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“En mi principio está mi fin” de José Rivera

“En mi principio está mi fin. Cuadernos de Estudio sobre el Teatro y la Poesía de T.S. Eliot” de José Rivera

Con el título de En mi principio está mi fin, se han recopilado los apuntes de José Rivera (1925-1991) sobre la poesía y el teatro de T.S. Eliot (1888-1965). Son textos de trabajo, redactados para el estudio personal, sin ambición de ser publicados. Esto podría ser un inconveniente para su lectura, pero, al contrario, ofrece al texto una frescura y una espontaneidad que le confiere una fuerza especial que engancha al lector, atrapándole en una mezcla de confidencia y complicidad. Esta publicación es la primera que ofrece de manera amplia textos privados de José Rivera, más conocido por sus predicaciones, algunas de ellas publicadas, otras difundidas en audio, y obras de teología espiritual publicadas conjuntamente con José María Iraburu. En este caso, se trata de una selección de textos de sus Cuadernos de Estudio, apenas una octava parte de toda la extensión de los cuadernos que se conservan. Además, dentro de estos escritos privados hay que sumar su Diario y sus Cartas. Descubrimos con este libro un aspecto de José Rivera desconocido hasta ahora para muchos: su faceta intelectual. José Rivera, sacerdote toledano, destacó por su dedicación pastoral con charlas, retiros, ejercicios espirituales, dirección espiritual y su especial dedicación a la formación de los seminaristas, especialmente en Toledo, donde pasó la mayor parte de su vida. Hace pocos meses, su proceso de beatificación pasó un hito significativo con la declaración de Venerable, en octubre de 2015, y la difusión de sus predicaciones y escritos va siendo una tarea apremiante. Esta publicación nos abre el paisaje interior de la actividad intelectual de José Rivera que, en medio de la noche, robando horas al sueño, se sumergía en la lectura de autores literarios, filósofos y teólogos, con un ímpetu sorprendente. La mayoría de estos cuadernos de estudio fueron destruidos por el propio autor, pero de los que se conservaron destaca la dedicación al estudio de la obra de T.S. Eliot, poeta anglo-americano del siglo XX, converso de la increencia al anglicanismo, renovador de la poesía inglesa y premio Nobel de literatura. Eliot fue poeta, autor teatral y ensayista. Este primer volumen recoge solo los comentarios de José Rivera a la poesía y el teatro de Eliot, dejando para otra ocasión los comentarios sobre los ensayos. ¿Qué interés tiene un poeta inglés para un sacerdote toledano? El propio autor nos da alguna pista en sus comentarios: reconoce en él una visión profunda de los problemas de las personas: «Siendo una cabeza realmente  privilegiada ‒incluso en el orden religioso‒ puede enseñarme mucho acerca de la visión divina sobre el hombre y las cosas». Nos vamos a encontrar, por lo tanto, con una “crítica profunda” de los textos, no un análisis estético o lingüístico, sino con un análisis de valores y de humanidad. En la lectura de estos comentarios, descubriremos que Eliot y Rivera tiene algunos puntos fuertes de sintonía que van emergiendo una y otra vez en sus comentarios. Uno de ellos es el sentido sobrenatural de la realidad, no entendida en un sentido platónico que niega la realidad del mundo físico, sino en el reconocimiento de otro plano superior que da sentido a lo tangible para los sentidos naturales. Eliot y Rivera hablan de planos de realidad, que existen a la vez. Los que viven ignorando el plano sobrenatural viven “solo a medias”, como dormidos, porque “estar despierto es vivir en varios planos a la vez”. La conciencia de estos planos de realidad y su impacto en nuestras vidas van a aparecer repetidamente en los personajes de Eliot, tanto en la lírica como en el drama,  y Rivera va a aprovecharlos para reflexionar sobre la vida espiritual. También este tema revela una tensión dramática, el ser humano necesita de la realidad sobrenatural para dar sentido a la natural, pero, al mismo tiempo, no la soporta, no puede ver a Dios cara a cara. Aquí resuenan los famosos versos de Eliot: “Venga, venga, el pájaro reclama // no puede soportar la raza humana // tanta realidad”. Aquí enlaza otro tema de sintonía entre Eliot y Rivera, el tema del tiempo y del cambio. Como el ser humano no soporta una visión prolongada de realidad sobrenatural, tal y como sugiere el verso anterior debe utilizar el tiempo para suavizarla, avanzando para no quemarse en su contemplación. Por eso, la vida es un camino. Un camino de crecimiento, porque madurar es avanzar en la contemplación de los planos de la realidad. El hombre que crece esconde una porción de permanencia y otra de cambio, y también un camino de retorno, porque lo que cambia es porque nos conocemos mejor, crecemos al conocernos desde el plano sobrenatural, que nos da la mirada de Dios sobre nosotros. El verso de Eliot: “En mi principio está mi fin”, que sirve de título para este libro, condensa el pensamiento del poeta inglés sobre el cambio y el tiempo, que Rivera relaciona con la redención y la vocación. A mi juicio, hay un tercer punto de sintonía que no pasa desapercibido: el sentido de la acción. Está relacionado con el tema del cambio, si nos preguntamos ¿cómo puedo cambiar yo? ¿Cómo puedo cambiar el entorno o procurar el cambio de mis semejantes? Para Eliot y para Rivera, la acción consiste en dejar actuar a Dios, que es el que cambia. El grito de Tomás en Asesinato en la catedral, resume esa actitud: “¡Abrid, abrid las puertas!” porque “la Bestia ya ha sido vencida… Sufriendo es como ahora hemos de conquistar”. Rivera comenta “la intervención suprema de Dios es la sacramentalización interna del hombre… En la actividad normal de Dios es el santo el que santifica”. Por tanto, la mejor acción es la de crecer en santidad. Y Eliot proclama: “Así la oscuridad será la luz, y la inmovilidad la danza”. La entrada “En mi principio está mi fin” de José Rivera aparece primero en Ediciones Trébedes.

