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El fracaso de la política

congreso diputados Desde que la dimensión política de la vida comenzó a ser en el mundo clásico  materia de reflexión filosófica y experiencia vital en su aplicación práctica, se ha manifestado a través de la historia de muchas y diferentes maneras. Pero ha sido el ágora, como metáfora de la democracia, la  que ha logrado su más amplia aceptación con sus dos principios básicos: el diálogo integrador y la participación  sin exclusiones. Hoy, sin lugar a dudas, consideramos a la democracia, con todas sus imperfecciones, como el mejor sistema político. En su praxis  actual han irrumpido con fuerza dos factores que están siendo determinantes en la aplicación práctica de esos dos principios: La influencia de los medios de comunicación en la toma de decisiones políticas, y la aparición y auge de los populismos. Ambos han colaborado a que la acción política salga del ágora a la calle, y con ello, la mayor posibilidad de participación y concienciación en la acción política; pero de alguna manera son también responsables del deterioro que está sufriendo últimamente nuestra joven democracia. El mundo de la televisión y de las redes sociales, manejadas por intereses ideológicos, se convierten muy a menudo en instrumentos de adoctrinamiento político y vías de ruido caótico con peligrosos efectos sobre el sistema democrático. Es frecuente en sus tertulias y mensajes anteponer el monólogo partidista y la agresividad verbal al diálogo serio y argumentativo sobre las ideas. La política degenera de esta manera en espectáculo y olvida su principal finalidad: la consecución del bien común. Las ideologías populistas surgen como contrapunto al fracaso político del mismo sistema democrático minado por la corrupción y la aplicación de políticas injustas. Representan en principio una respuesta política sincera y argumentada; pero cuando se sitúan en el ámbito del antisistema y la demagogia con el único objetivo de la movilización por la movilización, y sostenidos  por un discurso simplista y dualista de buenos y malos suscitando el odio político, devienen en fundamentalismo político. Al generar resentimiento y desconfianza en la sociedad rompen toda actitud de diálogo integrador  y posibilitan el fracaso de la acción política. La crisis política de Cataluña es un auténtico paradigma de fracaso político. El uso torticero de los medios de comunicación por el poder político y el intento de exclusión del diferente dentro y fuera del ágora por una ideología excluyente, ha minado  el sistema democrático y ha producido una fractura social que va a tardar mucho tiempo en recomponerse. Trabajar con esperanza por esta reconstrucción es el camino de la buena política.  

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¿Quién debe liberar a “Los Jordis”?

Tras el auto del Juzgado Central de Instrucción número tres por el que se acuerda prisión provisional comunicada y sin fianza para los señores Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, se han sucedido insistentes peticiones de libertad para ambos, tanto desde la agitación de masas como por parte de algunos representantes de la soberanía nacional en el Congreso de los Diputados —en concreto diputados pertenecientes a los partidos políticos Podemos y  PDeCat—. Ante la falta de concreción del destinatario de la exigencia de liberación, podría parecer que se trata de un brindis al sol, de un desahogo o de simple postureo político sin mayores consecuencias. Sin embargo, si tomamos esta solicitud en serio y nos preguntamos por los posibles destinatarios de la petición, tendremos que concluir que tan solo puede esperarse que atienda esa solicitud bien la jueza que dictó el auto o bien el presidente del Gobierno. Imaginemos, entonces, que sea la jueza Carmen Lamela la que dicte un nuevo auto rectificando el anterior en el cual, en lugar de emplear la fórmula habitual de “vistos los preceptos legales citados y demás de general aplicación”, dijese algo así como “vista la petición de las personas que se han manifestado en la calle y los carteles solicitando llibertat exhibidos en el Congreso de los Diputados por Podemos y PDeCat, acuerdo dejar sin efecto la prisión provisional en su día acordada”. Otra posibilidad sería que el presidente del Gobierno convocase un Consejo de Ministros extraordinario que aprobase con carácter de urgencia un real decreto que estableciese: “Artículo único. Queda sin valor ni efecto la prisión provisional de los señores Sánchez y Cuixart acordada por la señora Jueza del Juzgado Central de Instrucción número tres.” ¿Alguna de estas posibles respuestas sería tranquilizadora para alguien? ¿Realmente quienes demandan llibertat para Sánchez y Cuixart quieren una España en la que los autos judiciales se fundamenten en la presión social o en un real decreto dictado ad hoc por el Gobierno? ¿Cuántos diputados deben pedir la libertad de Luis Bárcenas para que esta sea posible? ¿Cuántos manifestantes deberían ser suficientes para fundamentar la decisión judicial de excarcelar a un violador, un narcotraficante, un terrorista? Puede que algunas personas de buena fe estén pidiendo esto por ignorancia. Pero que lo pidan representantes de la soberanía nacional, muchos de ellos con sobrada formación en Derecho y en Ciencia Política resulta verdaderamente bochornoso.  

