Testimonios

Carlos J. Morillo (22 de enero de 2008)

A pesar del poco tiempo que formé parte del grupo Oasis-Toledo, apenas tres años, la experiencia fue importante para mi vida de fe. En uno de los boletines que se publicaron por aquellos años (el periodo que va de 1985 a 1987), escribí un articulo cuyo fundamento se centraba en un texto del apóstol Pablo a los Efesios, precisamente el capítulo 2, versículos 19-22 que dice: “Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu”.

Y ciertamente así es y así ha sido desde entonces. En Oasis se inició una verdadera conciencia de formar verdadera parte de esta edificación, a descubrir la realidad a la que estamos llamados todos los bautizados: ser moradas de Dios en el Espíritu y, aún más, estar llamados a la santidad. Bien es cierto que cuando llegué a Toledo mi fe no era nueva, pero sí inmadura, o como dice San Pablo: “era niño y pensaba como niño”.

Fue en Oasis donde ahondé en la fe, mi fe se fue fortaleciendo; y no solamente la fe sino también mi conciencia de Iglesia, el sentido de comunión eclesial. O al menos eso creía yo. Pero Nuestro Señor me bajó los humos, me dio una lección que no olvidaré.

La experiencia Oasis fue experiencia de Dios, una fortísima experiencia de Dios. Los retiros, la formación, los ratos largos de oración, el rezar la liturgia de las horas, la eucaristía diaria, el sacramento de la reconciliación: toda esa “actividad” que fui descubriendo, no como merito, sino como verdadera expresión del alma, como relación dialogal con aquel que sabemos nos ama, que diría la santa del Carmelo, se fue asentando para vivificar mi espíritu, para ir abriéndome al verdadero Espíritu.

La experiencia de Dios es fundamental, pero el descubrimiento de uno mismo, es decir, el descubrimiento de nuestra realidad como personas también lo es. En Oasis, no descubrí quién era yo, tan sólo me quedé en la importantísima experiencia de Dios. Cuando abandono Toledo se inicia el propio descubrimiento, se inicia el periodo de la duda, no la duda de fe, no la duda de la existencia de Dios. Se inicia el desierto, un desierto que Dios me ofreció, para descubrirme como hombre que necesita a Dios, hombre cuyo espíritu está vacío si Dios y la Iglesia no está con él. Un desierto donde estamos Dios y yo, no había nadie más. Y ese desierto termina y en ese desierto Oasis va conmigo: en mis reflexiones, en mis silencios, en mis abandonos y derrotas. Mi desierto duró seis años. Y del desierto salí fortalecido en el Señor, en el desierto maduró, con mayúsculas, mi fe; en el desierto discerní: con Dios o sin Dios. Y descubrí que mi vida no tenía sentido sin Dios. Y que Dios me llamaba poderosamente, me zarandeaba con fuerza y yo me resistía. Pero que difícil es resistirse cuando a Dios se le mete algo entre ceja y ceja: Dios me quería para Él, no por egoísmo divino, sino por que ese es su deseo: que todos los hombres seamos realmente suyos. Y por ello Nuestro Señor Jesucristo se entrego: “como rescate, al precio de sangre”. Y al final la gran pregunta, la misma que le hace a San Pedro, y que nos hace a todos : ¿Carlos me amas?. Y respondí: Señor tú sabes que te amo.

Hoy en día Dios es mi totalidad, no solamente mi realidad, repito: mi totalidad. ¿Y qué es eso?. Dios está en mi vida totalmente. Dios en mi vida es verdadera presencia. En la doxología eucarística : “por Cristo, con Él y en Él”, y mi vida es eso. Actúo por Cristo, y cuando actúo estoy con Él y en Él. Por eso en mis acciones debe estar Cristo, debo ser su embajador, debo ser verdadera piedra que forma parte de aquella construcción de la que nos habla Pablo y Pedro: “también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo”


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