Archivo del Autor: Miguel Ángel Martínez

“Retorno a Brideshead” de Evelyn Waugh

Evelyn Waugh Retorno a Brideshead fue publicada en 1945.

Tema

En la edición que tengo en mis manos (RBA, Barcelona 1992), el propio autor indica en el prólogo que el tema de esta novela es “la influencia de la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados”. Esta afirmación puede resultar sorprendente para los que recuerdan este relato como una historia de amor en el ambiente decadente de la alta sociedad inglesa de entreguerras.

Autor

Retorno a Brideshead fue una novela de éxito, prolongado por varias adaptaciones al cine y a la televisión, que provocó que la fama de la obra superara a la del autor. Es especialmente reseñable la serie británica de Granada Television de 1981, protagonizada por un joven Jeremy Irons. Evelyn Waugh (1903-1966) fue uno de los numerosos escritores ingleses que abrazaron la fe católica en el siglo XX. La vida de Waugh, que era un hombre, aunque el nombre de pila pueda confundir, pasó del fervor ritualista de la fe anglicana de su primera juventud, al ateísmo combativo de su etapa universitaria y su vida licenciosa posterior. Se casó con una mujer, también llamada Evelyn, casualmente, que le abandonó por un amigo común. La vida de Waugh tocó fondo y estuvo cerca del suicidio. La lectura de T.S. Eliot le ayudó a comenzar una búsqueda interior, que concluyó con su ingreso en la Iglesia Católica en 1930. En 1945 publicó Retorno a Brideshead.

Planteamiento

Los personajes de la novela se parecen al propio Waugh, lo que seguramente dotó de fuerza al relato. No dudan en abandonarse en el alcohol, la vida licenciosa o el vacío vital… al mismo tiempo que sienten el atractivo de una presencia invisible, para alguno de ellos desconocida o, incluso, negada. Charles, el protagonista, es un hombre sin religión que declara: “nunca me tomé la molestia de examinar a fondo… la idea de admitir los sobrenatural como real”. Sebastian, cuya amistad con Charles desencadena toda la historia, es un católico que se avergüenza de sí mismo por sentirse desgraciado, y vive como un pagano; Julia y Cordelia son las hermanas de Sebastian, la primera es una joven rebelde que rechaza las costumbres de su familia, la segunda, parece una niña idealista refugiada en sus creencias infantiles. Bridey, el hermano mayor, es insensible y pragmático, carente de toda empatía. El relato va acercándonos a todos ellos, mostrando cómo arrastran un buen número de contradicciones, incluyendo a Lord y Lady Marchmain, los padres de Sebastian, ella católica combativa y él viviendo en Venecia con una concubina. Charles se ve sorprendido por la católica y exótica familia Marchmain, a pesar de no ser nada ejemplares, con un catálogo de defectos de lo más profundo y diverso. Su sorpresa viene de que todos coinciden en algo: “tienen un concepto totalmente distinto de la vida. Le dan importancia a cosas distintas que los demás”. Eso provoca en Charles curiosidad y rechazo al mismo tiempo, asombro y repugnancia. Le rebela especialmente la actitud de la familia de “mezclar a Dios en todo”, cuando, para él, no estaba relacionado con nada.

Desarrollo

Hemos citado al principio una frase de Waugh que define el tema del libro como “la influencia de la gracia divina”. Finalizando la segunda parte, de las tres principales que tiene el relato, el lector tiene la sensación de que el tema es más la influencia de la des-gracia humana. Es entonces cuando el autor introduce, en boca de Cordelia, una cita de Chesterton, concretamente del padre Brown, que nos da la clave para sintonizar la acción con el tema que define el autor: “Le cogí (al ladrón) con un anzuelo y una caña invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo”. El título de la tercera parte también hace mención de esta cita: Tirando del hilo. La vida de los personajes parece sujeta a tres dinámicas muchas veces contradictorias: su propia voluntad: cambiante, caprichosa, incluso errante; el deseo profundo de sentirse amado y amar a los demás, aunque sea superficialmente; y un plan misterioso que va recomponiéndose continuamente a pesar de nuestras erróneas decisiones. Charles sólo es consciente de la primera de estas fuerzas. Incluso llega a decirle a Julia:

–¿Amor? Pero si yo no busco amor.
–Oh, sí, Charles, sí lo buscas.

Julia, lo entiende claramente, todos buscamos amor. También ella sabe, por su abandonada fe, que más fuerte que su rebeldía es el plan divino sobre ella, por eso le dice a Charles: “Quizá por esto tú y yo estamos aquí juntos, de esta manera… como parte de un plan”. Los protagonistas de la novela luchan contra Dios, creyendo poder vencerle, pero en la misma lucha van percibiendo que lo que parece su victoria no puede ser definitiva:

­­–…Siento como si la humanidad entera, y Dios también, estuviera conspirando contra nosotros. (..)
­–…No pueden hacernos daño, ¿verdad?
–Esta noche, no; ahora no.
–¿Durante cuántas noches no?

Algo parecido reaparece en un diálogo posterior, ante el avance inexorable de la muerte:

–Tiene una voluntad fortísima de vivir, ¿verdad?
–¿Cree usted eso? Yo más bien diría que tiene un gran miedo a la muerte.
–¿Hay alguna diferencia?
–Pues claro que la hay. No saca fuerza ninguna de su miedo, ¿comprende? Le está consumiendo.

Lo que parece una victoria no es más que una ridícula impostura ante un poder muy superior. Charles se compara con un montañero que se siente seguro en el refugio hasta que llega el alud. El refugio es su rebeldía, el alud es la paciencia poderosa de Dios. El alud tiene una fuerza infinitamente mayor que el refugio. Julia pasa de barajar dos opciones: la rebeldía o la aceptación, a reconocer que no es sino una sola: “Cuando peor soy, más necesito a Dios. No puedo estar fuera del alcance de su misericordia”.

