Archivo mensual: febrero 2018

Eugenio Nasarre, exsecretario general de Educación: La libertad: prioridad del proyecto educativo que necesita España

Precisamente en estos días hace cuarenta años el Congreso de los Diputados debatía el proyecto de Constitución que los españoles refrendamos el 6 de diciembre de 1978 por una muy amplia mayoría. Fue el gran pacto que hicimos para sentar las bases de nuestra convivencia sobre los valores superiores de la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo. Pero, sobre todo, fue el gran Pacto de la Concordia, pues nació con el afán de superar los viejos litigios históricos que habían enfrentado dramáticamente a los españoles. No fue fácil, desde luego, lograr ese gran acuerdo. Hubo que trabajar mucho. Solamente la conciencia muy arraigada de que era imprescindible por el bien de España propició los compromisos y las necesarias concesiones mutuas que se plasmaron en el texto que asumimos los españoles con nuestro voto. La educación fue uno de los temas que generó mayor controversia. Hasta el punto que en un determinado momento la ponencia constitucional se rompió. El motivo fue precisamente la cuestión de la libertad. Hubo que hacer muchos esfuerzos para recomponer el consenso. Finalmente se logró sin que la libertad de enseñanza fuera sacrificada y quedó recogida en el frontispicio del artículo 27, junto a la proclamación de que “todos tienen derecho a la educación”. En el sistema de libertades que en los dos últimos siglos se ha ido configurando en la vida política de Europa la libertad de enseñanza ha tenido una vida frágil y tormentosa. Ha sido la libertad menos amada por gran parte del pensamiento liberal y la más combatida por el pensamiento socialista. En el fondo lo que ha pasado es que se ha topado con la pretensión de que toda la educación debe estar en manos del Estado. Esta idea arranca de lejos. Fichte en sus Discursos a la nación alemana creó la figura del “Estado educador”. A lo largo del siglo XIX los Estados se sirvieron de la educación para sus “construcciones nacionales”. La exacerbación de los nacionalismos en la primera mitad del siglo XX, con el surgimiento de los totalitarismos causó grandes estragos en Europa. Como sana reacción, cuando, tras la segunda guerra mundial hay una voluntad de crear un nuevo orden mundial para preservar la paz, en las Declaraciones de Derechos Humanos y en los Pactos sobre derechos y libertades se proclaman las libertades educativas: la de los padres para escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, la de la iniciativa social para establecer y dirigir instituciones de enseñanza. Estas libertades, que se sintetizan en lo que llamamos “libertad de enseñanza”, son más necesarias que nunca: en bien de la propia educación y en bien de una sociedad libre y plural. He vivido con intensidad los problemas, los retos y las políticas de nuestra educación a lo largo de estos cuarenta años. Con esta experiencia ha arraigado en mí un creciente aprecio por las libertades educativas, las que han de ejercer los padres y la que ha de ejercer la sociedad. Pero los tiempos que corren no son desgraciadamente favorables a la libertad en el ámbito de la educación. Vivimos un momento en que la sociedad reclama un pacto educativo para evitar los vaivenes que tanto perjudican y hacer un sistema educativo más vertebrado y cohesionado. Pero, de nuevo, algunos pretenden que el valor de la libertad sea sacrificado o, al menos, preterido. Cuando finalizaba la segunda guerra mundial y había que reconstruir las democracias en Europa, Jacques Maritain publicó un lúcido ensayo sobre “los fines de la educación”. Observaba en él que el debate que se estaba produciendo se centraba en los medios, pero se estaba olvidando lo que era más importante: cuáles son los fines de la educación, sobre los cuales -exhortaba- es vital tener ideas acertadas. Ahora también tenemos el riesgo de dar primacía a los medios, a los recursos, a los métodos y relegar la cuestión fundamental de los fines. Por eso reviste tanta importancia el valor de la libertad. La libertad es la que permite dotarnos de instituciones educativas fuertes, con identidad y con proyectos educativos que se propongan lo que verdaderamente es la tarea educativa: elevar a la persona en todas sus dimensiones. La escuela tiene una gran responsabilidad para llevar a cabo esta tarea. Pero necesita el concurso de las familias. Recuperar el sentido del binomio familia-escuela es clave para el éxito de la formación. Reforzar ese vínculo exige que se entable una relación de confianza y de cooperación. Si hay libertad de elección de los padres esa confianza y cooperación será más potente. Y ayudará también al conjunto del sector educativo. Porque los centros educativos no son como las gasolineras, en las que uno reposta en la que tiene a mano. Fortalecer la identidad de cada institución educativa y su ideario es vital para que se pueda dar una buena educación. Retroceder en un marco que garantice y propicie las libertades educativas sería dramático para la sociedad española. Por ello, la defensa de la libertad debe considerarse como una prioridad en cualquier proyecto sociopolítico al servicio del bien común.   *Resumen de la ponencia “La educación como proyecto-socio político” de D. Eugenio Nasarre, el pasado viernes 23 de febrero en el III Curso de Formación Complementaria “La verdad os hará libres. Sinergias educativas para el momento presente” que cada último viernes de mes se celebra a las 18.00 horas en el Salón de Grados del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Toledo.

