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La auténtica Navidad

Cada vez resulta más evidente que la vida carece de valor para nuestra sociedad. Prueba de ello es el rechazo de sufren aquellas personas mayores que son relegadas a residencias o abandonadas en sus propias casas sin que reciban ni las visitas ni el amor de sus familiares; también los cientos de miles de abortos que se producen cada año por el hecho de ser hijos no deseados –o que no llegan como sus padres esperaban–. Del mismo modo, manifiestan despreciar la vida quienes tratan a sus semejantes indignamente, como ocurre en los casos de violencia doméstica o de explotación laboral extrema. Aquellos que adoptan el odio como motor de su existencia igualmente demuestran detestar la vida, tanto la de las personas contra las que actúan, como la suya propia. En definitiva, siempre que no se trata a una persona como auténtico ser humano, respetando su dignidad, se está atentando contra su existencia.

La pregunta que todos hemos de hacernos es ciertamente fácil de plantear: ¿por qué, en el siglo XXI, hay tantas manifestaciones de desprecio a la vida? La respuesta es no menos sencilla en su formulación, si bien realmente compleja a la hora de poner en práctica: porque nos hemos alejado de Dios.

El desprecio del ser humano, los atentados contra su vida y su dignidad, son la manifestación más evidente del rechazo al Creador y de la autoproclamación del hombre como medida de todas las cosas. Dado que no hay nadie superior a mí, yo soy superior a todos y, en consecuencia, tengo el poder de decidir sobre ellos, incluyendo su vida.

La Navidad es justo la prueba del ejemplo contrario: Dios, auténtico Señor de todo lo creado, opta por hacerse hombre, sencillo y humilde, para demostrar con ello su profundo amor por todos nosotros, sus criaturas, y para ofrecernos la posibilidad de ser como Él. Y lo hace sin desplazarnos en absoluto, respetando nuestra libertad, garantizando su misericordia a todos y cada uno en cada momento, sean cuales sean las circunstancias.

Recuperar esta concepción de la existencia en nuestra sociedad y en cada una de nuestras experiencias resulta fundamental para garantizar nuestra supervivencia como comunidad y nuestra realización como personas. La Navidad es, en esencia, la principal manifestación de que, para Dios, cada vida importa.

 

Grupo AREÓPAGO

Adornemos la Navidad, pero sin Belén

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Hace unos días vimos en las redes sociales la comunicación a los padres de Educación Infantil de un centro educativo. Esta comunicación invitaba a los padres a llevar al colegio adornos y elementos decorativos para Navidad, eso sí, que no querían adornos religiosos.

Es genial, nos podemos imaginar la conversación de un niño pequeño con su mamá camino de ese colegio. La mamá lleva en sus manos el espumillón, lleva paisajes de invierno, estrellas, ramas de árbol, alguna manualidad y algún dulce que han hecho en casa.

El pequeño camina admirándose de lo que le rodea, y pregunta: _¿Mamá que celebramos, por qué las calles, las casas, los escaparates están adornados estos días?

La mamá responde: Antes se celebraba el nacimiento de un niño, un niño que nació en pobreza, un niño que dicen que es Dios y vino a una pobre cueva. Este fue el motivo por el se hacía antes fiesta: Dios había venido a visitar a los hombres. Pero ahora eso ya no tiene sentido, nos hemos dado cuenta que son cuentos que nadie se cree. Ahora celebramos la amistad, la paz, la familia, los regalos, las comidas. Son días muy bonitos porque todos nos reunimos en el calor de la casa y por eso decoramos, compramos cosas, esperamos regalos.

El niño se queda pensativo, y sigue alegre hasta llegar al colegio, y ve como preparan la decoración navideña de su clase sin navidad.

Ese niño crecerá, y es posible, como le pasó a Paul Claudel, que entre en una Iglesia y oiga los acordes del  Mesías de Haendel, o el canto del “Noche de paz”; y entonces descubrirá que esos deseos de paz, de amor, de amistad y esos adornos sin Dios que de niño anunciaban las vacaciones de invierno, sólo eran  la nostalgia de ese Dios que se hizo pobre por amor a todos los hombres.

