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Nuestra mente nos engaña

Todos confiamos demasiado en nuestros pensamientos y de forma automática les damos un valor de veracidad que no tienen. Está mas que demostrado que las personas nos sentimos incómodas si no encontramos sentido a lo que hacemos y por eso casi siempre nos cuesta reconocer que nos equivocamos y, el algunos casos, llegamos a justificar en nosotros como bueno, lógico y normal lo que en otro momento no nos lo parecería, o lo que a otro no consentiríamos.

Por otro lado según un estudio reciente la repetición de actos de deshonestidad en beneficio propio acaban con la sensibilidad del cerebro a la inmoralidad de uno mismo. Esto con el tiempo crea un efecto de bola de nieve en el que las pequeñas mentiras se transforman en actos de notable deshonestidad. Es decir, las pequeñas mentiras no son inofensivas para el cerebro, sobre todo si se repiten con la suficiente frecuencia.

Si unimos esto unido a la necesidad de aceptación por parte de los demás de nuestra identidad puede llevarnos a entender, en parte, la gran mentira de la ideología de género que últimamente se concreta en querernos inculcar las “identidades trans”.

De primeras parece que identidad y trans son conceptos contrapuestos, pero, en un contexto de preponderancia del relativismo y de rechazo de verdades objetivas, se busca tranquilizar conciencias explicando que una cosa es el género asignado (el sexo que anota el médico en el parte de nacimiento tras observar nuestro cuerpo) y otra cosa es lo que “uno mismo siente”, que puede o no corresponder con lo que el médico ve -y, con él, todos los demás-.

Los defensores de esta ideología entienden que el sentimiento personal y subjetivo se puede disgregar de la biología objetiva. De este modo, dicen que se es hombre o mujer si te identificas como tal independiente de tu cuerpo. Sentir esta desintegración personal, incluso a partir de los 4 años, es lo que definen como ser trans. Y con ello, se siembra la duda en nuestra mente, haciéndonos cada vez más vulnerables.

Hemos pasado de tener que formar nuestra conciencia para no engañarnos a nosotros mismos a tener que luchar también contra la conciencia colectiva que también se engaña a si misma.

Grupo Areópago

 

 

Historias e ideologías

fiesta-nacional

En torno al 12 de octubre, fiesta nacional de España y Día de la Hispanidad, se viene produciendo en los últimos tiempos, a través de signos, manifestaciones y discursos de todo tipo, acalorados debates sobre el significado de estas fiestas y de los acontecimientos históricos que dan sentido a su celebración. Debates en los que se aprecia un afán desmesurado de algunos sectores y grupos ideológicamente definidos  por corregir la historia sin la aplicación rigurosa y seria de la metodología crítica y profesional propia de la ciencia historiográfica.

No cabe la menor duda de que la Historia es un factor esencial en la edificación de la identidad de un pueblo. El conocimiento del pasado hace posible en el plano individual y colectivo la construcción del presente. Pero la historia no es solamente un pasado. “La historia es algo vivo que nos acompaña en todos los momentos de nuestras vidas”, dice Erich Kahler (1964). En todas las culturas y situaciones históricas, para bien o para mal, los acontecimientos intervienen de una manera decisiva en la construcción de la identidad de sus miembros y en dar sentido a la conciencia de pertenencia a una comunidad. De ahí la importancia que tiene  el rigor historiográfico en la búsqueda de la verdad histórica desde la verificación confrontada de las fuentes.

La grave crisis cultural y sociopolítica en la que está inmersa nuestra sociedad occidental gaseosa viene determinada en gran medida por la atrofia de la memoria. La reflexión crítica sobre dónde estamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos es actualmente  una tarea difícil. En una cultura donde predomina la velocidad y la provisionalidad, el olvido de la tradición y la memoria colectiva y compartida, propicia un campo bien abonado para la fragmentación de la historia y para su apropiación por el poder y las ideologías dominantes.  Cuestión que se hace sumamente grave cuando además se la utiliza como instrumento educativo al servicio de sus intereses espurios  y para la consecución de sus particulares fines políticos.

