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El mundo se derrite

iceberg “Nueva ola de calor”. “Se desprende de la Antártida un enorme iceberg”. “Una fuerte tromba de agua causa nuevas inundaciones en la capital”. “Alerta por fuertes lluvias y tormentas esta semana”. “El temporal continua azotando”. Son titulares de noticias que estamos leyendo cada día y que demuestran que el calentamiento climático es una realidad. Las fuertes tormentas que llegan sin compasión alguna, las olas de calor insufribles o que se desprenda parte de la Antártida confirman algo evidente: el cambio climático está aquí y no se va a ir. Es obvio que está afectando a nuestra vida diaria. Nuestra vida  la de todos los seres vivos pende del cambio climático. Según la página web de Acción por el Clima de la Comisión Europea la actividad humana es una de las causas principales del aumento de la temperatura mundial y, en consecuencia, del calentamiento global. ¿Tenemos, por lo tanto, responsabilidad? Sí.  Toda. El cuidado del medio ambiente está siendo desde hace unos años una preocupación del hombre, con la búsqueda de soluciones y de acuerdos entre países. A nivel político preocupa y mucho; así se puso de manifiesto en  la última llamada a la implementación del Acuerdo de París del G20. Y a nosotros, ¿no nos preocupa? ¿Cómo podemos cuidar de la naturaleza? ¿Cómo podemos proteger el medio ambiente? ¿Cuál es la responsabilidad del hombre ante el impacto ambiental? Son preguntas que están en el aire y que tienen respuesta. Tenemos una obligación y una responsabilidad: tomar conciencia de la importancia de respetar la naturaleza, transformando nuestros hábitos y nuestra vida cotidiana, educándonos en la preservación del medio ambiente. Ya el Papa Francisco en el año 2015 publicó la Encíclica Laudato si, dedicada al medio ambiente y a la casa común. Una Encíclica en la que, entre otras cuestiones, hacía un llamamiento a la acción ante las catástrofes medioambientales provocadas por el calentamiento global y al desarrollo de políticas internacionales que actúen ante los desastres. Nosotros también somos responsables y culpables del deterioro del medio ambiente. No podemos mirar a otro lado.  No podemos esperar más tiempo. Urge actuar y cuidar el planeta. Está en nuestras manos –no en las de nadie más– dejar un buen planeta a nuestros sucesores. Urge empezar ya, dando un pequeño paso; un pequeño paso que será grande si nos unimos todos.

GRUPO AREÓPAGO

Firma invitada: Un juez, convertido en testigo, entre el Papa Francisco y las mujeres separadas por Don José Antonio Martínez, vicario judicial de la Archidiócesis de Toledo

