Archivo mensual: agosto 2018

Lenguaje injustamente excluyente

 
Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Está de moda usar el lenguaje inclusivo. Este lenguaje responde al valor de la idéntica dignidad del varón y la mujer, y lo propugna haciendo mención explícita y continuada de lo femenino. Es una buena iniciativa, siempre que su uso se enmarque en el valor real que tiene. Pero no es realista confundir realidad y lenguaje. El ser humano capta la realidad. La traduce en conceptos que maneja gramaticalmente con palabras. Esta facultad es asexuada, precisamente porque es espiritual, perteneciente a la persona en cuanto ser humano, patrimonio de todo hombre por ser hombre. La Constitución Española recoge los valores de convivencia de los españoles y los propugna desde un marco legal. Todo esto es asexuado, porque es mucho más profundo, es para todos los españoles en cuanto personas humanas. La Gramática Española vertebra el idioma desde criterios de coherencia conceptual. También es asexuada. Ambas, desde su perspectiva propia, contribuyen a la dignidad de la persona, varones y mujeres, bastante más que las palabras. Sexuar la Justicia y la Gramática parece irrelevante, por que son inclusivas. Y desde luego sería muy injusto, puerilmente injusto, acusar a la Constitución de contribuir a la desigualdad, o a los Académicos de la RAE de machistas, cuando su labor se sitúa exquisitamente en la línea de los mejores productos del espíritu humano y de la convivencia en la España contemporánea. Sorprende que en España se insista tanto en el lenguaje inclusivo y se descuiden cada vez más las facultades humanas que dan sentido al lenguaje, como son las Humanidades, la Filosofía y la Religión. Si no se entiende la “dignidad del ser humano”, hablar de hombres y mujeres es simplemente contraponerlos, aunque resulte políticamente correcto.

GRUPO AREÓPAGO

Fútbol es fútbol

Fotografía Expansión

Fotografía Expansión

A un célebre entrenador de fútbol de hace ya un tiempo, cuando se le preguntaba sobre algunas cuestiones referidas a este deporte, siempre contestaba: “fútbol es fútbol”. Es una expresión que se ha hecho tópico en el argot futbolístico de este país para referirse a alguna cuestión técnica difícil de explicar, o a algún resultado insólito y a determinadas jugadas difíciles de interpretar desde los parámetros de la simple lógica humana. Es cuestionable que el llamado “deporte rey” lo sea por sus extraordinarias excelencias deportivas, que sin duda las tiene, o por la belleza estética que desarrolla cuando se le contempla como espectáculo, que también la ofrece; sino por otros muchos y variados aspectos que lo sitúan en la dinámica de fenómeno social universal que trasciende los esquemas puramente deportivos y de espectáculo de masas. Valga como botón de muestra el espectacular desarrollo del Campeonato del mundo celebrado en días pasados en Rusia. Hoy día es difícil encontrar acontecimiento social que ofrezca las cifras de seguimiento presencial y virtual que se han dado en dicho evento. Los medios de comunicación hablan de tres millones de espectadores presenciales y  otros tantos millones de seguimiento en televisión. Sin mencionar los espacios que ha ocupado en medios escritos y radiofónicos. Por eso la expresión “Fútbol es fútbol” podría ser también metáfora de lo que representa este deporte en la vida cotidiana de las gentes: es tema de conversación en todas las tertulias y despierta grandes pasiones y a veces graves conflictos; los jugadores son referentes para niños y jóvenes de todo el mundo, a los que idealizan, idolatran y desean imitar… De ahí la gran cantidad de literatura que se vierte sobre el tema y el interés que suscita para muchos sociólogos, filósofos y antropólogos. Algunos, en la explicación del fenómeno, lo contemplan como “filosofía y metáfora de la vida”; otros, como fenómeno social en búsqueda de la identidad perdida; e incluso, otros en fin, como la “religión del siglo XXI”. Sin entrar en el debate sobre dichos planteamientos, sí es preciso señalar que el fútbol tal como se contempla en la actualidad y que tiene indudables valores como deporte asociativo a practicar y como espectáculo de masas para entretener, encubre graves patologías y grandes mentiras que discurren desde el culto idolátrico a la persona y la confrontación extrema que lleva muchas veces a la violencia fanática y partidista, hasta la mercantilización y corrupción que predomina en torno a los multimillonarios y obscenos fichajes. Tal vez debamos hoy recordar que aquel fenómeno sociocultural que surgió en el mundo clásico dando origen al olimpismo y que tendía a cultivar importante valores humanos y sociales lo llevó a su crisis y desaparición las mismas circunstancias que se están dando hoy en este mal llamado “deporte rey”.

