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De la aporofobia a la caridad

Pixabay

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  “Aporofobia: Fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Desde el pasado mes de diciembre esta palabra forma parte del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y según la Fundación del Español Urgente, Fundéu, es la palabra del 2017. Resulta sorprendente –y es triste– que el término “Aporofobia”, acuñado por la filósofa Adela Cortina, sea cada vez más necesario para describir lo que está ocurriendo en nuestra sociedad:  el rechazo a las personas desfavorecidas, a los refugiados o a los pobres. La repugnancia y la hostilidad hacia el pobre se han acrecentado en los últimos años. Los jóvenes son más clasistas; los valores de la humildad y de la pobreza están desapareciendo; los pobres molestan. En los años de mayor crisis económica algunos estudios informaban del aumento de la solidaridad: cuanto peor estábamos, mayor compromiso hacia las personas desfavorecidas había. Sin embargo, con la mejoría de la situación económica, paradójicamente surge el concepto que pone nombre a las situaciones de discriminación y rechazo hacia las personas pobres. Todavía necesitamos trabajar por una sociedad donde la justicia social prevalezca, donde el respeto a la persona humana sea prioritario, donde todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, donde todos tengamos la misma dignidad pese a las circunstancias personales, sociales y económicas de cada uno. No podemos permitir que el odio y el desprecio a los más pobres domine nuestro mundo. El pasado 19 de noviembre el Papa Francisco en la I Jornada Mundial de los Pobres, afirmó que “nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo”. Ahora que comienza un nuevo año, no olvidemos a los más pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a las personas sin hogar y que la palabra del próximo año 2018 sea Cáritas, el amor a los demás.  

GRUPO AREÓPAGO

La salida de la crisis

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Expertos analistas y observadores sociopolíticos no se ponen de acuerdo en determinar la duración de la crisis económica que nos golpea: unos dicen que es pasajera y forma parte de “coyunturas” desfavorables inherentes al sistema económico; otros en cambio argumentan que la crisis ha venido para quedarse y hemos de acostumbrarnos a vivir instalados en ella. Muy pocos penetran en sus causas profundas y en los efectos que produce en la población más desfavorecida.

El pensamiento social católico sí ha sido capaz de mirar con hondura a este fenómeno socioeconómico y ha visto que “en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano!” (Papa Francisco)

El sistema economicista hoy vigente ha desembocado en un proceso de individualización y de interiorización de valores. Su principio rector señala que hay que producir para consumir y por lo tanto hay que consumir para producir. Este principio ha penetrado de tal manera en la sociedad que se ha transformado en ideología de pensamiento único. Y la manera de sostenerlo es manteniendo la espiral creciente de necesidades y consumo, la mayor parte de ellas superfluas. Para ello se utilizan todos los instrumentos y medios de la era del conocimiento y la información. Todos educan para dar una orientación cada vez más hedonista al impulso vital de las personas generando una matriz cultural, una manera de sentir de pensar y de hacer, que es marco de referencia en todo el mundo.

La actual crisis no es sólo, pues, económica sino también cultural. De ahí que su salida exija, no sólo medidas económicas y políticas, que también, sino un cambio de orientación en valores. Salir de la crisis supone un duro caminar hacia una nueva cultura y hacia un nuevo modelo social que se reencuentre con la solidaridad cuyas raíces se hunden en la experiencia del don y la gratuidad  (Benedicto XVI).

Decimos duro porque en el cambio está implicada fundamentalmente la educación y sus procesos; y en consecuencia, las llamadas estructuras de acogida: la familia, la escuela, el trabajo, las asociaciones culturales, los medios de comunicación…, todas ellas afectadas gravemente por las patologías de una cultura hedonista y utilitarista. Cómo propiciar, pues, este cambio cultural es uno de los más importantes retos que tiene la sociedad actual.

Grupo Areópago

“Tríptico de los siete inviernos” de Miguel Ángel Martínez

Tríptico de los siete inviernosTres en uno

Tríptico de los siete inviernos son tres libros de poemas en un solo volumen, que pueden ser leídos de forma independiente y en cualquier orden. Para los lectores de poesía, conseguir tres libros por solo 9 euros es, sin duda, una oferta interesante.
El primer libro se titula Desahogos. Los poemas avanzan en una especie de espiral de fuera hacia dentro, desde la vida superficial del poeta: su trabajo, la oficina, la crisis económica… hacia la vida interior de los afectos, los deseos, la conciencia de sí mismo y la raíz de las creencias. La poesía brota como el vapor por la válvula a presión de una vida tensada por el ritmo frenético de un ritmo laboral muy exigente. Un ritmo de vida que hace olvidar lo que es de verdad la vida: “Cadáveres podridos se visten de traje y corbata,// se reparten el futuro de una tumba,// invierten en acciones del infierno// y se frotan las manos” (Reunión de trabajo).   El segundo libro, bajo el nombre de ¿Dónde está la esperanza?, esconde, en la apariencia de una colección de poemas, un único y largo poema, donde los títulos podrían ser rótulos informativos de un continuo monólogo. La voz del poeta comienza su camino desde la más oscura desesperanza, va recorriendo las propuestas de la sociedad moderna: la política, el dinero, la ciencia… pero todo le decepciona. A partir del poema En los niños habita, la voz poética comienza a encontrar una luz que va marcándole el camino de salida y la meta: “Pero sólo mirarlos es tan grande:// mirarlos con los ojos que nos miran,// reflejándolo todo. Es tan hermoso”.   El tercer libroHuérfanos poemas, es una auténtica colección de poemas diversos, agrupados por temática. La vida interior, el paisaje, el trabajo, la fe y el amor sujetan cinco ramilletes de poemas con los que el lector puede entretenerse, sin más ambición que saborear los que le gusten. “¿Dónde nace la luz de primavera// que llena mi ventana y me encadena// al gozo de volar con la mañana?” (Amanecer en Primavera)   El estilo es sencillo y a la vez profundo, un verso rítmico que se lee con facilidad pero que, al mismo tiempo, deja abierta una brecha de incertidumbre que invita al lector a volver, a repasar algo que no se pudo ver con claridad, algo misterioso que está escondido detrás de los árboles que bordean el bosque.   El ritmo es protagonista, hasta tal punto que algunos poemas pueden pasar por canciones, como el así denominado Canción del financiero (de renovada actualidad en momentos de crisis económica) o como el titulado Mi pequeño hermano. Poemas filosóficos, intimistas, místicos o costumbristas se van alternando en los diversos estadios de libro, convirtiendo en momento poético circunstancias tan diversas como un despido, un vendaval de otoño, una reunión de trabajo, unos niños que juegan o el extenso paisaje de La Sagra toledana.   Los poemas surgen en este libro como una flor silvestre que nació en la tierra acumulada junto al bordillo de la calle de la vida, se alimenta de desperdicios y se riega con chubascos inesperados, pero llevan dentro el latido de un corazón. Por eso el autor invita a su lectura: “Te regalo esta flor // que late entre las ajadas hojas de un cuaderno”.   La entrada “Tríptico de los siete inviernos” de Miguel Ángel Martínez aparece primero en Ediciones Trébedes.