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Un dramático olvido

MANOS Abre los informativos, y ocupa amplios espacios en la prensa: un padre de cuatro hijos deja olvidada a su pequeña de veintiún meses en la parte trasera de su coche. La pequeña fallece a causa de la deshidratación y la temperatura que alcanza el interior del vehículo. Según declara en ABC la psicóloga M. Jesús Álava Reyes: “Vivimos en un estado de gran tensión y aceleración desde que nos levantamos por la mañana, lo que provoca que no respetemos los ritmos biológicos propios del ser humano. Muchos padres se lamentan en consulta de que desde bien temprano gritan a sus hijos para que se despierten, se levanten, se vistan, se laven, desayunen… porque todo lo hacen muy despacio. Eso se debe a que los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza. Sin embargo, los adultos, desde que suena el despertador, se levantan con una sensación de urgencia absoluta, su sistema nervioso se pone en alerta y su mente vive cada instante como una situación de emergencia. Esto hace que uno se sienta acelerado y que meta prisa a los demás porque en la mente está muy presente el horario que hay que cumplir por tener agendas demasiado apretadas” ¿Merece la pena vivir así? ¿Podemos permitirnos el alto coste que estamos pagando por llevar un ritmo de vida que a veces nos imponemos nosotros mismos? No podemos hacernos una idea del infierno que está viviendo esta familia, especialmente el padre; pero lamentablemente hay muchas otras víctimas de este ritmo frenético en el que estamos todos viviendo: niños que crecen en soledad con el único amparo (en el mejor de los casos) de abuelos, vecinos, cuidadores etc; matrimonios sin espacio para el diálogo y el encuentro profundo, amistades que se ven seriamente dañadas porque no hay tiempo para compartir, dolencias físicas, psicológicas, espirituales, etc., etc., “Los niños intentan cumplir con el ritmo biológico de la naturaleza” ¿Y si paramos un poco?

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Tres preguntas para valorar su trabajo

Fuente Pixabay

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La calidad de su trabajo puede medirse a partir de tres preguntas que valoran aspectos clave respecto a las personas y la sociedad:
  1. ¿Su trabajo transforma el mundo, mejorándolo y adaptándolo a las necesidades humanas?
  2. ¿En su trabajo desarrolla sus capacidades personales y sociales?
  3. ¿Su trabajo contribuye al sustento personal y familiar?
Detrás de estas preguntas están siglos de tradición cristiana que encierran valores profundos del ser humano. El trabajo no es un conflicto entre empleados y empleadores, es un reto de ambos grupos para colaborar en el desarrollo de la comunidad. Los empleadores también trabajan. La actitud del trabajador es necesaria para dignificar un puesto de trabajo. Trabajar sin ilusión, sin ganas de mejorar, sin aportar lo mejor de uno mismo, sin buscar lo mejor para los demás, puede arruinar el mejor puesto de trabajo. El trabajo es necesario para la maduración de las personas y para el desarrollo de la sociedad. Es una oportunidad inmejorable de superación personal. El trabajo no es exclusivamente un problema económico, por tanto, ni el subsidio, ni la fijación de sueldos mínimos resuelven el problema del trabajo digno. La retribución del trabajo no es imprescindiblemente económica, así ocurre, por ejemplo, en el voluntariado o en el trabajo doméstico, donde la retribución viene por los otros fines del trabajo, no directamente por la búsqueda del sustento. El sustento personal y familiar va más allá de las necesidades del individuo; debe considerarse la comunidad que lo rodea: la familia y la comunidad en la que se desarrolla, también los enfermos y necesitados , y debe ser suficiente para cubrir esa utilidad. Esta visión contradice la creencia popular de que el trabajo es una maldición bíblica provocada por el pecado original («Comerás pan con el sudor de tu frente» Gén 3, 19). El texto bíblico realmente apunta al cansancio y al dolor como efectos del pecado. Previamente, Adán cultivaba el paraíso sin estos inconvenientes (Gén 2, 15).