Desenlace

Tendrá que leer el libro para tener los detalles. Aquí solo apuntamos ayudas para la lectura. Retorno a Brideshead no es una triste historia de amor entre un hombre y una mujer en medio de una sociedad decadente, más bien, es una bella historia de amor entre Dios y un puñado de personas que viven una vida llena de pecados y sufrimientos. Charles visita Brideshead en tres periodos de su vida, primero por Sebastian, luego por Julia, finalmente por la guerra. Solo al final encuentra lo que realmente le estaba esperando desde el principio.   La entrada “Retorno a Brideshead” de Evelyn Waugh aparece primero en Ediciones Trébedes.

“En tiempos del Papa sirio” de Jesús Sánchez Adalid

Jesus_Sánchez_AdalidEn la novela “En tiempos del Papa sirio”, Jesús Sánchez Adalid nos enfrenta a un tema muy actual y a la vez muy antiguo, la convivencia entre cristianismo e islam bajo un gobierno musulmán. Este tema ya había sido tratado por Sánchez Adalid en “El mozárabe”, donde contaba las peripecias de un obispo mozárabe en la Córdoba del Califato. Ahora, en esta nueva novela, el autor nos transporta al Damasco entre finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, en la tercera generación tras la ocupación musulmana. En esos momentos, la comunidad cristiana había sido sistemáticamente reducida por la presión cultural y administrativa, sin faltar episodios de auténtica persecución. La ubicación de la historia en Siria no es baladí, el paralelismo con la actual amenaza del ISIS y sus aspiraciones a establecer un nuevo califato son evidentes, pero toda la reflexión que provoca es también aplicable al occidente materialista en el que vivimos muchos, en la medida en que los cristianos se enfrentan a sistemas de gobierno que, de muy diferentes maneras, no toleran su fe. Una pregunta le asalta repetidamente al protagonista de la historia: ¿cuál debe ser el testimonio de un cristiano en un ambiente hostil a la fe, el sometimiento manteniendo la fe a escondidas, la manifestación clara de la fe aún a riesgo del martirio, o la rebelión para revertir la situación política y la libertad religiosa?

Alternativas

El sometimiento a las autoridades hostiles manteniendo privadamente la fe parece a todas luces una respuesta deficiente, quizá la única posible para muchos, con el mérito de mantener la fe, que no es poca cosa, pero con mucho riesgo de ir apagándola poco a poco. Es la actitud de Crisorroas, que mantiene un puesto importante en la administración del Califa, y de la que él mismo se siente avergonzado: “…no soy capaz de ofrecer una entrega total, valiente, decidida; una entrega como la de aquellos mártires de la primera persecución…”. El mismo protagonista la juzga claramente insuficiente, legalmente son cristianos, lo que les limita su vida social y les obliga a pagar altos impuestos, pero luego viven como musulmanes: “Era una triste doble vida de disimulo e hipocresía, que, para el joven impulsivo y descontento que empezaba a ser yo, resultaba una fuente constante de contradicción y, con frecuencia, de rebeldía”. Tras la ocupación musulmana, a los sirios cristianos solo le quedaron tres opciones: convertirse al islam, someterse como ciudadanos inferiores o huir hacia alejados territorios cristianos. Así lo narra el protagonista: “Aunque muchos habitantes de Siria, para eludir el pago del impuesto o para no tener que soportar las obligaciones del compromiso, se convirtieron al islam y adoptaron la lengua árabe. Otros, en cambio, permanecieron con una resignación esperanzada, confiando en que algún día acabaría la sumisión. Y algunos, no pudiendo soportar la humillación de las obligaciones contraídas, optaron por expatriarse hacia las provincias cristianas de Occidente, embarcándose con todo lo que podían llevarse consigo”. La segunda opción, la manifestación clara de la fe, asumiendo el riesgo del martirio, aparece como una solución poco sostenible, sería una provocación que acabaría rápidamente con toda la comunidad cristiana. El martirio es un comportamiento ejemplar, pero esporádico dentro de la comunidad sometida. El protagonista vive muy de cerca esta situación y la tensión entre el testimonio y el sometimiento le produce un malestar interno que no sabe cómo resolver: “Siento que vivimos una vida de doblez. Vivimos como los agarenos de cara a los vecinos, pero no tenemos ninguno de sus privilegios. ¡No estamos dando testimonio! ¡Nos conformamos asquerosamente!”. La rebeldía surge como la tercera alternativa: derrocar al gobernante musulmán e instaurar un reino cristiano, pero ese camino también está lleno de contradicciones, como admiten los mismos que alientan la rebelión: “Somos cristianos y queremos vivir como tales. ¡Basta ya de engaños! Y sé que lo que digo podrá parecerte una incongruencia. Pero, aunque sea difícil de entender, hay veces en las que para vencer al mal hay que alejarse algo de Dios… He ahí el misterio…”. Pero la elección directa y consciente de ese camino resulta siempre un fracaso, se gane o se pierda la guerra, alejándose de Dios no se consigue nunca estar más cerca de él.