Jesucristo, juez misericordioso, es el título del Motu proprio que el Papa Francisco aprobó en el año 2015 y entró en vigor en el día de la Inmaculada de ese mismo año. Jesucristo, el Buen Pastor, que guía a su rebaño con desvelo, misericordia y con amor, nos ha entregado su Espíritu Santo para que, en su nombre, también nosotros seamos espejo de su caridad pastoral, misericordiosos con los más pobres, acercándonos al sufrimiento de tantas personas, como aquel samaritano que se acercó al malherido en el camino de Jericó. Ese Espíritu Santo ha sido derramado en los Apóstoles y en sus sucesores. Especialmente está presente con su acción misteriosa en los pastores de la Iglesia y, como no, en el que hoy es sucesor de Pedro, el Papa Francisco. El lunes 26 de junio, por esos misterios que tiene la Providencia, el Papa Francisco invitó a un grupo de mujeres separadas y divorciadas, que forman parte del Grupo de Santa Teresa de Toledo, a tener un encuentro privado en su casa, en Roma. Por la relación estrecha en trabajo pastoral entre la Delegación de Familia y Vida y la Vicaría Judicial, fui invitado a acompañar a este grupo teniendo  la oportunidad de poder exponerle al Santo Padre el trabajo que estamos haciendo conjuntamente. Así fue: al tiempo que le agradecíamos al Santo Padre su amabilidad para con nosotros, su magisterio tan acertado y lleno de caridad pastoral hacia las familias, le expuse brevemente el camino que hemos recorrido estos años. Una primera parte fue mostrar el trabajo previo que algunos sacerdotes preparados específicamente para ello hacen acogiendo a las personas que solicitan iniciar el proceso de declaración  de nulidad de su matrimonio, a lo que se suma la ayuda inestimable de la Delegación de Familia, los COF´s, y grupos como éste de Santa Teresa. Después hablamos del seguimiento que hacemos durante el proceso y, por último, en concordancia con la pastoral judicial expuesta en el Magisterio pontificio, el período de acompañamiento posterior a la sentencia. Le conté al Santo Padre que, una vez declarado nulo el matrimonio, le hacíamos entrega personal de la sentencia a los cónyuges, explicándoles las razones por los que se llega a la parte dispositiva o resolución judicial; al tiempo que se les ofrecía el amplio programa de actividades pastorales que la Archidiócesis de Toledo lleva a cabo con los matrimonios y las familias, animándoles a integrarse en los grupos parroquiales familiares; y, en los casos en los que los esposos tengan impuesto  un veto y tienen intención de contraer nuevas nupcias, también les proponemos participar en un curso prematrimonial específico, acompañados por un matrimonio y un asesor psicológico que les acoge y les hace profundizar en determinados temas con miras al nuevo matrimonio. El Santo Padre se interesó mucho por ello, comentó algunas anécdotas acerca del Motu proprio, así como del proceso breve ante el Obispo, confesando que él mismo había firmado el primero en la Diócesis de Roma, de la que él es su Obispo, claro está. También comentó la necesidad de preparar ministros para el Tribunal, a lo que D. Braulio le comentó que en Toledo llevamos tres años haciendo un curso para expertos en derecho matrimonial canónico al que asisten abogados y psicólogos. Considero que este encuentro significa mucho para el rumbo que actualmente tiene y debe proseguir nuestra Vicaría Judicial. El ministerio de la justicia, que brota de la tria munera que el Obispo diocesano tiene por su consagración episcopal, no es simplemente el ejercicio y la puesta en práctica de los cánones del Código de Derecho Canónico y en la legislación posterior, sino que, del mismo Código y del espíritu del supremo legislador, brota el talante y la caridad pastoral con la que el Obispo, juez y médico, debe tratar estos asuntos –tan delicados y dolorosos la mayoría de las veces-,  así como los ministros que en su nombre ejercen la justicia en los tribunales eclesiásticos. El ministerio de la justicia no está desligado de la caridad pastoral; estamos hablando de una auténtica pastoral judicial, y así se deduce y asegura por las mismas palabras del Papa Francisco en sus comentarios durante nuestra visita. Además, el Papa Francisco, aludiendo a la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, subrayó los cuatro principios que deben regir el trato pastoral a los  matrimonios en dificultad: acoger, acompañar, discernir e integrar. Nuestra Vicaría Judicial, a través de los sacerdotes y abogados que se han preparado para ello, ofrece este ministerio de acogida y de escucha a aquellas personas que desean poner en manos de la Iglesia su matrimonio con el fin de buscar la verdad acerca de su sacramento. Hoy podemos decir que estos sacerdotes se encuentran en las Vicarías territoriales y acogen  a todos aquellos que piden información y exponen su situación matrimonial, dedicándoles muchas las horas con detenimiento y paciencia. Al tiempo, esto está suponiendo un empeño ineludible en el acompañamiento de los que inician el proceso, especialmente a través de los letrados y peritos psicólogos, los cuales son muy conscientes de la responsabilidad eclesial que asumen cuando intervienen en el proceso de declaración de nulidad matrimonial. La etapa propiamente judicial que culmina en la sentencia -positiva o negativa-, supone un discernimiento responsable para todos los ministros del tribunal, así como una sana tensión para los que, desde la pastoral matrimonial, acompañan a los esposos, les alienta y les ofrecen los grupos en los que pueden integrar sus dificultades y sus debilidades, suponiendo un verdadero ministerio de sanación donde encuentran el rostro maternal de la Iglesia. No se me escapa que desde esta perspectiva la acción pastoral que la Vicaría Judicial puede ejercer no se circunscribe exclusivamente al ámbito procesal, sino que el horizonte se amplía a todos aquellos ámbitos eclesiales donde se pueden encontrar el dolor de la ruptura matrimonial, ofreciendo así un instrumento para llegar a la sanación y a la curación, haciendo siempre prevalecer la verdad y la justicia, atemperada con la misericordia.

Concluyendo: el campo que desde el Magisterio pontificio se nos abre en este sector particular de los matrimonios en dificultad y de la repercusión que esto tiene en el resto de la familia (hijos, padres, abuelos, hermanos, etc.), es amplísimo; la mies abundante y necesitamos obreros para trabajar en esta parcela del Pueblo de Dios. Es entusiasmante, pero duro y urgente. La recompensa: el Señor es buen pagador,… algo ya nos ha llegado: el abrazo del Papa Francisco, sus palabras, su cariño y su aliento.

  ¡¡¡Gracias, Santidad!!

