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Morir por decreto, vivir por amor

Imagen de BBC

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Charlie Gard. Es el nombre de un niño británico de apenas 11 meses con una severa enfermedad mitocondrial que conlleva que su pequeño cuerpo no pueda generar suficiente energía para sus músculos, órganos y cerebro, lo que le impide ver y oír. Sus padres, que han apostado sin reservas por su vida, averiguaron la existencia de un tratamiento experimental en Estados Unidos que podría ayudar a su hijo. Sin embargo, los médicos del hospital en el que se encuentra internado consideraron que el niño posee un daño cerebral irreversible y se mostraron en contra de tal posibilidad. El caso ha llegado a los Tribunales a instancias del propio hospital, que solicitó la retirada del soporte terapéutico que recibe. Aunque todas las instancias judiciales dieron la razón al equipo médico, ordenando la desconexión de Charlie, pronto se abrió una nueva esperanza: el Juez que conoció de asunto en primera instancia, sobre la base de nuevos informes aportados por especialistas de diferentes partes del mundo, pidió al Tribunal Supremo la reapertura del caso para estudiarlos oportunamente. La batalla legal se resume, en esencia, en si el interés del paciente, por los graves daños que padece, exige la retirada del tratamiento que actualmente está recibiendo o, por el contrario, resulta proporcional la aplicación nuevos tratamientos que podrían mejorar la situación con un porcentaje de éxito razonable. Muerte segura o cierta esperanza de vida. Desde el punto de vista ético, el debate es más profundo. Tal y como ha señalado la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, la ventilación asistida que recibe el pequeño, junto con la alimentación, no es propiamente un tratamiento, sino atención sanitaria básica. Privarle de ella sería intervenir activamente para acabar con su vida. La clave está en decidir si es proporcional continuar ilimitadamente con esa asistencia teniendo en cuenta el estado de salud en general, el sufrimiento del paciente, los daños reales que sufre y la proximidad o no de la muerte natural. No cabe prolongar artificialmente la vida de un ser humano porque ello es contrario a su dignidad. En casos de esta naturaleza, sólo pueden tomarse decisiones y emitir juicios desde el conocimiento en detalle del mismo. Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en meras opiniones (además, ideológicamente sesgadas). Sin embargo, sí puede afirmarse que la vida humana es inviolable. Tiene un principio natural y debe tener un fin igualmente natural. Entre tanto, no puede faltar la atención básica –hidratación e higiene– con independencia del estado de salud. Sobre la base de los resultados de las últimas pruebas realizadas a Charlie, que muestran un grave daño en el cerebro, sus padres han decidido poner fin a la batalla judicial. No llegará a cumplir con ellos su primer año. Charlie ha tenido la “suerte” de que el empeño y el amor de sus padres han hecho que su caso sea conocido y llegan ofertas de ayuda desde múltiples lugares. Pero hay muchos otros casos en los que no es así. En esta ocasión la esperanza no se ha convertido en realidad. Pero hay muchos otros casos en los que ha ocurrido lo contrario. Existiendo los medios, en un mundo globalizado, ¿por qué no apostar siempre por la vida hasta que hasta que llegue su fin natural en lugar de hacerlo por la muerte artificial?