“En mi principio está mi fin” de José Rivera

“En mi principio está mi fin. Cuadernos de Estudio sobre el Teatro y la Poesía de T.S. Eliot” de José Rivera

Con el título de En mi principio está mi fin, se han recopilado los apuntes de José Rivera (1925-1991) sobre la poesía y el teatro de T.S. Eliot (1888-1965). Son textos de trabajo, redactados para el estudio personal, sin ambición de ser publicados. Esto podría ser un inconveniente para su lectura, pero, al contrario, ofrece al texto una frescura y una espontaneidad que le confiere una fuerza especial que engancha al lector, atrapándole en una mezcla de confidencia y complicidad. Esta publicación es la primera que ofrece de manera amplia textos privados de José Rivera, más conocido por sus predicaciones, algunas de ellas publicadas, otras difundidas en audio, y obras de teología espiritual publicadas conjuntamente con José María Iraburu. En este caso, se trata de una selección de textos de sus Cuadernos de Estudio, apenas una octava parte de toda la extensión de los cuadernos que se conservan. Además, dentro de estos escritos privados hay que sumar su Diario y sus Cartas. Descubrimos con este libro un aspecto de José Rivera desconocido hasta ahora para muchos: su faceta intelectual. José Rivera, sacerdote toledano, destacó por su dedicación pastoral con charlas, retiros, ejercicios espirituales, dirección espiritual y su especial dedicación a la formación de los seminaristas, especialmente en Toledo, donde pasó la mayor parte de su vida. Hace pocos meses, su proceso de beatificación pasó un hito significativo con la declaración de Venerable, en octubre de 2015, y la difusión de sus predicaciones y escritos va siendo una tarea apremiante. Esta publicación nos abre el paisaje interior de la actividad intelectual de José Rivera que, en medio de la noche, robando horas al sueño, se sumergía en la lectura de autores literarios, filósofos y teólogos, con un ímpetu sorprendente. La mayoría de estos cuadernos de estudio fueron destruidos por el propio autor, pero de los que se conservaron destaca la dedicación al estudio de la obra de T.S. Eliot, poeta anglo-americano del siglo XX, converso de la increencia al anglicanismo, renovador de la poesía inglesa y premio Nobel de literatura. Eliot fue poeta, autor teatral y ensayista. Este primer volumen recoge solo los comentarios de José Rivera a la poesía y el teatro de Eliot, dejando para otra ocasión los comentarios sobre los ensayos. ¿Qué interés tiene un poeta inglés para un sacerdote toledano? El propio autor nos da alguna pista en sus comentarios: reconoce en él una visión profunda de los problemas de las personas: «Siendo una cabeza realmente  privilegiada ‒incluso en el orden religioso‒ puede enseñarme mucho acerca de la visión divina sobre el hombre y las cosas». Nos vamos a encontrar, por lo tanto, con una “crítica profunda” de los textos, no un análisis estético o lingüístico, sino con un análisis de valores y de humanidad. En la lectura de estos