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Dios de la Navidad

niño jesus Desde hace casi dos siglos, uno de los temas recurrentes del pensamiento europeo de la llamada modernidad ha sido el final de la religión. Considerada como alienación, pensaban –y piensan muchos– que es un gran obstáculo para el progreso individual y social. A finales del siglo XIX Nietzsche profetizó la muerte de Dios. A lo largo de toda la historia contemporánea, la fe en Dios ha convivido con múltiples resistencias y se ha intentado hacer realidad esta profecía de muchas maneras: Se esforzaron en ello los intelectuales de la Ilustración porque consideraban a Dios un rival para la autonomía del hombre; lo declararon inútil los pregoneros de la ciudad secular; lo ha denigrado la cultura postmoderna creando una sociedad alternativa y propiciando la cultura de la muerte; lo niegan con virulencia militante y fundamentalista los llamados nuevos ateos que, con una argumentación simplista, no saben separar el ámbito de la ciencia del ámbito de la fe; lo han puesto a los “pies de los caballos” los fundamentalismos religiosos; y está intentando vaciar de contenido la fe nuestra sociedad actual de consumo que falsamente la celebran celebran llenando las ciudades de luces fugaces y mesas abundantes. Hasta nosotros, los mismos creyentes, lo oscurecemos con nuestras incoherencias. Seguramente, lo que unos y otros han intentado matar es su “idea” de Dios, porque aunque vivimos en una sociedad donde la indiferencia religiosa y la increencia aletean por su mar cultural, Él, el Dios de la Navidad y de la Vida, acude siempre a su cita puntual con nosotros para elevar nuestra dignidad de personas con su mensaje de amor y misericordia. Y aunque parezca ausente, es presencia y buena noticia para todos aquellos que lo buscan cuan nuevos “reyes magos”. El Dios de las Buenas Manos y del Amor es Misterio que seduce a quienes se dejan encontrar por Él: “Lo esencial sólo se puede ver bien con los ojos del corazón”. Nos disponemos a celebrar lo que nuestra sociedad occidental llama fiestas navideñas con todos los ingredientes que nos aporta un mundo secularizado. La cuestión fundamental es si nosotros, los creyentes, acudimos a ella considerándola un encuentro con el Dios de la Navidad y de la Vida    

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Resuenen los villancicos

  villancicos “Los villancicos son perjudiciales para la salud”. Este fue el titular de una noticia de un programa de la televisión en España porque se hacían eco de un estudio británico de la psicóloga clínica, Linda Blair, que resumía que “los villancicos pueden tener efectos negativos en la salud de la gente, si trabaja en tiendas y supermercados”.  Según este análisis los villancicos que se escuchan antes de Navidad en establecimientos comerciales pueden dejar secuelas de estrés y ansiedad a los trabajadores que trabajan allí. Los villancicos, que comenzamos a escuchar al inicio del Adviento, nos anuncian la Navidad. La música navideña nos prepara para el Nacimiento del Niño Dios.  Pero el actual uso que se da de los villancicos es un recordatorio para animar la época de excesos navideños, para fomentar las compras y los gastos en regalos, obsequios y celebraciones. Cuánto más alto suenen, más se compra. Así como alumbramos nuestras calles con luces cada vez con más motivos que nada tienen que ver con la Navidad; decoramos nuestras casas y calles con árboles de Navidad y belenes que introducen en estos días santos. Hoy todavía siguen sonando durante estos días estas melodías que nos alegran la espera en la llegada de Dios que se hace hombre.  No olvidemos que los villancicos tienen un papel fundamental dentro de la tradición navideña, pues el sentido de los villancicos es anunciar el nacimiento de Jesús. Esta música navideña nos acerca al espíritu de la Navidad.  Son la sintonía que nos transmite la llegada del Salvador. Lejos del bullicio, de las prisas, de los excesos navideños, que las panderetas, que las zambombas y que los tambores sean el hilo musical para recordar este acontecimiento tan importante que celebramos cada 25 de diciembre. No  olvidemos que la alegría y el gozo de la Navidad se manifiestan también en forma de villancico. Para nada son estresantes. Para nada son malos, por eso “resuenen, como dice el villancinco, con alegría los cánticos de mi tierra”.   Enlace noticia: https://www.elespanol.com/ciencia/salud/20171109/260724429_0.html    

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La nochebuena se viene, la nochebuena se va

No es difícil constatar las tremendas dificultades que tiene el hombre moderno para leer la realidad simbólica. La excesiva sobreaceleración en que vive instalado incide, convirtiendo en provisional todo lo que piensa y hace; y oscureciendo los grandes temas que constituyen la esencia del ser humano y que dan sentido a su vida. Esencia que en el lenguaje simbólico hace histórico lo eterno, presente lo pasado y lo futuro, y visible lo invisible. Tal vez por ello sea incapaz de comprender el sentido profundo que penetra la Navidad: que el señor de la historia, el salvador que todo hombre espera, es un Niño. No, esto no es una evasión poética, ni un anuncio sin sentido.

La Navidad es la constatación real de que nuestra salvación llega a través del amor y la ternura. Tal vez por ello nuestra anodina sociedad atrapada por el consumo y la dinámica enfermiza del “usar y tirar” se pasee indiferente ante ciertas realidades hirientes de nuestro mundo actual: niños que mueren a consecuencia del hambre, o de la guerra, o debido al egoísmo lacerante que les impide nacer.

Esta realidad se escenifica y se hace presencia activa a través de una progresía dulzona, virtual, que incapaz  de traspasar la frontera de su ideología trasnochada no puede penetrar en la realidad simbólica de la auténtica utopía y concentra todo su poder en intentar eliminar símbolos navideños de gran calado existencial. De esta manera fría y descarnada,  la nochebuena se va en una sociedad enredada entre múltiples lucecitas de colores y reflejos bobalicones.

Pero también es verdad, que en este mundo nuestro, que no ha sido ni es ni será un mundo en blanco o negro, sino un mundo de matices, el Niño se hace presencia activa y realidad simbólica, iluminando la auténtica utopía liberadora de millares de voluntarios que ayudan a tantas personas sin futuro a reencontrarse en su dignidad; o cuan ángeles anunciadores rescatan a refugiados y emigrantes, perdidos e indefensos; o a aquellos, que con la mirada puesta en la Estrella caminan al encuentro de su belén existencial. Sí, gracias a estas lucecillas iluminadoras también hoy podemos cantar como lo hacíamos antaño: la nochebuena se viene, la nochebuena se va.

 

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