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Dios de la Navidad

niño jesus Desde hace casi dos siglos, uno de los temas recurrentes del pensamiento europeo de la llamada modernidad ha sido el final de la religión. Considerada como alienación, pensaban –y piensan muchos– que es un gran obstáculo para el progreso individual y social. A finales del siglo XIX Nietzsche profetizó la muerte de Dios. A lo largo de toda la historia contemporánea, la fe en Dios ha convivido con múltiples resistencias y se ha intentado hacer realidad esta profecía de muchas maneras: Se esforzaron en ello los intelectuales de la Ilustración porque consideraban a Dios un rival para la autonomía del hombre; lo declararon inútil los pregoneros de la ciudad secular; lo ha denigrado la cultura postmoderna creando una sociedad alternativa y propiciando la cultura de la muerte; lo niegan con virulencia militante y fundamentalista los llamados nuevos ateos que, con una argumentación simplista, no saben separar el ámbito de la ciencia del ámbito de la fe; lo han puesto a los “pies de los caballos” los fundamentalismos religiosos; y está intentando vaciar de contenido la fe nuestra sociedad actual de consumo que falsamente la celebran celebran llenando las ciudades de luces fugaces y mesas abundantes. Hasta nosotros, los mismos creyentes, lo oscurecemos con nuestras incoherencias. Seguramente, lo que unos y otros han intentado matar es su “idea” de Dios, porque aunque vivimos en una sociedad donde la indiferencia religiosa y la increencia aletean por su mar cultural, Él, el Dios de la Navidad y de la Vida, acude siempre a su cita puntual con nosotros para elevar nuestra dignidad de personas con su mensaje de amor y misericordia. Y aunque parezca ausente, es presencia y buena noticia para todos aquellos que lo buscan cuan nuevos “reyes magos”. El Dios de las Buenas Manos y del Amor es Misterio que seduce a quienes se dejan encontrar por Él: “Lo esencial sólo se puede ver bien con los ojos del corazón”. Nos disponemos a celebrar lo que nuestra sociedad occidental llama fiestas navideñas con todos los ingredientes que nos aporta un mundo secularizado. La cuestión fundamental es si nosotros, los creyentes, acudimos a ella considerándola un encuentro con el Dios de la Navidad y de la Vida    

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