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El bien es contagioso

Hace pocas fechas pudimos leer en el periódico: “Muere la mujer que renunció a un tratamiento contra el cáncer para dar a luz a su sexto hijo” (http://www.larazon.es/amp/sociedad/muere-la-mujer-que-renuncio-a-un-tratamiento-contra-el-cancer-para-dar-a-luz-a-su-sexto-hijo-OJ15947669) Carrie Deklyen, con un cáncer cerebral, decidió libre y voluntariamente proteger la vida de su hijo no nacido, el más vulnerable de todos, negándose a recibir tratamientos teratogénicos, a pesar de que ella moriría. El instinto maternal prevaleció frente al instinto de supervivencia. Este testimonio nos conduce al asombro ante la grandeza del ser humano y alimenta la esperanza en una humanidad verdaderamente humana. ¿Somos auténticamente libres al satisfacer nuestros deseos aunque perjudiquemos a terceros? ¿El reclamado “derecho a decidir” sobre “mi cuerpo”, justifica dañar a mi propio hijo no nacido, vulnerable entre los vulnerables? ¿Ese “derecho a decidir” me hace libre, me conduce hacia la felicidad?¿O más bien, hacia el vacío, hacia la nada? El núcleo esencial de la persona radica en amar y ser amado, vivir y dar vida. Esto es propiamente humano, y nos diferencia de otros animales. Nos impulsa a transcender, a salir de nosotros, a no “ensimismarnos”, a salir del “yo-mi-me-conmigo”. Somos seres de encuentro, y esa salida hacia los otros, como ejercicio supremo de nuestra libertad, da sentido verdadero a nuestra vida. Eso es el amor, expresión de la auténtica libertad. Camino necesario para alcanzar una vida plena y una humanidad humanizada. Carrie ha decidido, en un acto de amor, entregar su vida por completo para dar vida a su hijo. En ese don voluntario ha encontrado la plenitud, la felicidad. “Vince in bonumalum” (se vence al mal con el bien). La decisión de Carrie no sólo ha salvado la vida de su sexto hijo, sino que puede salvar muchas más, porque el bien es contagioso. Gracias Carrie.

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Por monja

Queman iglesias por ser templos católicos (una capilla universitaria de la Autónoma de Madrid); pegan a una mujer en la calle por ser monja (una hermana de la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña en Granada); excluyen de los primeros puestos en las listas electorales a militantes  de partidos políticos por haber antepuesto su conciencia a la disciplina de voto (miembros del PP que votaron en contra de la última reforma de la Ley del aborto); presentan querellas contra Obispos por exponer ante sus fieles el Magisterio (los de Alcalá, Valencia o Córdoba). Todo ello se suma a planteamientos de supresión de la financiación pública de la Iglesia, de eliminación de las manifestaciones públicas de fe, de minusvaloración a quien expresa su opinión basándose en sus convicciones religiosas por considerarlo incompatible con la razón e, incluso, la inteligencia. Sería fácil, en consecuencia, centrar esta reflexión en la idea de que en España ya está pasando –o, mejor dicho, ya está volviendo a pasar–: la persecución religiosa ha dejado de ser únicamente cultural para convertirse también en personal. Sin embargo, el problema de fondo es mucho más amplio. No nos damos cuenta de que todas estas manifestaciones, que son bien vistas por quienes no simpatizan con la Iglesia católica e ignoradas con indiferencia por la gran mayoría de los ciudadanos, son un auténtico ataque a la libertad de todos. Una sociedad que desprecia, critica, persigue, se mofa e, incluso, agrede a personas por creer en Dios y tratar de vivir en coherencia con ello –o, cuando menos, que no reacciona frente a los desprecios, las críticas, las persecuciones, las mofas, las agresiones a personas concretas– es una sociedad condenada, toda ella, a la esclavitud. No hay mayor manifestación de libertad que la libertad interior. Es esto lo que está en juego: la imposición de una concreta visión del ser humano y del mundo que no acepta fisuras, críticas ni argumentos en contra. Quien discrepe, sobra. Hoy pegan a una mujer “por monja” –y muy pocos reaccionan, ni siquiera los defensores de la igualdad de género, quizás por entender que una mujer, al ser monja, pierde su condición de mujer y, por tanto, la agresión por parte de un hombre no puede ser calificada de acto de machismo ni como violencia de género–. Mañana será demasiado tarde para reaccionar si no frenamos estos ataques a la libertad.        

