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La paz en cada uno de nosotros

 
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A diario tenemos noticias relacionadas con la muerte de personas provocadas por otras, de diferentes formas y en distintos contextos y situaciones. Muertes, como la del pequeño Gabriel, que nos hacen preguntarnos ¿En qué mundo vivimos? ¿Por qué tanta maldad? ¿Qué le pasa al ser humano?  ¿Estamos realmente tan enfermos? ¿Qué podemos hacer ante estas personas dañinas, que matan, que agraden o que odian al otro? ¿Cómo podemos evitar tanto sufrimiento? Son muchas las preguntas que nos hacemos y para las que no encontramos respuesta inmediata. Como premisa es fundamental pensar que no todo el mundo es tan malo, ni tan egoísta. Afortunadamente hay más personas haciendo el bien que el mal. Más personas honestas, amables, generosas, nobles y con miles de virtudes que las que se dejan dominar por la maldad y el odio. Lamentablemente no son noticia. Las buenas personas no llaman la atención. No se ofrecen ni se adoptan como modelos de referencia. No atraen a la prensa. La sociedad tiene que cambiar. Es una obligación urgente trabajar y luchar por recuperar los valores y principios básicos de la vida y la dignidad humana como el amor y la paz entre nosotros, empezando desde la familia y desde la escuela, y es en estos entornos donde hay que crear situaciones en las que a los niños les lleguen las buenas palabras, las buenas acciones, los buenos pensamientos y las buenas intenciones acompañadas de obras igualmente buenas.  Los niños aprenden por imitación y por el ejemplo de los demás, pero ¿qué ejemplo les estamos dando? ¿El ojo por ojo? ¿Eso es lo que buscamos? Los niños y jóvenes de hoy no pueden ver como algo normal que cada día una persona mate a otra. El asesinato de un ser humano nunca tiene justificación. Los jóvenes no pueden acostumbrarse a estas noticias de odio y de desgracia que a todos nos vuelven insensibles ante al dolor y el sufrimiento del otro. De lo contrario, estaremos promoviendo el odio nosotros mismos. La paz deber ser un valor permanente en cada uno de nosotros; la paz y el respeto al ser humano tiene que iniciarse dentro de la familia; es necesario un fortalecimiento continuo de estos valores. Convivir en paz y en armonía desde la niñez son un reto de esta sociedad acostumbrada a la guerra, a la violencia y a los conflictos entre las personas. La paz de nuestro mundo comienza en cada uno de nosotros. La paz de nuestro mundo se construye sobre la base de la paz interior de cada ser humano.

GRUPO AREÓPAGO

La música en la vida

musica

Cada 22 de noviembre, los músicos celebran su patrona, Santa Cecilia. Cada día la música forma parte de nuestras vidas, es un arte que nos afecta en nuestra vida cotidiana,  y que ha estado presente en todas las sociedades a lo largo de la historia.  Quién no tiene un músico preferido o tiene una canción favorita o la banda sonora de una película que nos  recuerda un  momento especial en nuestras vidas, y que prefiere frente a los millones de melodías que existen, y que se crean cada día.

La música es un arte y además es un lenguaje de comunicación, a través de este lenguaje podemos transmitir alegría, tristeza, fuerza, nos puede ayudar a reflexionar o incluso mejorar nuestro estado de ánimo.

Dicen que la música es muy beneficiosa para los bebés. Incluso antes de nacer, se recomienda que los bebés escuchen  música porque estimula su capacidad de atención, les aporta tranquilidad, etc. La música puede ser terapéutica: ayuda, entre otros beneficios, en el desarrollo físico y psíquico de los más pequeños.

Podemos decir que la música también es una herramienta de comunicación de valores porque además de producir placer y bienestar cuando lo escuchamos o tristeza en función de las circunstancias, nos ayuda a transmitir valores como la solidaridad, el amor, la esperanza, la justicia, la responsabilidad, incluso algo tan especifico como es  evangelizar. Como es el caso del sacerdote Daniel Pajuelo que evangeliza a través del ritmo del rap y hip-hop, que predica a través de sus canciones, ofrece su testimonio de fe en sus conciertos.

Estos son  algunos ejemplos del buen uso de la música,  pero también es cierto que la música puede influir en la forma de pensar y de actuar de las personas, puede  ser un medio de comunicación de la violencia, de transmisión de anti-valores, puede producir efectos negativos, agresivos en los comportamientos de las personas,  como son algunas canciones de reggaeton, por poner un ejemplo, que provocan conductas violentas en adolescentes.

Dice el Papa Francisco que “la música tiene la capacidad de unir las almas”, que con motivo del Día de Santa Cecilia, la música sea un instrumento de paz entre los pueblos y entre las personas  que tanta falta hace en nuestros días.