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Tristeza por Cataluña

El día uno de octubre ha dejado un poso de tristeza y amargura en muchos españoles. Tristeza por los heridos, muchos de ellos servidores públicos en cumplimiento de su deber. Tristeza por la impotencia ante el camino sin retorno al que tantos líderes políticos catalanes han abocado a la ciudadanía. Tristeza por los niños manipulados, utilizados o puestos en riesgo sin ningún escrúpulo. Tristeza, en definitiva, por el sufrimiento de una parte de España que nos duele como tal. La primera reflexión tras esta jornada nos lleva a constatar los desastrosos efectos que la utilización de la mentira en política tiene para el bien común. Aunque en un determinado momento pueda parecer a políticos cortoplacistas que el fin justifica los medios y que la mentira es un atajo hacia la libertad, lo cierto es que la libertad solo puede fundarse en la verdad. La mentira solo produce al final, frustración, crispación y división. ¿Votar es democracia? Mentira. Como besar no es amar ni soplar es tocar la flauta. Y en el caso del voto depende de quién vote, qué se vote y cómo se vote. Sin embargo, se embarca a miles de ciudadanos en un viaje sin retorno hacia la pretendida consecución de una república quimérica en el cual todo es mentira: desde la pretendida justificación histórica hasta las consecuencias reales de esa independencia. Una segunda reflexión es que en Cataluña no hay presencia alguna del Estado español. Policías y guardias civiles son enviados casi como extranjeros a Cataluña, sin siquiera un lugar digno en que alojarse y como enemigos de todos, abandonados incluso por sus propios “compañeros” de la policía catalana. Todos los medios materiales que utilizan los jueces (desde los edificios hasta el sistema informático judicial, pasando por los bolígrafos) son propiedad de la Generalidad. El Gobierno no puede controlar ni el número real de heridos el 1-O, porque carece de cualquier acceso a la sanidad catalana. España —en todos los sentidos— está totalmente ausente de la enseñanza escolar en Cataluña. Como señalaba un comentarista político, los principales partidos nacionales hacen política pensando siempre en las siguientes elecciones, mientras que los partidos nacionalistas en Cataluña lo hacen pensando en las siguientes generaciones. ¿Todo está perdido? Esperemos que no. Pero las soluciones pasan por un correcto diagnóstico de la realidad. Después habrá que dialogar, por supuesto, siempre desde el respeto al Estado de Derecho, guiándonos por la verdad y pensando más en el bien de las próximas generaciones que en las próximas elecciones. < p style="text-align: right;">

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Escuela y educación

El grave momento político e institucional por el que está atravesando nuestro país ha oscurecido el protagonismo  que por tradición e importancia le corresponde a la escuela y al comienzo del  curso escolar. Y consecuentemente, está hurtando a la sociedad la reflexión y el debate que se merece la más importante de las tareas que el hombre ha de abordar, pues de ella y sus buenas o malas prácticas depende el futuro de un país: la educación. Reflexión y debate que hoy por hoy debe recaer no sólo sobre el sistema organizativo escolar, ya de por sí importante, sino principalmente sobre el modelo educativo vigente. Pues si fundamental es legislar sobre los contenidos curriculares a desarrollar, sus espacios y tiempos, o sobre el rol social y profesional de maestros y profesores, o la excesiva burocratización del sistema…; es mucho más importante, porque afecta  y de ello depende todo lo demás, el debate sobre el modelo educativo. Es llevar la reflexión al terreno de los fines, y al tipo de persona a educar. Cualquier observador crítico puede darse cuenta de que el modelo educativo escolar actual en la mayoría de los países se centra en formar buenos profesionales, técnicamente bien preparados. Así se lo exigen a la escuela la sociedad y hasta las mismas familias. Se identifica educación con instrucción; y desde esta concepción se organiza el currículo, prevaleciendo la dimensión materialista y mercantil de la enseñanza sobre sus aspectos más formativos y humanizadores. Repensar hoy la escuela es plantear un nuevo modelo educativo transformador y contracultural desde la idea de que educar es mucho más que instruir. Modelo sobre el que ya incidió el célebre informe “JacquesDelors” a la UNESCO sobre la educación en el siglo XXI, que propugnaba el sentido integral de la educación desde los cuatro pilares básicos que lo habrían de sostener: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir. Entre otros muchos, el Papa Francisco también lo reivindica: “La educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir  un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza” (Laudato si). La escuela cada vez más orienta su enseñanza hacia los contenidos instrumentales y se olvida de aquellos aspectos que inciden en la configuración de la personalidad de los alumnos y su dimensión social. De ahí el recorte de contenidos y tiempos que están sufriendo la filosofía y las humanidades. El ansiado pacto escolar, si es que llega, lo ha de considerar seriamente.  