comentarios, descubriremos que Eliot y Rivera tiene algunos puntos fuertes de sintonía que van emergiendo una y otra vez en sus comentarios. Uno de ellos es el sentido sobrenatural de la realidad, no entendida en un sentido platónico que niega la realidad del mundo físico, sino en el reconocimiento de otro plano superior que da sentido a lo tangible para los sentidos naturales. Eliot y Rivera hablan de planos de realidad, que existen a la vez. Los que viven ignorando el plano sobrenatural viven “solo a medias”, como dormidos, porque “estar despierto es vivir en varios planos a la vez”. La conciencia de estos planos de realidad y su impacto en nuestras vidas van a aparecer repetidamente en los personajes de Eliot, tanto en la lírica como en el drama,  y Rivera va a aprovecharlos para reflexionar sobre la vida espiritual. También este tema revela una tensión dramática, el ser humano necesita de la realidad sobrenatural para dar sentido a la natural, pero, al mismo tiempo, no la soporta, no puede ver a Dios cara a cara. Aquí resuenan los famosos versos de Eliot: “Venga, venga, el pájaro reclama // no puede soportar la raza humana // tanta realidad”. Aquí enlaza otro tema de sintonía entre Eliot y Rivera, el tema del tiempo y del cambio. Como el ser humano no soporta una visión prolongada de realidad sobrenatural, tal y como sugiere el verso anterior debe utilizar el tiempo para suavizarla, avanzando para no quemarse en su contemplación. Por eso, la vida es un camino. Un camino de crecimiento, porque madurar es avanzar en la contemplación de los planos de la realidad. El hombre que crece esconde una porción de permanencia y otra de cambio, y también un camino de retorno, porque lo que cambia es porque nos conocemos mejor, crecemos al conocernos desde el plano sobrenatural, que nos da la mirada de Dios sobre nosotros. El verso de Eliot: “En mi principio está mi fin”, que sirve de título para este libro, condensa el pensamiento del poeta inglés sobre el cambio y el tiempo, que Rivera relaciona con la redención y la vocación. A mi juicio, hay un tercer punto de sintonía que no pasa desapercibido: el sentido de la acción. Está relacionado con el tema del cambio, si nos preguntamos ¿cómo puedo cambiar yo? ¿Cómo puedo cambiar el entorno o procurar el cambio de mis semejantes? Para Eliot y para Rivera, la acción consiste en dejar actuar a Dios, que es el que cambia. El grito de Tomás en Asesinato en la catedral, resume esa actitud: “¡Abrid, abrid las puertas!” porque “la Bestia ya ha sido vencida… Sufriendo es como ahora hemos de conquistar”. Rivera comenta “la intervención suprema de Dios es la sacramentalización interna del hombre… En la actividad normal de Dios es el santo el que santifica”. Por tanto, la mejor acción es la de crecer en santidad. Y Eliot proclama: “Así la oscuridad será la luz, y la inmovilidad la danza”. La entrada “En mi principio está mi fin” de José Rivera aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Diario de un cura rural” de Georges Bernanos