El mal y el bien

En paralelo a la historia que se narra en la novela, Sánchez Adalid lleva a sus personajes a través de una reflexión sobre el mal y cuál debe ser nuestra respuesta hacia él. Esta reflexión va confiriendo sentido a la historia y nos prepara para que cada uno demos nuestra respuesta al dilema planteado. El protagonista busca ayuda en las profecías como una respuesta a Dios a sus preguntas. Hesiquio le apunta: “A veces podrá ocurrir que Dios no responda. Pero ¡eso es normal! Porque Dios nos deja ser libres. ¿Comprendes eso?”. Es nuestra libertad la que se pone a prueba ante el mal. Así lo ve también el Papa Constantino: “Solo he querido expresar que los males de este mundo son pruebas y que nadie se ve libre de ellas… Todo esto es una prueba de Dios, de la cual el individuo debe aprender. Roma debe aprender de todo esto a tomar en serio al cristianismo, y su reconstrucción debe tener en cuenta ese aspecto, para así esperar la venida de la Ciudad de Dios. Los que han tenido la oportunidad de escapar y sobrevivir son personas a las que Dios les da una segunda oportunidad. Mientras que los que murieron pueden ser diferenciados en dos grupos: los justos, que han pagado sus pecados aceptando la voluntad del Padre Eterno y ahora gozan de su presencia en el cielo; y los injustos, los cuales, por su excesivo vicio y pecado, sufren…” De forma parecida resume Crisorroas su experiencia de la persecución: “Pero, por el momento, solo puedo decirte que, por estar tan alejados de Dios no podemos apreciar su actuación sacando bien del mal. Y lo mejor de la misteriosa actuación divina es nuestra redención.” Toda la historia pivota sobre esta experiencia: Dios saca bien del mal, por eso el mal es consentido, y lo que se nos pide es poner en juego nuestra libertad, desde nuestras limitaciones, pecados y mediocridades. Ese es el mensaje de esperanza que contiene este libro, como concluye Crisorroas: “Si Dios permite el mal y crea seres capaces de hacer maldades, se debe a que Él mismo es capaz de sacar el bien del mal; y el mal de este mundo, en definitiva, sirve para hacer brillar la bondad divina en la misericordia.” Lo que me deja este libro: Ante el mal: libertad y misericordia.   (Los textos han sido citados de “En tiempos del Papa sirio”, Jesús Sánchez Adalid, Ediciones B) La entrada “En tiempos del Papa sirio” de Jesús Sánchez Adalid aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

“En mi principio está mi fin” de José Rivera

“En mi principio está mi fin. Cuadernos de Estudio sobre el Teatro y la Poesía de T.S. Eliot” de José Rivera

Con el título de En mi principio está mi fin, se han recopilado los apuntes de José Rivera (1925-1991) sobre la poesía y el teatro de T.S. Eliot (1888-1965). Son textos de trabajo, redactados para el estudio personal, sin ambición de ser publicados. Esto podría ser un inconveniente para su lectura, pero, al contrario, ofrece al texto una frescura y una espontaneidad que le confiere una fuerza especial que engancha al lector, atrapándole en una mezcla de confidencia y complicidad. Esta publicación es la primera que ofrece de manera amplia textos privados de José Rivera, más conocido por sus predicaciones, algunas de ellas publicadas, otras difundidas en audio, y obras de teología espiritual publicadas conjuntamente con José María Iraburu. En este caso, se trata de una selección de textos de sus Cuadernos de Estudio, apenas una octava parte de toda la extensión de los cuadernos que se conservan. Además, dentro de estos escritos privados hay que sumar su Diario y sus Cartas. Descubrimos con este libro un aspecto de José Rivera desconocido hasta ahora para muchos: su faceta intelectual. José Rivera, sacerdote toledano, destacó por su dedicación pastoral con charlas, retiros, ejercicios espirituales, dirección espiritual y su especial dedicación a la formación de los seminaristas, especialmente en Toledo, donde pasó la mayor parte de su vida. Hace pocos meses, su proceso de beatificación pasó un hito significativo con la declaración de Venerable, en octubre de 2015, y la difusión de sus predicaciones y escritos va siendo una tarea apremiante. Esta publicación nos abre el paisaje interior de la actividad intelectual de José Rivera que, en medio de la noche, robando horas al sueño, se sumergía en la lectura de autores literarios, filósofos y teólogos, con un ímpetu sorprendente. La mayoría de estos cuadernos de estudio fueron destruidos por el propio autor, pero de los que se conservaron destaca la dedicación al estudio de la obra de T.S. Eliot, poeta anglo-americano del siglo XX, converso de la increencia al anglicanismo, renovador de la poesía inglesa y premio Nobel de literatura. Eliot fue poeta, autor teatral y ensayista. Este primer volumen recoge solo los comentarios de José Rivera a la poesía y el teatro de Eliot, dejando para otra ocasión los comentarios sobre los ensayos. ¿Qué interés tiene un poeta inglés para un sacerdote toledano? El propio autor nos da alguna pista en sus comentarios: reconoce en él una visión profunda de los problemas de las personas: «Siendo una cabeza realmente  privilegiada ‒incluso en el orden religioso‒ puede enseñarme mucho acerca de la visión divina sobre el hombre y las cosas». Nos vamos a encontrar, por lo tanto, con una “crítica profunda” de los textos, no un análisis estético o lingüístico, sino con un análisis de valores y de humanidad. En la lectura de estos comentarios, descubriremos que Eliot y Rivera tiene algunos puntos fuertes de sintonía que van emergiendo una y otra vez en sus comentarios. Uno de ellos es el sentido sobrenatural de la realidad, no entendida en un sentido platónico que niega la realidad del mundo físico, sino en el reconocimiento de otro plano superior que da sentido a lo tangible para los sentidos naturales. Eliot y Rivera hablan de planos de realidad, que existen a la vez. Los que viven ignorando el plano sobrenatural viven “solo a medias”, como dormidos, porque “estar despierto es vivir en varios planos a la vez”. La conciencia de estos planos de realidad y su impacto en nuestras vidas van a aparecer repetidamente en los personajes de Eliot, tanto en la lírica como en el drama,  y Rivera va a aprovecharlos para reflexionar sobre la vida espiritual. También este tema revela una tensión dramática, el ser humano necesita de la realidad sobrenatural para dar sentido a la natural, pero, al mismo tiempo, no la soporta, no puede ver a Dios cara a cara. Aquí resuenan los famosos versos de Eliot: “Venga, venga, el pájaro reclama // no puede soportar la raza humana // tanta realidad”. Aquí enlaza otro tema de sintonía entre Eliot y Rivera, el tema del tiempo y del cambio. Como el ser humano no soporta una visión prolongada de realidad sobrenatural, tal y como sugiere el verso anterior debe utilizar el tiempo para suavizarla, avanzando para no quemarse en su contemplación. Por eso, la vida es un camino. Un camino de crecimiento, porque madurar es avanzar en la contemplación de los planos de la realidad. El hombre que crece esconde una porción de permanencia y otra de cambio, y también un camino de retorno, porque lo que cambia es porque nos conocemos mejor, crecemos al conocernos desde el plano sobrenatural, que nos da la mirada de Dios sobre nosotros. El verso de Eliot: “En mi principio está mi fin”, que sirve de título para este libro, condensa el pensamiento del poeta inglés sobre el cambio y el tiempo, que Rivera relaciona con la redención y la vocación. A mi juicio, hay un tercer punto de sintonía que no pasa desapercibido: el sentido de la acción. Está relacionado con el tema del cambio, si nos preguntamos ¿cómo puedo cambiar yo? ¿Cómo puedo cambiar el entorno o procurar el cambio de mis semejantes? Para Eliot y para Rivera, la acción consiste en dejar actuar a Dios, que es el que cambia. El grito de Tomás en Asesinato en la catedral, resume esa actitud: “¡Abrid, abrid las puertas!” porque “la Bestia ya ha sido vencida… Sufriendo es como ahora hemos de conquistar”. Rivera comenta “la intervención suprema de Dios es la sacramentalización interna del hombre… En la actividad normal de Dios es el santo el que santifica”. Por tanto, la mejor acción es la de crecer en santidad. Y Eliot proclama: “Así la oscuridad será la luz, y la inmovilidad la danza”. La entrada “En mi principio está mi fin” de José Rivera aparece primero en Ediciones Trébedes.

