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Corrupción ideologizada

corrupcion

Cada vez resulta más evidente que hay corrupción de izquierdas y de derechas. Basta, para comprobar que es así, con observar el diferente tratamiento que se da a unos casos y a otros en función de la filiación ideológica de quien los protagoniza, la distinta forma en la que valoramos el hecho e, incluso, cómo en no pocas ocasiones llegamos a justificarlo o a condenarlo desproporcionadamente en función de si quien se ha servido de la gestión de asuntos públicos o privados en beneficio propio incurriendo en ilegalidad con ello se encuentra dentro o fuera de nuestra órbita de pensamiento.

Es una de las consecuencias –una más– del relativismo imperante, en virtud del cual no existe una forma común de aproximarse a la realidad y, por tanto, no hay verdades objetivas.

El problema alcanza niveles preocupantes cuando ello afecta a quienes, por su responsabilidad pública, deberían asumir el deber moral de reaccionar, sin tapujos, frente a este mal de efectos tan nocivos: en particular, responsables de partidos políticos, gobernantes, jueces y tribunales, medios de comunicación. También todos nosotros, ciudadanos de a pie, que hemos de ser capaces de denunciar y reaccionar en consecuencia, así como de detectar otros tipos de corrupción moral que nos afectan personalmente y que igualmente dañan a la comunidad en la que vivimos y al sistema del que nos hemos dotado.

Unos y otros somos responsables de la lucha contra la corrupción; contra todo tipo de corrupción.

 

Grupo AREÓPAGO

A vueltas con la corrupción

corrupcion La palabra corrupción, cuya completa definición la podríamos encontrar analizando sus sinónimos (descomposición, putrefacción, podredumbre,…), se ha instalado en nuestra sociedad y, por tanto, en los medios de comunicación social, con una cotidianidad que llega a ser alarmante y preocupante. Instituciones, partidos políticos (de todo el espectro ideológico), asociaciones,… han estado y están marcadas, de uno u otro modo, por la corrupción; dándonos la imagen de encontrarnos ante un verdadero sistema socio – cultural, compuesto por una gran cantidad de delitos, acompañados de estrategias y finalidades. Es muy fácil hacer anidar la corrupción. Está al orden del día. Haciéndonos perder “el pudor que custodia la verdad, la bondad y la belleza” (Papa Francisco). Pero no pensemos en grandes estructuras, sino en cada uno de nosotros. La corrupción surge de lo micro a lo macro; de cada persona a la comunidad; del corazón de cada uno de nosotros al corazón del pueblo. Hablamos de un estado personal, el de los corruptos, en cuyos valores negativos encontramos capacidad doctrinal, manera de proceder, un lenguaje propio; adquiriendo tintes proselitistas, hasta llegar a un máximo nivel de complicidad, rebajándonos incluso en nuestra dignidad humana. La corrupción siempre ha oprimido al pueblo. Destruye al más débil. Ahoga al más desvalido. Silencia la verdad. Transforma la visión. Elimina la esperanza. Trasmuta las relaciones humanas, haciéndolas esclavizadoras y oscuras. La fraternidad, la amistad, la caridad, poniéndolas en el centro de la sociedad, nos ayudarán para acabar con dar más vueltas a la corrupción. Porque de otro modo seguiremos quitando algo al pueblo, que es la dignidad de cada uno, que es el claro sentido y finalidad del bien común. Pongamos en el centro al hombre. Erradiquemos la corrupción de la vida personal y social, siendo necesario para ello “prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia” (Misericordiae vultus 19).

Grupo Areópago

Amistad cívica

 

opinión“La amistad también parece mantener unidas las ciudades. Y los legisladores se afanan más por ella que por la justicia”. Estas palabras de Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” que tan brillantemente han sido desarrolladas por Adela Cortina en su última obra “¿Para qué sirve la Ética?”, pueden ayudar a situarnos ante el penoso espectáculo que está dando nuestra clase política y al que los ciudadanos de este país estamos asistiendo totalmente perplejos.

Se ha llegado a decir que la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos”, pues asegura la participación de los ciudadanos en la política, asume el bien común como fin y criterio regulador de su práctica, y en su organización reconoce el principio de división de poderes. Pero como toda obra humana, está expuesta  a numerosas patologías, que tienen su origen en las malas prácticas políticas. Por desgracia en nuestra joven democracia existen múltiples referentes en este sentido: corrupción, pretensión de poder a cualquier precio, manipulación de masas, oportunismo, clientelismo, fraude electoral…

Pero a la vista de lo que está aconteciendo últimamente en la vida política de nuestro país, la más grave es la ruptura de la relación en concordia y lealtad de todas las fuerzas políticas que participan en el juego democrático. Adela Cortina lanza un mensaje muy significativo en este sentido cuando afirma que “no se construye una vida pública desde la enemistad porque entonces faltan el cemento y la argamasa que une los bloques de los edificios”.

Está claro que en la tarea política existen discrepancias inevitables, que los desacuerdos forman parte del humus político natural en una sociedad plural. Pero cuando esa legítima confrontación de ideas se transforma en defensa de los propios intereses particulares; cuando el diálogo que exige respeto y argumentación es sustituido por el insulto y la bronca; cuando al adversario político se convierte en enemigo…; entonces se está deteriorando la amistad cívica y con ello resquebrajándose el fin principal de la democracia que es la búsqueda del bien de todos los ciudadanos.

Repensar el papel de la amistad en el juego político es asignatura pendiente de nuestros políticos pues, como dice Aristóteles, es antesala para su tarea primordial de buscar la justicia.

