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“Nudo de víboras” de François Mauriac

MauriacSobre Nudo de víboras, Charles Moeller, en su gran obra Literatura del siglo XX y cristianismo, afirma que “lo que los hombres quieren de este mundo, según Mauriac, es salir de esa soledad en la que están todos, salir de sí mismos, de ese desierto de amor, para encontrar a un ser que los comprenda, que los ame tal como son”. El drama del protagonista de esta obra es, según Moeller, que siente que no ha sido amado y que no podrá serlo nunca. De ahí nace su odio hacia todos y su sensación de estar atrapado. El protagonista de Nudo de víboras es un hombre amargado porque no ha sido capaz de descubrir la experiencia de ser amado y, por lo tanto, se siente incapacitado para amar.

El autor

François Mauriac (1885-1970), premio Nobel de literatura en 1952, es una figura prominente de la Novela Católica francesa, destaca como escritor por el profundo perfil psicológico de sus personajes, sumidos muchas veces en situaciones de marginación o sufrimiento. Hace pocos años se publicó un estudio que desvelaba amores homosexuales en su juventud, en lo que parece una etapa compleja que desembocó en una crisis religiosa que le llevó a profundizar en sus raíces católicas. En 1913, se casó, de su matrimonio nacieron cuatro hijos, y siempre mantuvo, en público y en privado, una fidelidad comprometida con la Iglesia Católica. También fueron públicas sus divergencias políticas con los sectores monárquicos y más conservadores, que le valieron no pocas enemistades con compañeros literatos y en ciertos círculos católicos. En la concesión del premio Nobel, el tribunal destacó su profunda agudeza espiritual y la elaborada intensidad con que ha penetrado, a través de sus novelas, en el drama de la existencia humana. Como escritor, Mauriac describe la Francia rural, desde dentro de la psicología de sus protagonistas. La familia burguesa, con más sombras que luces, es el escenario de sus relatos, con personajes marginados o con dificultades para amar correctamente a sus semejantes, lo que produce un sinfín de sufrimientos a propios y extraños. El desamor y su desarrollo en el entorno familiar, es el punto común de sus novelas, donde los protagonistas buscan, a tientas muchas veces, un camino de liberación, porque sienten encarcelado su corazón. La fe cristiana aparece, explícitamente en muchos casos, como fe salvadora, porque cuando el individuo se siente amado como es por un Dios misericordioso, empieza a ser capaz de amar a los demás y su prisión se rompe para siempre.

Nudo de víboras

Este libro está escrito en primera persona, como diario del protagonista, un hombre, envejecido en el rencor y la desconfianza hacia su familia, que hace un repaso de su vida al sentir cercana la hora de la muerte. El lector podrá ir juzgando a este pobre hombre, que se siente odiado por su mujer y por sus hijos, instalado en una especie de prejuicio que contamina toda su percepción. “Yo soy un hombre al que no se ama”, afirma juzgando su situación como irreversible, agravada, como el mismo afirma, por “la desconfianza del rico que le asusta ser engañado y teme que le exploten”. Su relación con los demás estaba contaminada por esa percepción apriorística en la que todos los demás eran enemigos. Por eso rompe a carcajadas cuando un seminarista que cuidaba de sus hijos le dice: “Es usted muy bueno”. No voy a dar detalles del desarrollo de la historia, estos artículos son para animar a la lectura, no para su disección, pero les adelanto que la habilidad de Mauriac para describir el recorrido interior de este corazón endurecido es realmente extraordinaria. El título hace referencia a la experiencia vital del protagonista, que siente su corazón atrapado dentro de un nido de víboras que se enredan como un nudo a su alrededor, impidiendo que nada le llegue y nada salga. Una imagen simbólica que explica muy bien el fondo de la novela.

Conclusiones

El libro encierra una dura crítica a la religiosidad formal, preocupada del cumplimiento y de los ritos, pero vacía de auténtica caridad. Así son muchos de los personajes que se cruzan por el libro, cristianos más preocupados con todas sus fuerzas por su herencia terrenal que por la herencia de los hijos de Dios. Estos cristianos de apariencia están más atentos a las buenas costumbres que a las buenas obras y a las buenas personas. Pero no todos son así, están también los que anteponen la misericordia al juicio, los que miran a la persona más allá de sus obras, los que son capaces de amar incondicionalmente. Ellos son los que dan sentido a los ritos y las costumbres, y los que pueden provocar el milagro de que un corazón cambie. Esta historia nos previene de los juicios personales y nos ofrece un dramático ejemplo de la cruz que acompaña muchos entornos familiares. Poco sabemos de lo que se mueve en el fondo de un alma humana: su profundo misterio hacia Dios y hacia sí misma. La entrada “Nudo de víboras” de François Mauriac aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Retorno a Brideshead” de Evelyn Waugh

Evelyn Waugh Retorno a Brideshead fue publicada en 1945.

Tema

En la edición que tengo en mis manos (RBA, Barcelona 1992), el propio autor indica en el prólogo que el tema de esta novela es “la influencia de la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados”. Esta afirmación puede resultar sorprendente para los que recuerdan este relato como una historia de amor en el ambiente decadente de la alta sociedad inglesa de entreguerras.