Carla y el milagro de la vida

Estos días muchos medios de comunicación se han hecho eco de esta noticia: “Carla ha sido dada de alta, la primera niña en España en recibir un trasplante cardiaco infantil AB0 incompatible”.  Carla, que ha sido un bebé anónimo hasta ahora, es la primera persona que han trasplantado un corazón de un donante con un grupo sanguíneo distinto al suyo. A Carla, ya en el útero de su madre le fue diagnosticada una malformación cardiaca severa, y desde su nacimiento estuvo en continuo tratamiento médico. El 9 de enero recibió un nuevo corazón. El milagro de la vida y los avances de la ciencia han permitido que Carla pueda tener un futuro y una vida normal como el resto de los niños al que se le ha trasplantado un corazón. Todo pese a la larga espera y al sufrimiento de sus padres que en medio de la angustia esperaban impacientemente la noticia de un trasplante de corazón para su hija. En este caso la espera mereció la pena. La vida triunfa. Desde la concepción nuestra vida no es fácil; es una lucha continua como demuestra la historia de Carla. Sin embargo, la vida siempre da oportunidades y esperanzas. La vida de todo ser humano es una carrera con muchos obstáculos pero que siempre merece la pena vivirla. De vez en cuando son personas anónimas como la familia donante del corazón de Carla, las que nos ofrecen una lección de gratitud y de amor a los demás. Una lección de generosidad enorme y de Amor con mayúsculas. Una lección que permite dar vida a otra persona, como Carla. En esta sociedad donde el egoísmo reina y el individualismo se instala a sus anchas en nuestra vida diaria, esta obra de caridad y de generosidad no sólo sorprende por el excelente trabajo del equipo médico y por los progresos de la medicina y de la ciencia, sino porque ha salvado una vida. Y siempre, siempre merece la pena Salvar la Vida. La vida de personas como Carla.

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¿Qué es un matrimonio?