Georges BernanosDiario de un cura rural es, para mí, la obra más significativa de la Novela Cristiana. Creo que este libro de Georges Bernanos aglutina los principales rasgos del género y lo hace de forma equilibrada, desarrollada y magistral. Otras novelas recogen algunos de estos elementos, incluso algunas desarrollan algunos de ellos más extensamente, pero ninguna lo hace ‒siempre según mi entender‒ de forma tan equilibrada y armónica, lo que convierte a esta novela en referencia y paradigma de este género. Voy a intentar enumerar esas características fundamentales que para mí definen el género de Novela Cristiana, en su concepto moderno, y que aparecen claramente en esta obra:

El santo no ejemplar

La primera característica es que aparece el santo no ejemplar como protagonista. En contraste con las hagiografías clásicas, resalta los defectos y limitaciones de la persona tocada por la gracia. No nos encontramos con vidas ejemplares, sino con vidas llenas de defectos, limitaciones físicas y psicológicas, incluso con heridas graves en su comportamiento. Tanto el protagonista, el cura de Ambricourt, tímido, débil físicamente, lleno de complejos y de miedos, como su amigo el cura de Torcy, su principal confidente, orgulloso, brusco, lleno de contradicciones, ambos están repletos de defectos, cada uno a su estilo, pero claramente ninguno de ellos es ejemplar. Son todo menos ejemplares. Pero los sufrimientos por estas mismas limitaciones les acercan especialmente a los demás. Varias veces, en el relato se hace referencia a los monjes como seres ejemplares, pero “Los monjes sufren por las almas. Nosotros, en cambio sufrimos con ellas”. El protagonista, tras una crisis de angustia, escribe en su diario:

“Los santos han conocido estos desfallecimientos… Pero no esta sorda rebelión, este áspero silencio del alma, casi odio…”

Los personajes defienden con su testimonio que “la santidad no es sublime”, es la obra ilimitada de Dios en una persona llena de limitaciones.

‒”Trabaja ‒me dijo‒, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas.”

Además, esos mismos defectos les incapacitan para atribuirse mérito alguno. Todo lo bueno ocurre aparentemente a pesar suyo, o por su culpa, porque no se reconoce como algo deseable.

Lucha con Dios y con el demonio

La segunda característica es que el protagonista lucha con Dios, porque su conciencia se contrasta con sus pecados y provoca una batalla interior, entre los que Dios quiere y lo que él se siente capaz. El cura de Torcy, que vivía en una aparente riqueza, se alza con pasión en defensa de la pobreza evangélica. El protagonista comenta:

“En realidad era consigo mismo, contra una parte de sí mismo cien veces vencida y siempre rebelde, contra quien se alzaba, con toda su estatura, con toda su fuerza, como un hombre que combate por su vida.”

El protagonista explica a un rebelde legionario algo que él ha experimentado a lo largo del relato:

‒”No es tan malo enfrentarse con Dios ‒le dije‒. Eso obliga al hombre a emplear a fondo la esperanza, toda la esperanza de que es capaz…“

Y también lucha con el demonio, que se hace fuerte en los demás, y que él debe combatir como un médico lucha contra la enfermedad de sus pacientes. El protagonista dice a una de sus feligresas:

“No apruebo nada, sólo intento comprenderla. Un sacerdote, igual que un médico, no tiene que huir ante las llagas, el pus, la enfermedad… Todas las heridas del alma supuran horriblemente, señora.”

No lucha contra los demás, sino por los demás, para salvarles del infierno: “El infierno, señora, es haber dejado de amar”. Convirtiendo muchos de sus actos en batallas decisivas, como la conversación con la condesa, que es el punto de apoyo de todo el relato:

“¿Cómo hubiera podido adivinar entonces … que nos habíamos enfrentado ambos en el extremo límite de este mundo visible, en el borde mismo del abismo?”

