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Sobre ciencia y fe

Juan Carlos Izpisúa es un consagrado investigador, reconocido a nivel internacional, especializado en rejuvenecimiento de células para tratar y  prevenir enfermedades. En una reciente entrevista publicada en un importante medio con motivo de uno de sus descubrimientos, tras confesar que pasa todo el día en el laboratorio, la entrevistadora le pregunta: “¿Y qué ha visto usted ahí que le ha impresionado tanto?”. Su respuesta es contundente: “cómo, a partir del embrión unicelular, se generan miles de millones de células y cómo se convierten con una precisión exquisita en un ser humano”. La periodista continúa: “Y, ¿hay algo de divino en eso?”, a lo que el entrevistado responde: “Si…. Es difícil explicar todo desde el punto de vista de la ciencia. Al menos, yo no puedo hacerlo”. En una sociedad cientifista y positivista, donde solo hay espacio para la razón y se rechaza la existencia de verdades absolutas y preconcebidas, afirmaciones de esta entidad nos han de llevar a pensar que la naturaleza no es fruto de la casualidad, que el ser humano no puede ser la medida de todas las cosas; en definitiva, suscitan la necesidad de abrirnos a la trascendencia, de valorar la posibilidad de la existencia de alguien superior a nosotros que nos ha pensado desde la eternidad, de cultivar la fe. Como señaló Juan Pablo II en Fides et ratio, “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. No es posible volar solo con una de ellas.  

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¿Cultura de la vida? ¿Cómo?

José Luis y Francisco charlan animadamente como cada día, en su hora del café. Revisan los periódicos, comentan las noticias.

 José Luis: Mira: Yo creo que exageras. ¿De verdad crees que hay que reivindicar en nuestros días una cultura de la vida?

Nuestro mundo es tremendamente vitalista. ¿Te has dado cuenta de la cantidad de personas que cuidan su salud; hacen deporte; siguen dietas saludables, aman y defienden a los animales; reciclan y  cuidan el medio ambiente;  hacen calendarios solidarios para niños con discapacidad; celebran el día del abuelo; se hacen socios de organizaciones que apoyan a los refugiados;  ponen su ropa usada en contenedores; hacen campañas para informar y prevenir de enfermedades;  comparten iniciativas solidarias; apoyan y defienden con firmeza los derechos de la mujer y de la infancia?

Francisco: Tienes razón. Hacemos todo eso y muchas cosas más. Es bueno fomentar todas esas iniciativas y actividades. Pero yo creo que para que este mundo nuestro sea realmente un mundo donde se respeta, se ama y se defiende la vida, además de todo eso tendríamos que tratar de que ninguna mujer se vea abocada a terminar con la vida de su hijo por falta de medios económicos, por soledad o por presión de quienes podrían ayudarla.

Habría que intentar que además de proteger a especies animales que están en peligro de extinción, termináramos esa terrible cadena de producción de embriones que hoy están congelados en clínicas y hospitales. Convendría que ningún ser humano por pequeño que sea, sea manipulado con el fin de que otro obtenga beneficios.

Nuestro mundo sería auténtico defensor de la vida si además de celebrar el día del abuelo y de hacer campañas de prevención de enfermedades, pudiéramos conseguir que ninguno de ellos desee la muerte y nadie se la procure, bajando los brazos de la esperanza y del verdadero amor fraterno, que tanto sentido puede llegar a dar al sufrimiento.

Podemos construir ese mundo en el que impere el respeto a la vida en todas manifestaciones, desde la concepción, hasta la muerte natural.

José Luis: Tienes razón. Aún hay mucho por hacer ¿Cómo hacer cultura de la vida entonces?

Francisco: Es sencillo. Habla de la vida. Incluye en tu día a día un gesto que aliente a alguien que siente su vida como un gran peso, investiga, fórmate, descubre por ti mismo o busca ayuda, si lo necesitas para encontrar cual es el verdadero valor de cada vida y como cada una de ellas es SAGRADA E INVIOLABLE.

Grupo Areópago

Disculpa…¿eres un qué o un quién?

cigotoCon esta pregunta se dirigió el profesor a la alumna que acababa de defender que, al principio, en las fases iniciales del embrión, éste es más bien un conjunto de células, una especie de “grano” en el cuerpo de la madre.

  • Pues un quién – respondió, mostrando un evidente malestar por la “ofensiva” pregunta.
  • ¿Desde cuándo? – continuó preguntando el profesor.

Ante esta segunda pregunta, se hizo un tenso silencio en el aula, y la alumna no supo qué responder. Jamás se lo había planteado. Sencillamente daba por buena la idea que circula en nuestra sociedad, una verdad irrefutable, tan evidente, que no necesita demostración: que en las fases iniciales, el embrión es un algo y no un alguien, un qué y no un quién.

La alumna, que se consideraba un alguien (¡y con toda razón!), tenía que explicar racionalmente al resto de la clase, al profesor y a ella misma, cómo es posible que se pueda pasar de ser un algo a ser un alguien. Porque si esto no fuera posible, no quedaría más remedio que aceptar que si ahora la alumna es un alguien, lo tiene que ser desde el primer momento de su vida, desde que era un zigoto.

Y explicar la trasformación de un algo en un alguien es racionalmente imposible. Por tanto, somos personas desde el primer momento de nuestra vida, con lo que eso conlleva.

Este descubrimiento de la alumna y de todos sus compañeros, les hizo comprender algunas cosas más: qué fácil es ser manipulado por la sociedad cuando falta pensamiento crítico, cómo nos dejamos llevar por explicaciones arbitrarias, o cómo se pueden justificar acciones inhumanas (como las que se justifican si no somos más que un “grano”) cuando falta reflexión. De repente descubrieron que ellos eran víctimas de una sociedad que acepta como verdad cosas falsas. Muchos se sintieron manipulados y avergonzados.

Un zigoto humano es persona. Su vida, como cualquier otra vida, se desarrolla de forma coordinada, continua y gradual desde que es un ser unicelular hasta que muera. Por ello, merece ser respetado como uno de nosotros.

Grupo Areópago