“En mi principio está mi fin” de José Rivera

“En mi principio está mi fin. Cuadernos de Estudio sobre el Teatro y la Poesía de T.S. Eliot” de José Rivera

Con el título de En mi principio está mi fin, se han recopilado los apuntes de José Rivera (1925-1991) sobre la poesía y el teatro de T.S. Eliot (1888-1965). Son textos de trabajo, redactados para el estudio personal, sin ambición de ser publicados. Esto podría ser un inconveniente para su lectura, pero, al contrario, ofrece al texto una frescura y una espontaneidad que le confiere una fuerza especial que engancha al lector, atrapándole en una mezcla de confidencia y complicidad. Esta publicación es la primera que ofrece de manera amplia textos privados de José Rivera, más conocido por sus predicaciones, algunas de ellas publicadas, otras difundidas en audio, y obras de teología espiritual publicadas conjuntamente con José María Iraburu. En este caso, se trata de una selección de textos de sus Cuadernos de Estudio, apenas una octava parte de toda la extensión de los cuadernos que se conservan. Además, dentro de estos escritos privados hay que sumar su Diario y sus Cartas. Descubrimos con este libro un aspecto de José Rivera desconocido hasta ahora para muchos: su faceta intelectual. José Rivera, sacerdote toledano, destacó por su dedicación pastoral con charlas, retiros, ejercicios espirituales, dirección espiritual y su especial dedicación a la formación de los seminaristas, especialmente en Toledo, donde pasó la mayor parte de su vida. Hace pocos meses, su proceso de beatificación pasó un hito significativo con la declaración de Venerable, en octubre de 2015, y la difusión de sus predicaciones y escritos va siendo una tarea apremiante. Esta publicación nos abre el paisaje interior de la actividad intelectual de José Rivera que, en medio de la noche, robando horas al sueño, se sumergía en la lectura de autores literarios, filósofos y teólogos, con un ímpetu sorprendente. La mayoría de estos cuadernos de estudio fueron destruidos por el propio autor, pero de los que se conservaron destaca la dedicación al estudio de la obra de T.S. Eliot, poeta anglo-americano del siglo XX, converso de la increencia al anglicanismo, renovador de la poesía inglesa y premio Nobel de literatura. Eliot fue poeta, autor teatral y ensayista. Este primer volumen recoge solo los comentarios de José Rivera a la poesía y el teatro de Eliot, dejando para otra ocasión los comentarios sobre los ensayos. ¿Qué interés tiene un poeta inglés para un sacerdote toledano? El propio autor nos da alguna pista en sus comentarios: reconoce en él una visión profunda de los problemas de las personas: «Siendo una cabeza realmente  privilegiada ‒incluso en el orden religioso‒ puede enseñarme mucho acerca de la visión divina sobre el hombre y las cosas». Nos vamos a encontrar, por lo tanto, con una “crítica profunda” de los textos, no un análisis estético o lingüístico, sino con un análisis de valores y de humanidad. En la lectura de estos comentarios, descubriremos que Eliot y Rivera tiene algunos puntos fuertes de sintonía que van emergiendo una y otra vez en sus comentarios. Uno de ellos es el sentido sobrenatural de la realidad, no entendida en un sentido platónico que niega la realidad del mundo físico, sino en el reconocimiento de otro plano superior que da sentido a lo tangible para los sentidos naturales. Eliot y Rivera hablan de planos de realidad, que existen a la vez. Los que viven ignorando el plano sobrenatural viven “solo a medias”, como dormidos, porque “estar despierto es vivir en varios planos a la vez”. La conciencia de estos planos de realidad y su impacto en nuestras vidas van a aparecer repetidamente en los personajes de Eliot, tanto en la lírica como en el drama,  y Rivera va a aprovecharlos para reflexionar sobre la vida espiritual. También este tema revela una tensión dramática, el ser humano necesita de la realidad sobrenatural para dar sentido a la natural, pero, al mismo tiempo, no la soporta, no puede ver a Dios cara a cara. Aquí resuenan los famosos versos de Eliot: “Venga, venga, el pájaro reclama // no puede soportar la raza humana // tanta realidad”. Aquí enlaza otro tema de sintonía entre Eliot y Rivera, el tema del tiempo y del cambio. Como el ser humano no soporta una visión prolongada de realidad sobrenatural, tal y como sugiere el verso anterior debe utilizar el tiempo para suavizarla, avanzando para no quemarse en su contemplación. Por eso, la vida es un camino. Un camino de crecimiento, porque madurar es avanzar en la contemplación de los planos de la realidad. El hombre que crece esconde una porción de permanencia y otra de cambio, y también un camino de retorno, porque lo que cambia es porque nos conocemos mejor, crecemos al conocernos desde el plano sobrenatural, que nos da la mirada de Dios sobre nosotros. El verso de Eliot: “En mi principio está mi fin”, que sirve de título para este libro, condensa el pensamiento del poeta inglés sobre el cambio y el tiempo, que Rivera relaciona con la redención y la vocación. A mi juicio, hay un tercer punto de sintonía que no pasa desapercibido: el sentido de la acción. Está relacionado con el tema del cambio, si nos preguntamos ¿cómo puedo cambiar yo? ¿Cómo puedo cambiar el entorno o procurar el cambio de mis semejantes? Para Eliot y para Rivera, la acción consiste en dejar actuar a Dios, que es el que cambia. El grito de Tomás en Asesinato en la catedral, resume esa actitud: “¡Abrid, abrid las puertas!” porque “la Bestia ya ha sido vencida… Sufriendo es como ahora hemos de conquistar”. Rivera comenta “la intervención suprema de Dios es la sacramentalización interna del hombre… En la actividad normal de Dios es el santo el que santifica”. Por tanto, la mejor acción es la de crecer en santidad. Y Eliot proclama: “Así la oscuridad será la luz, y la inmovilidad la danza”. La entrada “En mi principio está mi fin” de José Rivera aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Diario de un cura rural” de Georges Bernanos

