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Pan y circo

Fuente Wikipedia

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¡Qué difícil resulta traducir en palabras la realidad sociopolítica cuando ésta adquiere tonalidades agrias y oscuras como las actuales! ¡Qué difícil hacer la síntesis de nuestra realidad cotidiana y poder encontrar respuestas cuando uno se sienta delante del televisor, escucha la radio o penetra en la variopinta información ideologizada que te ofrece la prensa! “El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”. Con estas palabras, el poeta satírico Juvenal describía a finales del siglo primero la política de algunos emperadores romanos que a través de sus obsequios al pueblo y sus espectáculos pretendían distraer al personal y mantenerlo alejado de sus abominables prácticas políticas. Siempre hemos pensado que esta práctica tan antigua era mantenida en la actualidad por dictaduras y regímenes políticos totalitarios; pero hoy hemos de preguntarnos si estos dos grandes instrumentos de control social no forman parte de la política actual en un sistema que ampulosamente llamamos democrático. ¿Qué es si no, pan y circo, el sainete pintoresco de los lazos amarillos con los que los independentistas catalanes nos están obsequiando todos los días, o la carnavalesca estrategia del “tú más” en la absurda guerra de los currículos universitarios? ¿Acaso no se pretende hacer un espectáculo de la política cuando se hurta al Parlamento, altar sagrado en un sistema democrático, el debate sobre la gestión pública para trasladarlo a los platós de televisión o a las plataformas incendiarias de las redes? ¿O no estamos hablando de pan cuando se pretenden abrir los telediarios con populistas propuestas de mejora social que después no se plasman en la realidad? Mientras tanto, una gran mayoría social, desinformada y anestesiada por el “soma” del rápido consumo de emociones, permanece distraída con espectáculos frívolos y adormecedores, y esperando que el “papá Estado” nos solucione la vida. Escribió Guy Debord (1967) que “la desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable, y quien la cree imbécil”. Y entre interrogantes y lamentos transcurre la vida de una minoría inquieta y responsable que se pregunta dónde se encuentra la búsqueda del bien común, la transparencia política, y la participación subsidiaria de los ciudadanos en las tareas del Estado, que conjugan la esencia del sistema democrático.

GRUPO AREÓPAGO

Corrupción ideologizada

corrupcion

Cada vez resulta más evidente que hay corrupción de izquierdas y de derechas. Basta, para comprobar que es así, con observar el diferente tratamiento que se da a unos casos y a otros en función de la filiación ideológica de quien los protagoniza, la distinta forma en la que valoramos el hecho e, incluso, cómo en no pocas ocasiones llegamos a justificarlo o a condenarlo desproporcionadamente en función de si quien se ha servido de la gestión de asuntos públicos o privados en beneficio propio incurriendo en ilegalidad con ello se encuentra dentro o fuera de nuestra órbita de pensamiento.

Es una de las consecuencias –una más– del relativismo imperante, en virtud del cual no existe una forma común de aproximarse a la realidad y, por tanto, no hay verdades objetivas.

El problema alcanza niveles preocupantes cuando ello afecta a quienes, por su responsabilidad pública, deberían asumir el deber moral de reaccionar, sin tapujos, frente a este mal de efectos tan nocivos: en particular, responsables de partidos políticos, gobernantes, jueces y tribunales, medios de comunicación. También todos nosotros, ciudadanos de a pie, que hemos de ser capaces de denunciar y reaccionar en consecuencia, así como de detectar otros tipos de corrupción moral que nos afectan personalmente y que igualmente dañan a la comunidad en la que vivimos y al sistema del que nos hemos dotado.

Unos y otros somos responsables de la lucha contra la corrupción; contra todo tipo de corrupción.