GRUPO AREÓPAGO 

Vida digna, muerte digna

En Colombia, un joven de 19 años trata de quitarse la vida con una soga ante una gravísima situación económica; piensa que su vida no vale la pena.  Sin embargo, un agente de policía le ofrece ayuda y le convence de que vale la pena seguir viviendo. En China, un chico de 16 años está a punto de suicidarse arrojándose desde un puente. La separación de sus padres y la gravísima enfermedad de su hermana le han llevado a tomar esa decisión; se encuentra solo y su vida no tiene sentido. Pero una mujer se le acerca, habla con él, lo abraza y evita su suicidio. Desde Palma de Mallorca, se hace viral la foto de un policía local abrazando a un joven desesperado que había decidido quitarse la vida y al que salva en el último instante animándole a seguir adelante con esperanza. Estas escenas se repiten con cierta frecuencia. Personas que han decidido suicidarse porque piensan que su vida no vale la pena y que se encuentran con otras personas que les responden: “yo creo que tu vida sí vale la pena”. La sociedad suele aplaudir la actuación de quienes salvan vidas en estas circunstancias, e incluso considera héroes a policías, bomberos, psicólogos o personas de a pie que, en ocasiones arriesgando su vida, testimonian a quien había decidido suicidarse que les importa su vida, que su vida sí tiene sentido. Por contraste, se repiten también escenas en las que otras personas han decidido suicidarse porque piensan que, por razón de su enfermedad, discapacidad o de su edad, su vida no vale  la pena. Sin embargo, no encuentran a nadie que les responda: “yo creo que tu vida sí vale la pena”. Los que encuentran a su alrededor se limitan a preguntarle si su decisión voluntad es autónoma e informada, les animan a poner esa voluntad por escrito y les garantizan que van a luchar por su “derecho” a morir. Sin palabras, les están contestando: “Efectivamente, tienes razón; tu vida no vale la pena”. Ante una situación de sufrimiento, soledad, desesperanza y falta de sentido de la vida, dos personas deciden suicidarse. Una es joven y sana, por lo que intentamos darle consuelo, ánimo, apoyo y cercanía; en definitiva, tratamos de que se sienta querida y valorada. Otra es anciana o enferma, por lo que nos limitamos a preguntarle si ha tomado la decisión autónomamente y a facilitarle la muerte; es decir, aplicamos fríamente un protocolo. La diferencia no está en la decisión de desear morir, sino en la respuesta de la sociedad. Toda persona humana puede reaccionar con desesperación ante el sufrimiento. Pero toda persona humana, por dignidad, debería poder encontrar en sus semejantes una respuesta de solidaridad, apoyo y consuelo independientemente de su condición física o mental.

GRUPO AREÓPAGO

Como la dignidad de la madre es mayor que la del feto

Durante su ponencia en un Curso organizado por la Universidad Complutense, un reputado ginecólogo –que se explicaba con verbo fácil ante la mirada atenta de una audiencia constituida en su gran mayoría por ginecólogos–, en un momento de su exposición dijo:“…como la dignidad de la madre es mayor que la del feto…” y continuó su disertación justificando determinadas acciones que sobre éste podrían llevarse a cabo, apoyándose en la idea anterior. Nadie pestañeó. Parecía que la mayoría de los oyentes aceptaban como verdad esta premisa, y por tanto, la justificación de lo que venía después. Durante el café, al finalizar la ponencia, uno de los participantes se acercó al reputado ginecólogo y le preguntó: “¿cuál es el recorrido intelectual que te ha llevado a aceptar como una verdad evidente que la dignidad de la madre es mayor que la del feto?” Ahora fue él quien dejó de pestañear. Tras unos instantes de perplejidad, reconoció que nunca lo había pensado. Que lo daba por bueno porque sí. Así lo había aprendido y así lo mantenía, y sobre eso, seguía construyendo su praxis médica.Al darse cuenta de la trascendencia de lo ocurrido, se sintió mal, y prometió darle “una pensada” (palabras literales) al tema. El ser humano es un fin en sí mismo. Esto le confiere un valor que llamamos dignidad. Por el hecho de ser persona tenemos dignidad (ontológica), que no puede medirse (no hay unidades de medida de la dignidad) y, por tanto, no puede compararse. La dignidad ontológica de cada persona es máxima. No admite categorías. Exige respeto máximo. Hay otro tipo de dignidad, la dignidad moral, que es la que cada uno de nosotros nos vamos ganando según nuestras acciones. Las personas mayores somos responsables de nuestras acciones, no así el feto. Aunque nuestra dignidad ontológica siempre es máxima, al poder elegir si obrar bien o mal, nos jugamos nuestra dignidad moral. El asumir acríticamente como verdad evidente una falsedad puede ser irresponsable, y mucho más si se justifican acciones inhumanas a partir de esa premisa falsa.Ciertamente, el asunto merece “una pensada”.  

