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25 DE DICIEMBRE, LA VIDA EN BELÉN

Jesús María y José ¡Qué privilegio poder escribir sobre el don de la vida en el día de Navidad! Eso es lo que viene a la mente en el momento de empezar a escribir este artículo. La imaginación vuela a Belén, tantas veces descrito, pensado, orado y representado en diversos momentos de la historia y en muchos rincones del planeta. Una mujer y un hombre muy jóvenes, con otros planes para sus vidas y para el nacimiento de su bebé; lejos del hogar, de parientes y conocidos, lejos de comodidades y de todo lo que normalmente acompaña al nacimiento de un hijo. El calor de una mula y un buey, el silencio de la noche, la luz de la luna y el momento del parto. Imaginamos a María colocando al hijo en aquel pesebre y a José tratando de hacerse cargo de madre e hijo. Pronto aparecieron los primeros adoradores: sencillos pastores. No hay que olvidar que los pastores, juntamente con los publicanos, eran considerados oficialmente como ilegales y proscritos. En la época de Jesucristo, a los pastores, dice León Dufour, se les asemejaba a ladrones y matones. No sabemos cuánto tiempo después aparecieron aquellos Magos extranjeros buscando al Rey de los Judíos. En Belén por tanto se dieron cita la VIDA, la pobreza, la alegría, el misterio, los excluidos, el dolor, la esperanza. A Belén llegaron los que no contaban, los que no pertenecían al pueblo elegido, los más sencillos. Ellos sí estuvieron disponibles para dejarlo todo y ponerse en camino y rendirse ante el milagro de Dios hecho bebé. Hoy en día son muchos los nuevos “pastores”, demasiados los excluidos. Como también son muchos los que, como el Rey Herodes, sólo buscan el beneficio personal en esta sociedad. La pregunta que hemos de hacernos todos es: ¿Por qué fueron ellos capaces de reconocer la VIDA y el don que supone cuando en principio eran los menos adecuados, en la cultura dominante del momento, para descubrirlo?  Humildad. Esa es la clave. Cuando uno está ante el misterio de una vida que empieza, o que termina o que se ve gravemente limitada por la enfermedad, la discapacidad, las condiciones precarias, si en el corazón no hay humildad, podemos llegar a creernos que efectivamente podemos “ser como Dios” y decidir qué vida es digna y cual no lo es. Qué vida descartar y cual es merecedora de seguir adelante. Esta Navidad es una oportunidad para que todos, los nuevos Herodes y los nuevos Pastores, nos dejemos envolver y atrapar por el Misterio de este Dios de la Vida que se esconde en la sonrisa y el sollozo de un bebé. Él se hizo niño para todos nosotros, creamos o no. Quiera Él que, como pastores y magos, dejemos nuestros criterios para salir en busca de la verdad.  

GRUPO AREÓPAGO

Adornemos la Navidad, pero sin Belén

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Hace unos días vimos en las redes sociales la comunicación a los padres de Educación Infantil de un centro educativo. Esta comunicación invitaba a los padres a llevar al colegio adornos y elementos decorativos para Navidad, eso sí, que no querían adornos religiosos.

Es genial, nos podemos imaginar la conversación de un niño pequeño con su mamá camino de ese colegio. La mamá lleva en sus manos el espumillón, lleva paisajes de invierno, estrellas, ramas de árbol, alguna manualidad y algún dulce que han hecho en casa.

El pequeño camina admirándose de lo que le rodea, y pregunta: _¿Mamá que celebramos, por qué las calles, las casas, los escaparates están adornados estos días?

La mamá responde: Antes se celebraba el nacimiento de un niño, un niño que nació en pobreza, un niño que dicen que es Dios y vino a una pobre cueva. Este fue el motivo por el se hacía antes fiesta: Dios había venido a visitar a los hombres. Pero ahora eso ya no tiene sentido, nos hemos dado cuenta que son cuentos que nadie se cree. Ahora celebramos la amistad, la paz, la familia, los regalos, las comidas. Son días muy bonitos porque todos nos reunimos en el calor de la casa y por eso decoramos, compramos cosas, esperamos regalos.

El niño se queda pensativo, y sigue alegre hasta llegar al colegio, y ve como preparan la decoración navideña de su clase sin navidad.

Ese niño crecerá, y es posible, como le pasó a Paul Claudel, que entre en una Iglesia y oiga los acordes del  Mesías de Haendel, o el canto del “Noche de paz”; y entonces descubrirá que esos deseos de paz, de amor, de amistad y esos adornos sin Dios que de niño anunciaban las vacaciones de invierno, sólo eran  la nostalgia de ese Dios que se hizo pobre por amor a todos los hombres.

Por ello no hagamos una Navidad de sin Dios, y no dejemos que el dios dinero y consumo nos roben el amor del niño de Belén.