Autor

Retorno a Brideshead fue una novela de éxito, prolongado por varias adaptaciones al cine y a la televisión, que provocó que la fama de la obra superara a la del autor. Es especialmente reseñable la serie británica de Granada Television de 1981, protagonizada por un joven Jeremy Irons. Evelyn Waugh (1903-1966) fue uno de los numerosos escritores ingleses que abrazaron la fe católica en el siglo XX. La vida de Waugh, que era un hombre, aunque el nombre de pila pueda confundir, pasó del fervor ritualista de la fe anglicana de su primera juventud, al ateísmo combativo de su etapa universitaria y su vida licenciosa posterior. Se casó con una mujer, también llamada Evelyn, casualmente, que le abandonó por un amigo común. La vida de Waugh tocó fondo y estuvo cerca del suicidio. La lectura de T.S. Eliot le ayudó a comenzar una búsqueda interior, que concluyó con su ingreso en la Iglesia Católica en 1930. En 1945 publicó Retorno a Brideshead.

Planteamiento

Los personajes de la novela se parecen al propio Waugh, lo que seguramente dotó de fuerza al relato. No dudan en abandonarse en el alcohol, la vida licenciosa o el vacío vital… al mismo tiempo que sienten el atractivo de una presencia invisible, para alguno de ellos desconocida o, incluso, negada. Charles, el protagonista, es un hombre sin religión que declara: “nunca me tomé la molestia de examinar a fondo… la idea de admitir los sobrenatural como real”. Sebastian, cuya amistad con Charles desencadena toda la historia, es un católico que se avergüenza de sí mismo por sentirse desgraciado, y vive como un pagano; Julia y Cordelia son las hermanas de Sebastian, la primera es una joven rebelde que rechaza las costumbres de su familia, la segunda, parece una niña idealista refugiada en sus creencias infantiles. Bridey, el hermano mayor, es insensible y pragmático, carente de toda empatía. El relato va acercándonos a todos ellos, mostrando cómo arrastran un buen número de contradicciones, incluyendo a Lord y Lady Marchmain, los padres de Sebastian, ella católica combativa y él viviendo en Venecia con una concubina. Charles se ve sorprendido por la católica y exótica familia Marchmain, a pesar de no ser nada ejemplares, con un catálogo de defectos de lo más profundo y diverso. Su sorpresa viene de que todos coinciden en algo: “tienen un concepto totalmente distinto de la vida. Le dan importancia a cosas distintas que los demás”. Eso provoca en Charles curiosidad y rechazo al mismo tiempo, asombro y repugnancia. Le rebela especialmente la actitud de la familia de “mezclar a Dios en todo”, cuando, para él, no estaba relacionado con nada.

Desarrollo

Hemos citado al principio una frase de Waugh que define el tema del libro como “la influencia de la gracia divina”. Finalizando la segunda parte, de las tres principales que tiene el relato, el lector tiene la sensación de que el tema es más la influencia de la des-gracia humana. Es entonces cuando el autor introduce, en boca de Cordelia, una cita de Chesterton, concretamente del padre Brown, que nos da la clave para sintonizar la acción con el tema que define el autor: “Le cogí (al ladrón) con un anzuelo y una caña invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo”. El título de la tercera parte también hace mención de esta cita: Tirando del hilo. La vida de los personajes parece sujeta a tres dinámicas muchas veces contradictorias: su propia voluntad: cambiante, caprichosa, incluso errante; el deseo profundo de sentirse amado y amar a los demás, aunque sea superficialmente; y un plan misterioso que va recomponiéndose continuamente a pesar de nuestras erróneas decisiones. Charles sólo es consciente de la primera de estas fuerzas. Incluso llega a decirle a Julia:

–¿Amor? Pero si yo no busco amor.
–Oh, sí, Charles, sí lo buscas.

Julia, lo entiende claramente, todos buscamos amor. También ella sabe, por su abandonada fe, que más fuerte que su rebeldía es el plan divino sobre ella, por eso le dice a Charles: “Quizá por esto tú y yo estamos aquí juntos, de esta manera… como parte de un plan”. Los protagonistas de la novela luchan contra Dios, creyendo poder vencerle, pero en la misma lucha van percibiendo que lo que parece su victoria no puede ser definitiva:

­­–…Siento como si la humanidad entera, y Dios también, estuviera conspirando contra nosotros. (..)
­–…No pueden hacernos daño, ¿verdad?
–Esta noche, no; ahora no.
–¿Durante cuántas noches no?

Algo parecido reaparece en un diálogo posterior, ante el avance inexorable de la muerte:

–Tiene una voluntad fortísima de vivir, ¿verdad?
–¿Cree usted eso? Yo más bien diría que tiene un gran miedo a la muerte.
–¿Hay alguna diferencia?
–Pues claro que la hay. No saca fuerza ninguna de su miedo, ¿comprende? Le está consumiendo.

Lo que parece una victoria no es más que una ridícula impostura ante un poder muy superior. Charles se compara con un montañero que se siente seguro en el refugio hasta que llega el alud. El refugio es su rebeldía, el alud es la paciencia poderosa de Dios. El alud tiene una fuerza infinitamente mayor que el refugio. Julia pasa de barajar dos opciones: la rebeldía o la aceptación, a reconocer que no es sino una sola: “Cuando peor soy, más necesito a Dios. No puedo estar fuera del alcance de su misericordia”.

Desenlace

Tendrá que leer el libro para tener los detalles. Aquí solo apuntamos ayudas para la lectura. Retorno a Brideshead no es una triste historia de amor entre un hombre y una mujer en medio de una sociedad decadente, más bien, es una bella historia de amor entre Dios y un puñado de personas que viven una vida llena de pecados y sufrimientos. Charles visita Brideshead en tres periodos de su vida, primero por Sebastian, luego por Julia, finalmente por la guerra. Solo al final encuentra lo que realmente le estaba esperando desde el principio.   La entrada “Retorno a Brideshead” de Evelyn Waugh aparece primero en Ediciones Trébedes.