Grupo AREÓPAGO

A vueltas con la corrupción

corrupcion La palabra corrupción, cuya completa definición la podríamos encontrar analizando sus sinónimos (descomposición, putrefacción, podredumbre,…), se ha instalado en nuestra sociedad y, por tanto, en los medios de comunicación social, con una cotidianidad que llega a ser alarmante y preocupante. Instituciones, partidos políticos (de todo el espectro ideológico), asociaciones,… han estado y están marcadas, de uno u otro modo, por la corrupción; dándonos la imagen de encontrarnos ante un verdadero sistema socio – cultural, compuesto por una gran cantidad de delitos, acompañados de estrategias y finalidades. Es muy fácil hacer anidar la corrupción. Está al orden del día. Haciéndonos perder “el pudor que custodia la verdad, la bondad y la belleza” (Papa Francisco). Pero no pensemos en grandes estructuras, sino en cada uno de nosotros. La corrupción surge de lo micro a lo macro; de cada persona a la comunidad; del corazón de cada uno de nosotros al corazón del pueblo. Hablamos de un estado personal, el de los corruptos, en cuyos valores negativos encontramos capacidad doctrinal, manera de proceder, un lenguaje propio; adquiriendo tintes proselitistas, hasta llegar a un máximo nivel de complicidad, rebajándonos incluso en nuestra dignidad humana. La corrupción siempre ha oprimido al pueblo. Destruye al más débil. Ahoga al más desvalido. Silencia la verdad. Transforma la visión. Elimina la esperanza. Trasmuta las relaciones humanas, haciéndolas esclavizadoras y oscuras. La fraternidad, la amistad, la caridad, poniéndolas en el centro de la sociedad, nos ayudarán para acabar con dar más vueltas a la corrupción. Porque de otro modo seguiremos quitando algo al pueblo, que es la dignidad de cada uno, que es el claro sentido y finalidad del bien común. Pongamos en el centro al hombre. Erradiquemos la corrupción de la vida personal y social, siendo necesario para ello “prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia” (Misericordiae vultus 19).

Grupo Areópago

Un talante popular

talante

“Popular” significa “del pueblo”. Contrasta tanto con “populista” como con “despótico”, ya que éstos proceden sirviéndose del pueblo, o sirviendo al pueblo, pero sin otorgar a los miembros del pueblo su propia dignidad.

El primer populismo moderno, nacido en Francia,  cuando hubo de elaborar su propia Constitución, pronto alteró su lista de fundamentos (libertad, igualdad y fraternidad), permutando uno de estos tres principios por el de “propiedad”. La propiedad la consideraron un “medio” tan esencial que legislativamente podría  permutarse por alguno de aquellos tres principios. “Propiedad” no fue el lema del pueblo mientras la toma de la Bastilla.

La reacción histórica del despotismo ilustrado, una vez caído Napoleón, incluyó entre los fines del uso del poder al pueblo: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.

El cristianismo descarta el poder como principio, medio esencial y fin necesario en su vivencia. Su principio es la dignidad del hombre libre; su medio esencial es el servicio fraterno y pacífico; su fin es el amor, que urde comunión y concordia.

Un cristiano que representa y guía a todos los cristianos solicita la colaboración libre de cada miembro de esta comunidad para aliviar el inmenso sufrimiento del pueblo de Ucrania, de Siria o de Oriente Medio, que desde hace ya tres años ha perdido la paz.  Contra el populismo, los cristianos aportan libremente de su propio pecunio  para aliviar a sus hermanos que sufren. Contra el despotismo, el Papa ni obliga ni oprime a nadie, sino que solicita la colaboración libre de un pueblo, “el Pueblo de Dios” lo llama el Concilio Vaticano II, para ayudar a otro pueblo.

El sufrimiento es más popular que la propiedad y el poder. Sólo es más fuerte, y por tanto más digno del pueblo, el amor verdadero.

Grupo Areópago