Grupo Areópago

“Los libertadores” de Gerardo López Laguna

La lucha por la libertad está dentro de nosotros

Un grupo de cazadores de hombres capturan esclavos de las aldeas para venderlos a las fábricas del norte. Dos niños son capturados y, enjaulados, viajan hacia los mercados de esclavos. Para sus ellos y para sus amigos comienza una carrera en que la lucha por la vida y la lucha por la libertad son una misma cosa. Sobre el argumento de esta historia no se puede contar más sin desvelar un trepidante hilo argumental que lleva al lector enganchado hasta el final del libro. Una lectura muy apropiada para jóvenes y adultos, aficionados del género fantástico y con ganas de leer literatura con calidad y con valores. El texto mantiene una tensión continua durante toda la historia, lo que hace la lectura fácil, ligera y apremiante. Es un libro de los que se quedan pegados a las manos. Pero los valores de este libro van más allá del entretenimiento y el interés de un libro de aventuras, que por supuesto no faltan; este escrito incluye una oportunidad, para el lector reflexivo, de profundizar en el auténtico aprecio de valores como la paz, la libertad y el respeto al otro, tan manejados estos días y, la mayoría de las veces, tan poco reflexionados. Los protagonistas de esta historia luchan por su libertad frente a los violentos, pero deciden hacerlo sin violencia. Esto, que conceptualmente apoyarían muchos de nuestros contemporáneos, cuando se lleva a situaciones prácticas se antoja una temeridad y una locura para casi todos, incluidos los que anteriormente habían dado su apoyo. A pesar de que el aparente atajo de la violencia siempre se presenta como el más efectivo, la reflexión que nos plantea este libro es otra: que el camino de la no violencia es más largo, pero mucho más poderoso, y a la postre, el único que lleva a la paz. El título nos habla de libertad, porque el hilo central de la narración nos lleva por el deseo de libertad. Una libertad que va más allá de la libertad física, más allá de romper unas rejas o escapar de unos captores, es la libertad de abrazar la verdad, de enfrentarse al mal o de sacudirse el miedo. La libertad física sin la libertad del espíritu no vale la pena. Varios personajes sacrifican la primera por la segunda, incluso entregando su vida. Esto es algo que sorprende al lector, le sacude en la previsión que va haciendo de la historia, sin duda, porque en nuestro pensar común, la libertad interior está minusvalorada y la libertad exterior está exaltada. Esta novela obliga a reflexionar sobre la libertad que buscamos y la que vale la pena. Otro valor que empapa las páginas es el del respeto al otro, entendido como un respeto profundo a su libertad y a los convencimientos de cada uno. Nada tiene que ver con la tolerancia débil en que todo da igual y se convierte en indiferencia frente a los diferentes, ni con el eclecticismo de manga ancha en el que todo vale lo mismo, se trata de esforzarse en entender al otro y de valorar todo lo bueno que hay en sus planteamientos, sin perder la referencia de los propios y sin esquivar la denuncia del mal. Estos valores están en la trama de la historia, en los diálogos de los personajes y en sus avatares, pero está muy lejos de ser un ensayo, es una novela, con su planteamiento, su desarrollo y su desenlace, con un hilo que la recorre y un interesante anzuelo que va llevando al lector de un capítulo a otro. Una aventura, ese es su mejor calificativo. Una aventura de paz, libertad y respeto al otro cómo es.   La entrada “Los libertadores” de Gerardo López Laguna aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Dios en Sarajevo. Memoria de un pacifista” de Gerardo López Laguna

