmente apunta al cansancio y al dolor como efectos del pecado. Previamente, Adán cultivaba el paraíso sin estos inconvenientes (Gén 2, 15).

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Justificar lo injustificable

Fotografía CNN Español

Fotografía CNN Español

La final del US Open, celebrada hace unos días, ha estado marcada por un sinfín de reacciones a la actitud de Serena Williams tras la amonestación que le impuso el juez de silla, después de tres advertencias por incumplir las normas del juego. La campeona olímpica, perdió los nervios, destrozó la raqueta e insultó al árbitro, achacando que su represalia era por ser mujer, y que si hubiera sido un hombre no le habrían castigado de igual forma. Más allá de la escena, que no tardó en ser portada de todos los medios, debemos pararnos a pensar en el doble debate que ha surgido a raíz de la disputa. Por un lado, ¿se puede justificar la derrota con un ataque contra ella por ser mujer? ¿Todo vale tras la capa de feminismo, tan utilizada hoy en día para justificar cualquier situación? Serena convirtió una excusa de su derrota en una bandera del feminismo. Las amonestaciones del árbitro, ajustadas a las normas, pasan a clasificarse como un ataque sexista. Justificar lo injustificable. Las opiniones respecto a este hecho no se han hecho esperar, y han sido varias las asociaciones y representantes feministas que no han apoyado esa adjudicación como ataque machista. Incluso, varias apuntan a que ese tipo de apropiaciones, lejos de ayudar al movimiento, lo alejan de sus razones y pierden credibilidad. Por otra parte, pensemos en el deplorable ejemplo que da a todos sus admiradores. ¿Se puede justificar su actitud y sus formas? ¿Todo vale, insultar, gritar o romper, cuando no se sale siempre vencedor? Una estrella como ella, a nivel mundial, modelo para muchos jóvenes, y que ante una derrota se queja a los de su alrededor, en vez de felicitar y reconocer el mérito del adversario, es lo que nuestros jóvenes están percibiendo. Es lo que la sociedad en la que vivimos normaliza cada vez más, evitando la responsabilidad, evadiendo el compromiso y no queriendo asumir las consecuencias. Hoy se busca la igualdad a través de la imitación, pero en lugar de imitar por lo alto, de querer ser igual en las virtudes, en lo positivo, estamos igualando por abajo, por la justificación de no tener que esforzarnos más, de dejarnos llevar por si otros lo hacen, de querer ser grandes personajes pero sin tener que luchar para ello. Vivamos sin la necesidad de buscar excusas a nuestros fracasos. Aceptar los errores y rectificar de cara al futuro es el mejor camino para ser verdaderamente grandes.    

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Pan y circo

Fuente Wikipedia

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¡Qué difícil resulta traducir en palabras la realidad sociopolítica cuando ésta adquiere tonalidades agrias y oscuras como las actuales! ¡Qué difícil hacer la síntesis de nuestra realidad cotidiana y poder encontrar respuestas cuando uno se sienta delante del televisor, escucha la radio o penetra en la variopinta información ideologizada que te ofrece la prensa! “El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”. Con estas palabras, el poeta satírico Juvenal describía a finales del siglo primero la política de algunos emperadores romanos que a través de sus obsequios al pueblo y sus espectáculos pretendían distraer al personal y mantenerlo alejado de sus abominables prácticas políticas. Siempre hemos pensado que esta práctica tan antigua era mantenida en la actualidad por dictaduras y regímenes políticos totalitarios; pero hoy hemos de preguntarnos si estos dos grandes instrumentos de control social no forman parte de la política actual en un sistema que ampulosamente llamamos democrático. ¿Qué es si no, pan y circo, el sainete pintoresco de los lazos amarillos con los que los independentistas catalanes nos están obsequiando todos los días, o la carnavalesca estrategia del “tú más” en la absurda guerra de los currículos universitarios? ¿Acaso no se pretende hacer un espectáculo de la política cuando se hurta al Parlamento, altar sagrado en un sistema democrático, el debate sobre la gestión pública para trasladarlo a los platós de televisión o a las plataformas incendiarias de las redes? ¿O no estamos hablando de pan cuando se pretenden abrir los telediarios con populistas propuestas de mejora social que después no se plasman en la realidad? Mientras tanto, una gran mayoría social, desinformada y anestesiada por el “soma” del rápido consumo de emociones, permanece distraída con espectáculos frívolos y adormecedores, y esperando que el “papá Estado” nos solucione la vida. Escribió Guy Debord (1967) que “la desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable, y quien la cree imbécil”. Y entre interrogantes y lamentos transcurre la vida de una minoría inquieta y responsable que se pregunta dónde se encuentra la búsqueda del bien común, la transparencia política, y la participación subsidiaria de los ciudadanos en las tareas del Estado, que conjugan la esencia del sistema democrático.