“En tiempos del Papa sirio” de Jesús Sánchez Adalid

Jesus_Sánchez_AdalidEn la novela “En tiempos del Papa sirio”, Jesús Sánchez Adalid nos enfrenta a un tema muy actual y a la vez muy antiguo, la convivencia entre cristianismo e islam bajo un gobierno musulmán. Este tema ya había sido tratado por Sánchez Adalid en “El mozárabe”, donde contaba las peripecias de un obispo mozárabe en la Córdoba del Califato. Ahora, en esta nueva novela, el autor nos transporta al Damasco entre finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, en la tercera generación tras la ocupación musulmana. En esos momentos, la comunidad cristiana había sido sistemáticamente reducida por la presión cultural y administrativa, sin faltar episodios de auténtica persecución. La ubicación de la historia en Siria no es baladí, el paralelismo con la actual amenaza del ISIS y sus aspiraciones a establecer un nuevo califato son evidentes, pero toda la reflexión que provoca es también aplicable al occidente materialista en el que vivimos muchos, en la medida en que los cristianos se enfrentan a sistemas de gobierno que, de muy diferentes maneras, no toleran su fe. Una pregunta le asalta repetidamente al protagonista de la historia: ¿cuál debe ser el testimonio de un cristiano en un ambiente hostil a la fe, el sometimiento manteniendo la fe a escondidas, la manifestación clara de la fe aún a riesgo del martirio, o la rebelión para revertir la situación política y la libertad religiosa?

Alternativas

El sometimiento a las autoridades hostiles manteniendo privadamente la fe parece a todas luces una respuesta deficiente, quizá la única posible para muchos, con el mérito de mantener la fe, que no es poca cosa, pero con mucho riesgo de ir apagándola poco a poco. Es la actitud de Crisorroas, que mantiene un puesto importante en la administración del Califa, y de la que él mismo se siente avergonzado: “…no soy capaz de ofrecer una entrega total, valiente, decidida; una entrega como la de aquellos mártires de la primera persecución…”. El mismo protagonista la juzga claramente insuficiente, legalmente son cristianos, lo que les limita su vida social y les obliga a pagar altos impuestos, pero luego viven como musulmanes: “Era una triste doble vida de disimulo e hipocresía, que, para el joven impulsivo y descontento que empezaba a ser yo, resultaba una fuente constante de contradicción y, con frecuencia, de rebeldía”. Tras la ocupación musulmana, a los sirios cristianos solo le quedaron tres opciones: convertirse al islam, someterse como ciudadanos inferiores o huir hacia alejados territorios cristianos. Así lo narra el protagonista: “Aunque muchos habitantes de Siria, para eludir el pago del impuesto o para no tener que soportar las obligaciones del compromiso, se convirtieron al islam y adoptaron la lengua árabe. Otros, en cambio, permanecieron con una resignación esperanzada, confiando en que algún día acabaría la sumisión. Y algunos, no pudiendo soportar la humillación de las obligaciones contraídas, optaron por expatriarse hacia las provincias cristianas de Occidente, embarcándose con todo lo que podían llevarse consigo”. La segunda opción, la manifestación clara de la fe, asumiendo el riesgo del martirio, aparece como una solución poco sostenible, sería una provocación que acabaría rápidamente con toda la comunidad cristiana. El martirio es un comportamiento ejemplar, pero esporádico dentro de la comunidad sometida. El protagonista vive muy de cerca esta situación y la tensión entre el testimonio y el sometimiento le produce un malestar interno que no sabe cómo resolver: “Siento que vivimos una vida de doblez. Vivimos como los agarenos de cara a los vecinos, pero no tenemos ninguno de sus privilegios. ¡No estamos dando testimonio! ¡Nos conformamos asquerosamente!”. La rebeldía surge como la tercera alternativa: derrocar al gobernante musulmán e instaurar un reino cristiano, pero ese camino también está lleno de contradicciones, como admiten los mismos que alientan la rebelión: “Somos cristianos y queremos vivir como tales. ¡Basta ya de engaños! Y sé que lo que digo podrá parecerte una incongruencia. Pero, aunque sea difícil de entender, hay veces en las que para vencer al mal hay que alejarse algo de Dios… He ahí el misterio…”. Pero la elección directa y consciente de ese camino resulta siempre un fracaso, se gane o se pierda la guerra, alejándose de Dios no se consigue nunca estar más cerca de él.