Georges BernanosDiario de un cura rural es, para mí, la obra más significativa de la Novela Cristiana. Creo que este libro de Georges Bernanos aglutina los principales rasgos del género y lo hace de forma equilibrada, desarrollada y magistral. Otras novelas recogen algunos de estos elementos, incluso algunas desarrollan algunos de ellos más extensamente, pero ninguna lo hace ‒siempre según mi entender‒ de forma tan equilibrada y armónica, lo que convierte a esta novela en referencia y paradigma de este género.

Voy a intentar enumerar esas características fundamentales que para mí definen el género de Novela Cristiana, en su concepto moderno, y que aparecen claramente en esta obra:

El santo no ejemplar

La primera característica es que aparece el santo no ejemplar como protagonista. En contraste con las hagiografías clásicas, resalta los defectos y limitaciones de la persona tocada por la gracia. No nos encontramos con vidas ejemplares, sino con vidas llenas de defectos, limitaciones físicas y psicológicas, incluso con heridas graves en su comportamiento. Tanto el protagonista, el cura de Ambricourt, tímido, débil físicamente, lleno de complejos y de miedos, como su amigo el cura de Torcy, su principal confidente, orgulloso, brusco, lleno de contradicciones, ambos están repletos de defectos, cada uno a su estilo, pero claramente ninguno de ellos es ejemplar. Son todo menos ejemplares. Pero los sufrimientos por estas mismas limitaciones les acercan especialmente a los demás. Varias veces, en el relato se hace referencia a los monjes como seres ejemplares, pero “Los monjes sufren por las almas. Nosotros, en cambio sufrimos con ellas”. El protagonista, tras una crisis de angustia, escribe en su diario:

“Los santos han conocido estos desfallecimientos… Pero no esta sorda rebelión, este áspero silencio del alma, casi odio…”

Los personajes defienden con su testimonio que “la santidad no es sublime”, es la obra ilimitada de Dios en una persona llena de limitaciones.

‒”Trabaja ‒me dijo‒, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas.”

Además, esos mismos defectos les incapacitan para atribuirse mérito alguno. Todo lo bueno ocurre aparentemente a pesar suyo, o por su culpa, porque no se reconoce como algo deseable.

Lucha con Dios y con el demonio

La segunda característica es que el protagonista lucha con Dios, porque su conciencia se contrasta con sus pecados y provoca una batalla interior, entre los que Dios quiere y lo que él se siente capaz. El cura de Torcy, que vivía en una aparente riqueza, se alza con pasión en defensa de la pobreza evangélica. El protagonista comenta:

“En realidad era consigo mismo, contra una parte de sí mismo cien veces vencida y siempre rebelde, contra quien se alzaba, con toda su estatura, con toda su fuerza, como un hombre que combate por su vida.”

El protagonista explica a un rebelde legionario algo que él ha experimentado a lo largo del relato:

‒”No es tan malo enfrentarse con Dios ‒le dije‒. Eso obliga al hombre a emplear a fondo la esperanza, toda la esperanza de que es capaz…“

Y también lucha con el demonio, que se hace fuerte en los demás, y que él debe combatir como un médico lucha contra la enfermedad de sus pacientes. El protagonista dice a una de sus feligresas:

“No apruebo nada, sólo intento comprenderla. Un sacerdote, igual que un médico, no tiene que huir ante las llagas, el pus, la enfermedad… Todas las heridas del alma supuran horriblemente, señora.”

No lucha contra los demás, sino por los demás, para salvarles del infierno: “El infierno, señora, es haber dejado de amar”. Convirtiendo muchos de sus actos en batallas decisivas, como la conversación con la condesa, que es el punto de apoyo de todo el relato:

“¿Cómo hubiera podido adivinar entonces … que nos habíamos enfrentado ambos en el extremo límite de este mundo visible, en el borde mismo del abismo?”

Voluntad reformista

Una tercera característica es la voluntad reformista que se enhebra en la intención de los protagonistas. Con deseos de reformar la Iglesia, con una clara crítica a los que se preocupan más por la apariencia y el status quo, que se dejan llevar por cierta pereza ante la moción de Dios que quiere actuar:

“Pues existe una pereza sobrenatural, que llega con la edad, la experiencia y las decepciones. ¡Ah! ¡Los viejos sacerdotes son duros! La última de las imprudencias es la prudencia, cuando nos prepara suavemente a prescindir de Dios.”

El deán de Blangermont, uno de esos “viejos sacerdotes”, más ocupados por conservar el estado de las cosas que por trabajar en la viña del Señor, dice al protagonista:

‒”… Se necesita sin duda muy poca cosa para hacer de ti un intelectual, es decir, un rebelde, un censor sistemático de las superioridades sociales que no están fundadas en el espíritu. ¡Dios nos libre de los reformadores!
‒Sin embargo, señor deán, muchos santos fueron reformadores.
‒¡Dios nos libre también de los santos!…”

Y también con deseos de reformar la sociedad, tomando partido por los pobres. Pero no solo por la necesidad de los pobres, sino por la necesidad de todos de valorar la pobreza.