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El hombre “nuevo” no es natural

vida No hace mucho tiempo, el papa emérito Benedicto XVI decía a nuestro papa actual que el gran pecado de nuestro tiempo es el ir contra la verdad de la Creación. Así lo manifiestan constantemente numerosas noticias procedentes de diversos países del mundo a las que ya casi no damos importancia. Sin embargo, deberían sorprendernos, porque nos intentan imponer la Ideología de género y la “Cultura de la muerte”: abundan los casos de la erróneamente llamada “violencia de género”, de la equiparación del también mal llamado “matrimonio homosexual” al matrimonio verdadero, del pretendido “derecho” a la autodeterminación de género, del “derecho” a adoptar por parte de parejas homosexuales, de las posibilidades de la fecundación in vitro para elegir el hijo perfecto,  o de la “compasión” con los enfermos para “acabar con sus vidas”, así como la aprobación de leyes que protegen dichas situaciones. Respecto de estos  y otros muchos titulares, que siempre versan acerca de comportamientos sexuales o relativos a la procreación o el fin de la vida, cuanto mayor es el empeño en justificarlos con argumentos, más queda de manifiesto su incongruencia con la realidad. Sin embargo, es tal el cúmulo de noticias que bombardean constantemente las mentes y la vorágine de titulares, imágenes y eventos y en la que nos introduce la vida cotidiana que la gente, nosotros mismos, podemos quedar como anestesiados, impertérritos, ante unos mensajes que no solo se oponen al sentido común, sino que intentan imponer como legítimo, verdadero y único un pensamiento que actúa en contra de lo que es natural en su sentido más auténtico y quiere dañar lo que Dios más ama en su creación visible: el hombre, su imagen en la Tierra. Lo que es aún más grave es que en el mundo de la democracia y los derechos, este pensamiento se presenta como “pensamiento único” y, por ello, se ve a la Iglesia o a cualquier institución “tradicional” como enemiga del “nuevo hombre” que se quiere imponer y busca su sitio en la sociedad; o lo que es peor, busca ocupar el único sitio posible desde el que se gobierna y se hace callar y destruir cualquier voz divergente. Ante este ataque, que tiene detrás al padre de la mentira y homicida desde el principio, debemos confiar en los medios de la Gracia, pero también en nuestros esfuerzos sostenidos por el mismo Dios de aprender a llamar a las cosas por su nombre, de buscar el verdadero valor de las palabras y de intentar educar en la verdad para que haya libertad. Si Dios ha vencido por nosotros en Cristo a través de la Cruz, también sabemos que podremos vencer nosotros, eso sí, pasando por el misterio de la contrariedad y la persecución.

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“En tiempos del Papa sirio” de Jesús Sánchez Adalid

