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Refugiados y estados fallidos

Se considera un estado fallido (o estado frágil) aquél en que sus gobernantes no pueden garantizar los mínimos derechos humanos a sus ciudadanos: la seguridad, el suministro de agua y alimentos, la sanidad, la educación, el cumplimiento de la ley… El control del país pasa a ser ejercido por grupos mafiosos, por los señores de... Seguir leyendo →

Y ahora la opción…del cambio de nombre

Desde el 24 de octubre de 2018 los menores transexuales emancipados o los no emancipados acompañados de sus padres o tutores pueden solicitar el cambio de nombre en el Registro Civil. Se requiere para ello la firma del menor si tiene más de 12 años, y si aún no se alcanza esa edad, el menor... Seguir leyendo →

Silencios comprados

Recientemente se ha hecho pública la Sentencia dictada en septiembre por la Audiencia Provincial de Madrid que reconoce al Dr. Vela, ginecólogo jubilado, como culpable del robo de una bebé. Una niña de pocos días de vida fue entregada en el año 1969 a una pareja que no podía tener hijos; no hubo consentimiento de la madre biológica, simulándose un parto inexistente y expidiéndose una certificación de nacimiento que sirvió para inscribir a la menor como hija biológica de tal pareja. A pesar de que la sentencia considera como probados estos hechos, absuelve al Dr. Vela por haber prescrito los delitos de detención ilegal, falsedad documental y suposición de parto que se le imputaban. Le entonces niña, tiene hoy un rostro conocido, se llama Inés Madrigal y es la primera persona que ha conseguido que su denuncia se haya tramitado judicialmente en España; Inés ya ha anunciado su intención de recurrir ante el Tribunal Supremo, pues de lo que se resuelva dependerá el futuro de otras más de 2.000 causas judiciales archivadas por similares supuestos. Se trata del derecho de estas personas a conocer su identidad y de que sean juzgados los que participaron en estos hechos asumiendo su participación en los mismos, ya que olvidaron que los seres humanos no son objeto ni de robo ni de transacción comercial. ¿No encontramos un cierto paralelismo en ese silencio de los niños robados con el silencio actual de parte de nuestra sociedad con el tema de los vientres de alquiler? ¿Qué hay detrás del silencio de los que callan, incluso católicos, que no alzan la voz en defensa del ser humano? ¿Nos hemos engañado creyendo de que cualquier deseo intenso vale más que la verdad de la dignidad del ser humano, contagiados de un relativismo que va engullendo todo?

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Fabricar vida

“Logran producir crías de ratón con padres del mismo sexo”, titula un rotativo de tirada nacional la reciente noticia de que un grupo de investigadores ha conseguido producir con dos madres ratones sanos que después pudieron tener su propia descendencia con normalidad. Se suma a muchas otras que nos deberían llevar a pensar sobre la finalidad de estas investigaciones, los límites de la ciencia y la necesidad de fijar pautas de actuación éticas que marquen el camino para evitar que los resultados se vuelvan contra nosotros mismos. Más allá de ello, esta situación suscita una profunda reflexión: la vida no se fabrica, sino que se engendra. En el caso de los seres humanos no estamos muy lejos de esta misma realidad; fecundación in vitro, inseminación artificial, vientres de alquiler, por señalar algunos ejemplos, ponen de manifiesto que la reproducción, entendida como capacidad natural de engendrar, está dando paso a la producción. Con ello, se corre el riesgo de que nuestros hijos dejen de ser el fruto del amor entre un hombre y una mujer que tienen un proyecto en común y se transformen en un producto objeto de deseo que se adquiere bajo demanda. Con esta afirmación no se pretende juzgar las intenciones ni las decisiones de las personas que optan por esta vía, sino simplemente llamar la atención acerca de la involución que se está produciendo en nuestros días como consecuencia de una doble realidad. De un lado, el retraso continuo en la estabilización de los proyectos de vida, que no va acompañado de un retraso biológico en la paternidad/maternidad (pues la fertilidad no ha cambiado en siglos y no lo hará) lo que lleva en no pocas ocasiones a que, cuando se valora que ha llegado el momento de tener un hijo, no es posible lograrlo por medios naturales. De otro, la trivialización de la sexualidad y del sexo biológico, que conduce a descontextualizar el amor y la capacidad de engendrar vida con responsabilidad. Los poderes públicos tienen una gran responsabilidad ante ello. También nosotros, ciudadanos de a pie. Una sociedad que fabrica vida en lugar de engendrarla, paradójicamente, está condenada a la muerte.  