Voluntad reformista

Una tercera característica es la voluntad reformista que se enhebra en la intención de los protagonistas. Con deseos de reformar la Iglesia, con una clara crítica a los que se preocupan más por la apariencia y el status quo, que se dejan llevar por cierta pereza ante la moción de Dios que quiere actuar:

“Pues existe una pereza sobrenatural, que llega con la edad, la experiencia y las decepciones. ¡Ah! ¡Los viejos sacerdotes son duros! La última de las imprudencias es la prudencia, cuando nos prepara suavemente a prescindir de Dios.”

El deán de Blangermont, uno de esos “viejos sacerdotes”, más ocupados por conservar el estado de las cosas que por trabajar en la viña del Señor, dice al protagonista:

‒”… Se necesita sin duda muy poca cosa para hacer de ti un intelectual, es decir, un rebelde, un censor sistemático de las superioridades sociales que no están fundadas en el espíritu. ¡Dios nos libre de los reformadores!
‒Sin embargo, señor deán, muchos santos fueron reformadores.
‒¡Dios nos libre también de los santos!…”

Y también con deseos de reformar la sociedad, tomando partido por los pobres. Pero no solo por la necesidad de los pobres, sino por la necesidad de todos de valorar la pobreza.

“… la Iglesia tiene encomendada la custodia del pobre. Es lo más fácil. Todo hombre compasivo comparte con ella esa protección. En cambio, está sola ‒me entiendes‒ sola, absolutamente sola, en la guarda del honor de la pobreza.”

El libro también contiene una condena la avaricia del comercio, cuando no respeta las reglas contra la usura:

“…se necesitarán siglos, acaso, para alumbrar esas conciencias, destruir el prejuicio de que el comercio es una especie de guerra y que tiene los mismos privilegios y las mismas tolerancias que la otra.”

Pero, continuamente, lleva la injusticia social a un plano sobrenatural, porque es el reflejo de la injusticia en otro orden, porque la lucha verdadera no es contra los hombres, es contra el Señor de los Abismos:

“¿Cómo dar al Pobre, heredero legítimo de Dios, un reino que no es de este mundo? La Iglesia está a la búsqueda del Pobre y le llama por todos los caminos de la tierra. Y el Pobre está siempre en el mismo sitio, en la extremidad de la cima vertiginosa cara al Señor de los Abismos, que le repite incansablemente desde hace veinte siglos con voz de Ángel, con su voz sublime y prodigiosa: «Todo esto será tuyo si, prosternado, me adoras…»

Y la verdadera riqueza es la santidad:

“Existen los Santos. Llamo Santos a todos los que han recibido más que el resto. (…) Un rico a los ojos de la Iglesia es un protector del pobre, su hermano mayor. (…) Si un millonario quiebra, millares de personas se quedan en el arroyo. Así podemos imaginarnos lo que ocurre en el mundo invisible cuando da un traspiés uno de esos ricos de los que antes he hablado, un administrador de la gracia de Dios.”

La comunión de los santos

Esto nos lleva a la cuarta característica de toda Novela Católica, que es la defensa de la comunión de los santos, porque esta visión sobrenatural nos descubre una nueva solidaridad que nos une, en el bien y en el mal, con una intensidad conmovedora como revela la conversación del protagonista con la condesa:

“Pero nuestras faltas ocultas envenenan el aire que otros respiran y el crimen del que un miserable tiene el germen, aun a su pesar, no germinaría nunca sin este principio de corrupción.
‒Todo eso son locuras, grandes locuras: sueños malsanos…
Estaba lívida, Prosiguió:
‒Si pensáramos en todas esas cosas, tendríamos que dejar de vivir.
‒Así lo creo, señora condesa. Creo que si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga unos a otros, en el bien y en el mal, dejaríamos, efectivamente, de vivir.”