Jesus_Sánchez_AdalidEn la novela “En tiempos del Papa sirio”, Jesús Sánchez Adalid nos enfrenta a un tema muy actual y a la vez muy antiguo, la convivencia entre cristianismo e islam bajo un gobierno musulmán. Este tema ya había sido tratado por Sánchez Adalid en “El mozárabe”, donde contaba las peripecias de un obispo mozárabe en la Córdoba del Califato. Ahora, en esta nueva novela, el autor nos transporta al Damasco entre finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, en la tercera generación tras la ocupación musulmana. En esos momentos, la comunidad cristiana había sido sistemáticamente reducida por la presión cultural y administrativa, sin faltar episodios de auténtica persecución. La ubicación de la historia en Siria no es baladí, el paralelismo con la actual amenaza del ISIS y sus aspiraciones a establecer un nuevo califato son evidentes, pero toda la reflexión que provoca es también aplicable al occidente materialista en el que vivimos muchos, en la medida en que los cristianos se enfrentan a sistemas de gobierno que, de muy diferentes maneras, no toleran su fe. Una pregunta le asalta repetidamente al protagonista de la historia: ¿cuál debe ser el testimonio de un cristiano en un ambiente hostil a la fe, el sometimiento manteniendo la fe a escondidas, la manifestación clara de la fe aún a riesgo del martirio, o la rebelión para revertir la situación política y la libertad religiosa?

Alternativas

El sometimiento a las autoridades hostiles manteniendo privadamente la fe parece a todas luces una respuesta deficiente, quizá la única posible para muchos, con el mérito de mantener la fe, que no es poca cosa, pero con mucho riesgo de ir apagándola poco a poco. Es la actitud de Crisorroas, que mantiene un puesto importante en la administración del Califa, y de la que él mismo se siente avergonzado: “…no soy capaz de ofrecer una entrega total, valiente, decidida; una entrega como la de aquellos mártires de la primera persecución…”. El mismo protagonista la juzga claramente insuficiente, legalmente son cristianos, lo que les limita su vida social y les obliga a pagar altos impuestos, pero luego viven como musulmanes: “Era una triste doble vida de disimulo e hipocresía, que, para el joven impulsivo y descontento que empezaba a ser yo, resultaba una fuente constante de contradicción y, con frecuencia, de rebeldía”. Tras la ocupación musulmana, a los sirios cristianos solo le quedaron tres opciones: convertirse al islam, someterse como ciudadanos inferiores o huir hacia alejados territorios cristianos. Así lo narra el protagonista: “Aunque muchos habitantes de Siria, para eludir el pago del impuesto o para no tener que soportar las obligaciones del compromiso, se convirtieron al islam y adoptaron la lengua árabe. Otros, en cambio, permanecieron con una resignación esperanzada, confiando en que algún día acabaría la sumisión. Y algunos, no pudiendo soportar la humillación de las obligaciones contraídas, optaron por expatriarse hacia las provincias cristianas de Occidente, embarcándose con todo lo que podían llevarse consigo”. La segunda opción, la manifestación clara de la fe, asumiendo el riesgo del martirio, aparece como una solución poco sostenible, sería una provocación que acabaría rápidamente con toda la comunidad cristiana. El martirio es un comportamiento ejemplar, pero esporádico dentro de la comunidad sometida. El protagonista vive muy de cerca esta situación y la tensión entre el testimonio y el sometimiento le produce un malestar interno que no sabe cómo resolver: “Siento que vivimos una vida de doblez. Vivimos como los agarenos de cara a los vecinos, pero no tenemos ninguno de sus privilegios. ¡No estamos dando testimonio! ¡Nos conformamos asquerosamente!”. La rebeldía surge como la tercera alternativa: derrocar al gobernante musulmán e instaurar un reino cristiano, pero ese camino también está lleno de contradicciones, como admiten los mismos que alientan la rebelión: “Somos cristianos y queremos vivir como tales. ¡Basta ya de engaños! Y sé que lo que digo podrá parecerte una incongruencia. Pero, aunque sea difícil de entender, hay veces en las que para vencer al mal hay que alejarse algo de Dios… He ahí el misterio…”. Pero la elección directa y consciente de ese camino resulta siempre un fracaso, se gane o se pierda la guerra, alejándose de Dios no se consigue nunca estar más cerca de él.