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Acción política en tiempos de postverdad

Fotografía de Europa Press

Sin duda, la noticia política de estos días es el pacto presupuestario a que han llegado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, y que supone un cambio en la política económica fundamentada en el equilibrio presupuestario a través de la contención del gasto público, para priorizar el gasto social. Las reacciones, muy diversas… En los protagonistas del pacto, euforia incontenida; en los partidos de la oposición, ¡alarma!; en el periodismo, diversidad de opiniones según su traje, ya se sabe, pero tendentes a pensar que estamos en campaña electoral.

 ¿Y en nosotros, los ciudadanos, gente de a pie que no entendemos de macroeconomía, pero sí observamos la realidad política y la analizamos a la luz del sentido común? Tal vez, indeterminación, que aquí no significa apatía ante la cosa pública, sino más bien desconfianza frente a una forma nueva de hacer política que tiene a la postverdad como su principal estrategia.

Sí, corren tiempos de postverdad. Declarada palabra del año en 2016 e incorporada al diccionario por la Real Academia de la Lengua Española en 2017 como “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencia y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” se abre paso con fuerza, no solo en la política y en los medios de comunicación, sino también en nuestro vivir cotidiano. Sin duda, esta distorsión de la realidad para manipular la opinión pública ha formado parte del actuar sociopolítico, económico y cultural en todas las épocas, pero hoy adquiere una fuerza decisiva gracias a la proliferación de una amplia gama de canales de transmisión. Una sociedad donde adquieren categoría antropológica la velocidad, la provisionalidad, el encumbramiento de la emocionalidad a costa de la razón…, proporciona abono adecuado al poder político, o a cualquier otro, para manipular los hechos y conformarlos según sus objetivos de poder. Es la fuerza de la postverdad. 

De ahí que el ciudadano medio, la gente de la calle, ante este pacto presupuestario, nos preguntemos, ¿será un mensaje para provocar un estado de ánimo favorable a sus intereses políticos? ¿Será una propuesta sin fundamento real? ¿O será un “globo sonda” para encubrir otras situaciones políticas difíciles de explicar? Simplemente, desconfiamos… Pero la falta de confianza en los políticos corroe la democracia y desestabiliza el sistema. Y esto es lo grave, lo verdaderamente grave.

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No son de los obispos, ¡son del pueblo!

Desde hace varios años se está tratando de generar una falsa polémica acerca de la propiedad de determinados templos que, aparte de estar dedicados al culto, poseen un gran valor artístico e histórico y, por ello, generan múltiples ingresos. Se discute su propiedad por considerarse que pertenecen “al pueblo” –lo que ha de ser traducido en este caso por “instituciones públicas”– y por entender que se ha accedido a ella por medios contrarios a Derecho. La polémica no sólo es falsa, sino que, además, resulta artificial. Basta con leer los argumentos que se exponen en los informes de supuestos expertos para darse cuenta de ello. La inmatriculación es un acto formal consistente en incorporar al Registro de la Propiedad un bien que se posee legítimamente. La inscripción en el mismo se produce una vez acreditada la propiedad mediante justo título; dicho sencillamente, tal inscripción no atribuye la propiedad de un bien, sino que simplemente da fe pública de esta. A través de una Ley de 1998, partiendo de una situación de facto –la existencia de múltiples bienes que estaban sin inscribir porque la posesión continuada de los mismos durante siglos lo hacía innecesario– se abrió la posibilidad de inmatricular aquellos de propiedad de la Iglesia mediante la presentación de un certificado del Obispo titular de la Diócesis. Esta posibilidad se cerró, con una nueva reforma normativa, en el año 2014, por entender que ya había existido tiempo suficiente para culminar la regularización registral de tales bienes. Durante esos años se han inscrito en los correspondientes Registros de la Propiedad Iglesias, Ermitas, Catedrales, casas sacerdotales o salones parroquiales, es decir, edificios destinados a celebrar y vivir la fe por parte de los fieles. Es más que evidente que todos ellos no se conservarían en nuestros días de no haber sido por estar destinados a uso celebrativo y por ser propiedad de “la Iglesia” (Parroquias, Diócesis, congregaciones religiosas). Piénsese sencillamente en el hecho de que la mayor parte de los bienes que fueron objeto de alguna de las desamortizaciones llevadas a cabo en el siglo XIX o bien han desaparecido como consecuencia de su abandono o bien han pasado a manos privadas y, por ello, no pueden ser objeto de uso público. La propuesta de reclamar la propiedad de edificios de incalculable valor que generan importantes beneficios –aquellos que carecen del mismo no son objeto de reivindicación pública– esconde claramente una desamortización encubierta que cercena el derecho de propiedad reconocido en el art. 33 de la Constitución Española y, sobre todo, la libertad religiosa del 16. Pero hay más. Son edificios heredados de nuestros antepasados que, durante siglos, han servido permanentemente a la finalidad para la que fueron construidos: dar culto a Dios. No podemos perder de vista esta perspectiva. Por ello se han conservado y por eso son tan bellos. Privarles de tal finalidad sería privarles de su esencia y sólo su pertenencia a la Iglesia la garantiza. Junto con ello, no puede olvidarse el hecho de que los beneficios que generan los que poseen más valor no van al bolsillo de los Obispos ni de los miembros de los respectivos cabildos, sino que se destinan a su conservación, a proyectos de caridad o a iniciativas culturales de las que todos nos beneficiamos. Quienes han generado la polémica sólo tienen razón en un extremo. Estos bienes no son (sólo) de los Obispos, sino que pertenecen al pueblo; pero no a cualquier pueblo, sino al Pueblo de Dios. ¿De verdad estaríamos dispuestos a que la Catedral de Córdoba o la de Toledo pasen a ser gestionadas por nuestros políticos?    