De Ritas y Griñanes

corrupcionEs ya, por desgracia, noticia habitual en los medios la aparición de nuevos casos de corrupción en política o la información recurrente sobre otros descubiertos hace tiempo que están ahora sustanciándose en vía judicial. En estos días coinciden varios de ellos, en los que están implicados miembros (o exmiembros) de partidos políticos de todos los sectores: blanqueo de capitales en Valencia, ERES falsos en Andalucía, contrataciones públicas irregulares en prácticamente todo el territorio nacional… Esta realidad debería llevarnos a reflexionar sobre el hecho de que estamos ante una clara consecuencia derivada de la cada vez más creciente corruptibilidad del género humano por la pérdida de valores a la que conduce la secularización de la sociedad. Junto con ello, interesa centrarse en el diferente tratamiento informativo que se ofrece de las distintas noticias en función del ámbito ideológico de procedencia de las personas afectadas.

Resulta sorprendente comprobar cómo algunos medios de comunicación hacen selección de delincuentes en función del delito cometido; es más, se condena informativamente a personas que ni siquiera tienen abierto expediente judicial y se obvian las condenas firmes de otras por el mero hecho de ser afines a ellas ideológicamente. El efecto pernicioso que de ello se deriva es la trivialización de la corrupción moral. Si no se valoran todos los casos en su justa medida, sino que se ponderan según intereses de línea editorial, da igual el mal cometido, pues lo que importa es únicamente conseguir el objetivo de obviar el impacto mediático en unos casos o agrandarlo en otros. Como resultado final, aumenta el nivel de tolerancia de la sociedad hacia la corrupción, se fomenta el desapego por la política, los ciudadanos dejan de implicarse en hacer comunidad.

En Derecho, de conformidad con la Legislación vigente, sólo deben dimitir, por inhabilitación, quienes han sido condenados por sentencia firme como consecuencia de la comisión de determinados delitos tipificados en el Código Penal. Pero, en Justicia, cualquier indicio cierto de aprovechamiento de la posición política para intereses particulares –no sólo en el ámbito económico– o de realización de una acción u omisión que demuestre la incapacidad de la persona para la gestión de los intereses colectivos y la consecución del bien común debería llevar a la renuncia voluntaria o a la petición de dimisión. Ello afecta tanto a quienes usan indebidamente dinero público como a quienes asaltan capillas. Sólo así habrá una auténtica regeneración democrática.

 

Grupo Areópago

“No te daré mi voto” de Miguel Ángel Martínez

PortadaNuestra participación como ciudadanos

Este libro se publicó hace unos pocos años, pero si hoy nos paramos a pensar si sigue teniendo actualidad vemos que la va ganando día a día. Parece escrito para todos aquellos que quieren participar más en las decisiones políticas de su comunidad, ciudad o país, pero que no quieren entrar a militar en política. Para los que quieren ser ciudadanos activos. Aquellos que no quieren “dar su voto” a otros para que los gestionen a sus espaldas, sino que quieren quedarse con el voto en su mano para ejercer sus decisiones caso a caso. El título hace referencia a este deseo, “no quiero darte mi voto, quiero quedarme con él”. ¿Es eso posible? Este libro es una novela. No es un manifiesto ni un ensayo. Cuenta una historia inventada. Los protagonistas también tienen ese deseo de participar en las decisiones que les afectan y deciden poner en práctica un mecanismo que permite todo esto sin tener que modificar el sistema electoral vigente. La novela se desarrolla en una pequeña capital de provincias española, que no se identifica en el texto porque la ubicación no es relevante, pero se adivina fácilmente que el autor está pensando en Toledo. Todos los personajes son ficticios. Sí es un hecho real el equilibrio político descrito, habitual en las elecciones municipales en esta ciudad, donde los dos grandes partidos se repartían la mayoría de los votos y quedaba Izquierda Unida (en sus distintas denominaciones) con uno o dos concejales en medio de la decisión. El mecanismo que los valientes protagonistas ponen en marcha es una formación política desarrollada sobre un portal de internet, donde los suscriptores deciden por votación lo que los concejales de este partido defenderán en los plenos municipales. Es un sistema de democracia directa intermediada por el concejal-representante. No existen órdenes de partido, no existen pactos, no hay más ideología que la convicción de que la soberanía la tiene el pueblo y de que es capaz de ejercerla. Es un partido político apolítico, sin programa. ¿Qué ocurre? ¿Cómo se desenvuelve esta formación en el entorno político de provincias? Para responder a esas preguntas hay que leerse el libro. ¿Este sistema es posible? Teóricamente lo es. De hecho ha habido varios intentos para poner en marcha plataformas parecidas. Otra cuestión es si es la mejor manera de proceder y, si lo fuera, si habría suficiente gente con ganas de participar a este nivel de detalle y de asumir la responsabilidad de sus decisiones. A pesar de que cada día hay un deseo mayor de participación en todos los ámbitos, en estos temas siempre es más fácil echar la culpa de todo a los políticos. El relato está trufado de micro historias de ciudadanos anónimos. Esos pequeños cuadros intentan radiografiar al ciudadano de a pie, que con su actitud, su calidad moral y sus actos privados influyen en la marcha de la vida pública, porque ellos también son los verdaderos protagonistas. Se enfrentan dos actitudes, los que quieren participar y los que prefieren ir a lo suyo. ¿Qué actitud prevalecerá? Después de leer el libro, que cada uno saque sus conclusiones. La editorial ofrece gratuitamente en su página web una guía para hacer un taller de lectura, invitando a reflexionar sobre temas como el uso de internet como un medio de participación, la función de los políticos como representantes, el deseo de participación, la moral del pueblo y de los políticos, el poder y el bien común, la conciencia y la democracia directa. En estos tiempos de crisis política parece un buen estímulo para la reflexión. La entrada “No te daré mi voto” de Miguel Ángel Martínez aparece primero en Ediciones Trébedes.