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Justificar lo injustificable

Fotografía CNN Español

Fotografía CNN Español

La final del US Open, celebrada hace unos días, ha estado marcada por un sinfín de reacciones a la actitud de Serena Williams tras la amonestación que le impuso el juez de silla, después de tres advertencias por incumplir las normas del juego. La campeona olímpica, perdió los nervios, destrozó la raqueta e insultó al árbitro, achacando que su represalia era por ser mujer, y que si hubiera sido un hombre no le habrían castigado de igual forma. Más allá de la escena, que no tardó en ser portada de todos los medios, debemos pararnos a pensar en el doble debate que ha surgido a raíz de la disputa. Por un lado, ¿se puede justificar la derrota con un ataque contra ella por ser mujer? ¿Todo vale tras la capa de feminismo, tan utilizada hoy en día para justificar cualquier situación? Serena convirtió una excusa de su derrota en una bandera del feminismo. Las amonestaciones del árbitro, ajustadas a las normas, pasan a clasificarse como un ataque sexista. Justificar lo injustificable. Las opiniones respecto a este hecho no se han hecho esperar, y han sido varias las asociaciones y representantes feministas que no han apoyado esa adjudicación como ataque machista. Incluso, varias apuntan a que ese tipo de apropiaciones, lejos de ayudar al movimiento, lo alejan de sus razones y pierden credibilidad. Por otra parte, pensemos en el deplorable ejemplo que da a todos sus admiradores. ¿Se puede justificar su actitud y sus formas? ¿Todo vale, insultar, gritar o romper, cuando no se sale siempre vencedor? Una estrella como ella, a nivel mundial, modelo para muchos jóvenes, y que ante una derrota se queja a los de su alrededor, en vez de felicitar y reconocer el mérito del adversario, es lo que nuestros jóvenes están percibiendo. Es lo que la sociedad en la que vivimos normaliza cada vez más, evitando la responsabilidad, evadiendo el compromiso y no queriendo asumir las consecuencias. Hoy se busca la igualdad a través de la imitación, pero en lugar de imitar por lo alto, de querer ser igual en las virtudes, en lo positivo, estamos igualando por abajo, por la justificación de no tener que esforzarnos más, de dejarnos llevar por si otros lo hacen, de querer ser grandes personajes pero sin tener que luchar para ello. Vivamos sin la necesidad de buscar excusas a nuestros fracasos. Aceptar los errores y rectificar de cara al futuro es el mejor camino para ser verdaderamente grandes.    

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Pan y circo

Fuente Wikipedia

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¡Qué difícil resulta traducir en palabras la realidad sociopolítica cuando ésta adquiere tonalidades agrias y oscuras como las actuales! ¡Qué difícil hacer la síntesis de nuestra realidad cotidiana y poder encontrar respuestas cuando uno se sienta delante del televisor, escucha la radio o penetra en la variopinta información ideologizada que te ofrece la prensa! “El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”. Con estas palabras, el poeta satírico Juvenal describía a finales del siglo primero la política de algunos emperadores romanos que a través de sus obsequios al pueblo y sus espectáculos pretendían distraer al personal y mantenerlo alejado de sus abominables prácticas políticas. Siempre hemos pensado que esta práctica tan antigua era mantenida en la actualidad por dictaduras y regímenes políticos totalitarios; pero hoy hemos de preguntarnos si estos dos grandes instrumentos de control social no forman parte de la política actual en un sistema que ampulosamente llamamos democrático. ¿Qué es si no, pan y circo, el sainete pintoresco de los lazos amarillos con los que los independentistas catalanes nos están obsequiando todos los días, o la carnavalesca estrategia del “tú más” en la absurda guerra de los currículos universitarios? ¿Acaso no se pretende hacer un espectáculo de la política cuando se hurta al Parlamento, altar sagrado en un sistema democrático, el debate sobre la gestión pública para trasladarlo a los platós de televisión o a las plataformas incendiarias de las redes? ¿O no estamos hablando de pan cuando se pretenden abrir los telediarios con populistas propuestas de mejora social que después no se plasman en la realidad? Mientras tanto, una gran mayoría social, desinformada y anestesiada por el “soma” del rápido consumo de emociones, permanece distraída con espectáculos frívolos y adormecedores, y esperando que el “papá Estado” nos solucione la vida. Escribió Guy Debord (1967) que “la desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable, y quien la cree imbécil”. Y entre interrogantes y lamentos transcurre la vida de una minoría inquieta y responsable que se pregunta dónde se encuentra la búsqueda del bien común, la transparencia política, y la participación subsidiaria de los ciudadanos en las tareas del Estado, que conjugan la esencia del sistema democrático.