El mal y el bien

En paralelo a la historia que se narra en la novela, Sánchez Adalid lleva a sus personajes a través de una reflexión sobre el mal y cuál debe ser nuestra respuesta hacia él. Esta reflexión va confiriendo sentido a la historia y nos prepara para que cada uno demos nuestra respuesta al dilema planteado. El protagonista busca ayuda en las profecías como una respuesta a Dios a sus preguntas. Hesiquio le apunta: “A veces podrá ocurrir que Dios no responda. Pero ¡eso es normal! Porque Dios nos deja ser libres. ¿Comprendes eso?”. Es nuestra libertad la que se pone a prueba ante el mal. Así lo ve también el Papa Constantino: “Solo he querido expresar que los males de este mundo son pruebas y que nadie se ve libre de ellas… Todo esto es una prueba de Dios, de la cual el individuo debe aprender. Roma debe aprender de todo esto a tomar en serio al cristianismo, y su reconstrucción debe tener en cuenta ese aspecto, para así esperar la venida de la Ciudad de Dios. Los que han tenido la oportunidad de escapar y sobrevivir son personas a las que Dios les da una segunda oportunidad. Mientras que los que murieron pueden ser diferenciados en dos grupos: los justos, que han pagado sus pecados aceptando la voluntad del Padre Eterno y ahora gozan de su presencia en el cielo; y los injustos, los cuales, por su excesivo vicio y pecado, sufren…” De forma parecida resume Crisorroas su experiencia de la persecución: “Pero, por el momento, solo puedo decirte que, por estar tan alejados de Dios no podemos apreciar su actuación sacando bien del mal. Y lo mejor de la misteriosa actuación divina es nuestra redención.” Toda la historia pivota sobre esta experiencia: Dios saca bien del mal, por eso el mal es consentido, y lo que se nos pide es poner en juego nuestra libertad, desde nuestras limitaciones, pecados y mediocridades. Ese es el mensaje de esperanza que contiene este libro, como concluye Crisorroas: “Si Dios permite el mal y crea seres capaces de hacer maldades, se debe a que Él mismo es capaz de sacar el bien del mal; y el mal de este mundo, en definitiva, sirve para hacer brillar la bondad divina en la misericordia.” Lo que me deja este libro: Ante el mal: libertad y misericordia.   (Los textos han sido citados de “En tiempos del Papa sirio”, Jesús Sánchez Adalid, Ediciones B) La entrada “En tiempos del Papa sirio” de Jesús Sánchez Adalid aparece primero en Ediciones Trébedes.

Carnaval, libertad o libertinaje

carnaval Posiblemente el carnaval sea la fiesta que más personas celebran y festejan en todo el mundo. Cada año con la llegada del carnaval los cristianos nos vemos ridiculizados por las alusiones a las referencias religiosas, con un uso de disfraces cristianos y de parodias sobre hechos cristianos que implican una falta de respeto hacia nosotros. Son numerosos los disfraces de obispos, sacerdotes, etc…pero al igual que está prohibido disfrazarse de las Fuerzas de Seguridad del Estado, ¿por qué sí se permiten las máscaras y trajes relacionados con nuestra religión? Así ha ocurrido hace unos días en el desfile de Drag Queen del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, cuyo ganador fue una “virgen drag”, que escenificó la crucifixión de Cristo. Desde los orígenes del carnaval la burla, la ironía, el humor, la caricatura y la sátira se repiten en cada fiesta y van todos de la mano, pero junto a todo esto el respeto a las creencias religiosas tiene que tenerse en cuenta. Se pide respeto ante nuestras creencias. Sólo es respeto por el otro, pero parece que durante las fiestas de carnaval, el “todo vale” se permite y las manifestaciones carnavaleras tienen licencia para expresar sus opiniones, mediante comparsas, disfraces o celebraciones festivas, aunque suponga reírse de los demás, sin ningún tipo de pudor, ni de consideración. Es cierto que la libertad de expresión es un derecho fundamental que todos tenemos reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero este derecho tiene unos límites y  no incluye, entre otros, el molestar o la falta de respeto al otro por sus creencias o ideologías, debe ejercerse con responsabilidad. Libertad de expresión, pero con unos límites. Libertad de expresión. No libertinaje. ¿Dónde están los límites a la libertad de expresión? Una vez más hay que hacerse esta pregunta. ¿Por qué no se respeta a las creencias religiosas? ¿Por qué la libertad es tan amplia para algunos? El Papa Francisco en 2015 dijo: “no puedes provocar. No puedes insultar la fe de otros. No puedes burlarte de la fe”    

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¿Hasta dónde?