 

Grupo AREÓPAGO

Ejemplaridad

ejemplo

Aún se sigue hablando del –pequeño– escándalo provocado por un destacado líder del partido anti-casta (que promete erradicar del ámbito político todos los malos hábitos y abusos) al conocerse que ha defraudado a la Seguridad Social por no formalizar el alta de la persona que prestaba servicios para él. Se une a los –curiosamente, también pequeños– escándalos provocados por otros dirigentes de ese mismo partido, siempre en la línea de incumplir obligaciones laborales. Lo llamativo de este asunto no es sólo que quien debe dar ejemplo ha demostrado incurrir en los mismos males que los miembros de la casta a los que tanto critican, hasta tal punto de hacer de ello su bandera; es, además, que se busque justificar el comportamiento en la complejidad burocrática que supone el cumplimiento de la Ley, una Ley que es la misma para todos, incluidos los miles de ciudadanos en la misma situación que, en cambio, la cumplen. Peor aún es la cadena de apoyos recibidos por el infractor, a quien se le ha llegado a calificar de ejemplo moral.

La obligación incumplida consiste en rellenar un sencillo formulario y remitirlo, debidamente firmado y acompañado de copia del contrato de trabajo, a una oficina de la Tesorería General de la Seguridad Social, algo que puede hacerse incluso por correo postal.

A quienes desempeñan cargos públicos y optan a asumir responsabilidades de gobierno les es exigible un plus de ejemplaridad. No sólo han de parecer honestos sino que, además, han de serlo, en su esfera pública y en su esfera privada. Quien es capaz de defraudar en lo menos es más capaz aún de defraudar en lo más.

La ejemplaridad, entendida como cualidad de quien ha de ser ejemplo, es decir, modelo que otros imiten, brilla por su ausencia en no pocos de nuestros políticos, viejos y nuevos. No piden perdón por sus errores y no asumen las responsabilidades de ellos derivadas. Si, en lugar de ser modelos de probidad y de virtud, fieles a la vocación de servicio público para la consecución del bien común que es la política, son ejemplo de búsqueda de su interés personal y de malos ciudadanos, están incapacitados para el ejercicio de cargos públicos. Sencillamente.

Grupo AREÓPAGO

Nueva política

congreso diputados“Queremos hacer  una nueva política”,  “estamos por el cambio”: son los mensajes que suenan con más fuerza en el nuevo escenario político de nuestro país. Una mirada analítica a la historia de las ideas políticas nos confirma  que plantear en política como ideal lo nuevo y lo viejo es una idea caduca, pues lo que importa, o debiera importar, es hacer “buena política”,  asumiendo como referente básico el principio del bien común. Igual sucede con la idea del “cambio”: ¿hacia qué o hacia dónde? No todos los cambios en la vida y en la historia son o han sido realizados desde y para este referente básico. Y es en este caminar por los senderos de la buena política en donde hay que situar la actividad más importante de nuestros políticos en estos momentos: el pacto o los pactos a los que inevitablemente nos lleva el resultado de las últimas elecciones. Pactar forma parte de la esencia de la política, pero ha de ser el bien común su principio orientador. Cuando los pactos giran alrededor de estrategias de partido, de cálculos electoralistas, de confrontación para eliminar al contrario…, se sitúan más en el marco de la  lucha por el poder que en el de la buena política. Los pactos que demanda el pueblo soberano en estos momentos exigen proyectos consensuados que tiendan a regenerar la democracia y a solucionar los graves problemas sociales que acucian a amplias capas sociales de nuestro país. La percepción que se tiene en este momento es que los pactos se están orientando más en la dirección primera que en la segunda. Se situarán, pues, en la esfera de la nueva política, pero no en la de la buena política. Hay dimensiones esenciales de la vida  cotidiana de las personas que  constituyen el objetivo principal de la política por lo que su ausencia de los pactos derivaría en clara perversión política, expresión significativa de una crisis profunda de nuestra democracia. El mundo del trabajo, de la familia, de la educación, de la sanidad…, sin obviar por supuesto otros temas relevantes como la territorialidad del Estado, en forma de proyectos, han de ser prioritarios para forjar unos pactos que hoy por hoy  no se vislumbran.  

Grupo AREÓPAGO