Don José Antonio Martínez García

Vicario Judicial de la Archidiócesis de Toledo

Grupo Papa y Mujeres Separadas

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

Basureros humanos

Sin entrar en el debate, de si estamos en una época de grandes cambios o en un cambio de época, lo cierto es que los grandes principios que propiciaron lo que se ha dado en llamar la modernidad se han ido extinguiendo en la época contemporánea. La libertad, que logró a base de muchos esfuerzos su implantación política durante el siglo XIX ha quedado reducida a una muy exigua y placentera libertad individual condicionada; la igualdad, se fue deshilachando en el camino absorbida por un capitalismo salvaje y desencarnado; y la fraternidad, ¡pobrecilla!, ni siquiera pudo gozar de su nacimiento; sus raíces cristianas y el principio de “solo razón”, la dejaron sin fundamento. El sociólogo y escritor-ensayista fallecido hace unos días Z. Bauman, en una de sus últimas obras “la postmodernidad y sus descontentos”, reflexiona sobre una de sus principales tesis sociológicas: el interés por la pureza y su correspondiente obsesión por la lucha contra la suciedad, ideal de todas las culturas, tiene una relación muy directa con el orden establecido. Y desde los principios que determinan este orden en cada época y cultura se verifica la categoría de “extraño”, y como consecuencia, su catalogación como “suciedad” que hay que limpiar. En estos últimos tiempos nuestra sociedad está profundamente horrorizada por los excesos de “pureza” y los procedimientos de “limpieza” que el nuevo presidente del país más rico del mundo quiere aplicar desde su concepción personalista del orden. Pero la hipocresía de  nuestra sociedad occidentales incapaz de percibir cómo desde el nuevo orden mundial que establece la cultura y sociedad de consumo, cuyo principal criterio de pureza es la búsqueda de la felicidad individual desde el placer inmediato, caiga quien caiga, está produciendo muchas “impurezas” que se  eliminan por ser defectuosas desde esos criterios de orden. Los pobres, los inmigrantes, los ancianos, los niños no nacidos, las personas económicamente vulnerables, los que no tienen voz; sin olvidar los pasos vertiginosos que se están dando ya en algunos países para la legalización de la eutanasia, son productos defectuosos que entorpecen y, por consiguiente, constituyen las “nuevas impurezas” que nuestro orden social actual impuesto por el dios dinero desecha a sus basureros. El Papa Francisco llama a esto la cultura del descarte. Es la cultura que no prioriza como criterio fundamental del orden social el principio fundamental de la dignidad del hombre.

Grupo AREÓPAGO

Coprofilia informativa

El genio literario de Pablo Neruda nos ha dejado esta preciosa  perla: “Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan…Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció…”

Sí…,todo está en la palabra. Es el cimiento de la cultura y del sentido de la vida. Define a la persona y a los colectivos. Por medio de ella se desarrolla el pensamiento, se expresan los sentimientos y el ser humano crece en su dimensión  comunicativa y social. Con ella se plasma la literatura, la poesía y el lirismo; cobra sentido la metáfora; y hace posible el diálogo…

Una de las muchas paradojas en que está sumida ésta nuestra llamada sociedad de la información y del conocimiento es que la palabra, su principal protagonista, camina a través de ella desacreditada, tal vez enferma. Una simple mirada a los medios de comunicación y a las redes sociales; un breve recorrido por las innumerables tertulias que pululan en el medio audiovisual, por los discursos de los políticos, o sus programas electorales…; en fin, un sencillo paseo por la cotidianidad del chateo y el whatsapp, nos advierten de los muchos síntomas que translucen su enfermedad: sobresaturación, ruidos, simplicidad, desinformación, impostura e incoherencia, o simplemente pérdida de significado.

Cuando a través de los medios de comunicación y las redes sociales se calumnia, se divulgan rumores como si fuesen certezas; cuando se pretende más ensuciar que informar, la palabra sale maltratada porque ha abandonado su función originaria de educar, formar y socializar. El genio profético del Papa Francisco nos ha advertido últimamente de la maldad de la “coprofilia informativa”, que es  consecuencia lógica de la tendencia social a la “coprofagia”. Cuando este mal se generaliza también la sociedad se contamina y enferma.

Urge recuperar el valor de la palabra como compromiso y promesa, reconocer su importancia, reconducir su coherencia. Y es tarea prioritaria aplaudir a personas y medios públicos y privados que buscan la verdad objetiva, que procuran discernir porque las personas y las cosas tienen sus derechos, que ejercen su labor crítica sin herir….En definitiva, a todo aquello que promueve lo profundamente humano.

