Archivo mensual: abril 2017

Una mirada a la vida

El día 25 de cada mes tenemos una cita con la vida. Somos defensores de la vida, el don más sublime y sagrado que hemos recibido. La semilla que recibimos y que estamos llamados a cultivar y hacer que se multiplique y de fruto. ¿Y qué podemos decir este 25 de abril sobre la vida? Compartimos con vosotros una mirada a la vida que nos ayuda a entender su grandeza,  la necesidad que tenemos de cuidarla en la familia, entre los amigos, y de defenderla en la sociedad; siempre defensores de la vida. ¿Qué mirada es esta? La que nace de la contemplación del momento que hemos dado en llamar “piedad”, ese en el que la Virgen Madre toma en sus brazos a su hijo muerto en cruz. Muchos artistas, que han reflejado este momento, ponen en la mirada, en los movimientos de María un punto de ternura y de esperanza que parece casi ocultar el dolor. Es como si las miradas y las caricias de la Madre dieran de nuevo vida al fruto bendito de su vientre. Aquel momento anunciaba la resurrección, la Vida a la que todos estamos llamados y que construimos cada día con nuestras obras. Y ¿para qué esa mirada? Pues para ayudar a aquellas madres que no quieren conocer a sus hijos porque no vienen el momento adecuado, o no son tan perfectos como ellas soñaron. Esas madres necesitan de nuestra piedad que se debe convertir en acompañamiento y cercanía, que les ayuden a vencer el miedo, y entender que la caricia de sus hijos por nacer llenarán totalmente su corazón. Una mirada de piedad a esas familias que tienen tiempo para sus deportes, sus vacaciones, sus fiestas y no tienen tiempo para sus ancianos padres. Todos necesitamos aprender de la sabiduría de los mayores y acoger el amor que sus miradas casi apagadas reflejan. Nuestros mayores, con sus caras llenas de arrugas, nos guían por las sendas de la gratitud. Una mirada de piedad para nuestra sociedad, tan llena de derechos que olvida a los que no tienen derechos; piedad para una sociedad que cuida más de una mascota que de un abuelo; piedad para una sociedad que tras los nuevos derechos esconde la muerte de inocentes. Piedad para una sociedad que se escandaliza del drama de los refugiados, pero no les abre las puertas. Puede que hoy nosotros estemos llamados a llevar la esperanza a nuestra sociedad y esta esperanza comienza por un simple gesto de piedad que defienda la vida.    

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Semana Santa

Es un dato indudable que en las últimas décadas se ha producido en nuestro país un profundo cambio sociocultural. Y entre sus rasgos más característicos hay que anotar, sin duda, la posición que ocupa en la vida social el hecho religioso, especialmente referido a lo cristiano católico. Indiferencia puede ser la palabra más adecuada para describirlo, aunque en algunos ambientes más bien lo que se lleva es el desprecio y la minusvaloración. Raro es el día en que los medios de comunicación no propician noticias que alimentan el morbo del “escándalo” y sirven para ridiculizar a la Iglesia. Alguien ha dicho que “la cuestión religiosa en España no derrama sangre, pero sí tinta y agresividad”. Y en este contexto cultural, en plena explosión primaveral, año tras año surge la Semana Santa. En centenares de pueblos, aldeas y ciudades con más o menos historia, riadas de personas desde muy diversas motivaciones asisten y contemplan las innumerables muestras de religiosidad con las que el pueblo aún desea rememorar el núcleo central de sus creencias y de su fe. Es el reflejo de un estilo religioso producto de una inmersión cultural donde se ha mezclado lo intelectual, lo cultural, lo estético y lo religioso. El cristianismo ha modelado de tal manera durante siglos la cultura de nuestro país que muchas veces es difícil deslindar la frontera entre lo religioso, lo cristiano y lo cultural. Y en un contexto de vivencia plural, la Semana Santa se hace pues para unos, devoción serena, silencio respetuoso, fe profunda; y para otros, contemplación estética, tradición cultural, curiosidad turística… Pero también, y en esta explosión de sol primaveral, nuestra sociedad altamente secularizada, ha llevado a riadas de personas en esta semana a disfrutar del turismo cultural o de playa, o del contacto con la naturaleza. Tecnocracia y mercado, que marcan las pautas del progreso actual, nos han introducido en la maraña del consumismo, separándonos consecuentemente del aprecio por lo simbólico. Y en el centro de todo, la gran cuestión; la gran pregunta que hay que hacerse hoy y siempre, creyentes y no creyentes: si la causa del Reino que nos propuso el auténtico protagonista de estas celebraciones, con su vida, su muerte y su presencia resucitada, sigue adelante. Si la sociedad de hoy es más justa, más libre, más pacífica, más fraterna… En una palabra, si estamos creciendo en verdadera humanidad      

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“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil