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¿Objetos o personas?

maternidad Ha sido noticia este verano que el consulado español en Kiev dejó de tramitar visados a los bebés allí nacidos a través de vientres de alquiler, por lo que desde entonces más de una treintena de parejas españolas no pueden regresar a sus casas con esos bebés. A ello se suma la noticia de que la clínica Biotexcom de Kiev ha sido clausurada y su dueño detenido por existir indicios de tráfico de menores, clínica destino principal de españoles que buscaban un vientre de alquiler. El precio por embarazo oscilaba entre 30.000 y 49.900 euros y se abonaba a través de paraísos fiscales. Nuevamente se olvida parte de nuestra sociedad que un hijo es siempre un don, no un derecho de los padres y que en nuestro ordenamiento jurídico la práctica de la maternidad subrogada está totalmente prohibida. Es fácil tocar la fibra sensible de la sociedad reconduciendo nuestra atención al problema de esos padres que no pueden regresar a sus hogares desde Ucrania con sus bebés, en un intento más de normalizar las conductas de aquellos que eluden la ley española viajando a otros países a conseguir el hijo, a cambio del pago de un precio. Las agencias que se dedican a tramitar esta práctica, y que cobran por sus servicios, se encargan de legitimar su actividad a través de estrategias de marketing. Se evita sistemáticamente toda valoración moral al respecto, para eludir que, en estas prácticas, el niño pasa a ser un objeto, algo que tiene un precio y que se adquiere sin más a través de una compra, lo que supone claramente cosificar al hijo. Es imposible justificar de manera alguna el hecho de que los hijos sean tratados como objetos, como meras mercancías, con el fin de cubrir los deseos de los adultos. ¿Nos escandaliza la cruda realidad de que a través de la maternidad subrogada o vientres de alquiler se compra un ser humano? ¿No será que nos estamos acomodando a la visión del todo vale con tal de conseguir nuestros deseos?  

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La deuda que pagarán nuestros nietos

DINERO La mayoría de los países occidentales acumulan una deuda pública cercana o por encima de su producto interior bruto anual: España 98,3%, Francia 97%, Italia 132%, EEUU 107%… (datos de cierre de 2017) ¿Qué significa esto? El producto interior bruto (PIB) refleja la capacidad económica de un país de generación de bienes y servicios durante un año. Parte de esa riqueza se destina, vía impuestos y tasas, a la financiación de los presupuestos públicos (entre el 40 y el 50%, según los países). Si la administración gasta más de lo que ingresa (eso es el déficit) necesita pedir dinero prestado (deuda) para atender a sus obligaciones (sueldos de los funcionarios, pensiones, sanidad, educación, obra pública, etc.). Años consecutivos de déficit provocan un incremento continuado de la deuda pública. En España, la deuda sobre el PIB ha ido creciendo en los últimos decenios:  1980: 16,58%; 1990: 42,51%; 2000: 58,00%; 2010: 60,10%; 2017: 98,3%. Los actuales gobernantes están proponiendo incrementar esta cifra. La deuda hay que pagarla. Periódicamente hay que abonar los intereses a los prestamistas (muchas veces los propios ciudadanos, directamente por Bonos del Estado o indirectamente a través de fondos de inversión o de pensiones). En los presupuestos del estado de 2018, el pago de intereses se ha valorado como el 2,6% del PIB. Cuando los prestamos vencen, suelen sustituirse por otros préstamos, lo que hace que el coste de la deuda sea muy sensible al coste del dinero. Ahora los intereses son bajos, pero si suben, el coste de la deuda (pasada, presente y futura) subirá. Si fuéramos capaces de no pedir más dinero (déficit cero) y dedicáramos el 1% del PIB a pagar deuda (que es mucho dinero), tardaríamos 100 años en saldar nuestras obligaciones como país. Estamos cargando nuestro bienestar sobre las espaldas de nuestros hijos y nuestros nietos. La solidaridad intergeneracional consiste en lo contrario, y esto no es problema solo de España, lo que no es ningún consuelo. ¿Queremos transmitir esta herencia a las generaciones futuras?