El mal y el bien

En paralelo a la historia que se narra en la novela, Sánchez Adalid lleva a sus personajes a través de una reflexión sobre el mal y cuál debe ser nuestra respuesta hacia él. Esta reflexión va confiriendo sentido a la historia y nos prepara para que cada uno demos nuestra respuesta al dilema planteado. El protagonista busca ayuda en las profecías como una respuesta a Dios a sus preguntas. Hesiquio le apunta: “A veces podrá ocurrir que Dios no responda. Pero ¡eso es normal! Porque Dios nos deja ser libres. ¿Comprendes eso?”. Es nuestra libertad la que se pone a prueba ante el mal. Así lo ve también el Papa Constantino: “Solo he querido expresar que los males de este mundo son pruebas y que nadie se ve libre de ellas… Todo esto es una prueba de Dios, de la cual el individuo debe aprender. Roma debe aprender de todo esto a tomar en serio al cristianismo, y su reconstrucción debe tener en cuenta ese aspecto, para así esperar la venida de la Ciudad de Dios. Los que han tenido la oportunidad de escapar y sobrevivir son personas a las que Dios les da una segunda oportunidad. Mientras que los que murieron pueden ser diferenciados en dos grupos: los justos, que han pagado sus pecados aceptando la voluntad del Padre Eterno y ahora gozan de su presencia en el cielo; y los injustos, los cuales, por su excesivo vicio y pecado, sufren…” De forma parecida resume Crisorroas su experiencia de la persecución: “Pero, por el momento, solo puedo decirte que, por estar tan alejados de Dios no podemos apreciar su actuación sacando bien del mal. Y lo mejor de la misteriosa actuación divina es nuestra redención.” Toda la historia pivota sobre esta experiencia: Dios saca bien del mal, por eso el mal es consentido, y lo que se nos pide es poner en juego nuestra libertad, desde nuestras limitaciones, pecados y mediocridades. Ese es el mensaje de esperanza que contiene este libro, como concluye Crisorroas: “Si Dios permite el mal y crea seres capaces de hacer maldades, se debe a que Él mismo es capaz de sacar el bien del mal; y el mal de este mundo, en definitiva, sirve para hacer brillar la bondad divina en la misericordia.” Lo que me deja este libro: Ante el mal: libertad y misericordia.   (Los textos han sido citados de “En tiempos del Papa sirio”, Jesús Sánchez Adalid, Ediciones B) La entrada “En tiempos del Papa sirio” de Jesús Sánchez Adalid aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Diario de un cura rural” de Georges Bernanos

Georges BernanosDiario de un cura rural es, para mí, la obra más significativa de la Novela Cristiana. Creo que este libro de Georges Bernanos aglutina los principales rasgos del género y lo hace de forma equilibrada, desarrollada y magistral. Otras novelas recogen algunos de estos elementos, incluso algunas desarrollan algunos de ellos más extensamente, pero ninguna lo hace ‒siempre según mi entender‒ de forma tan equilibrada y armónica, lo que convierte a esta novela en referencia y paradigma de este género.

Voy a intentar enumerar esas características fundamentales que para mí definen el género de Novela Cristiana, en su concepto moderno, y que aparecen claramente en esta obra:

El santo no ejemplar

La primera característica es que aparece el santo no ejemplar como protagonista. En contraste con las hagiografías clásicas, resalta los defectos y limitaciones de la persona tocada por la gracia. No nos encontramos con vidas ejemplares, sino con vidas llenas de defectos, limitaciones físicas y psicológicas, incluso con heridas graves en su comportamiento. Tanto el protagonista, el cura de Ambricourt, tímido, débil físicamente, lleno de complejos y de miedos, como su amigo el cura de Torcy, su principal confidente, orgulloso, brusco, lleno de contradicciones, ambos están repletos de defectos, cada uno a su estilo, pero claramente ninguno de ellos es ejemplar. Son todo menos ejemplares. Pero los sufrimientos por estas mismas limitaciones les acercan especialmente a los demás. Varias veces, en el relato se hace referencia a los monjes como seres ejemplares, pero “Los monjes sufren por las almas. Nosotros, en cambio sufrimos con ellas”. El protagonista, tras una crisis de angustia, escribe en su diario:

“Los santos han conocido estos desfallecimientos… Pero no esta sorda rebelión, este áspero silencio del alma, casi odio…”

Los personajes defienden con su testimonio que “la santidad no es sublime”, es la obra ilimitada de Dios en una persona llena de limitaciones.

‒”Trabaja ‒me dijo‒, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas.”

Además, esos mismos defectos les incapacitan para atribuirse mérito alguno. Todo lo bueno ocurre aparentemente a pesar suyo, o por su culpa, porque no se reconoce como algo deseable.

Lucha con Dios y con el demonio

La segunda característica es que el protagonista lucha con Dios, porque su conciencia se contrasta con sus pecados y provoca una batalla interior, entre los que Dios quiere y lo que él se siente capaz. El cura de Torcy, que vivía en una aparente riqueza, se alza con pasión en defensa de la pobreza evangélica. El protagonista comenta:

“En realidad era consigo mismo, contra una parte de sí mismo cien veces vencida y siempre rebelde, contra quien se alzaba, con toda su estatura, con toda su fuerza, como un hombre que combate por su vida.”

El protagonista explica a un rebelde legionario algo que él ha experimentado a lo largo del relato:

‒”No es tan malo enfrentarse con Dios ‒le dije‒. Eso obliga al hombre a emplear a fondo la esperanza, toda la esperanza de que es capaz…“

Y también lucha con el demonio, que se hace fuerte en los demás, y que él debe combatir como un médico lucha contra la enfermedad de sus pacientes. El protagonista dice a una de sus feligresas:

“No apruebo nada, sólo intento comprenderla. Un sacerdote, igual que un médico, no tiene que huir ante las llagas, el pus, la enfermedad… Todas las heridas del alma supuran horriblemente, señora.”

No lucha contra los demás, sino por los demás, para salvarles del infierno: “El infierno, señora, es haber dejado de amar”. Convirtiendo muchos de sus actos en batallas decisivas, como la conversación con la condesa, que es el punto de apoyo de todo el relato:

“¿Cómo hubiera podido adivinar entonces … que nos habíamos enfrentado ambos en el extremo límite de este mundo visible, en el borde mismo del abismo?”