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La deuda que pagarán nuestros nietos

DINERO La mayoría de los países occidentales acumulan una deuda pública cercana o por encima de su producto interior bruto anual: España 98,3%, Francia 97%, Italia 132%, EEUU 107%… (datos de cierre de 2017) ¿Qué significa esto? El producto interior bruto (PIB) refleja la capacidad económica de un país de generación de bienes y servicios durante un año. Parte de esa riqueza se destina, vía impuestos y tasas, a la financiación de los presupuestos públicos (entre el 40 y el 50%, según los países). Si la administración gasta más de lo que ingresa (eso es el déficit) necesita pedir dinero prestado (deuda) para atender a sus obligaciones (sueldos de los funcionarios, pensiones, sanidad, educación, obra pública, etc.). Años consecutivos de déficit provocan un incremento continuado de la deuda pública. En España, la deuda sobre el PIB ha ido creciendo en los últimos decenios:  1980: 16,58%; 1990: 42,51%; 2000: 58,00%; 2010: 60,10%; 2017: 98,3%. Los actuales gobernantes están proponiendo incrementar esta cifra. La deuda hay que pagarla. Periódicamente hay que abonar los intereses a los prestamistas (muchas veces los propios ciudadanos, directamente por Bonos del Estado o indirectamente a través de fondos de inversión o de pensiones). En los presupuestos del estado de 2018, el pago de intereses se ha valorado como el 2,6% del PIB. Cuando los prestamos vencen, suelen sustituirse por otros préstamos, lo que hace que el coste de la deuda sea muy sensible al coste del dinero. Ahora los intereses son bajos, pero si suben, el coste de la deuda (pasada, presente y futura) subirá. Si fuéramos capaces de no pedir más dinero (déficit cero) y dedicáramos el 1% del PIB a pagar deuda (que es mucho dinero), tardaríamos 100 años en saldar nuestras obligaciones como país. Estamos cargando nuestro bienestar sobre las espaldas de nuestros hijos y nuestros nietos. La solidaridad intergeneracional consiste en lo contrario, y esto no es problema solo de España, lo que no es ningún consuelo. ¿Queremos transmitir esta herencia a las generaciones futuras?

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Campeones

campeonesDe nuevo vuelve a ser noticia la película “Campeones”, dirigida por Javier Fresser, por ser la candidata española a los premios Oscar. Una emotiva película sobre un equipo de baloncesto formado por personas con discapacidad intelectual. La convivencia con los miembros de un equipo tan especial y las dificultades que se presentan zarandean completamente el planteamiento de vida del entrenador. Como todo reto al principio parece imposible. De manera divertida y ágil, el director presenta a un hombre que descubre el verdadero valor de la vida a través de personas con discapacidad intelectual. Personas con gran corazón. Este equipo tan especial al que entrena Marco le va demostrando poco a poco que la vida no sólo la componen personas con éxito sino que todas las personas- independientemente de su nivel intelectual- son importantes en la sociedad. Demuestran que los prejuicios que todos tenemos cambian al convivir con personas con síndrome de down, respetando si cabe más la dignidad y las cualidades de estas personas tan extraordinarias; personas que nos enseñan el valor de la superación y del amor entre los demás. Urge porque es necesario acoger a todas las personas con discapacidad intelectual. La película nos ha hecho volver a darnos cuenta y ha alzado la voz ante una realidad que se nos olvida: la exclusión social de las personas con discapacidad intelectual. Sí es verdad, que hemos cambiado, es palpable hoy en día la lucha de familias con miembros con limitaciones psíquicas que pelean cada día por integrar a sus hijos en la vida social y laboral, con una educación que les permita ser autosuficientes. Familias, que son héroes, que defienden que sus hijos tienen los mismos derechos y deberes que el resto de personas, sin distinciones porque todos somos hijos de Dios, creados por él, y merecen el mismo respeto independientemente de sus condiciones. No debe haber diferencias ni rechazos hacia personas tan extraordinarias que nos enseñan tanto cada día. La vida debe ser igual para todos. Cabe preguntarse cada vez que excluimos a una persona con discapacidad, ¿no somos nosotros los discapacitados? Que todos logremos ser Campeones de la integración social de los discapacitados. Es necesario dar un paso más, y optar por los que tienen más dificultades.  Qué en este caso los hechos sí superen a la ficción.  