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Campeones

campeonesDe nuevo vuelve a ser noticia la película “Campeones”, dirigida por Javier Fresser, por ser la candidata española a los premios Oscar. Una emotiva película sobre un equipo de baloncesto formado por personas con discapacidad intelectual. La convivencia con los miembros de un equipo tan especial y las dificultades que se presentan zarandean completamente el planteamiento de vida del entrenador. Como todo reto al principio parece imposible. De manera divertida y ágil, el director presenta a un hombre que descubre el verdadero valor de la vida a través de personas con discapacidad intelectual. Personas con gran corazón. Este equipo tan especial al que entrena Marco le va demostrando poco a poco que la vida no sólo la componen personas con éxito sino que todas las personas- independientemente de su nivel intelectual- son importantes en la sociedad. Demuestran que los prejuicios que todos tenemos cambian al convivir con personas con síndrome de down, respetando si cabe más la dignidad y las cualidades de estas personas tan extraordinarias; personas que nos enseñan el valor de la superación y del amor entre los demás. Urge porque es necesario acoger a todas las personas con discapacidad intelectual. La película nos ha hecho volver a darnos cuenta y ha alzado la voz ante una realidad que se nos olvida: la exclusión social de las personas con discapacidad intelectual. Sí es verdad, que hemos cambiado, es palpable hoy en día la lucha de familias con miembros con limitaciones psíquicas que pelean cada día por integrar a sus hijos en la vida social y laboral, con una educación que les permita ser autosuficientes. Familias, que son héroes, que defienden que sus hijos tienen los mismos derechos y deberes que el resto de personas, sin distinciones porque todos somos hijos de Dios, creados por él, y merecen el mismo respeto independientemente de sus condiciones. No debe haber diferencias ni rechazos hacia personas tan extraordinarias que nos enseñan tanto cada día. La vida debe ser igual para todos. Cabe preguntarse cada vez que excluimos a una persona con discapacidad, ¿no somos nosotros los discapacitados? Que todos logremos ser Campeones de la integración social de los discapacitados. Es necesario dar un paso más, y optar por los que tienen más dificultades.  Qué en este caso los hechos sí superen a la ficción.  

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Te mueres y nadie se entera

Fotografía de Pixabay

Fotografía de Pixabay

“Muere en su casa solo y el cadáver lo encuentra la Policía”. “En Lorca aparece el cuerpo de una mujer en su coche después de 5 días de su fallecimiento”.  Estos sucesos cada vez son más repetitivos y además se conocen públicamente. El comportamiento de los seres humanos está cambiando. Lo demuestra cada uno de los tristes acontecimientos que diariamente conocemos –y otros que no salen a la luz-, que nos hacen darnos cuenta de la soledad del ser humano. Hechos preocupantes que ponen de manifiesto el individualismo de esta sociedad.  Muchos de los cadáveres son encontrados después de días e incluso meses, sin que nadie se percate de la falta de esa persona. Te mueres solo y nadie se entera. Hay quienes hablan de la soledad como la epidemia del siglo XXI. Se pone en evidencia cada día. En un mundo en el que estamos hiperconectados con otras personas, que no comunicados; en el que las redes sociales y las nuevas tecnologías nos ponen en contacto con las personas que están al otro lado y a miles de kilómetros de nosotros resulta paradójico que cada vez nos sintamos más aislados socialmente, más tristes y más deprimidos. En definitiva, más solos. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) las viviendas familiares en España con una persona están por encima del 25% (4.741 de 18.562, dato del segundo semestre de 2018). Son las cifras de la soledad. Cifras que demuestran una vez más  como en nuestra sociedad hay cientos de ancianos abandonados, numerosos los inmigrantes apartados de su familia; miles de adolescentes y jóvenes discriminados y tantos hombres y mujeres que aun viviendo en familia se sienten solos. ¿Por qué en un mundo tan globalizado y comunicado el drama de la soledad es tan patente? La edad, la enfermedad, las circunstancias familiares, los divorcios y separaciones, la viudedad, las circunstancias económicas y laborales, las relaciones con los demás, la falta de creencias, etc., son algunas de las causas que generan el drama de la soledad. Pero ¿Qué actitud debemos tomar? ¿Qué tenemos que hacer? Es necesario combatir el sentimiento de soledad, pidiendo ayuda a los demás, fortaleciendo la fe en Dios, reforzando la autoestima, y teniendo la firme convicción de que no estamos solos. Siempre hay alguien en el camino de cada uno.  Los creyentes así lo sabemos.    

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