Cuando las ideologías se apropian de la historia, ésta se puede convertir con palabras de Paul Valéry en “el producto más peligroso salido del laboratorio de la inteligencia humana”.

 

Grupo AREÓPAGO

Católicos en la política. Un problema de identidad.

carriquiryPor su renovada actualidad os hacemos llegar está ponencia del profesor Guzmán Carriquiry, realizada en mayo de 2010 como Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos, sobre la formación de los fieles laicos en el compromiso político. Creemos que es una reflexión muy oportuna y que arroja algo de luz sobre este polémico tema. ¿Cómo formar a los fieles para que jueguen su papel en la arena política?

Texto completo de la ponencia: “Criterios y modalidades para la formación de los fieles laicos en el compromiso político”

El profesor Carriquiry comienza constatando como un hecho la creciente desproporción entre la mayor participación de los laicos en vida eclesial y su menor presencia en la vida pública. Hay que alegrarse por lo primero, pero no podemos ser indiferentes a lo segundo, más aún cuando es un deber inmediato de los laicos actuar a favor de un orden justo en la sociedad.

Ciertamente, no faltan católicos implicados y con responsabilidad en la sociedad civil, en diversas estructuras y organizaciones intermedias, incluso en responsabilidades de alta política, pero parece que su identidad católica queda desdibujada fácilmente ante otras identidades que debían ser secundarias en temas esenciales. Por lo tanto, el déficit real se encuentra en la identidad personal de los fieles laicos.

La Iglesia, en consecuencia, no debe formar políticos, debe formar cristianos. “Hombres y mujeres nuevos, cada vez más configurados en Cristo, con-formados a Él, en la comunión de sus apóstoles y discípulos”. Como apunta el profesor Carriquiry en este artículo, “sólo aquellos que viven con gratitud y alegría la verdad y la belleza de ser cristianos, se harán de verdad protagonistas de una nueva vida dentro del mundo”.

Porque la fe aporta una experiencia de cambio y una inteligencia global sobre la vida, “una nueva modalidad de mirar, discernir y enfrentar toda realidad”, que impregna todas las dimensiones de la vida social. Un católico sólo podrá aportar originalidad a la vida pública y social si se asienta sobre esta novedad e inteligencia de la fe.

La identidad católica del laico comprometido se desarrolla en su propia libertad, iniciativa y responsabilidad, respondiendo a la vez a la autonomía de la vida civil y a la consistencia de la identidad personal, convirtiendo al cristiano comprometido en la política en testigo de Cristo en este ámbito. Ese es el reto que propone el profesor Carriquiry.

El político cristiano debe saber que “el compromiso político requiere una dedicación apasionada, pero al mismo tiempo (debe saber) también que la política no es todo ni la cosa principal”, testimoniando que todo cambio verdadero comienza en el corazón de la persona.

Adicionalmente, se pregunta el profesor si las enseñanzas sociales de la Iglesia están presentes en los itinerarios formativos  de la catequesis y de la formación de los laicos, y si se está dando el adecuado acompañamiento pastoral a aquellos que intentan poner estas enseñanzas en práctica. Hay que pedir a los pastores que conozcan mejor a sus fieles que, inmersos en estos trabajos, tienen muchas veces la sensación de quedar abandonados a su suerte, sin más orientación y apoyo que unos apuntes doctrinales de carácter muy general.

Toda la comunidad cristiana debe arropar a los fieles ocupados en estas tareas, con cercanía personal, amistad y comunión. Si no es así, apunta Carriquiry, será muy difícil perseverar en una vocación cristiana en la política.

Finalmente, el profesor apunta el problema de la pluralidad política. Los principios fundamentales de la doctrina cristiana conviven con muchas opciones de tipo secular que puede llevar a diversos cristianos, todos coherentes con su fe, a opciones políticas diversas. El cristiano se encontrará en una tensión entre la unidad de la fe y la diversidad de las soluciones políticas. Entre políticos católicos debe prevalecer la unidad de la fe, por ser más importante que la divergencia política. Por otro lado, hay principios innegociables para un cristiano, que afectan a su identidad propia y a los que no puede renunciar.

En resumen, un sugerente artículo, especialmente oportuno en las circunstancias actuales.