“… la Iglesia tiene encomendada la custodia del pobre. Es lo más fácil. Todo hombre compasivo comparte con ella esa protección. En cambio, está sola ‒me entiendes‒ sola, absolutamente sola, en la guarda del honor de la pobreza.”

El libro también contiene una condena la avaricia del comercio, cuando no respeta las reglas contra la usura:

“…se necesitarán siglos, acaso, para alumbrar esas conciencias, destruir el prejuicio de que el comercio es una especie de guerra y que tiene los mismos privilegios y las mismas tolerancias que la otra.”

Pero, continuamente, lleva la injusticia social a un plano sobrenatural, porque es el reflejo de la injusticia en otro orden, porque la lucha verdadera no es contra los hombres, es contra el Señor de los Abismos:

“¿Cómo dar al Pobre, heredero legítimo de Dios, un reino que no es de este mundo? La Iglesia está a la búsqueda del Pobre y le llama por todos los caminos de la tierra. Y el Pobre está siempre en el mismo sitio, en la extremidad de la cima vertiginosa cara al Señor de los Abismos, que le repite incansablemente desde hace veinte siglos con voz de Ángel, con su voz sublime y prodigiosa: «Todo esto será tuyo si, prosternado, me adoras…»

Y la verdadera riqueza es la santidad:

“Existen los Santos. Llamo Santos a todos los que han recibido más que el resto. (…) Un rico a los ojos de la Iglesia es un protector del pobre, su hermano mayor. (…) Si un millonario quiebra, millares de personas se quedan en el arroyo. Así podemos imaginarnos lo que ocurre en el mundo invisible cuando da un traspiés uno de esos ricos de los que antes he hablado, un administrador de la gracia de Dios.”

La comunión de los santos

Esto nos lleva a la cuarta característica de toda Novela Católica, que es la defensa de la comunión de los santos, porque esta visión sobrenatural nos descubre una nueva solidaridad que nos une, en el bien y en el mal, con una intensidad conmovedora como revela la conversación del protagonista con la condesa:

“Pero nuestras faltas ocultas envenenan el aire que otros respiran y el crimen del que un miserable tiene el germen, aun a su pesar, no germinaría nunca sin este principio de corrupción.
‒Todo eso son locuras, grandes locuras: sueños malsanos…
Estaba lívida, Prosiguió:
‒Si pensáramos en todas esas cosas, tendríamos que dejar de vivir.
‒Así lo creo, señora condesa. Creo que si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga unos a otros, en el bien y en el mal, dejaríamos, efectivamente, de vivir.”

Un diálogo que no deja de estremecernos.

Nuestra recomendación es clara para los amantes de este género, esta novela es imprescindible, y Bernanos es un maestro.

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“Diario de un cura rural” de Georges Bernanos

Georges BernanosDiario de un cura rural es, para mí, la obra más significativa de la Novela Cristiana. Creo que este libro de Georges Bernanos aglutina los principales rasgos del género y lo hace de forma equilibrada, desarrollada y magistral. Otras novelas recogen algunos de estos elementos, incluso algunas desarrollan algunos de ellos más extensamente, pero ninguna lo hace ‒siempre según mi entender‒ de forma tan equilibrada y armónica, lo que convierte a esta novela en referencia y paradigma de este género. Voy a intentar enumerar esas características fundamentales que para mí definen el género de Novela Cristiana, en su concepto moderno, y que aparecen claramente en esta obra:

El santo no ejemplar

La primera característica es que aparece el santo no ejemplar como protagonista. En contraste con las hagiografías clásicas, resalta los defectos y limitaciones de la persona tocada por la gracia. No nos encontramos con vidas ejemplares, sino con vidas llenas de defectos, limitaciones físicas y psicológicas, incluso con heridas graves en su comportamiento. Tanto el protagonista, el cura de Ambricourt, tímido, débil físicamente, lleno de complejos y de miedos, como su amigo el cura de Torcy, su principal confidente, orgulloso, brusco, lleno de contradicciones, ambos están repletos de defectos, cada uno a su estilo, pero claramente ninguno de ellos es ejemplar. Son todo menos ejemplares. Pero los sufrimientos por estas mismas limitaciones les acercan especialmente a los demás. Varias veces, en el relato se hace referencia a los monjes como seres ejemplares, pero “Los monjes sufren por las almas. Nosotros, en cambio sufrimos con ellas”. El protagonista, tras una crisis de angustia, escribe en su diario:

“Los santos han conocido estos desfallecimientos… Pero no esta sorda rebelión, este áspero silencio del alma, casi odio…”

Los personajes defienden con su testimonio que “la santidad no es sublime”, es la obra ilimitada de Dios en una persona llena de limitaciones.

‒”Trabaja ‒me dijo‒, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas.”

Además, esos mismos defectos les incapacitan para atribuirse mérito alguno. Todo lo bueno ocurre aparentemente a pesar suyo, o por su culpa, porque no se reconoce como algo deseable.

Lucha con Dios y con el demonio

La segunda característica es que el protagonista lucha con Dios, porque su conciencia se contrasta con sus pecados y provoca una batalla interior, entre los que Dios quiere y lo que él se siente capaz. El cura de Torcy, que vivía en una aparente riqueza, se alza con pasión en defensa de la pobreza evangélica. El protagonista comenta:

“En realidad era consigo mismo, contra una parte de sí mismo cien veces vencida y siempre rebelde, contra quien se alzaba, con toda su estatura, con toda su fuerza, como un hombre que combate por su vida.”

