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Una DUI diferente

Ha pasado. Tras un largo tiempo de desafíos, ilegalidades e incertidumbre, el Parlamento de Cataluña, con apenas la mitad de sus miembros y en ausencia de casi la otra mitad, ha decidido proclamar la independencia respecto del resto de España y declarar la apertura del proceso hacia la constitución de una República catalana. Muchos nos seguimos preguntando cómo hemos podido llegar a este extremo. No entendemos cómo es posible que no hayan funcionado los mecanismos previstos en nuestro sistema político para lograr el entendimiento. El Estado ha ido renunciando paulatinamente a una presencia activa en el territorio de Cataluña. Los líderes políticos catalanes que se han pronunciado  a favor de la independencia dejaron hace meses de representar a los ciudadanos que les votaron. Los partidos políticos han actuado en todo este tiempo  con una clara mirada cortoplacista, más interesada en el voto inmediato que en el bien común de España y de los españoles. Se han cometido errores graves, fruto de extremismos ideológicos, que han resucitado fantasmas del pasado que creíamos superados. Hemos perdido los valores colectivos y renunciado a la búsqueda de las virtudes en favor de nuestro propio interés personal. Son algunas ideas que pueden ayudarnos a entender cómo debemosactuar ante esta situación pensando en el futuro. Es claro que un Estado democrático sin Estado de Derecho no es legítimo, como tampoco lo es un Estado de Derecho sin el valor de la democracia. Una Cataluña independiente creada fuera del marco constitucional y en contra de las reglas del juego democráticas es pura artificialidad. Pero un Estado insensible a necesidades colectivas fuertemente interiorizadas constituye pura irresponsabilidad. Es obvio que ha llegado el momento de, una vez que se restablezca la legalidad perdida a través de los instrumentos constitucionalmente previstos para ello y desde la unidad de todos los partidos constitucionalistas, abrir un proceso más amplio de reflexión acerca de quiénes somos como comunidad y a dónde queremos ir juntos. No basta solo el Derecho. Tampoco que la decisión la tomen otros.Resulta imprescindible plantearse a nivel individual y colectivo qué hemos de hacer. Ante la Declaración Unilateral de Independencia, necesitamos una DUI diferente, una decisión de unidad inteligente. España es más que nuestros dirigentes públicos. La unidad no se construye con unos pocos. España somos todos.  

GRUPO AREÓPAGO

El 60 aniversario del Tratado de Roma

El 25 de marzo de 2017 se celebrará el 60 Aniversario de la firma del Tratado de Roma, por el que se constituye la Comunidad Económica Europea (CEE), dando así un gran impulso a la unión creada en 1951 con la firma del Tratado de la CECA por Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos y, con ello, a la consecución del gran objetivo de lograr la paz entre los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial. Desde sus mismos orígenes, la Unión Europea se ha basado en los valores de la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y el respeto a los derechos humanos y entre sus objetivos principales se encuentran promover la paz, sus valores y el bienestar de sus pueblos. El éxito de la Unión Europea es más que evidente: no sólo se logró la paz, sino que los diferentes Estados Miembros, que han ido ampliándose hasta alcanzar los 28, han asumido estos valores (recuérdese que no pocos de ellos, España incluida, venían de dictaduras) y sus ciudadanos han mejorado sus condiciones de vida. Sin embargo, los diferentes acontecimientos que se están produciendo justo cuando se cumplen 60 años de este importante hito histórico apuntan hacia la ruptura del lema “Unida en la Diversidad” y hacia la pérdida de importancia de todos estos valores. La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión, el crecimiento del euroescepticismo en algunos países, el auge de los populismos en determinados Estados, la crisis del Euro, la crisis de los refugiados, entre otros hechos, están generando una importante crisis de identidad. Desde el punto de vista del ciudadano, las preguntas que podríamos hacernos a la vista de este 60 aniversario son muchas,¿Qué proyecto de futuro tiene la Unión Europea?¿Dónde se encuentran los valores de solidaridad y de paz originarios de su fundación? ¿Cómo responder a los retos que se plantean en la actualidad? ¿Cómo reforzar la participación democrática de los propios ciudadanos? ¿Cómo ser fieles a los valores en los que se basa la Unión y que simbolizan nuestra civilización? La celebración de los 60 años del Tratado de Roma es un contexto excelente para celebrarlos logros europeos y para retomar, a todos los niveles, la ilusión por este proyecto de unidad. Pero, ante todo, debería ser la oportunidad para, en un contexto de crisis global, recuperar sin complejos los valores que permitieron fundar la Unión y para afrontar, desde ellos, los retos que se nos plantean.