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Corrupción ideologizada

corrupcion

Cada vez resulta más evidente que hay corrupción de izquierdas y de derechas. Basta, para comprobar que es así, con observar el diferente tratamiento que se da a unos casos y a otros en función de la filiación ideológica de quien los protagoniza, la distinta forma en la que valoramos el hecho e, incluso, cómo en no pocas ocasiones llegamos a justificarlo o a condenarlo desproporcionadamente en función de si quien se ha servido de la gestión de asuntos públicos o privados en beneficio propio incurriendo en ilegalidad con ello se encuentra dentro o fuera de nuestra órbita de pensamiento.

Es una de las consecuencias –una más– del relativismo imperante, en virtud del cual no existe una forma común de aproximarse a la realidad y, por tanto, no hay verdades objetivas.

El problema alcanza niveles preocupantes cuando ello afecta a quienes, por su responsabilidad pública, deberían asumir el deber moral de reaccionar, sin tapujos, frente a este mal de efectos tan nocivos: en particular, responsables de partidos políticos, gobernantes, jueces y tribunales, medios de comunicación. También todos nosotros, ciudadanos de a pie, que hemos de ser capaces de denunciar y reaccionar en consecuencia, así como de detectar otros tipos de corrupción moral que nos afectan personalmente y que igualmente dañan a la comunidad en la que vivimos y al sistema del que nos hemos dotado.

Unos y otros somos responsables de la lucha contra la corrupción; contra todo tipo de corrupción.

 

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Política y religión

congreso Es un hecho constatable que, en los últimos tiempos, representantes de lo que se ha dado en llamar la nueva política intentan resucitar postulados laicistas decimonónicos, impropios de democracias avanzadas donde se reconoce la libertad personal y se respetan los derechos humanos. Tiempos que pretendían situar el hecho religioso fuera de la esfera pública. “La religión a la sacristía”, decían. Y también, es un hecho constatable, que cuando se habla de religión y política los fundamentalismos laicistas y también los religiosos hagan imposible el diálogo.“En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa”, decía Benedicto XVI (2009). El rancio furor laicista de la nueva izquierda, al que hace “la ola” alguna parte de la derecha postmoderna, dirige sus dardos sectarios sobre cuestiones que ya han sido superadas en la mayor parte de los países democráticos de nuestro entorno. Laicismo que se ha hecho institucional en algunos territorios autonómicos y que resume todo su hacer político en la denuncia de los acuerdos de la Iglesia con el Estado de 1979. Cuando algún asiduo lector de periódicos lea la noticia de que; “El Congreso y algunos ayuntamientos, como Madrid y Valencia, piden suprimir la exención del IBI que tiene la Iglesia” seguramente pensará que es algo justo, porque hay que eliminar privilegios. Pero si profundiza en la información observará que esa exención del impuesto del IBI responde a la llamada ley del Mecenazgo por la cual están exentas de ese tributo muchos edificios considerados de interés público: edificios propiedad de fundaciones, federaciones deportivas, partidos políticos, agrupaciones sindicales u ONG. Privilegio, pues, ninguno. Y otro tema de gran interés actual en las relaciones entre religión y política gira en torno a la educación. Cuando uno oye que la enseñanza religiosa escolar y los conciertos educativos están impidiendo los acuerdos para el ansiado “pacto por la educación”,tiende a pensar en el sectarismo latente que reviste el anticlericalismo de algunas fuerzas políticas.  