“Niñas con pene y niños con vulva” Un anuncio que pretende normalizar la transexualidad. Las noticias nos explicaban y adoctrinan: es necesario y además es moderno. Este anuncio nos recuerda el engaño de las primeras páginas de la biblia: “seréis como dioses”. La sociedad adulta y moderna y los grupos de poder de esta sociedad, están privando a los padres del derecho a educar a sus hijos según sus propias convicciones. Este sí que es un derecho humano primario, y no inventado. Están estableciendo un control, como lo pudo ser el del KGB o las SS para que todos piensen de forma correcta y moderna. Cuando una persona, o un grupo disienten de esta modernidad se le considera alguien peligroso, que no puede hablar, a quien se le deben retirar cualquier tipo de apoyo social y situar al margen de la sociedad. Viendo esta campaña, escuchando a los defensores de la pseudo-libertad de estos niños que no están de acuerdo con su cuerpo y con su naturaleza, sería bueno preguntar a quienes promueven estas campañas: –           Y si una pequeña que se considera hombre, al cabo de un año se vuelve a considerar mujer ¿Qué debemos hacer? –           ¿Qué tendremos que hacer cuando alguna de estas personas lleguen a adultos y aprendan que lo masculino y femenino viene dado por la propia naturaleza y no por una elección? –           ¿Qué prima el bien de los grupos de presión o el bien de cada persona? –           ¿Qué podremos decir cuando nos encontremos con personas como Nathan Verhelst, el transexual que pidió la eutanasia diciendo: que se sentía “asqueado” con los cambios en su cuerpo, que lo hacían sentirse un “monstruo”. Nuestra palabra tiene que ir más allá del lamento, la queja y la protesta. La respuesta a esta campaña de publicidad puede y debe aportar una luz sobre la verdad de la persona humana, y para ello proponemos estos caminos. -Cuidar nuestras familias e intentar que los medios de comunicación y redes sociales no nos sustituyan en la adecuada formación humana y afectiva de nuestros pequeños. -Formación: en nuestras pequeñas comunidades es necesario formar personas que conozcan y amen la creación y estén abiertas al sentido trascedente de la vida. -Compromiso social y político, hoy necesitamos presencia en la vida pública y presentar la belleza de la existencia humana. Un auténtico compromiso público con el ser humano. Seguro nos parece una tarea imposible, pero estamos llamados a ser la levadura que fermenta la masa y luz en medio de tanta sombra, o falsas luces.

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Navidad sin Navidad

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Domingo de Adviento, noche cerrada y plenamente invernal. Paseando  por las calles de Toledo o de cualquier otra ciudad nos sobrecoge una vez más, su estampa de ciudad.

Al tiempo podemos reflexionar sobre una realidad muy obvia y que se extiende por pueblos y ciudades: la nula presencia de símbolos religiosos en los adornos navideños que se eligen para engalanar los espacios públicos.

Abrimos el diccionario de la Real Academia de la Lengua española, buscando la definición de Navidad: En el mundo cristiano, festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo.

Algo no  cuadra: estamos en una sociedad mayoritariamente cristiana, pero no se puede ver en sus calles nada que recuerde que, lo que vamos a celebrar es el nacimiento de Dios hecho hombre. ¿Por qué? ¿Es que estorba? Sin duda las administraciones, los poderes públicos, quienes tienen a su cargo estas responsabilidades, nos hacen flaco favor con mal entender el significado del respeto a las creencias de sus ciudadanos.