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Te mueres y nadie se entera

Fotografía de Pixabay

Fotografía de Pixabay

“Muere en su casa solo y el cadáver lo encuentra la Policía”. “En Lorca aparece el cuerpo de una mujer en su coche después de 5 días de su fallecimiento”.  Estos sucesos cada vez son más repetitivos y además se conocen públicamente. El comportamiento de los seres humanos está cambiando. Lo demuestra cada uno de los tristes acontecimientos que diariamente conocemos –y otros que no salen a la luz-, que nos hacen darnos cuenta de la soledad del ser humano. Hechos preocupantes que ponen de manifiesto el individualismo de esta sociedad.  Muchos de los cadáveres son encontrados después de días e incluso meses, sin que nadie se percate de la falta de esa persona. Te mueres solo y nadie se entera. Hay quienes hablan de la soledad como la epidemia del siglo XXI. Se pone en evidencia cada día. En un mundo en el que estamos hiperconectados con otras personas, que no comunicados; en el que las redes sociales y las nuevas tecnologías nos ponen en contacto con las personas que están al otro lado y a miles de kilómetros de nosotros resulta paradójico que cada vez nos sintamos más aislados socialmente, más tristes y más deprimidos. En definitiva, más solos. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) las viviendas familiares en España con una persona están por encima del 25% (4.741 de 18.562, dato del segundo semestre de 2018). Son las cifras de la soledad. Cifras que demuestran una vez más  como en nuestra sociedad hay cientos de ancianos abandonados, numerosos los inmigrantes apartados de su familia; miles de adolescentes y jóvenes discriminados y tantos hombres y mujeres que aun viviendo en familia se sienten solos. ¿Por qué en un mundo tan globalizado y comunicado el drama de la soledad es tan patente? La edad, la enfermedad, las circunstancias familiares, los divorcios y separaciones, la viudedad, las circunstancias económicas y laborales, las relaciones con los demás, la falta de creencias, etc., son algunas de las causas que generan el drama de la soledad. Pero ¿Qué actitud debemos tomar? ¿Qué tenemos que hacer? Es necesario combatir el sentimiento de soledad, pidiendo ayuda a los demás, fortaleciendo la fe en Dios, reforzando la autoestima, y teniendo la firme convicción de que no estamos solos. Siempre hay alguien en el camino de cada uno.  Los creyentes así lo sabemos.    

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Tecnología o progreso

TECNOLOGIA A lo largo de toda la historia de la humanidad, los avances técnicos siempre han tenido un valor ambivalente. Desde la invención de la rueda, el fundido del bronce o el hierro, la palanca o las técnicas de navegación, el ser humano ha tenido en su mano decidir si las usaban para un fin bueno (el progreso de la vida humana) o para un fin malo (la destrucción de la vida humana). El avance de la sociedad y la propagación de las guerras han estado muchas veces provocadas por el dominio de un nuevo material o una nueva tecnología y por las decisiones morales de las personas que se enfrentaron a ese reto. Esta tensión forma parte de la dimensión moral del ser humano y la podemos encontrar en cualquier época y actividad. Ya en el siglo XIX, y más claramente en el siglo XX, los poderosos avances de la ciencia y de la técnica han creado un nuevo reto al proponerse la propia tecnología como fuente de sentido. Algunos pensadores alertaron del peligro del maquinismo, por el que la herramienta deja de estar al servicio del ser humano y es el ser humano el que se pone al servicio de la herramienta. En el siglo XXI la tecnología se ha popularizado hasta extremos insospechados. El dilema moral no es ya exclusivo de los ingenieros o los gobernantes, es de todos, también de los débiles y los indefensos, de los adultos y de los niños. El papa Francisco ha denominado este problema como el “paradigma tecnocrático”, advirtiendo del riesgo de deshumanización por la dependencia (hasta un extremo adictivo) de la tecnología y por reducir la relación con todo lo que nos rodea (cosas, personas y grupos sociales) con una actitud utilitarista contagiada por el hábito tecnológico. Recientemente, algunos tecnólogos están llegando aun más allá, proponiendo la tecnología como liberadora del temor de la muerte. “En 2045 vamos a ser inmortales gracias a la inteligencia artificial”, “pronto llegará la muerte de la muerte”, son algunas de las frases con las que se anuncian los profetas de esta nueva religión. La tecnología, que tanto ha hecho por el progreso de la comunidad humana, se está convirtiendo en una amenaza de deshumanización, reduciendo nuestra transcendencia a un puñado de algoritmos.