Un diálogo que no deja de estremecernos. Nuestra recomendación es clara para los amantes de este género, esta novela es imprescindible, y Bernanos es un maestro. La entrada “Diario de un cura rural” de Georges Bernanos aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Diario de un cura rural” de Georges Bernanos

Georges BernanosDiario de un cura rural es, para mí, la obra más significativa de la Novela Cristiana. Creo que este libro de Georges Bernanos aglutina los principales rasgos del género y lo hace de forma equilibrada, desarrollada y magistral. Otras novelas recogen algunos de estos elementos, incluso algunas desarrollan algunos de ellos más extensamente, pero ninguna lo hace ‒siempre según mi entender‒ de forma tan equilibrada y armónica, lo que convierte a esta novela en referencia y paradigma de este género.

Voy a intentar enumerar esas características fundamentales que para mí definen el género de Novela Cristiana, en su concepto moderno, y que aparecen claramente en esta obra:

El santo no ejemplar

La primera característica es que aparece el santo no ejemplar como protagonista. En contraste con las hagiografías clásicas, resalta los defectos y limitaciones de la persona tocada por la gracia. No nos encontramos con vidas ejemplares, sino con vidas llenas de defectos, limitaciones físicas y psicológicas, incluso con heridas graves en su comportamiento. Tanto el protagonista, el cura de Ambricourt, tímido, débil físicamente, lleno de complejos y de miedos, como su amigo el cura de Torcy, su principal confidente, orgulloso, brusco, lleno de contradicciones, ambos están repletos de defectos, cada uno a su estilo, pero claramente ninguno de ellos es ejemplar. Son todo menos ejemplares. Pero los sufrimientos por estas mismas limitaciones les acercan especialmente a los demás. Varias veces, en el relato se hace referencia a los monjes como seres ejemplares, pero “Los monjes sufren por las almas. Nosotros, en cambio sufrimos con ellas”. El protagonista, tras una crisis de angustia, escribe en su diario:

“Los santos han conocido estos desfallecimientos… Pero no esta sorda rebelión, este áspero silencio del alma, casi odio…”

Los personajes defienden con su testimonio que “la santidad no es sublime”, es la obra ilimitada de Dios en una persona llena de limitaciones.

‒”Trabaja ‒me dijo‒, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas.”

Además, esos mismos defectos les incapacitan para atribuirse mérito alguno. Todo lo bueno ocurre aparentemente a pesar suyo, o por su culpa, porque no se reconoce como algo deseable.

Lucha con Dios y con el demonio

La segunda característica es que el protagonista lucha con Dios, porque su conciencia se contrasta con sus pecados y provoca una batalla interior, entre los que Dios quiere y lo que él se siente capaz. El cura de Torcy, que vivía en una aparente riqueza, se alza con pasión en defensa de la pobreza evangélica. El protagonista comenta:

“En realidad era consigo mismo, contra una parte de sí mismo cien veces vencida y siempre rebelde, contra quien se alzaba, con toda su estatura, con toda su fuerza, como un hombre que combate por su vida.”

El protagonista explica a un rebelde legionario algo que él ha experimentado a lo largo del relato:

‒”No es tan malo enfrentarse con Dios ‒le dije‒. Eso obliga al hombre a emplear a fondo la esperanza, toda la esperanza de que es capaz…“

Y también lucha con el demonio, que se hace fuerte en los demás, y que él debe combatir como un médico lucha contra la enfermedad de sus pacientes. El protagonista dice a una de sus feligresas:

“No apruebo nada, sólo intento comprenderla. Un sacerdote, igual que un médico, no tiene que huir ante las llagas, el pus, la enfermedad… Todas las heridas del alma supuran horriblemente, señora.”