El protagonista explica a un rebelde legionario algo que él ha experimentado a lo largo del relato:

‒”No es tan malo enfrentarse con Dios ‒le dije‒. Eso obliga al hombre a emplear a fondo la esperanza, toda la esperanza de que es capaz…“

Y también lucha con el demonio, que se hace fuerte en los demás, y que él debe combatir como un médico lucha contra la enfermedad de sus pacientes. El protagonista dice a una de sus feligresas:

“No apruebo nada, sólo intento comprenderla. Un sacerdote, igual que un médico, no tiene que huir ante las llagas, el pus, la enfermedad… Todas las heridas del alma supuran horriblemente, señora.”

No lucha contra los demás, sino por los demás, para salvarles del infierno: “El infierno, señora, es haber dejado de amar”. Convirtiendo muchos de sus actos en batallas decisivas, como la conversación con la condesa, que es el punto de apoyo de todo el relato:

“¿Cómo hubiera podido adivinar entonces … que nos habíamos enfrentado ambos en el extremo límite de este mundo visible, en el borde mismo del abismo?”

Voluntad reformista

Una tercera característica es la voluntad reformista que se enhebra en la intención de los protagonistas. Con deseos de reformar la Iglesia, con una clara crítica a los que se preocupan más por la apariencia y el status quo, que se dejan llevar por cierta pereza ante la moción de Dios que quiere actuar:

“Pues existe una pereza sobrenatural, que llega con la edad, la experiencia y las decepciones. ¡Ah! ¡Los viejos sacerdotes son duros! La última de las imprudencias es la prudencia, cuando nos prepara suavemente a prescindir de Dios.”

El deán de Blangermont, uno de esos “viejos sacerdotes”, más ocupados por conservar el estado de las cosas que por trabajar en la viña del Señor, dice al protagonista:

‒”… Se necesita sin duda muy poca cosa para hacer de ti un intelectual, es decir, un rebelde, un censor sistemático de las superioridades sociales que no están fundadas en el espíritu. ¡Dios nos libre de los reformadores!
‒Sin embargo, señor deán, muchos santos fueron reformadores.
‒¡Dios nos libre también de los santos!…”

Y también con deseos de reformar la sociedad, tomando partido por los pobres. Pero no solo por la necesidad de los pobres, sino por la necesidad de todos de valorar la pobreza.

“… la Iglesia tiene encomendada la custodia del pobre. Es lo más fácil. Todo hombre compasivo comparte con ella esa protección. En cambio, está sola ‒me entiendes‒ sola, absolutamente sola, en la guarda del honor de la pobreza.”

El libro también contiene una condena la avaricia del comercio, cuando no respeta las reglas contra la usura:

“…se necesitarán siglos, acaso, para alumbrar esas conciencias, destruir el prejuicio de que el comercio es una especie de guerra y que tiene los mismos privilegios y las mismas tolerancias que la otra.”

Pero, continuamente, lleva la injusticia social a un plano sobrenatural, porque es el reflejo de la injusticia en otro orden, porque la lucha verdadera no es contra los hombres, es contra el Señor de los Abismos:

“¿Cómo dar al Pobre, heredero legítimo de Dios, un reino que no es de este mundo? La Iglesia está a la búsqueda del Pobre y le llama por todos los caminos de la tierra. Y el Pobre está siempre en el mismo sitio, en la extremidad de la cima vertiginosa cara al Señor de los Abismos, que le repite incansablemente desde hace veinte siglos con voz de Ángel, con su voz sublime y prodigiosa: «Todo esto será tuyo si, prosternado, me adoras…»

Y la verdadera riqueza es la santidad:

“Existen los Santos. Llamo Santos a todos los que han recibido más que el resto. (…) Un rico a los ojos de la Iglesia es un protector del pobre, su hermano mayor. (…) Si un millonario quiebra, millares de personas se quedan en el arroyo. Así podemos imaginarnos lo que ocurre en el mundo invisible cuando da un traspiés uno de esos ricos de los que antes he hablado, un administrador de la gracia de Dios.”

La comunión de los santos

Esto nos lleva a la cuarta característica de toda Novela Católica, que es la defensa de la comunión de los santos, porque esta visión sobrenatural nos descubre una nueva solidaridad que nos une, en el bien y en el mal, con una intensidad conmovedora como revela la conversación del protagonista con la condesa:

“Pero nuestras faltas ocultas envenenan el aire que otros respiran y el crimen del que un miserable tiene el germen, aun a su pesar, no germinaría nunca sin este principio de corrupción.
‒Todo eso son locuras, grandes locuras: sueños malsanos…
Estaba lívida, Prosiguió:
‒Si pensáramos en todas esas cosas, tendríamos que dejar de vivir.
‒Así lo creo, señora condesa. Creo que si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga unos a otros, en el bien y en el mal, dejaríamos, efectivamente, de vivir.”

Un diálogo que no deja de estremecernos. Nuestra recomendación es clara para los amantes de este género, esta novela es imprescindible, y Bernanos es un maestro. La entrada “Diario de un cura rural” de Georges Bernanos aparece primero en Ediciones Trébedes.