La presencia de los signos religiosos, no pueden ofender cuando se entiende el verdadero significado de la palabra libertad. La manifestación religiosa no es enemiga de la libertad del no creyente, o del no cristiano,  ni tampoco algo que desea imponerse por encima de todo.

Hay un concepto equivocado en una presunta progresía, que a fuerza de tratar de derribar unos dogmas, nos está imponiendo los suyos.

Quizás sea fruto de ese laicismo que avanza valiéndose de los muchos complejos que los creyentes arrastramos y de la falta de firmeza en la defensa de aquello en lo que creemos.

En este sentido son muy clarificadoras, las palabras del Papa Francisco en la entrevista publicada en estos días, que concedió a la revista Tertio:

“Pero una cosa es laicidad y otra cosa es laicismo. Y el laicismo cierra las puertas a la trascendencia: a la doble trascendencia, tanto la trascendencia hacia los demás como, sobre todo, la trascendencia hacia Dios. O hacia lo que está Más Allá. Y la apertura a la trascendencia forma parte de la esencia humana. Entonces, una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia de la persona humana, poda, corta a la persona humana.”

¡Qué hermoso será el día en el que podamos pasear y disfrutar de nuestras calles, plazas y monumentos, adornados tal cual merece una fecha tan decisiva para toda la humanidad: el nacimiento del Hijo de Dios!

GRUPO AREÓPAGO

Decir la verdad

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“Los cristianos tenemos la obligación de decir la verdad”. Esta frase, realmente contundente, pronunciada hace unos días por Jaime Mayor Oreja en Toledo con motivo de una conferencia organizada en torno a la presencia de los cristianos en la vida pública –y recogida como titular por la prensa–, debería hacernos reflexionar a todos, creyentes y no creyentes.

Es claro que la verdad no está de moda en nuestra sociedad y en nuestras propias vidas. En algunos casos por mala fe y en otros por falsos respetos humanos, en no pocas ocasiones optamos por la mentira o, cuando menos, por ocultar la verdad. Es lo que está ocurriendo en el ámbito de los valores: por miedo a sentirse minoría en el contexto de una comunidad sin referencias, por un mal entendido respeto de la libertad de los demás o, sencillamente, por despreciar su existencia, el debate acerca de determinados valores que nos han caracterizado como sociedad ha desaparecido de la esfera pública.

Se ve con meridiana claridad en el ámbito de la política, pero también se aprecia respecto del Derecho, de la Justicia e, incluso, en todo lo relativo a la naturaleza del ser humano. No están en el lenguaje político conceptos básicos como el de bien común; el legislador no parte de principios preconstituidos a la hora de concretar reglas; las decisiones de gobierno no necesariamente se adoptan con criterios de equidad.

Nada es verdad; en consecuencia, la realidad depende total y absolutamente de la concepción que de ella se hace quien la observa; el resultado final es que no pueden existir coincidencias objetivas en quienes buscan la esencia de todo lo que nos rodea –la naturaleza, la persona, la sociedad–, salvo que la casualidad conduzca a ello o la voluntad lleve al consenso, aunque lo consensuado sea manifiestamente contrario a la razón (y, por supuesto, con independencia de su complemento natural, la fe). De este modo, estamos condenados al nihilismo y, con él, a la autodestrucción como civilización.

Todos tenemos obligación de decir la verdad. Y de buscarla.

 

Grupo AREÓPAGO

Solidaridad y libertad


SolidaridadyLibertadTodas las personas estamos llamadas a vivir en libertad y en solidaridad con los demás. Estos dos impulsos a veces entran en tensión y deben encontrar su equilibrio.

Os ofrecemos un díptico con algunas reflexiones sobre este tema, inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, que os podéis descargar del siguiente enlace o de nuestra página de Material.