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Con la comida no se juega

Un tercio de los alimentos acaba en la basura”. Éste es el lema de la reciente campaña de sensibilización de Manos Unidas en la lucha contra la pobreza y el hambre. Hasta hace poco, nadie se planteaba presentar un proyecto para acabar con el desperdicio de alimentos, porque la sociedad tenía interiorizada la “política” de aprovechar los alimentos y no tirar nada; no en vano, en la conciencia colectiva estaba grabado lo que era pasar hambre en el contexto de una guerra o en la escasez de una dictadura. Actualmente el derroche alimentario es una de áreas de acción de los programas políticos y de trabajo de muchas organizaciones, a pesar de la crisis económica que estamos atravesando. Es llamativo que organizaciones como FAO o Manos Unidas tengan no solo que trabajar por erradicar y luchar contra la pobreza en países del tercer mundo, sino también concienciar sobre el mal uso que se hace de la comida. El Papa Francisco ya en 2013, en el ámbito de la Jornada Mundial del Medioambiente, realizó una llamada al mundo para evitar el desperdicio de alimentos y trabajar por una mejor distribución de la comida. Recientemente, en enero de 2017, el Tribunal de Cuentas de la UE publicó un informe especial “La lucha contra el despilfarro de alimentos: una oportunidad para la UE de hacer más eficiente el empleo de recursos en la cadena de suministro alimentario” que insistía en estas ideas. El desperdicio de alimentos es un problema global. Tanto es así, que se ha convertido en objeto de iniciativas legislativas en la Unión Europea, decisiones que permiten regular las acciones políticas que se desarrollen en los Estados Miembros relacionadas con el desecho de alimentos. Países como Francia e Italia han aprobado en los dos últimos años leyes contra el desperdicio de alimentos. Está claro que los políticos están tomando conciencia de la importancia de reducir el desperdicio de comida y de incentivar su donación, pero desde el punto de vista del ciudadano, ¿qué podemos hacer? ¿Qué estamos haciendo nosotros? Es un grave problema que no podemos ignorar, cuando son muchos los millones de personas que viven en la pobreza y en la desigualdad. Todos estamos llamados a ello, y no solo debe haber razones económicas o medioambientales para reaccionar, sino también éticas. Es deber de todos que el mundo sea más justo. La base está en la educación y en nuestra propia responsabilidad a la hora de valorar los alimentos que compramos y tenemos, para no desperdiciarlos, realizando un consumo responsable. Alimentarse es una de las primeras necesidades del ser humano, y cuidar y proteger el medio ambiente también es tarea de todos. El hambre, decía la campaña de Manos Unidas, no sólo se combate con comida, sino con la ayuda de todos. En nuestras manos está luchas por ello.

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A vueltas con la corrupción

corrupcion La palabra corrupción, cuya completa definición la podríamos encontrar analizando sus sinónimos (descomposición, putrefacción, podredumbre,…), se ha instalado en nuestra sociedad y, por tanto, en los medios de comunicación social, con una cotidianidad que llega a ser alarmante y preocupante. Instituciones, partidos políticos (de todo el espectro ideológico), asociaciones,… han estado y están marcadas, de uno u otro modo, por la corrupción; dándonos la imagen de encontrarnos ante un verdadero sistema socio – cultural, compuesto por una gran cantidad de delitos, acompañados de estrategias y finalidades. Es muy fácil hacer anidar la corrupción. Está al orden del día. Haciéndonos perder “el pudor que custodia la verdad, la bondad y la belleza” (Papa Francisco). Pero no pensemos en grandes estructuras, sino en cada uno de nosotros. La corrupción surge de lo micro a lo macro; de cada persona a la comunidad; del corazón de cada uno de nosotros al corazón del pueblo. Hablamos de un estado personal, el de los corruptos, en cuyos valores negativos encontramos capacidad doctrinal, manera de proceder, un lenguaje propio; adquiriendo tintes proselitistas, hasta llegar a un máximo nivel de complicidad, rebajándonos incluso en nuestra dignidad humana. La corrupción siempre ha oprimido al pueblo. Destruye al más débil. Ahoga al más desvalido. Silencia la verdad. Transforma la visión. Elimina la esperanza. Trasmuta las relaciones humanas, haciéndolas esclavizadoras y oscuras. La fraternidad, la amistad, la caridad, poniéndolas en el centro de la sociedad, nos ayudarán para acabar con dar más vueltas a la corrupción. Porque de otro modo seguiremos quitando algo al pueblo, que es la dignidad de cada uno, que es el claro sentido y finalidad del bien común. Pongamos en el centro al hombre. Erradiquemos la corrupción de la vida personal y social, siendo necesario para ello “prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia” (Misericordiae vultus 19).