Dios en SarajevoEl pacifismo cristiano

Escribo estas líneas desde el convencimiento de que la guerra es una experiencia terrible, un veneno mortal que se genera al mezclarse dos ingredientes en suficiente cantidad. Estos ingredientes fatídicos son la injusticia y el odio. Por tanto, la mejor forma de acabar con la guerra es reducir la injusticia de la sociedad en que vivimos y eliminar el odio de lo profundo de los corazones.
Muchas son las iniciativas que tratan de luchar contra la injusticia. Qué gran lema era aquel de Manos Unidas que declaraba que las injusticias de hoy son las guerras de mañana. Una gran verdad que si moviera suficientemente nuestros corazones podría evitar muchos conflictos armados. Incluso, cuando ya se ha desatado una guerra, muchos tratan de ayudar a las víctimas enviando alimentos, mantas, medicinas… que es otra forma de reducir la injusticia y sofocar, de alguna manera, las llamas de la violencia. La mayoría de estas iniciativas, sean gubernamentales o no, son dignas de aprecio y apoyo porque la injusticia no es un concepto abstracto, sino que se concreta en necesidades precisas que es necesario atender y en sufrimiento personal que es imprescindible compartir y paliar, en la mayor medida posible. Y es posible mucho más.
Sin embargo, son muy pocas las iniciativas que tienen como principal objetivo eliminar el odio de los corazones. Una de ellas es la que recuerda el colaborador de Radio Santa María de Toledo, Gerardo López Laguna, en el libro «Dios en Sarajevo», publicado recientemente por el sello toledano Ediciones Trébedes.
En este libro, Gerardo nos relata, en primera persona, su experiencia en Sarajevo en 1992 y 1993. En aquellos días participó en una iniciativa audaz: un ejército desarmado que se interpusiera entre los contendientes de la guerra como un gran gesto de amor. Mientras la población de la ciudad bosnia, mayoritariamente musulmana, sufría la tortura del aislamiento y la escasez, los bombardeos de mortero y la plaga de los francotiradores, en Italia se organiza una marcha a finales de 1992 y se prepara otra masiva para 1993. Gerardo participa en la primera marcha y ayuda en la organización de la segunda desde el mismo Sarajevo. Los detalles de estas dos iniciativas se relatan en el libro desde la vivencia personal del autor.
Pero lo más importante de este libro no son los hechos históricos, ni el acontecer de una trama, sino el testimonio de amor personal, de  reconocimiento en el rostro de hombres, mujeres, niños y ancianos golpeados por el sordo mazazo de la guerra, de personas infinitamente amadas por Dios, que están reclamando de nosotros que les manifestemos ese amor que los avatares de la guerra les niegan. El libro se alimenta por momentos del diario  del autor, de su diálogo interior con Dios que hace una lectura creyente de los acontecimientos de cada día.
Es este un libro que nos zarandea, nos interpela y nos impulsa, nos interroga y nos responde. Dios es amor para todos los hombres, especialmente para los que sufren. Por eso, a Dios se le encuentra donde se ama, porque ese amor es regalo suyo. Amando a los que sufren, sean quienes sean, Dios se hace presente, sea aquí, en la aparente paz de Toledo o en una calle de Sarajevo durante la guerra. la terrible guerra de Sarajevo.
¿Es posible parar una guerra mediante un gran gesto de amor? ¿Podría una multitud desarmada interponerse entre los contendientes de una guerra? Tonino Bello, obispo de Molfetta (Italia), lanzó este reto y provocó dos marchas pacíficas a Sarajevo para acabar con la guerra que la estaba destruyendo. Gerardo López Laguna fue en la primera marcha y participó en la organización de la segunda desde el mismo Sarajevo. Su testimonio es impactante. El peligro era grande. Los continuos tiroteos, la amenaza de los francotiradores y los disparos de mortero interrumpían continuamente la vida de la ciudad semidestruída. Uno de los voluntarios cayó abatido por los disparos. El riesgo de morir era continuo, pero ¿no nos había redimido Cristo de esta manera, dando la vida por nosotros? Si Dios nos ama así, ¿por qué no hacer nosotros lo mismo con los demás si contamos con su fuerza?
El pacifismo cristiano, que inspira esta aventura, apoya su práctica en una vivencia profunda de fe y el ejemplo de Cristo. En su desarrollo destacan dos aspectos principales: la búsqueda de un trato personal con los que sufren y la apuesta firme por la no violencia como herramienta de cambio de la situación. El libro, a través de las experiencias que nos va describiendo el autor, manifiesta continuamente estas dos facetas. Porque si Dios ama a cada persona de forma única, no cabe otra forma de tratar dignamente a las personas que de esta misma manera. Hoy día, en que la eficacia parece un valor superior a lo personal, contrastan estas actitudes contracorriente, que recuerdan a aquel comentario de Teresa de Calcuta cuando le preguntaron cómo había conseguido ayudar a tantas personas necesitadas a lo largo de su vida, y ella contestó: «Uno a uno». La opción por la no violencia arranca de un presupuesto similar, porque el testimonio de la no violencia interpela personalmente los corazones, y solo por esa vía se puede cambiar a los violentos, que también tienen corazón y necesidad de ser amados. Nace del convencimiento de que en el momento en que los violentos se sientan personalmente amados, abandonarán la violencia.
Ambos principios de actuación chocan con nuestra mentalidad moderna, educada en la eficacia y la prisa, en los mercados y el consumo masivos. Es por eso que la lectura de este libro nos interpela, no tanto por los horrores de una guerra, que también nos estremecen, sino por la actitud que quiere arrancar de nosotros de cercanía con los que sufren ese horror, victimas y verdugos, y el deseo de que todos nos descubramos como hermanos compartiendo un destino común, donde la única actitud adecuada es la fraternidad.
El lector queda con la impresión de haber tomado una bebida fuerte, con la mezcla de sensaciones del buen sabor y de un impacto amargo. La guerra no es agradable de ver, pero en los hombres y mujeres que sufren en ellas reconocemos algo que es parte de nosotros, parte de nosotros mismos, la humanidad sufriente. Por eso, al leer este relato nos queda el agrado de reconocer a alguien, tal vez temporalmente olvidado, que nos alegra recordar.
(Dos extractos de este artículo fueron publicados en El Padre Nuestro de Toledo en septiembre de 2010 y El Cultural de ABC en Castilla La Mancha en octubre del mismo año)
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