Voluntad reformista

Una tercera característica es la voluntad reformista que se enhebra en la intención de los protagonistas. Con deseos de reformar la Iglesia, con una clara crítica a los que se preocupan más por la apariencia y el status quo, que se dejan llevar por cierta pereza ante la moción de Dios que quiere actuar:

“Pues existe una pereza sobrenatural, que llega con la edad, la experiencia y las decepciones. ¡Ah! ¡Los viejos sacerdotes son duros! La última de las imprudencias es la prudencia, cuando nos prepara suavemente a prescindir de Dios.”

El deán de Blangermont, uno de esos “viejos sacerdotes”, más ocupados por conservar el estado de las cosas que por trabajar en la viña del Señor, dice al protagonista:

‒”… Se necesita sin duda muy poca cosa para hacer de ti un intelectual, es decir, un rebelde, un censor sistemático de las superioridades sociales que no están fundadas en el espíritu. ¡Dios nos libre de los reformadores!
‒Sin embargo, señor deán, muchos santos fueron reformadores.
‒¡Dios nos libre también de los santos!…”

Y también con deseos de reformar la sociedad, tomando partido por los pobres. Pero no solo por la necesidad de los pobres, sino por la necesidad de todos de valorar la pobreza.

“… la Iglesia tiene encomendada la custodia del pobre. Es lo más fácil. Todo hombre compasivo comparte con ella esa protección. En cambio, está sola ‒me entiendes‒ sola, absolutamente sola, en la guarda del honor de la pobreza.”

El libro también contiene una condena la avaricia del comercio, cuando no respeta las reglas contra la usura:

“…se necesitarán siglos, acaso, para alumbrar esas conciencias, destruir el prejuicio de que el comercio es una especie de guerra y que tiene los mismos privilegios y las mismas tolerancias que la otra.”

Pero, continuamente, lleva la injusticia social a un plano sobrenatural, porque es el reflejo de la injusticia en otro orden, porque la lucha verdadera no es contra los hombres, es contra el Señor de los Abismos:

“¿Cómo dar al Pobre, heredero legítimo de Dios, un reino que no es de este mundo? La Iglesia está a la búsqueda del Pobre y le llama por todos los caminos de la tierra. Y el Pobre está siempre en el mismo sitio, en la extremidad de la cima vertiginosa cara al Señor de los Abismos, que le repite incansablemente desde hace veinte siglos con voz de Ángel, con su voz sublime y prodigiosa: «Todo esto será tuyo si, prosternado, me adoras…»

Y la verdadera riqueza es la santidad:

“Existen los Santos. Llamo Santos a todos los que han recibido más que el resto. (…) Un rico a los ojos de la Iglesia es un protector del pobre, su hermano mayor. (…) Si un millonario quiebra, millares de personas se quedan en el arroyo. Así podemos imaginarnos lo que ocurre en el mundo invisible cuando da un traspiés uno de esos ricos de los que antes he hablado, un administrador de la gracia de Dios.”

La comunión de los santos

Esto nos lleva a la cuarta característica de toda Novela Católica, que es la defensa de la comunión de los santos, porque esta visión sobrenatural nos descubre una nueva solidaridad que nos une, en el bien y en el mal, con una intensidad conmovedora como revela la conversación del protagonista con la condesa:

“Pero nuestras faltas ocultas envenenan el aire que otros respiran y el crimen del que un miserable tiene el germen, aun a su pesar, no germinaría nunca sin este principio de corrupción.
‒Todo eso son locuras, grandes locuras: sueños malsanos…
Estaba lívida, Prosiguió:
‒Si pensáramos en todas esas cosas, tendríamos que dejar de vivir.
‒Así lo creo, señora condesa. Creo que si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga unos a otros, en el bien y en el mal, dejaríamos, efectivamente, de vivir.”

Un diálogo que no deja de estremecernos.

Nuestra recomendación es clara para los amantes de este género, esta novela es imprescindible, y Bernanos es un maestro.

La entrada “Diario de un cura rural” de Georges Bernanos aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Diario de un cura rural” de Georges Bernanos

Georges BernanosDiario de un cura rural es, para mí, la obra más significativa de la Novela Cristiana. Creo que este libro de Georges Bernanos aglutina los principales rasgos del género y lo hace de forma equilibrada, desarrollada y magistral. Otras novelas recogen algunos de estos elementos, incluso algunas desarrollan algunos de ellos más extensamente, pero ninguna lo hace ‒siempre según mi entender‒ de forma tan equilibrada y armónica, lo que convierte a esta novela en referencia y paradigma de este género. Voy a intentar enumerar esas características fundamentales que para mí definen el género de Novela Cristiana, en su concepto moderno, y que aparecen claramente en esta obra:

El santo no ejemplar

La primera característica es que aparece el santo no ejemplar como protagonista. En contraste con las hagiografías clásicas, resalta los defectos y limitaciones de la persona tocada por la gracia. No nos encontramos con vidas ejemplares, sino con vidas llenas de defectos, limitaciones físicas y psicológicas, incluso con heridas graves en su comportamiento. Tanto el protagonista, el cura de Ambricourt, tímido, débil físicamente, lleno de complejos y de miedos, como su amigo el cura de Torcy, su principal confidente, orgulloso, brusco, lleno de contradicciones, ambos están repletos de defectos, cada uno a su estilo, pero claramente ninguno de ellos es ejemplar. Son todo menos ejemplares. Pero los sufrimientos por estas mismas limitaciones les acercan especialmente a los demás. Varias veces, en el relato se hace referencia a los monjes como seres ejemplares, pero “Los monjes sufren por las almas. Nosotros, en cambio sufrimos con ellas”. El protagonista, tras una crisis de angustia, escribe en su diario:

“Los santos han conocido estos desfallecimientos… Pero no esta sorda rebelión, este áspero silencio del alma, casi odio…”

Los personajes defienden con su testimonio que “la santidad no es sublime”, es la obra ilimitada de Dios en una persona llena de limitaciones.