Por ello no hagamos una Navidad de sin Dios, y no dejemos que el dios dinero y consumo nos roben el amor del niño de Belén.

Navidad sin Navidad

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Domingo de Adviento, noche cerrada y plenamente invernal. Paseando  por las calles de Toledo o de cualquier otra ciudad nos sobrecoge una vez más, su estampa de ciudad.

Al tiempo podemos reflexionar sobre una realidad muy obvia y que se extiende por pueblos y ciudades: la nula presencia de símbolos religiosos en los adornos navideños que se eligen para engalanar los espacios públicos.

Abrimos el diccionario de la Real Academia de la Lengua española, buscando la definición de Navidad: En el mundo cristiano, festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo.

Algo no  cuadra: estamos en una sociedad mayoritariamente cristiana, pero no se puede ver en sus calles nada que recuerde que, lo que vamos a celebrar es el nacimiento de Dios hecho hombre. ¿Por qué? ¿Es que estorba? Sin duda las administraciones, los poderes públicos, quienes tienen a su cargo estas responsabilidades, nos hacen flaco favor con mal entender el significado del respeto a las creencias de sus ciudadanos.

La presencia de los signos religiosos, no pueden ofender cuando se entiende el verdadero significado de la palabra libertad. La manifestación religiosa no es enemiga de la libertad del no creyente, o del no cristiano,  ni tampoco algo que desea imponerse por encima de todo.

Hay un concepto equivocado en una presunta progresía, que a fuerza de tratar de derribar unos dogmas, nos está imponiendo los suyos.

Quizás sea fruto de ese laicismo que avanza valiéndose de los muchos complejos que los creyentes arrastramos y de la falta de firmeza en la defensa de aquello en lo que creemos.

En este sentido son muy clarificadoras, las palabras del Papa Francisco en la entrevista publicada en estos días, que concedió a la revista Tertio:

“Pero una cosa es laicidad y otra cosa es laicismo. Y el laicismo cierra las puertas a la trascendencia: a la doble trascendencia, tanto la trascendencia hacia los demás como, sobre todo, la trascendencia hacia Dios. O hacia lo que está Más Allá. Y la apertura a la trascendencia forma parte de la esencia humana. Entonces, una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia de la persona humana, poda, corta a la persona humana.”

¡Qué hermoso será el día en el que podamos pasear y disfrutar de nuestras calles, plazas y monumentos, adornados tal cual merece una fecha tan decisiva para toda la humanidad: el nacimiento del Hijo de Dios!

GRUPO AREÓPAGO

La nochebuena se viene, la nochebuena se va

No es difícil constatar las tremendas dificultades que tiene el hombre moderno para leer la realidad simbólica. La excesiva sobreaceleración en que vive instalado incide, convirtiendo en provisional todo lo que piensa y hace; y oscureciendo los grandes temas que constituyen la esencia del ser humano y que dan sentido a su vida. Esencia que en el lenguaje simbólico hace histórico lo eterno, presente lo pasado y lo futuro, y visible lo invisible. Tal vez por ello sea incapaz de comprender el sentido profundo que penetra la Navidad: que el señor de la historia, el salvador que todo hombre espera, es un Niño. No, esto no es una evasión poética, ni un anuncio sin sentido.

La Navidad es la constatación real de que nuestra salvación llega a través del amor y la ternura. Tal vez por ello nuestra anodina sociedad atrapada por el consumo y la dinámica enfermiza del “usar y tirar” se pasee indiferente ante ciertas realidades hirientes de nuestro mundo actual: niños que mueren a consecuencia del hambre, o de la guerra, o debido al egoísmo lacerante que les impide nacer.

Esta realidad se escenifica y se hace presencia activa a través de una progresía dulzona, virtual, que incapaz  de traspasar la frontera de su ideología trasnochada no puede penetrar en la realidad simbólica de la auténtica utopía y concentra todo su poder en intentar eliminar símbolos navideños de gran calado existencial. De esta manera fría y descarnada,  la nochebuena se va en una sociedad enredada entre múltiples lucecitas de colores y reflejos bobalicones.