GRUPO AREÓPAGO

Católicos en la política. Un problema de identidad.

carriquiryPor su renovada actualidad os hacemos llegar está ponencia del profesor Guzmán Carriquiry, realizada en mayo de 2010 como Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos, sobre la formación de los fieles laicos en el compromiso político. Creemos que es una reflexión muy oportuna y que arroja algo de luz sobre este polémico tema. ¿Cómo formar a los fieles para que jueguen su papel en la arena política?

Texto completo de la ponencia: “Criterios y modalidades para la formación de los fieles laicos en el compromiso político”

El profesor Carriquiry comienza constatando como un hecho la creciente desproporción entre la mayor participación de los laicos en vida eclesial y su menor presencia en la vida pública. Hay que alegrarse por lo primero, pero no podemos ser indiferentes a lo segundo, más aún cuando es un deber inmediato de los laicos actuar a favor de un orden justo en la sociedad.

Ciertamente, no faltan católicos implicados y con responsabilidad en la sociedad civil, en diversas estructuras y organizaciones intermedias, incluso en responsabilidades de alta política, pero parece que su identidad católica queda desdibujada fácilmente ante otras identidades que debían ser secundarias en temas esenciales. Por lo tanto, el déficit real se encuentra en la identidad personal de los fieles laicos.

La Iglesia, en consecuencia, no debe formar políticos, debe formar cristianos. “Hombres y mujeres nuevos, cada vez más configurados en Cristo, con-formados a Él, en la comunión de sus apóstoles y discípulos”. Como apunta el profesor Carriquiry en este artículo, “sólo aquellos que viven con gratitud y alegría la verdad y la belleza de ser cristianos, se harán de verdad protagonistas de una nueva vida dentro del mundo”.

Porque la fe aporta una experiencia de cambio y una inteligencia global sobre la vida, “una nueva modalidad de mirar, discernir y enfrentar toda realidad”, que impregna todas las dimensiones de la vida social. Un católico sólo podrá aportar originalidad a la vida pública y social si se asienta sobre esta novedad e inteligencia de la fe.

La identidad católica del laico comprometido se desarrolla en su propia libertad, iniciativa y responsabilidad, respondiendo a la vez a la autonomía de la vida civil y a la consistencia de la identidad personal, convirtiendo al cristiano comprometido en la política en testigo de Cristo en este ámbito. Ese es el reto que propone el profesor Carriquiry.

El político cristiano debe saber que “el compromiso político requiere una dedicación apasionada, pero al mismo tiempo (debe saber) también que la política no es todo ni la cosa principal”, testimoniando que todo cambio verdadero comienza en el corazón de la persona.

Adicionalmente, se pregunta el profesor si las enseñanzas sociales de la Iglesia están presentes en los itinerarios formativos  de la catequesis y de la formación de los laicos, y si se está dando el adecuado acompañamiento pastoral a aquellos que intentan poner estas enseñanzas en práctica. Hay que pedir a los pastores que conozcan mejor a sus fieles que, inmersos en estos trabajos, tienen muchas veces la sensación de quedar abandonados a su suerte, sin más orientación y apoyo que unos apuntes doctrinales de carácter muy general.

Toda la comunidad cristiana debe arropar a los fieles ocupados en estas tareas, con cercanía personal, amistad y comunión. Si no es así, apunta Carriquiry, será muy difícil perseverar en una vocación cristiana en la política.

Finalmente, el profesor apunta el problema de la pluralidad política. Los principios fundamentales de la doctrina cristiana conviven con muchas opciones de tipo secular que puede llevar a diversos cristianos, todos coherentes con su fe, a opciones políticas diversas. El cristiano se encontrará en una tensión entre la unidad de la fe y la diversidad de las soluciones políticas. Entre políticos católicos debe prevalecer la unidad de la fe, por ser más importante que la divergencia política. Por otro lado, hay principios innegociables para un cristiano, que afectan a su identidad propia y a los que no puede renunciar.

En resumen, un sugerente artículo, especialmente oportuno en las circunstancias actuales.