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El deseado pacto escolar

Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón. ¡Qué sagacidad la del poeta! Es difícil superar con un lenguaje sencillo y bello un análisis sociológico tan profundo y preclaro sobre el acontecer sociopolítico de nuestro país. Acontecer que tiene síntomas de enfermedad crónica y que el ya largo periodo democrático no ha lograda curar.

Pero si el enfrentamiento ideológico de las dos Españas ha helado el corazón de muchos españoles en importantes momentos de nuestra historia moderna, cobra especial sentido  en el momento actual cuando se habla de escuela y educación. Porque no nos equivoquemos, el principal impedimento para lograr el tan ansiado y necesario pacto escolar que la tercera España (Paul Preston) reclama es simplemente ideológico.

La ideología no permite a nuestros responsables políticos penetrar y ver en el tupido y oscuro boscaje  en que está sumido nuestro mediocre sistema educativo. Las altas tasas de fracaso escolar, el abandono prematuro del sistema, la poca atención a la formación profesional, el deterioro de la función docente y la pérdida de su autoridad son, entre otros factores, claros indicios de enfermedad. La respuesta política en el periodo democrático ha sido la elaboración de trece leyes educativas, todas ellas realizadas por imposición del partido en el gobierno, sin consultar a los auténticos protagonistas y responsables de la educación –familia y profesorado- y, por supuesto, con la enmienda a la totalidad, sin matices, del grupo o grupos de oposición. El genio creativo de Unamuno cuando hablaba de los hunos y los hotros presenta una triste caricatura de esta situación difícil de encontrar en algún país de nuestro entorno.

La comunidad educativa lleva ya bastante tiempo exigiendo el tan deseado pacto nacional por la educación. En los últimos días se han vislumbrado posicionamientos que invitaban a la esperanza, pero que la praxis política tan contumaz ha sido capaz de desmentir de inmediato.

¿Acaso no pueden sentarse en la misma mesa para su reconciliación aspectos tan básicos para que el sistema funcione como la libertad de enseñanza y el derecho a la educación; la equidad y la calidad; la cultura del esfuerzo y la pedagogía de la adaptación; la escuela pública y la concertada; …? En conclusión: ¿la LOGSE y la LOMCE? Nos preguntamos en la tercera España.

 

Grupo AREÓPAGO

Un poco de compasión

Es posible llegar a pensar que la concepción materialista del mundo conciba la muerte como algo intrascendente, y valga la redundancia. Es posible creer que nada hay más allá y que no merece la pena nada que busque el encaje afectivo del paso de alguien de estar a no estar ¿Alguien? Tal vez esta visión en realidad en lo que nos convierte es en algo.

Es difícil, pero posible, sobrellevar la absoluta instrumentalización de las personas en política y en cualquier otro ámbito, reduciendo de hecho a cada uno a su función. Además es tan común que ya ni nos damos cuenta de nuestra indiferencia, de nuestra incapacidad de ver al otro. Esta inconsciencia es realmente penosa. ¿Y cuándo no es inconsciente? ¿Y cuándo de manera premeditada convertimos la muerte de alguien en objeto de propaganda política? ¿Y cuándo no solo hemos perdido la capacidad de sentir dolor por el dolorido, sino que además utilizamos su dolor para sacar rédito? Puede que la exaltación de la ciencia que se lleva tanto en nuestros días nos haya convertido a todos en conejillos de indias. Conejillos, por cierto, cuyo destino afecta emotivamente y terriblemente a personas incapaces de “perdonar” a los más débiles, a los toreros o a los  políticos por que son de un determinado partido político, por ejemplo a Rita Barberá.

Es posible que con este panorama pedir que nos comportemos con compasión sea mucho pedir. Pero no importa, por pedir… Por favor, nos conformamos con un poco de compasión.

 

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