Pero también es verdad, que en este mundo nuestro, que no ha sido ni es ni será un mundo en blanco o negro, sino un mundo de matices, el Niño se hace presencia activa y realidad simbólica, iluminando la auténtica utopía liberadora de millares de voluntarios que ayudan a tantas personas sin futuro a reencontrarse en su dignidad; o cuan ángeles anunciadores rescatan a refugiados y emigrantes, perdidos e indefensos; o a aquellos, que con la mirada puesta en la Estrella caminan al encuentro de su belén existencial. Sí, gracias a estas lucecillas iluminadoras también hoy podemos cantar como lo hacíamos antaño: la nochebuena se viene, la nochebuena se va.

 

Grupo AREÓPAGO

Símbolos religiosos y espacios públicos

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Casi es Navidad, la gran fiesta cristiana que hace memoria y celebra el Misterio de Dios hecho hombre. Una de las fiestas religiosas más importantes del año que marca el ritmo de los calendarios religiosos y civiles de la mayoría de los países del mundo; de ahí su gran relevancia no sólo religiosa, sino también social y cultural.

Desde hace unas décadas, cuando se acercan estas fechas, voces del laicismo excluyente se manifiestan en contra de la presencia en lugares públicos de los símbolos religiosos que la significan y dan sentido. Un tema que exige por su importancia social reflexión y diálogo.

Una primera perspectiva para esta reflexión nos la ofrece el extraordinario valor que representa para la vida de un país la memoria colectiva, sobre todo la cultural. La memoria cultural actualiza la historia de un pueblo y la da sentido; y sus símbolos, forma y contenido. En la construcción de esta memoria, el cristianismo ha representado un factor fundamental, pues se quiera o no, ha formado parte de todo el entramado cultural y patrimonial que ha forjado lo que en estos momentos somos como comunidad con historia. Olvidarlo o desestimarlo sería la negación de nuestra esencia como pueblo.

Y en una segunda perspectiva de diálogo situamos la respetabilidad; no menos importante que la anterior. Se cuenta que Voltaire se quitaba el sombrero cuando pasaba por delante de un templo. Cuando se le preguntaba, extrañados, sobre esta actitud, contestaba que “respetaba lo respetable” (López Camps 2010). El símbolo religioso no solo habla de valores trascendentes, y por tanto, con sentido para los creyentes, sino que además transmite valores humanos profundos dignos de respetabilidad y aprecio incluso para los no creyentes. No nos cabe la menor duda de que los símbolos navideños concretados en “belenes”, villancicos, escenificaciones, cabalgatas, además de su sentido cristiano, expresan experiencias humanas con una gran carga de ternura, solidaridad, amistad, paz… Valores compartidos por todas las personas con independencia de sus creencias. Asumirlos y acogerlos desde el respeto forma parte de cualquier sociedad plural, que se digne de serlo, como muestra de su diversidad cultural y religiosa. En este respeto se incluye el no lesionar los sentimientos de las personas que los veneran.

Grupo Areópago


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Seis ideas para estar atentos este Adviento

Tomamos de la Abadía de Monserrat estas palabras del padre Ignasi M. Fossas que nos da seis pistas para mantenernos en alerta durante el Adviento y aprovechar este tiempo de gracia.

 

 

La Navidad nos invita a la adoración

Jesús niñoLa Navidad nos invita a la adoración. Compartimos con vosotros la charla de Félix del Valle en el retiro de Navidad que trata sobre la adoración.

La adoración es el reconocimiento humilde, agradecido y gozoso de la grandeza de Dios.

Nuestra actitud de adoración nos  da la medida de nuestra vida cristiana, porque nos configura con Cristo adorador, que busca en toda su vida la gloria del Padre.

La liturgia de Navidad está llena de invitaciones a la adoración, que nos centra en Dios y nos saca de la dinámica del egoísmo.

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