‒”Trabaja ‒me dijo‒, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas.”

Además, esos mismos defectos les incapacitan para atribuirse mérito alguno. Todo lo bueno ocurre aparentemente a pesar suyo, o por su culpa, porque no se reconoce como algo deseable.

Lucha con Dios y con el demonio

La segunda característica es que el protagonista lucha con Dios, porque su conciencia se contrasta con sus pecados y provoca una batalla interior, entre los que Dios quiere y lo que él se siente capaz. El cura de Torcy, que vivía en una aparente riqueza, se alza con pasión en defensa de la pobreza evangélica. El protagonista comenta:

“En realidad era consigo mismo, contra una parte de sí mismo cien veces vencida y siempre rebelde, contra quien se alzaba, con toda su estatura, con toda su fuerza, como un hombre que combate por su vida.”

El protagonista explica a un rebelde legionario algo que él ha experimentado a lo largo del relato:

‒”No es tan malo enfrentarse con Dios ‒le dije‒. Eso obliga al hombre a emplear a fondo la esperanza, toda la esperanza de que es capaz…“

Y también lucha con el demonio, que se hace fuerte en los demás, y que él debe combatir como un médico lucha contra la enfermedad de sus pacientes. El protagonista dice a una de sus feligresas:

“No apruebo nada, sólo intento comprenderla. Un sacerdote, igual que un médico, no tiene que huir ante las llagas, el pus, la enfermedad… Todas las heridas del alma supuran horriblemente, señora.”

No lucha contra los demás, sino por los demás, para salvarles del infierno: “El infierno, señora, es haber dejado de amar”. Convirtiendo muchos de sus actos en batallas decisivas, como la conversación con la condesa, que es el punto de apoyo de todo el relato:

“¿Cómo hubiera podido adivinar entonces … que nos habíamos enfrentado ambos en el extremo límite de este mundo visible, en el borde mismo del abismo?”

Voluntad reformista

Una tercera característica es la voluntad reformista que se enhebra en la intención de los protagonistas. Con deseos de reformar la Iglesia, con una clara crítica a los que se preocupan más por la apariencia y el status quo, que se dejan llevar por cierta pereza ante la moción de Dios que quiere actuar:

“Pues existe una pereza sobrenatural, que llega con la edad, la experiencia y las decepciones. ¡Ah! ¡Los viejos sacerdotes son duros! La última de las imprudencias es la prudencia, cuando nos prepara suavemente a prescindir de Dios.”

El deán de Blangermont, uno de esos “viejos sacerdotes”, más ocupados por conservar el estado de las cosas que por trabajar en la viña del Señor, dice al protagonista:

‒”… Se necesita sin duda muy poca cosa para hacer de ti un intelectual, es decir, un rebelde, un censor sistemático de las superioridades sociales que no están fundadas en el espíritu. ¡Dios nos libre de los reformadores!
‒Sin embargo, señor deán, muchos santos fueron reformadores.
‒¡Dios nos libre también de los santos!…”

Y también con deseos de reformar la sociedad, tomando partido por los pobres. Pero no solo por la necesidad de los pobres, sino por la necesidad de todos de valorar la pobreza.

“… la Iglesia tiene encomendada la custodia del pobre. Es lo más fácil. Todo hombre compasivo comparte con ella esa protección. En cambio, está sola ‒me entiendes‒ sola, absolutamente sola, en la guarda del honor de la pobreza.”

El libro también contiene una condena la avaricia del comercio, cuando no respeta las reglas contra la usura:

“…se necesitarán siglos, acaso, para alumbrar esas conciencias, destruir el prejuicio de que el comercio es una especie de guerra y que tiene los mismos privilegios y las mismas tolerancias que la otra.”

Pero, continuamente, lleva la injusticia social a un plano sobrenatural, porque es el reflejo de la injusticia en otro orden, porque la lucha verdadera no es contra los hombres, es contra el Señor de los Abismos:

“¿Cómo dar al Pobre, heredero legítimo de Dios, un reino que no es de este mundo? La Iglesia está a la búsqueda del Pobre y le llama por todos los caminos de la tierra. Y el Pobre está siempre en el mismo sitio, en la extremidad de la cima vertiginosa cara al Señor de los Abismos, que le repite incansablemente desde hace veinte siglos con voz de Ángel, con su voz sublime y prodigiosa: «Todo esto será tuyo si, prosternado, me adoras…»

Y la verdadera riqueza es la santidad:

“Existen los Santos. Llamo Santos a todos los que han recibido más que el resto. (…) Un rico a los ojos de la Iglesia es un protector del pobre, su hermano mayor. (…) Si un millonario quiebra, millares de personas se quedan en el arroyo. Así podemos imaginarnos lo que ocurre en el mundo invisible cuando da un traspiés uno de esos ricos de los que antes he hablado, un administrador de la gracia de Dios.”

La comunión de los santos

Esto nos lleva a la cuarta característica de toda Novela Católica, que es la defensa de la comunión de los santos, porque esta visión sobrenatural nos descubre una nueva solidaridad que nos une, en el bien y en el mal, con una intensidad conmovedora como revela la conversación del protagonista con la condesa:

“Pero nuestras faltas ocultas envenenan el aire que otros respiran y el crimen del que un miserable tiene el germen, aun a su pesar, no germinaría nunca sin este principio de corrupción.
‒Todo eso son locuras, grandes locuras: sueños malsanos…
Estaba lívida, Prosiguió:
‒Si pensáramos en todas esas cosas, tendríamos que dejar de vivir.
‒Así lo creo, señora condesa. Creo que si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga unos a otros, en el bien y en el mal, dejaríamos, efectivamente, de vivir.”