No lucha contra los demás, sino por los demás, para salvarles del infierno: “El infierno, señora, es haber dejado de amar”. Convirtiendo muchos de sus actos en batallas decisivas, como la conversación con la condesa, que es el punto de apoyo de todo el relato:

“¿Cómo hubiera podido adivinar entonces … que nos habíamos enfrentado ambos en el extremo límite de este mundo visible, en el borde mismo del abismo?”

Voluntad reformista

Una tercera característica es la voluntad reformista que se enhebra en la intención de los protagonistas. Con deseos de reformar la Iglesia, con una clara crítica a los que se preocupan más por la apariencia y el status quo, que se dejan llevar por cierta pereza ante la moción de Dios que quiere actuar:

“Pues existe una pereza sobrenatural, que llega con la edad, la experiencia y las decepciones. ¡Ah! ¡Los viejos sacerdotes son duros! La última de las imprudencias es la prudencia, cuando nos prepara suavemente a prescindir de Dios.”

El deán de Blangermont, uno de esos “viejos sacerdotes”, más ocupados por conservar el estado de las cosas que por trabajar en la viña del Señor, dice al protagonista:

‒”… Se necesita sin duda muy poca cosa para hacer de ti un intelectual, es decir, un rebelde, un censor sistemático de las superioridades sociales que no están fundadas en el espíritu. ¡Dios nos libre de los reformadores!
‒Sin embargo, señor deán, muchos santos fueron reformadores.
‒¡Dios nos libre también de los santos!…”

Y también con deseos de reformar la sociedad, tomando partido por los pobres. Pero no solo por la necesidad de los pobres, sino por la necesidad de todos de valorar la pobreza.

“… la Iglesia tiene encomendada la custodia del pobre. Es lo más fácil. Todo hombre compasivo comparte con ella esa protección. En cambio, está sola ‒me entiendes‒ sola, absolutamente sola, en la guarda del honor de la pobreza.”

El libro también contiene una condena la avaricia del comercio, cuando no respeta las reglas contra la usura:

“…se necesitarán siglos, acaso, para alumbrar esas conciencias, destruir el prejuicio de que el comercio es una especie de guerra y que tiene los mismos privilegios y las mismas tolerancias que la otra.”

Pero, continuamente, lleva la injusticia social a un plano sobrenatural, porque es el reflejo de la injusticia en otro orden, porque la lucha verdadera no es contra los hombres, es contra el Señor de los Abismos:

“¿Cómo dar al Pobre, heredero legítimo de Dios, un reino que no es de este mundo? La Iglesia está a la búsqueda del Pobre y le llama por todos los caminos de la tierra. Y el Pobre está siempre en el mismo sitio, en la extremidad de la cima vertiginosa cara al Señor de los Abismos, que le repite incansablemente desde hace veinte siglos con voz de Ángel, con su voz sublime y prodigiosa: «Todo esto será tuyo si, prosternado, me adoras…»

Y la verdadera riqueza es la santidad:

“Existen los Santos. Llamo Santos a todos los que han recibido más que el resto. (…) Un rico a los ojos de la Iglesia es un protector del pobre, su hermano mayor. (…) Si un millonario quiebra, millares de personas se quedan en el arroyo. Así podemos imaginarnos lo que ocurre en el mundo invisible cuando da un traspiés uno de esos ricos de los que antes he hablado, un administrador de la gracia de Dios.”

La comunión de los santos

Esto nos lleva a la cuarta característica de toda Novela Católica, que es la defensa de la comunión de los santos, porque esta visión sobrenatural nos descubre una nueva solidaridad que nos une, en el bien y en el mal, con una intensidad conmovedora como revela la conversación del protagonista con la condesa:

“Pero nuestras faltas ocultas envenenan el aire que otros respiran y el crimen del que un miserable tiene el germen, aun a su pesar, no germinaría nunca sin este principio de corrupción.
‒Todo eso son locuras, grandes locuras: sueños malsanos…
Estaba lívida, Prosiguió:
‒Si pensáramos en todas esas cosas, tendríamos que dejar de vivir.
‒Así lo creo, señora condesa. Creo que si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga unos a otros, en el bien y en el mal, dejaríamos, efectivamente, de vivir.”