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Un dramático olvido

MANOS Abre los informativos, y ocupa amplios espacios en la prensa: un padre de cuatro hijos deja olvidada a su pequeña de veintiún meses en la parte trasera de su coche. La pequeña fallece a causa de la deshidratación y la temperatura que alcanza el interior del vehículo. Según declara en ABC la psicóloga M. Jesús Álava Reyes: “Vivimos en un estado de gran tensión y aceleración desde que nos levantamos por la mañana, lo que provoca que no respetemos los ritmos biológicos propios del ser humano. Muchos padres se lamentan en consulta de que desde bien temprano gritan a sus hijos para que se despierten, se levanten, se vistan, se laven, desayunen… porque todo lo hacen muy despacio. Eso se debe a que los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza. Sin embargo, los adultos, desde que suena el despertador, se levantan con una sensación de urgencia absoluta, su sistema nervioso se pone en alerta y su mente vive cada instante como una situación de emergencia. Esto hace que uno se sienta acelerado y que meta prisa a los demás porque en la mente está muy presente el horario que hay que cumplir por tener agendas demasiado apretadas” ¿Merece la pena vivir así? ¿Podemos permitirnos el alto coste que estamos pagando por llevar un ritmo de vida que a veces nos imponemos nosotros mismos? No podemos hacernos una idea del infierno que está viviendo esta familia, especialmente el padre; pero lamentablemente hay muchas otras víctimas de este ritmo frenético en el que estamos todos viviendo: niños que crecen en soledad con el único amparo (en el mejor de los casos) de abuelos, vecinos, cuidadores etc; matrimonios sin espacio para el diálogo y el encuentro profundo, amistades que se ven seriamente dañadas porque no hay tiempo para compartir, dolencias físicas, psicológicas, espirituales, etc., etc., “Los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza” ¿Y si paramos un poco?

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Tres preguntas para valorar su trabajo

Fuente Pixabay

Fuente Pixabay

La calidad de su trabajo puede medirse a partir de tres preguntas que valoran aspectos clave respecto a las personas y la sociedad:
  1. ¿Su trabajo transforma el mundo, mejorándolo y adaptándolo a las necesidades humanas?
  2. ¿En su trabajo desarrolla sus capacidades personales y sociales?
  3. ¿Su trabajo contribuye al sustento personal y familiar?
Detrás de estas preguntas están siglos de tradición cristiana que encierran valores profundos del ser humano. El trabajo no es un conflicto entre empleados y empleadores, es un reto de ambos grupos para colaborar en el desarrollo de la comunidad. Los empleadores también trabajan. La actitud del trabajador es necesaria para dignificar un puesto de trabajo. Trabajar sin ilusión, sin ganas de mejorar, sin aportar lo mejor de uno mismo, sin buscar lo mejor para los demás, puede arruinar el mejor puesto de trabajo. El trabajo es necesario para la maduración de las personas y para el desarrollo de la sociedad. Es una oportunidad inmejorable de superación personal. El trabajo no es exclusivamente un problema económico, por tanto, ni el subsidio, ni la fijación de sueldos mínimos resuelven el problema del trabajo digno. La retribución del trabajo no es imprescindiblemente económica, así ocurre, por ejemplo, en el voluntariado o en el trabajo doméstico, donde la retribución viene por los otros fines del trabajo, no directamente por la búsqueda del sustento. El sustento personal y familiar va más allá de las necesidades del individuo; debe considerarse la comunidad que lo rodea: la familia y la comunidad en la que se desarrolla, también los enfermos y necesitados , y debe ser suficiente para cubrir esa utilidad. Esta visión contradice la creencia popular de que el trabajo es una maldición bíblica provocada por el pecado original («Comerás pan con el sudor de tu frente» Gén 3, 19). El texto bíblico realmente apunta al cansancio y al dolor como efectos del pecado. Previamente, Adán cultivaba el paraíso sin estos inconvenientes (Gén 2, 15).