Un diálogo que no deja de estremecernos. Nuestra recomendación es clara para los amantes de este género, esta novela es imprescindible, y Bernanos es un maestro. La entrada “Diario de un cura rural” de Georges Bernanos aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Gilead” de Marilynne Robinson

Marilynne RobinsonLa experiencia de la fe sencilla

Lo primero que se va a encontrar el lector es con un relato espléndidamente escrito. La habilidad de la autora para introducirnos en el alma del protagonista, su manejo del lenguaje, de los tiempos de la historia, del nivel progresivo de las confidencias… todo esto hace que este libro sea una experiencia deliciosa de lectura. La historia se desarrolla en torno a un anciano pastor metodista que dirige una comunidad en un perdido pueblo en Iowa (Estados Unidos). El protagonista siente cercana la hora de su muerte y escribe una larga carta a su hijo de siete años para que pueda leerla cuando sea mayor y él ya no esté. La sencillez y profundidad de la fe del reverendo se van descubriendo a lo largo de las experiencias pasadas que va recordando y los hechos diarios que ocurren mientras va escribiendo la carta. En la vivencia de los hechos cotidianos se va fraguando la experiencia del amor de Dios y del pecado del ser humano, encarnándose en una vida sencilla y concreta. Leida desde un punto de vista católico, como es mi caso, la obra adquiere una interesante perspectiva, quizá lejos de la intención de la autora pero que considero que puede ser muy valiosa. Me refiero a su valor como instrumento de un diálogo ecuménico. Muchas veces el diálogo entre confesiones cristianas se plantea desde el intercambio de posiciones doctrinales y teológicas, sin embargo este libro nos ofrece la oportunidad de dialogar sobre la experiencia religiosa de un alma sencilla, que nos hará sentirnos más hermanos y avivar el deseo de unidad. La experiencia del protagonista presenta indudables analogías, por un lado, y discrepancias, por otro, con lo que podría haber sido una situación similar vivida por un sacerdote católico. Cuestiones como los sacramentos, el celibato, la autoridad… serían claramente muy diferentes,  sin embargo, creo que forman más parte del decorado que del meollo de la historia. El punto sobre el que pivota el núcleo de la historia es la vida interior, la oración, la acción de la gracia y la libertad del ser humano. Entre muchos puntos en común parece que surge realmente una discrepancia: el tema de la predestinación. El protagonista tiene experiencia de lo que es el perdón: “(…) ser perdonado constituye solo la mitad del don. La otra mitad es que también nosotros podemos perdonar, restituir y liberar y, por tanto, sentir la voluntad de Dios obrar a través de nosotros, lo cual constituye la gran restitución de nosotros a nosotros mismos“, sin embargo queda sin respuesta clara sobre el tema de la predestinación cuando le preguntan “¿Hay personas que, simplemente, nacen malas, llevan una mala vida y, al final, van al infierno?“, y finalmente su interlocutor concluye “Entonces la gente no cambia“. Su esposa, con una inteligencia mucho más intuitiva lo resuelve mejor: “Una persona puede cambiar. Todo puede cambiar“. El protagonista parece finalmente sumarse a esta tesis con su bendición final. Vale la pena apuntar aquí que la doctrina católica reconoce la predestinación positiva: Dios elige a alguien para una misión y le prepara de forma especial para ella, el caso más relevante y clarificador es la Virgen María; sin embargo no acepta la predestinación negativa, porque todos los seres humanos están llamados a la salvación. Es llamativo que la vivencia de los protagonistas sobre el punto de mayor discrepancia se convierte a su vez en un punto de encuentro. A esto me refiero con el valor de esta historia como instrumento de diálogo, como si dos hermanos regañados descubrieran de pronto un gesto familiar que los une. Marilyne Robinson fue galardonada, entre otros, con el National Book Critic Circles Award en 2004, el premio Pulitzer en 2005, y en 2010 fue elegida miembro de la American Academy of Arts and Sciences. La entrada “Gilead” de Marilynne Robinson aparece primero en Ediciones Trébedes.