“La invisible luz” de Robert H. Benson

La invisible luzLa irrupción de lo sobrenatural en lo natural

“La invisible luz” es una novela que explora la irrupción de lo sobrenatural en lo natural. El narrador va hilando una serie de historias que le va contando un anciano sacerdote, historias de fantasmas, visiones y presencias invisibles, que nos llevan al mundo fronterizo entre la realidad tangible de lo natural y la realidad invisible de lo espiritual. Como sugiere el título de la obra, esa realidad invisible se convierte en luz para la vida material, y estas historias extrañas se transforman en testimonio de fe, porque si creemos que “el Eterno se manifiesta a sí mismo en términos de espacio y tiempo”, no podemos extrañarnos de que “el mundo «espiritual» y los personajes que lo habitan se expresen algunas veces de la misma manera que lo hace su Creador”. Aunque este libro se publicó originalmente en 1903, su contenido no ha perdido actualidad. Sorprende, por ejemplo, su afinidad con la doctrina de la encíclica “Laudato si” del papa Francisco. La naturaleza aparece como un sujeto vivo, dotado de un espíritu propio que lucha entre el bien y el mal y donde la acción del hombre se define como decisiva para interceder en esa tensión, actuando como un mediador que inclina la balanza hacia el bien. En ese sentido aparece otro aspecto decisivo en esta historia, el carácter sacerdotal de la acción de todo hombre. El anciano sacerdote se debate en ese papel intercesor, por los inocentes, por la creación, por los pecadores: “Inocentes entre los hombres, los pájaros, las bestias, las flores; y yo seguía mi propio camino o me sentaba en casa al calor del sol, y ahora ellos vienen a pedirme a gritos que rece por ellos. ¡Qué poco he rezado!”. Él, que tienen una especial capacidad para ver lo sobrenatural de forma inmediata, ve alarmado la urgencia de esta intercesión y, a la vez, la pobre respuesta: “…¿qué has hecho tú para ayudar a tu Señor y a Sus criaturas? ¿Has vigilado o te has dormido? ¿No puedes velar conmigo una hora? ¿Qué parte has compartido de la Encarnación? ¿Has creído por aquellos que no pueden creer, esperado por los desesperados, amado y adorado por los de corazón frío? Y si no pudiste entender ni hacer nada de esto, ¿has al menos acogido con alegría el dolor que te habría hecho uno con ellos? ¿Te has compadecido alguna vez de ellos, o has ocultado tu cara por temor a afligirte demasiado?…” El sacerdote protagonista de la historia ve claramente su papel en esa vocación intercesora. Ante los reproches de su amigo sobre su exposición al sufrimiento de otros, el protagonista contesta: “Sí, sí, (…) pero usted no lo entiende. Yo soy un sacerdote.” Poco después, extiende esta responsabilidad sacerdotal a todo cristiano, que debe estar en el punto de confluencia entre la dramática necesidad que produce el pecado y la gracia de Dios que viene a repararla: “yo debía ser el punto de encuentro, como cada sacerdote debe ser, de la necesidad de la creación y la gracia de Dios, como cada Cristiano debería ser en su posición.” Esta visión del sacerdocio común sorprende en una novela de 1903. Otro punto de actualidad es la aproximación a esta temática a partir de historias de visiones y fantasmas, algo que últimamente se está poniendo de moda: zombies, vampiros, fuerzas sobrehumanas… Este relato nos recuerda que la visión cristiana de la realidad no esquiva lo sobrenatural, al contrario, toma de ahí su más profundo sentido de la realidad. Ficha del libro La entrada “La invisible luz” de Robert H. Benson aparece primero en Ediciones Trébedes.

“La invisible luz” de Robert H. Benson

La invisible luzLa irrupción de lo sobrenatural en lo natural

“La invisible luz” es una novela que explora la irrupción de lo sobrenatural en lo natural. El narrador va hilando una serie de historias que le va contando un anciano sacerdote, historias de fantasmas, visiones y presencias invisibles, que nos llevan al mundo fronterizo entre la realidad tangible de lo natural y la realidad invisible de lo espiritual.

Como sugiere el título de la obra, esa realidad invisible se convierte en luz para la vida material, y estas historias extrañas se transforman en testimonio de fe, porque si creemos que “el Eterno se manifiesta a sí mismo en términos de espacio y tiempo”, no podemos extrañarnos de que “el mundo «espiritual» y los personajes que lo habitan se expresen algunas veces de la misma manera que lo hace su Creador”.

Aunque este libro se publicó originalmente en 1903, su contenido no ha perdido actualidad. Sorprende, por ejemplo, su afinidad con la doctrina de la encíclica “Laudato si” del papa Francisco. La naturaleza aparece como un sujeto vivo, dotado de un espíritu propio que lucha entre el bien y el mal y donde la acción del hombre se define como decisiva para interceder en esa tensión, actuando como un mediador que inclina la balanza hacia el bien.

En ese sentido aparece otro aspecto decisivo en esta historia, el carácter sacerdotal de la acción de todo hombre. El anciano sacerdote se debate en ese papel intercesor, por los inocentes, por la creación, por los pecadores: “Inocentes entre los hombres, los pájaros, las bestias, las flores; y yo seguía mi propio camino o me sentaba en casa al calor del sol, y ahora ellos vienen a pedirme a gritos que rece por ellos. ¡Qué poco he rezado!”. Él, que tienen una especial capacidad para ver lo sobrenatural de forma inmediata, ve alarmado la urgencia de esta intercesión y, a la vez, la pobre respuesta: “…¿qué has hecho tú para ayudar a tu Señor y a Sus criaturas? ¿Has vigilado o te has dormido? ¿No puedes velar conmigo una hora? ¿Qué parte has compartido de la Encarnación? ¿Has creído por aquellos que no pueden creer, esperado por los desesperados, amado y adorado por los de corazón frío? Y si no pudiste entender ni hacer nada de esto, ¿has al menos acogido con alegría el dolor que te habría hecho uno con ellos? ¿Te has compadecido alguna vez de ellos, o has ocultado tu cara por temor a afligirte demasiado?…”

El sacerdote protagonista de la historia ve claramente su papel en esa vocación intercesora. Ante los reproches de su amigo sobre su exposición al sufrimiento de otros, el protagonista contesta: “Sí, sí, (…) pero usted no lo entiende. Yo soy un sacerdote.” Poco después, extiende esta responsabilidad sacerdotal a todo cristiano, que debe estar en el punto de confluencia entre la dramática necesidad que produce el pecado y la gracia de Dios que viene a repararla: “yo debía ser el punto de encuentro, como cada sacerdote debe ser, de la necesidad de la creación y la gracia de Dios, como cada Cristiano debería ser en su posición.” Esta visión del sacerdocio común sorprende en una novela de 1903.

Otro punto de actualidad es la aproximación a esta temática a partir de historias de visiones y fantasmas, algo que últimamente se está poniendo de moda: zombies, vampiros, fuerzas sobrehumanas… Este relato nos recuerda que la visión cristiana de la realidad no esquiva lo sobrenatural, al contrario, toma de ahí su más profundo sentido de la realidad.

Ficha del libro

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