matrimonio El Tribunal Supremo ha dictado una sentencia en la que reconoce el derecho a pensión de viudedad española a las dos mujeres casadas con un soldado marroquí polígamo. Esta sentencia rectifica la decisión adoptada por la Seguridad Social y por el primer tribunal que conoció el caso, que solo reconocían el derecho a la primera mujer, considerando —conforme a la propia doctrina anterior del Tribunal Supremo— que  la bigamia es un delito en nuestro ordenamiento jurídico y, por tanto, reconocer a esa situación efectos jurídicos atentaría contra la concepción española del matrimonio y contra la dignidad constitucional de la mujer. Dos magistrados de la sala suscribieron voto particular en contra del parecer mayoritario de la sala, considerando que la aplicación de este criterio interpretativo ataca nuestra cultura y nuestro sistema de valores, va en contra de la dignidad de la mujer y  abre brechas que debilitan nuestras señas de identidad. La Constitución Española se limita a afirmar, en su artículo 32, que el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio. Y el Código Civil, en el 44 y siguientes, establece los requisitos, forma de celebración y efectos. Pero no existe una definición legal de matrimonio. Esto es así porque, en nuestra cultura, nunca ha sido necesaria tal definición legal: todos sabían lo que era un matrimonio desde el Derecho Romano hasta nuestros días. La definición del matrimonio dada por juristas romanos como Ulpiano o Modestino difería más bien poco de la que en el siglo veinte formulaba Castán: “la unión legal de un hombre y una mujer para la plena y perpetua comunidad de existencia”. Esta idea de matrimonio ha servido de cimiento al progreso de la sociedad occidental durante siglos, sustentando también un determinado concepto de familia que —como célula básica de la sociedad— ha configurado nuestra civilización. Ahora se destruye esa célula sin aportar alternativa. El matrimonio ya no es estable, sino que se puede romper con más facilidad que cualquier otro contrato. Tampoco se concibe necesariamente desde la complementariedad entre hombre y mujer. Y parece que ahora tampoco tiene que estar formado, necesariamente, por un solo hombre y una sola mujer. En definitiva, para el ordenamiento jurídico, los tribunales y las leyes no existe ya el matrimonio según el concepto de Ulpiano o de Castán. Pero ¿alguien sabe qué es el matrimonio en España hoy? ¿Qué sociedad podemos construir si no sabemos con qué células lo vamos a hacer? ¿Es igual de valioso para la sociedad el matrimonio único, estable y entre sexos que el formado, por ejemplo, por dos hombres y dos mujeres? Deberíamos entre todos plantearnos seriamente esta cuestión. Porque si todo vale para ser llamado matrimonio, ¿qué sentido tiene proscribir como delito la bigamia? Pero también podemos preguntarnos qué sentido tiene prohibir el matrimonio entre hermanos o entre hijos y padres. Si la decisión personal e individual es la única fuente creadora de matrimonio y esa decisión obliga a la sociedad al reconocimiento de efectos como matrimonio para cualquier tipo de unión, simplemente habrá dejado de existir el matrimonio. Cuando cualquier cosa sea matrimonio, en realidad nada lo será.   < p style="text-align: right;">

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La moda, un falso ideal

En las últimas semanas están ocupando portadas y noticias los diferentes desfiles de pasarelas que dan comienzo a la semana de la moda en nuestro país, y que pretenden dibujarnos las supuestas líneas que marcarán los estilos del año. Se nos proponen unos modelos y cánones “perfectos”, que pretenden vendernos como fórmulas de la felicidad. Sin embargo, tal y como pone de manifiesto una simple consulta al diccionario, la moda no es sino simplemente un conjunto de perfiles que se usan durante un periodo de tiempo determinado. Por definición, la moda será efímera, tendrá un fin. Es la imagen que resume a la perfección uno de los males más característicos de nuestra sociedad: la ausencia de auténticos modelos solventes y duraderos. El bombardeo indiscriminado de influencias que recibimos y la dificultad de encontrar referentes sólidos hacen que muchos jóvenes tengan sus modelos de vida en ideales superfluos y caducos, sin llegar a profundizar en los valores que formarán su personalidad y que le acompañarán toda la vida. En una sociedad visiblemente acomodada en la superficialidad y con gran cantidad de prejuicios, se hace imprescindible que nos paremos a pensar si estamos viviendo de forma auténtica y no siendo meros imitadores de patrones cortoplacistas. Si estamos siendo capaces de vivir nuestro propio ideario, que es Verdad actualizada a nuestra vida, sin fecha de caducidad. Planteémonos que quizás nosotros mismos estamos llamados a ser referencia viva en nuestra propia familia, en nuestro trabajo, en nuestro ambiente; porque sólo empezando por nosotros mismos, ofreciendo a los demás las capacidades que tenemos, podremos ser creadores de “moda” y empezar a cambiar el mundo.    

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“Un día en la vida de Iván Denisovich” de Alexander Solzhenitsyn

Un día en la vida de Iván Denisovich es una novela corta e intensa en la que se relata un día completo en la vida de un preso en un campo de trabajo de la Siberia estalinista. Es una novela que encierra entre líneas una profunda reflexión sobre el ser humano, su dignidad y lo que le hace ser persona. La entrada “Un día en la vida de Iván Denisovich” de Alexander Solzhenitsyn aparece primero en Ediciones Trébedes.

