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Necesitamos hombres y mujeres de Estado

En los últimos días hemos vivido en España una situación que inesperadamente ha dado la vuelta al panorama político, hasta tal punto que en pocas horas hemos estrenado gobierno. A poco que uno se detenga a analizar los hitos principales de las últimas semanas, el asombro y la indignación se asoman. No hay atisbo alguno, en ninguno de los representantes políticos, de búsqueda del bien común. Los que una semana antes aprobaban unos presupuestos que configuran, definen y encaminan la vida del país para todo un año, días después retiran la confianza a quienes la demandaron con este fin. Quien quizás tenía que haber pensado en una dimisión a tiempo, que pusiera en marcha el mecanismo de unas elecciones donde el voto de los ciudadanos sea quien decida el futuro de la nación, tampoco activa este mecanismo. Hay otros que no han tenido problema en pactar con aquellos que renuncian a la unidad de España, que promueven el independentismo radical y que incluso, se permiten denostar nuestro estado de derecho, aludiendo a él como el “régimen del 78”. ¿Pretendemos echar balones fuera y culpar sólo a la clase política de semejante desaguisado? La respuesta es un rotundo no. Si bien es cierto que España necesita verdaderos hombres y mujeres de Estado, que trabajen y promuevan el bien común no lo es menos que en cada una de las elecciones, los ciudadanos tenemos en nuestra mano, elegir si queremos seguir perpetuando a unos políticos que miran mucho más a las encuestas, que al presente real y al futuro de un país que sin duda merece que todos arrimemos el hombro y demos lo mejor de nosotros mismos. Winston Churchill decía: “El político se convierte en estadista, cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Necesitamos con urgencia estadistas, hombres y mujeres de bien y de algo más: responsables y decididos a trazar un futuro de convivencia y desarrollo estables y verdaderamente beneficiosos para esta gran nación, España. Seamos también electores responsables y decididos a colaborar con nuestro voto en la buena dirección.

GRUPO AREÓPAGO

El voto del cristiano coherente

voto

Para el cristiano que busca ser coherente, la convocatoria de elecciones para formar el gobierno de la nación presentaba un pequeño dilema moral. Para que su voto fuese “útil” debía elegir entre cuatro formaciones políticas en cuyos programas, sin excepción, aparecen propuestas severamente inmorales. La perspectiva de realizar el bien social de participar en la gestión del poder de un Estado a través de la elección responsable de una de las varias formas legítimas de propugnar el bien común se veía empañada por algunos puntos de los programas electorales que son claramente contrarios a la enseñanza del Magisterio. He aquí el dilema moral: votar el 26 – J era optar por el mal menor.

Este dilema es pequeño porque la responsabilidad del voto en España se divide entre treinta y cinco millones y medio de ciudadanos. En vez del mal menor el cristiano también ha podido optar por un bien posible; de hecho, un porcentaje significativo de votantes ha manifestado que apuesta por la democracia pero que no comparte el programa de ningún partido. Esta opción no sólo es legítima, sino también moralmente buena.

El dilema moral es pequeño, además, porque la moral del cristiano en política abarca un campo muchísimo más vasto que el día de ir a votar, y el criterio moral de intervención en toda la realidad social es el del bien común, no el del interés general de la mayoría. El cristiano quiere el bien de todos, y lo busca haciendo el bien. Tras el 26 – J el cristiano seguirá procurando el bien, haciendo por entenderse y por colaborar con todo partido, gobierno y creyente o no creyente, siempre que se mueva en el marco del bien común.

Y, por supuesto, el cristiano seguirá realizando acciones responsables el 27-J, el 28-J y cada día, pidiendo a Dios que cada ciudadano y, en particular, los que tienen la responsabilidad de servir a todos, lo hagan desde el criterio del bien común.

 

 

 

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