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Lenguaje injustamente excluyente

 
Imagen de Pixabay

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Está de moda usar el lenguaje inclusivo. Este lenguaje responde al valor de la idéntica dignidad del varón y la mujer, y lo propugna haciendo mención explícita y continuada de lo femenino. Es una buena iniciativa, siempre que su uso se enmarque en el valor real que tiene. Pero no es realista confundir realidad y lenguaje. El ser humano capta la realidad. La traduce en conceptos que maneja gramaticalmente con palabras. Esta facultad es asexuada, precisamente porque es espiritual, perteneciente a la persona en cuanto ser humano, patrimonio de todo hombre por ser hombre. La Constitución Española recoge los valores de convivencia de los españoles y los propugna desde un marco legal. Todo esto es asexuado, porque es mucho más profundo, es para todos los españoles en cuanto personas humanas. La Gramática Española vertebra el idioma desde criterios de coherencia conceptual. También es asexuada. Ambas, desde su perspectiva propia, contribuyen a la dignidad de la persona, varones y mujeres, bastante más que las palabras. Sexuar la Justicia y la Gramática parece irrelevante, por que son inclusivas. Y desde luego sería muy injusto, puerilmente injusto, acusar a la Constitución de contribuir a la desigualdad, o a los Académicos de la RAE de machistas, cuando su labor se sitúa exquisitamente en la línea de los mejores productos del espíritu humano y de la convivencia en la España contemporánea. Sorprende que en España se insista tanto en el lenguaje inclusivo y se descuiden cada vez más las facultades humanas que dan sentido al lenguaje, como son las Humanidades, la Filosofía y la Religión. Si no se entiende la “dignidad del ser humano”, hablar de hombres y mujeres es simplemente contraponerlos, aunque resulte políticamente correcto.

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Fútbol es fútbol

Fotografía Expansión

Fotografía Expansión

A un célebre entrenador de fútbol de hace ya un tiempo, cuando se le preguntaba sobre algunas cuestiones referidas a este deporte, siempre contestaba: “fútbol es fútbol”. Es una expresión que se ha hecho tópico en el argot futbolístico de este país para referirse a alguna cuestión técnica difícil de explicar, o a algún resultado insólito y a determinadas jugadas difíciles de interpretar desde los parámetros de la simple lógica humana. Es cuestionable que el llamado “deporte rey” lo sea por sus extraordinarias excelencias deportivas, que sin duda las tiene, o por la belleza estética que desarrolla cuando se le contempla como espectáculo, que también la ofrece; sino por otros muchos y variados aspectos que lo sitúan en la dinámica de fenómeno social universal que trasciende los esquemas puramente deportivos y de espectáculo de masas. Valga como botón de muestra el espectacular desarrollo del Campeonato del mundo celebrado en días pasados en Rusia. Hoy día es difícil encontrar acontecimiento social que ofrezca las cifras de seguimiento presencial y virtual que se han dado en dicho evento. Los medios de comunicación hablan de tres millones de espectadores presenciales y  otros tantos millones de seguimiento en televisión. Sin mencionar los espacios que ha ocupado en medios escritos y radiofónicos. Por eso la expresión “Fútbol es fútbol” podría ser también metáfora de lo que representa este deporte en la vida cotidiana de las gentes: es tema de conversación en todas las tertulias y despierta grandes pasiones y a veces graves conflictos; los jugadores son referentes para niños y jóvenes de todo el mundo, a los que idealizan, idolatran y desean imitar… De ahí la gran cantidad de literatura que se vierte sobre el tema y el interés que suscita para muchos sociólogos, filósofos y antropólogos. Algunos, en la explicación del fenómeno, lo contemplan como “filosofía y metáfora de la vida”; otros, como fenómeno social en búsqueda de la identidad perdida; e incluso, otros en fin, como la “religión del siglo XXI”. Sin entrar en el debate sobre dichos planteamientos, sí es preciso señalar que el fútbol tal como se contempla en la actualidad y que tiene indudables valores como deporte asociativo a practicar y como espectáculo de masas para entretener, encubre graves patologías y grandes mentiras que discurren desde el culto idolátrico a la persona y la confrontación extrema que lleva muchas veces a la violencia fanática y partidista, hasta la mercantilización y corrupción que predomina en torno a los multimillonarios y obscenos fichajes. Tal vez debamos hoy recordar que aquel fenómeno sociocultural que surgió en el mundo clásico dando origen al olimpismo y que tendía a cultivar importante valores humanos y sociales lo llevó a su crisis y desaparición las mismas circunstancias que se están dando hoy en este mal llamado “deporte rey”.

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