“El padre Elías. Un apocalipsis” de Michael D. O’Brien

Michael D. O'Brien

El apocalipsis del presente

La trama de esta novela está empapada de una idea muy original,  la interpretación del Apocalipsis como “la batalla real contra el espíritu del mal (que) viene desarrollándose desde los comienzos de la historia humana y continúa, ininterrumpida, hasta nuestros días“. Por tanto, los hechos que relata el último libro de la Biblia no son cosas que vayan a ocurrir, son cosas que están ocurriendo: “Ha habido muchos apocalipsis desde los tiempos de Jesús: los reinados de Nerón, de Hitler y de Stalin, por ejemplo.” La novela nos describe la lucha con el mal en un escenario comtemporáneo, una lucha a cuerpo entre el poder del mal y el poder de la gracia que se desarrolla en la sociedad y en el corazón de las personas. No es una novela para corazones débiles. El protagonista, el padre Elías, debe enfrentarse a un importante dirigente mundial que se prefigura como un nuevo Anticristo con el objetivo de anunciarle el evangelio y luchar por su alma. La lucha debe realizarse con armas sobrenaturales: “Para vencer el mal, no podemos utilizar las armas del mal. Hacer eso, aunque fuera en defensa del bien, representaría una doble derrota.” La principal arma del enemigo es el miedo: “Las experiencias por las que ha pasado la humanidad durante más de un siglo no hacen nada por reforzar la confianza. Nuestra época es, por encima de todo, la era del miedo“, mientras que el arma de los santos es la paciencia y la cruz. La novela fue pubicada originalmente en 1996 y encontraremos en ella un montón de referencias a temas muy actuales que no dejan de producir cierto escalofrío: “El apocalipsis del presente irradia una sensación de normalidad. Vivimos dentro de él“. Pero el protagonista de la novela no es el enemigo, el protagonista es el padre Elías, que debe luchar desde sus muchas limitaciones: “¿Quién es santo? ¿Aquel que obedece a Dios en su debilidad, o aquel que pide poseer todas las virtudes más admirables antes de entregarse a su empresa“, apoyándose en la esperanza sobrenatural: “Él no recompensa por los éxitos, sino por la paciencia y las dificultades sufridas en su nombre“. Una lectura trepidante, con acción, pensamiento y continuas sorpresas en el argumento, pero, como dijimos antes, no recomendable para corazones débiles. La entrada “El padre Elías. Un apocalipsis” de Michael D. O’Brien aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Misericordia” de Benito Pérez Galdós

galdosEl triunfo de la caridad

Si hubiera que recomendar algunos libros para leer en el Año de la Misericordia, en la lista estaría sin duda esta novela de Benito Pérez Galdós. Ambientada en los barrios pobres del Madrid de finales del siglo XIX, parece un escenario propicio para recuperar al típico pícaro que engaña y maquina con su miseria para su propio beneficio, sin embargo, la protagonista de esta novela, Benigna, nos muestra un ejemplo de vida pobre que está en las antípodas de la picaresca. Benina es una mujer anciana (60 años en la España de esa época) que vive en una situación de miseria, luchando por conseguir algo de dinero para la siguiente comida, como otros muchos pobres del Madrid de la época. La diferencia es que ha hecho de su vida un empeño en ayudar a los que les rodean, especialmente a los que más lo necesitan. Al contrario que sus compañeros de infortunio, no hay en su corazón odios de clase, ni deseo de venganza, ni resentimientos por ofensas o insultos, pero esta extraña virtud pasa aparentemente desapercibida bajo una absoluta discreción. Ella sufre como todos, o incluso algo más, porque une a sus sufrimientos los de otros que la rodean; pasa hambre como todos, pero reparte su comida con los que también la necesitan; es tenida por ladrona por administrar el poco dinero mejor que su señora y por delincuente por pedir limosna para que puedan comer en casa. Para los ojos del mundo ella es vieja, fea y despreciable, solo un ciego y un loco reconocen su belleza, porque la ven de otra manera, con una mirada diferente. En los personajes y la acción queda manifiesto que la pobreza no es simplemente la falta de dinero. No faltan ejemplos de personajes con recursos que acaban en la absoluta miseria por razones más relacionadas con su incapacidad de gobernarse que con los avatares de los vaivenes económicos. El problema está en las mismas personas que solo se levantarán con un trato personal. Necesitan cariño y comprensión para poder recuperarse y hacer mínimamente útil cualquier ayuda. Pero, aun así, la reacción del miserable suele ser violenta y rencorosa y la mano que se tiende para ayudarle recibe muchas veces el reproche y el insulto, es entonces cuando solo cabe una respuesta: la misericordia. Estos personajes de Galdós ya no son los testigos del acontecer histórico, sea del pasado o del presente, ahora son ellos mismos los protagonistas de otra historia sorda que va moviendo el destino de personas concretas embarcadas en vidas anónimas. Benina no es una mujer piadosa, pero tiene un sentido profundamente religioso: «… Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me deje morir de hambre… …Dios no tan solo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura… Todo es de Dios» (cap. VI). Vive, por tanto, con intensidad la doctrina del destino universal de los bienes, al mismo tiempo que asume su responsabilidad sobre lo que no es suyo: «Yo prometo pagar, y pagaré cuando lo tengamos» (Cap. VI). Ella siente un natural sentido de la justicia y de la caridad, una caridad que abarca a todos: «¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y otra para el pobre desnudo? Yo no lo entiendo así, yo no distingo…» (Cap. XXXVIII). En este personaje Galdós reúne sus aspiraciones liberales de reforma social con el rescate de una tradición espiritual cristiana. La sociedad solo se puede transformar desde la caridad y la libertad de los que están más abajo. Este pensamiento influirá decisivamente en la generación del 98. Juliana aparece al final de la obra como un personaje importante, una especie de contrapunto a Benina. Juliana ayuda al pobre pero sin caridad, es una persona de autoridad y orden. Consigue ordenar la casa y complementar a doña Paca con una disciplina que la señora es incapaz de mantener. Sin embargo, Juliana se da cuenta de que, sin la caridad, el fruto de su esfuerzo va a perecer. Temible símbolo con el que Galdós da un toque genial al final del relato y que les dejo un poco oscuro para animar a su lectura. Después de leerlo, piensen en las distintas interpretaciones de esta parte y su aplicación en los momentos actuales. Finalmente, no puedo dejar de asociar a Benina con una frase del papa Francisco sobre la Misericordia comentando la parábola del “siervo despiadado”: «Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos» (Misericordiae Vultus, 9). Palabras terribles para los que no estamos a la altura. La entrada “Misericordia” de Benito Pérez Galdós aparece primero en Ediciones Trébedes.