GRUPO AREÓPAGO

Necesito likes

likes¿Qué serías capaz de hacer por un like? Es el lema de una campaña publicitaria de una compañía de telefonía. El spot narra la historia de un adolescente que se prepara para ir de fiesta, y lo sube a las redes sociales. Pero es mentira.  No va de fiesta aunque para sus seguidores sí que va. Este anuncio publicitario pretende hacer ver que las redes sociales se convierten en grandes escaparates para nuestra vida –a veces inventada y manipulada- y son grandes herramientas para condicionar quiénes somos y qué hacemos. Este anuncio es solo un ejemplo de lo que cada día millones de adolescentes – y no adolescentes- publican en las redes. Su vida se muestra sin pudor en la red social del momento, donde miles de personas pueden opinar sobre si lo que publica el adolescente les gusta o no.  ¿Cuántos “me gusta” tiene esta actividad que ha realizado? ¿Cuántas reacciones positivas? Para un adolescente el número de likes puede ser muy importante en su día a día y se puede convertir en algo vital. Significa que es aceptado por sus amigos o por todos los followers que tenga. Puede llegar a magnificarse e incluso quererse más. Es más que cierto que el comportamiento de todos nosotros con el uso de las redes sociales ha cambiado en los últimos tiempos; y su manejo es inevitable, pero siempre dentro de unos límites y con prudencia. No pueden convertirse en la autoridad de nuestra vida. Las redes son una herramienta de socialización juvenil, donde conocen a otros chicos o donde interactúan con otros adolescentes, pero tienen sus peligros y es ahí donde surgen los problemas de aceptación de uno mismo; problemas como el ciberbullying o la adicción a las redes sociales viviendo una vida de mentira o incluso de exclusión si eres de los que decides apartarte de la tiranía de las nuevas formas de comunicación social. En verano se dispone de más tiempo libre y en ese tiempo libre existe el peligro de mostrar en exceso nuestra vida en las redes. Siempre es bueno y conveniente recordar que la vida real está fuera de las redes sociales; que todo tiene sus límites y que los amigos no se ganan si te dan likes o te siguen en tu red social. Es preciso alertar del buen uso de las mismas, un uso seguro y prudente; y que exista supervisión por parte de los padres, sobre todo si son menores, estableciendo normas para regular su uso.  Estos consejos no sólo son para adolescentes sino para los adultos que estamos igual de enganchados que ellos.   Enlace al vídeo de referencia https://youtu.be/Iw1TaPifnDI    

GRUPO AREÓPAGO

Asentados sobre el polvorín silencioso del odio de género

Fotografía 20minutos

Fotografía 20minutos

Firma invitada: Rosa María Arcones Baeza. Letrada especializada en Derecho de Familia   La Ley Orgánica de Violencia de Género, aprobada el 28 de diciembre de 2004, solo ampara un tipo de violencia, la de “género”, ejercida por el hombre sobre la mujer con la que ha mantenido o mantiene una relación afectiva. Si bien es cierto que en nuestra sociedad existe la lacra de mujeres maltratadas por hombres, de esta norma se excluye la regulación de cualquier otro tipo de violencia en el ámbito familiar, como si esos otros tipos de violencia no importaran. Precisamente por ello, a juicio de un sector amplio de juristas, es una ley claramente excluyente. No en vano, la realidad está demostrando que la ideología que subyace detrás de ella prácticamente convierte al varón en maltratador genético por el mero hecho de ser hombre. Con este caldo de cultivo, el pasado verano se nos bombardeó a través de los medios de comunicación con el caso “Juana Rivas”, en el que un importante sector de la población se posicionó de manera irreflexiva y pasional a favor de esta madre a través del eslogan “Todos somos Juana Rivas”, tratando de hacernos ver en ella una heroína llevada en volandas por claros partidarios de la ideología de género. Sin embargo, la realidad fue que la Sra. Rivas, muy mal asesorada jurídicamente, optó por colocarse por encima de la justicia, desobedeciendo varias resoluciones judiciales y optando por caminos equivocados. En lugar de acudir a la justicia por los cauces legales, amparándose en una condena de malos tratos del padre del año 2009, procedió a ocultar a sus hijos durante más de un mes para impedirlos que, según correspondía por resolución judicial, pasaran el periodo vacacional con su padre, con el que de manera voluntaria y libre volvió a convivir durante varios años más. Justo ahora, al año de aquella maniobra legal que pretendía ser un paso más en el adoctrinamiento de la ideología de género, la Sra. Rivas ha sido juzgada por un delito de sustracción de menores y condenada en calidad de autora de dicho delito a 5 años de prisión, a 6 años de privación de la patria potestad de sus dos hijos y al pago de una indemnización de 30.000 euros a favor del padre de los menores. La reacción de un cierto sector social ha sido la de considerar como excesiva y fuera de la realidad social la condena impuesta a la Sra. Rivas. Por ejemplo, la Asociación de Mujeres Juezas de España ha calificado la resolución judicial como “decisiones desproporcionadas o dictadas al margen de la realidad social producto de ignorar la obligación de integrar la perspectiva de género en la aplicación del derecho”, y ha hecho un  llamamiento a “dejar de ser herederos y herederas de una justicia patriarcal que la sociedad no tolera y la comunidad internacional condena”, pues, en su opinión, sólo así se podrá “mantener la confianza de la ciudadanía en sus instituciones”. No nos corresponde valorar la crudeza o no de la pena impuesta tras la celebración del correspondiente procedimiento judicial y la oportuna valoración de los hechos enjuiciados por el Tribunal correspondiente. Tampoco la situación personal de la condenada, clara víctima de un mal asesoramiento. Que cada cual saque sus conclusiones. Pero es significativo que, como se recoge en sentencia y se ha hecho público, esta madre no valorara el daño futuro para sus hijos. Hay que recalcar que un delito es siempre un delito, independientemente del sexo del que lo lleva a cabo, por lo que el hecho de ser mujer no debe dulcificar una condena que caería con todo el peso de la ley en caso de ser hombre, dado que, como todo español conoce, en nuestro Ordenamiento jurídico y, en concreto, en el art. 14 de la Constitución, se recoge expresamente que todos somos iguales ante la ley sin distinción de sexo, religión, raza. ¿No detectamos que tras la mal llamada Ley de Violencia de Género se respira un claro odio de género? ¿No dejará la justicia de ser justicia si se tiñe por completo de esta ideología? ¿No perderemos mucho de humanidad? ¿Estallará el polvorín del odio de género sobre el que estamos silenciosamente asentados, en una sociedad ya de por sí muy dañada por todo tipo de odios?