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Justificar lo injustificable

Fotografía CNN Español

Fotografía CNN Español

La final del US Open, celebrada hace unos días, ha estado marcada por un sinfín de reacciones a la actitud de Serena Williams tras la amonestación que le impuso el juez de silla, después de tres advertencias por incumplir las normas del juego. La campeona olímpica, perdió los nervios, destrozó la raqueta e insultó al árbitro, achacando que su represalia era por ser mujer, y que si hubiera sido un hombre no le habrían castigado de igual forma. Más allá de la escena, que no tardó en ser portada de todos los medios, debemos pararnos a pensar en el doble debate que ha surgido a raíz de la disputa. Por un lado, ¿se puede justificar la derrota con un ataque contra ella por ser mujer? ¿Todo vale tras la capa de feminismo, tan utilizada hoy en día para justificar cualquier situación? Serena convirtió una excusa de su derrota en una bandera del feminismo. Las amonestaciones del árbitro, ajustadas a las normas, pasan a clasificarse como un ataque sexista. Justificar lo injustificable. Las opiniones respecto a este hecho no se han hecho esperar, y han sido varias las asociaciones y representantes feministas que no han apoyado esa adjudicación como ataque machista. Incluso, varias apuntan a que ese tipo de apropiaciones, lejos de ayudar al movimiento, lo alejan de sus razones y pierden credibilidad. Por otra parte, pensemos en el deplorable ejemplo que da a todos sus admiradores. ¿Se puede justificar su actitud y sus formas? ¿Todo vale, insultar, gritar o romper, cuando no se sale siempre vencedor? Una estrella como ella, a nivel mundial, modelo para muchos jóvenes, y que ante una derrota se queja a los de su alrededor, en vez de felicitar y reconocer el mérito del adversario, es lo que nuestros jóvenes están percibiendo. Es lo que la sociedad en la que vivimos normaliza cada vez más, evitando la responsabilidad, evadiendo el compromiso y no queriendo asumir las consecuencias. Hoy se busca la igualdad a través de la imitación, pero en lugar de imitar por lo alto, de querer ser igual en las virtudes, en lo positivo, estamos igualando por abajo, por la justificación de no tener que esforzarnos más, de dejarnos llevar por si otros lo hacen, de querer ser grandes personajes pero sin tener que luchar para ello. Vivamos sin la necesidad de buscar excusas a nuestros fracasos. Aceptar los errores y rectificar de cara al futuro es el mejor camino para ser verdaderamente grandes.    

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Pan y circo

Fuente Wikipedia

Fuente Wikipedia

¡Qué difícil resulta traducir en palabras la realidad sociopolítica cuando ésta adquiere tonalidades agrias y oscuras como las actuales! ¡Qué difícil hacer la síntesis de nuestra realidad cotidiana y poder encontrar respuestas cuando uno se sienta delante del televisor, escucha la radio o penetra en la variopinta información ideologizada que te ofrece la prensa! “El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”. Con estas palabras, el poeta satírico Juvenal describía a finales del siglo primero la política de algunos emperadores romanos que a través de sus obsequios al pueblo y sus espectáculos pretendían distraer al personal y mantenerlo alejado de sus abominables prácticas políticas. Siempre hemos pensado que esta práctica tan antigua era mantenida en la actualidad por dictaduras y regímenes políticos totalitarios; pero hoy hemos de preguntarnos si estos dos grandes instrumentos de control social no forman parte de la política actual en un sistema que ampulosamente llamamos democrático. ¿Qué es si no, pan y circo, el sainete pintoresco de los lazos amarillos con los que los independentistas catalanes nos están obsequiando todos los días, o la carnavalesca estrategia del “tú más” en la absurda guerra de los currículos universitarios? ¿Acaso no se pretende hacer un espectáculo de la política cuando se hurta al Parlamento, altar sagrado en un sistema democrático, el debate sobre la gestión pública para trasladarlo a los platós de televisión o a las plataformas incendiarias de las redes? ¿O no estamos hablando de pan cuando se pretenden abrir los telediarios con populistas propuestas de mejora social que después no se plasman en la realidad? Mientras tanto, una gran mayoría social, desinformada y anestesiada por el “soma” del rápido consumo de emociones, permanece distraída con espectáculos frívolos y adormecedores, y esperando que el “papá Estado” nos solucione la vida. Escribió Guy Debord (1967) que “la desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable, y quien la cree imbécil”. Y entre interrogantes y lamentos transcurre la vida de una minoría inquieta y responsable que se pregunta dónde se encuentra la búsqueda del bien común, la transparencia política, y la participación subsidiaria de los ciudadanos en las tareas del Estado, que conjugan la esencia del sistema democrático.

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