 

Grupo AREÓPAGO

El sueño de Europa

europa

En el lenguaje y  pensamiento social, ideología y utopía son dos términos que expresan constructos sociopolíticos frecuentemente contrapuestos, y muy presentes en el debate político desde la ambigüedad que les caracteriza. Sin entrar en valoraciones y prescindiendo de las múltiples patologías derivadas de su aplicación práctica, hoy se puede afirmar, que las dos son necesarias y muchas veces complementarias. La ideología, como producto social capaz de crear identidad, y fundamental para la convivencia desde la triple función que se le asigna, integrar, legitimar y estabilizar. Y la utopía como impulsora de la ideología cuando esta se anquilosa y momifica haciendo enfermar el tejido social.

Desde estas perspectivas podemos asegurar que la Europa actual vive en una situación de encrucijada. Aquel proyecto europeo de “solidaridad de hecho” con el que soñaron sus  padres (Declaración Schuman 1950) ha desaparecido de su memoria histórica. La peor muestra de su ideología (la Europa de los mercaderes) se ha significado con toda su crudeza en el asunto de los refugiados. Y es desde esta encrucijada desde donde el Papa Francisco, en su discurso al recibir el Premio Carlomagno, se ha permitido soñar: “Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía”.

Europa, en su recorrido histórico de los últimos tiempos, ha ido soltando por el camino importantes dimensiones de su proyecto originario: sus raíces cristianas, su cultura humanista; el equilibrio entre el norte rico y el sur que languidece, entre zonas rurales subdesarrolladas y zonas superpobladas e industrializadas, entre lo que desean acoger la inmigración y entre los que la rechazan…

Ante esta “Europa anciana” que ha vendido su alma a la ideología del dinero y de la eficacia, y delante de sus gobernantes, el Papa ha planteado sus sueños. Sueños con la mirada puesta en los que vienen en busca de acogida, para que el ser emigrante no sea un delito; en los enfermos y ancianos para que no sean objetos de descarte; en los jóvenes para que puedan respirar el aire limpio de la honestidad;a favor de políticas familiares centradas más en los rostros que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes…En fin, sueños cargados de esperanza para “ayudar al renacer de una Europa cansada, pero todavía rica de energías y de potencialidades”.

Grupo Areópago

La belleza del amor

amor

A. Marina en su “Diccionario de los sentimientos” hace una disección psicolingüística e histórica, rica y atrevida, de los sentimientos. En uno de sus capítulos señala que “el amor es el arquetipo sentimental por antonomasia”, pero asegura que “es ante todo un lío”, por las “ideas contradictorias” que los humanos parecemos tener sobre él. Seguramente no le falta razón. Hoy día la palabra amor y las expresiones que genera en el lenguaje cotidiano se ha trivializado, manoseado, degradado o cubierto de tan falsos pudores, que es muy difícil reconocerlo en su auténtico sentido, en su valor y profundidad humana. En esta postmodernidad líquida en que estamos sumidos es muy frecuente confundir amor con amoríos y juego, autoestima con egoísmo encubierto, o respeto con indiferencia.

Tal vez, por eso, y seguramente por mucho más, el Papa Francisco en su exhortación “Amoris laetitia” ha querido dotarlo de todo el sentido de plenitud humana y divina que atesora y lo ha valorizado y embellecido hasta el extremo de convertirlo en la idea central del documento. El mismo lo señala en su introducción.

Mucho se ha hablado sobre la familia y las familias, tanto en ámbitos eclesiales como civiles, desde que el Papa convocó los respectivos Sínodos para reflexionar sobre ella. El ruido mediático se ha esforzado en convertir cuestiones accidentales en esenciales y acentuar lo que es átono, desenfocando su problemática según intereses particulares. Sin duda, son muchos e importantes los problemas que afectan hoy a la familia, primera estructura social de acogida, “lugar primario de humanización de la persona y la sociedad”. Pero los que más inciden y propician la crisis que la afecta son todos aquellos que la desestructuran  como “comunidad de amor”, propiciada por lo que algunos llaman “cultura del yo” o de “vivencias”.

De ahí, que la llamada del Papa Francisco a “La alegría del amor”, como tarea permanente para las familias, sea también una llamada de atención a una sociedad donde la obsesión por el disfrute inmediato de la intimidad y la búsqueda sin freno de vivencias y placeres se han convertido en valores sociales dominantes  que, a largo plazo, sólo producen insatisfacción e infelicidad. “El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme”, son palabras que reafirman el profundo significado de una palabra tan degradada.

Luciano Soto

Grupo Areópago