La responsabilidad de todos ante la enfermedad

enfermedad El día de la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes, un 11 de febrero de 1992, San Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial del Enfermo. Ya han pasado 26 años desde la primera conmemoración que este año lleva por lema: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. Un lema, de esta XXVI Jornada, que nos tiene que conmover y hacer reflexionar. Son palabras de Jesús a Juan desde el sufrimiento en la cruz, según ha indicado el Papa Francisco. Palabras que deben ayudarnos a darnos cuenta de la importante e ingente labor que tiene la Iglesia, servidora siempre de los enfermos y de los que cuidan de ellos. La Iglesia como madre que se preocupa por todos nosotros, sanos y enfermos. Una labor que es reconocida por creyentes y no creyentes, y que a la vez es desconocida. Desconocida porque no se pone en valor el trabajo de la Iglesia, como ocurre con Cáritas y la atención a los más necesitados; una labor que llega donde nadie llega y como nadie llega. Los avances científicos están contribuyendo en muchas ocasiones a sanar y paliar el dolor, a ofrecer esperanza a los enfermos. Sin embargo el sufrimiento y la enfermedad siguen estando presente en la vida diaria. Forman parte de nuestro ser y de nuestra naturaleza. Quien más o quien menos ha sufrido el dolor y ha conocido la enfermedad en los demás. La enfermedad no es algo ajeno a nosotros. Cada vez que celebramos un día mundial existen campañas de sensibilización y de concienciación sobre algún problema o asunto de interés. Tenemos que acordarnos, y no solo este día, de aquellos que sufren de forma directa o indirecta la enfermedad. Cuánto dolor, cuántos enfermos, y cuántas familias. Cada día tenemos que tener presentes a los enfermos y a sus familias, rezar por todos ellos, por todos los familiares, cuidadores y profesionales de la salud que atienden cada día a quienes padecen el sufrimiento. Es responsabilidad de todos, de cada uno de nosotros, contribuir en la medida de nuestras posibilidades a lograr que la enfermedad se viva con esperanza y dignidad.

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Dios, David y Leonor

leonor toison Al leer las palabras que el rey David dirige a su hijo Salomón antes de morir, para que le sirvan como guía en su futuro reinado, resulta difícil no evocar las que el rey Felipe VI pronuncia ante su hija Leonor al imponerle el Toisón de Oro. Dice David a Salomón: “Ten valor y sé todo un hombre. Cumple los mandamientos del Señor, tu Dios; camina por sus sendas y observa sus preceptos”(1R 2, 1). Evidentemente, en tiempos de David no existía la Constitución ni tampoco el Estado de Derecho. Por eso no llama la atención que él no se refiera a estos aspectos, sino a la ley mosaica entonces vigente. Sin embargo, sí llama la atención que, en un momento especialmente solemne y simbólico, en el que un rey católico pretende marcar a una futura reina católica las convicciones más profundas sobre las que debe fundamentar su reinado, se evite expresamente nombrar a Dios. Y es que en la sociedad española actual, en la que se presume de haber superado tantos tabúes, en la que se lucha por “visibilizar” y “normalizar” tantas situaciones, ideas y opciones de vida, tan solo existe un tabú: Dios.  Todas las ideas son respetables, se dice, pero hablar de Dios se considera excluyente. Cualquiera puede expresar libremente sus sentimientos más íntimos —e incluso exigir que se cambie la realidad para adaptarla a sus sentimientos— pero no puede manifestar en público que su bautismo y su fe en Dios le dan fuerza y guía para hacer el bien. La Constitución Española, como norma fundamental de nuestro Estado de Derecho, debe ser cumplida por todos como garantía de convivencia. Pero el cumplimiento de las leyes no tiene por qué implicar la desaparición de Dios del ámbito público o la necesidad de ocultar, callar o disimular la propia forma de entender la vida en aras de una pretendida neutralidad. Con el debido respeto, Princesa Leonor, siga usted los consejos de su augusto padre: guarde y haga guardar la Constitución y guíese por los valores más profundos; y, además, que Dios guarde a su Alteza y la guíe siempre en sus decisiones, bendiciéndola con un largo y fructífero reinado durante el que los españoles gocemos de paz y prosperidad.    

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