Un diálogo que no deja de estremecernos.

Nuestra recomendación es clara para los amantes de este género, esta novela es imprescindible, y Bernanos es un maestro.

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“La invisible luz” de Robert H. Benson

La invisible luzLa irrupción de lo sobrenatural en lo natural

“La invisible luz” es una novela que explora la irrupción de lo sobrenatural en lo natural. El narrador va hilando una serie de historias que le va contando un anciano sacerdote, historias de fantasmas, visiones y presencias invisibles, que nos llevan al mundo fronterizo entre la realidad tangible de lo natural y la realidad invisible de lo espiritual. Como sugiere el título de la obra, esa realidad invisible se convierte en luz para la vida material, y estas historias extrañas se transforman en testimonio de fe, porque si creemos que “el Eterno se manifiesta a sí mismo en términos de espacio y tiempo”, no podemos extrañarnos de que “el mundo «espiritual» y los personajes que lo habitan se expresen algunas veces de la misma manera que lo hace su Creador”. Aunque este libro se publicó originalmente en 1903, su contenido no ha perdido actualidad. Sorprende, por ejemplo, su afinidad con la doctrina de la encíclica “Laudato si” del papa Francisco. La naturaleza aparece como un sujeto vivo, dotado de un espíritu propio que lucha entre el bien y el mal y donde la acción del hombre se define como decisiva para interceder en esa tensión, actuando como un mediador que inclina la balanza hacia el bien. En ese sentido aparece otro aspecto decisivo en esta historia, el carácter sacerdotal de la acción de todo hombre. El anciano sacerdote se debate en ese papel intercesor, por los inocentes, por la creación, por los pecadores: “Inocentes entre los hombres, los pájaros, las bestias, las flores; y yo seguía mi propio camino o me sentaba en casa al calor del sol, y ahora ellos vienen a pedirme a gritos que rece por ellos. ¡Qué poco he rezado!”. Él, que tienen una especial capacidad para ver lo sobrenatural de forma inmediata, ve alarmado la urgencia de esta intercesión y, a la vez, la pobre respuesta: “…¿qué has hecho tú para ayudar a tu Señor y a Sus criaturas? ¿Has vigilado o te has dormido? ¿No puedes velar conmigo una hora? ¿Qué parte has compartido de la Encarnación? ¿Has creído por aquellos que no pueden creer, esperado por los desesperados, amado y adorado por los de corazón frío? Y si no pudiste entender ni hacer nada de esto, ¿has al menos acogido con alegría el dolor que te habría hecho uno con ellos? ¿Te has compadecido alguna vez de ellos, o has ocultado tu cara por temor a afligirte demasiado?…” El sacerdote protagonista de la historia ve claramente su papel en esa vocación intercesora. Ante los reproches de su amigo sobre su exposición al sufrimiento de otros, el protagonista contesta: “Sí, sí, (…) pero usted no lo entiende. Yo soy un sacerdote.” Poco después, extiende esta responsabilidad sacerdotal a todo cristiano, que debe estar en el punto de confluencia entre la dramática necesidad que produce el pecado y la gracia de Dios que viene a repararla: “yo debía ser el punto de encuentro, como cada sacerdote debe ser, de la necesidad de la creación y la gracia de Dios, como cada Cristiano debería ser en su posición.” Esta visión del sacerdocio común sorprende en una novela de 1903. Otro punto de actualidad es la aproximación a esta temática a partir de historias de visiones y fantasmas, algo que últimamente se está poniendo de moda: zombies, vampiros, fuerzas sobrehumanas… Este relato nos recuerda que la visión cristiana de la realidad no esquiva lo sobrenatural, al contrario, toma de ahí su más profundo sentido de la realidad. Ficha del libro La entrada “La invisible luz” de Robert H. Benson aparece primero en Ediciones Trébedes.