Solidaridad y libertad

Hemos intentado aportar ideas para la reflexión personal y en grupo sobre temas como el deber de la solidaridad, el sentido de la propiedad privada, la caridad cristiana, la subsidiariedad, la familia, el socialismo o el liberalismo.

La sociedad actual nos exige a todos participar en la búsqueda de este equilibrio entre la solidaridad y la libertad, tanto en nuestra vida personal como en la vida social. No podemos responder adecuadamente a este reto sin criterios claros con los que discernir.

 

“Los libertadores” de Gerardo López Laguna

La lucha por la libertad está dentro de nosotros

Un grupo de cazadores de hombres capturan esclavos de las aldeas para venderlos a las fábricas del norte. Dos niños son capturados y, enjaulados, viajan hacia los mercados de esclavos. Para sus ellos y para sus amigos comienza una carrera en que la lucha por la vida y la lucha por la libertad son una misma cosa. Sobre el argumento de esta historia no se puede contar más sin desvelar un trepidante hilo argumental que lleva al lector enganchado hasta el final del libro. Una lectura muy apropiada para jóvenes y adultos, aficionados del género fantástico y con ganas de leer literatura con calidad y con valores. El texto mantiene una tensión continua durante toda la historia, lo que hace la lectura fácil, ligera y apremiante. Es un libro de los que se quedan pegados a las manos. Pero los valores de este libro van más allá del entretenimiento y el interés de un libro de aventuras, que por supuesto no faltan; este escrito incluye una oportunidad, para el lector reflexivo, de profundizar en el auténtico aprecio de valores como la paz, la libertad y el respeto al otro, tan manejados estos días y, la mayoría de las veces, tan poco reflexionados. Los protagonistas de esta historia luchan por su libertad frente a los violentos, pero deciden hacerlo sin violencia. Esto, que conceptualmente apoyarían muchos de nuestros contemporáneos, cuando se lleva a situaciones prácticas se antoja una temeridad y una locura para casi todos, incluidos los que anteriormente habían dado su apoyo. A pesar de que el aparente atajo de la violencia siempre se presenta como el más efectivo, la reflexión que nos plantea este libro es otra: que el camino de la no violencia es más largo, pero mucho más poderoso, y a la postre, el único que lleva a la paz. El título nos habla de libertad, porque el hilo central de la narración nos lleva por el deseo de libertad. Una libertad que va más allá de la libertad física, más allá de romper unas rejas o escapar de unos captores, es la libertad de abrazar la verdad, de enfrentarse al mal o de sacudirse el miedo. La libertad física sin la libertad del espíritu no vale la pena. Varios personajes sacrifican la primera por la segunda, incluso entregando su vida. Esto es algo que sorprende al lector, le sacude en la previsión que va haciendo de la historia, sin duda, porque en nuestro pensar común, la libertad interior está minusvalorada y la libertad exterior está exaltada. Esta novela obliga a reflexionar sobre la libertad que buscamos y la que vale la pena. Otro valor que empapa las páginas es el del respeto al otro, entendido como un respeto profundo a su libertad y a los convencimientos de cada uno. Nada tiene que ver con la tolerancia débil en que todo da igual y se convierte en indiferencia frente a los diferentes, ni con el eclecticismo de manga ancha en el que todo vale lo mismo, se trata de esforzarse en entender al otro y de valorar todo lo bueno que hay en sus planteamientos, sin perder la referencia de los propios y sin esquivar la denuncia del mal. Estos valores están en la trama de la historia, en los diálogos de los personajes y en sus avatares, pero está muy lejos de ser un ensayo, es una novela, con su planteamiento, su desarrollo y su desenlace, con un hilo que la recorre y un interesante anzuelo que va llevando al lector de un capítulo a otro. Una aventura, ese es su mejor calificativo. Una aventura de paz, libertad y respeto al otro cómo es.   La entrada “Los libertadores” de Gerardo López Laguna aparece primero en Ediciones Trébedes.