El valor de un escritor se mide por su capacidad para contar historias, por eso, José Luis Martín Vigil destaca como escritor en este libro, porque pone todo su saber de contador de historias al servicio del lector, introduciéndole en la vida, la época y los acontecimientos que rodearon al protagonista de esta historia: Ignacio de Loyola. Lo primero que sorprende es que el autor no se limita a poner el texto en primera persona, poniendo la voz narradora en el propio protagonista, sino que además utiliza un lenguaje y estilo que nos lleva a su época, usando giros y expresiones del propio siglo XVI, pero con la habilidad de hacerlos legibles para el lector actual. Sirva de muestra el primer párrafo, que es toda una declaración de intenciones: “Yo, Ignacio de Loyola, al disponerme, desde fuera del tiempo, a hacer la breve glosa de mi paso por la Tierra (y digo glosa por cuanto de mí tanto se ha escrito que, a favor o en contra, no pocas veces se han dejado los autores seducir por la pasión), protesto formalmente y declaro a quien esto leyere por ventura, que no me guía el propósito de instruir a eruditos, terciar en las polémicas del siglo, ni, mucho menos, atraer sobre mi persona la atención del pio lector. Antes bien, mi idea no es otra que discurrir sobre mi vida por si, después de tantos años, puede aún servir de alguna luz al caminante.” El personaje principal se coloca en una perspectiva de intemporabilidad, dirigiéndose al lector desde fuera del tiempo, lo cual le permite citar hechos posteriores a su vida que implican aún más al lector, que se siente interpelado por el protagonista. De esta forma, el autor consigue este doble propósito de trasladarnos al siglo XVI, por el lenguaje y los hechos narrados, y acercar al protagonista al siglo XX/XXI, interpelándonos con hechos recientes y problemas actuales. Este libro fue editado en 1989 y desgraciadamente está descatalogado por la editorial, sin embargo, es posible encontrarlo en el mercado de segunda mano. Sin embargo, nos parecía importante traerlo a este blog de literatura cristiana por dos motivos, como son su actualidad y la relevancia de su autor.

Actualidad de este libro

Resulta especialmente atractivo este relato para entender al actual Papa Francisco, que por ser jesuita es un destacado seguidor de Ignacio de Loyola. Entender al fundador de la Compañía de Jesús es imprescindible para comprender las motivaciones y las maneras de Francisco. También, la vida de Ignacio y sus batallas por evitar que sus hijos ocuparan puestos de responsabilidad en el pastoreo de la Iglesia, puede ayudar mucho a entender las conocidas resistencias de Bergoglio por ocupar la sede de Pedro. La lectura atenta de este libro ayudará a ver desde otra perspectiva toda la crisis de la familia jesuita vivida en los últimos cincuenta años, y alimentará la esperanza, que ya empieza a mostrarse, de recuperación del papel de la Compañía de Jesús en el impulso evangelizador de la Iglesia. El autor pone en boca del mismo Ignacio esta misma idea con otras palabras: “Millares de hijos míos por todo el mundo empiezan su noviciado, hoy como ayer, por el mes de Ejercicios que ordenó mi vida y fue piedra angular de la Orden que fundé; se atienen a las reglas que escribí; se comprometen a vivir según las Constituciones que dicté. ¿Qué impide que sean reencarnación de aquellos primeros compañeros que fueron prez de la Compañía, gigantes servidores de la Iglesia y preclaros siervos de Dios? Nada en absoluto; la antorcha no se ha apagado y, a través de cuatro siglos, llega de mano en mano hasta los actuales jesuitas, a los que declaro y reconozco por mis amados hijos, seguro de que no hay laureles que no puedan ser reverdecidos.“

Relevancia de su autor

Martín Vigil ha sido uno de los más importantes escritores de literatura juvenil en España, su mayor éxito, La vida sale al encuentro, publicado en 1955 con gran éxito, fue reeditado por última vez en 2006 con el texto revisado por el autor. Sin embargo, no ha tenido un éxito similar como escritor para adultos, aunque obras como la que comentamos aquí le acreditan como un gran escritor. Actualmente, ha sido relegado al olvido. Murió el 20 de febrero de 2011, pero la noticia no transcendió hasta ¡un año después! El escritor se había retirado al más estricto anonimato, murió en la soledad de una residencia, manteniendo un pequeño círculo de amigos, aunque la mayoría le trataba por internet. La vida de Martín Vigil está por escribir, y sus biógrafos tendrán por delante un apasionante trabajo porque él podría ser un perfecto personaje del género al que dedicamos este blog, la Literatura Cristiana. Porque en él se concentran los ingredientes de hombre de fe y hombre pecador, de vida no ejemplar y actitudes admirables simultáneamente, tensión que se reflejaba en algunas de sus novelas. Pedro Miguel Lamet, jesuita, escribió sobre él en el diario El Mundo: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del ex sacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar -llenaba la Iglesia de Salamanca- y definitivamente le condujeron a secularizarse, se percibe en su ulterior saga de novelas sociales sobre situaciones conflictivas como ‘Una chabola en Bilbao’ o ‘Los curas comunistas’ que escandalizaban en la España timorata de aquellos años”. Explicando poco después su reconocida homosexualidad. Todas estas dificultades en la vida de José Luis Martín Vigil no acabaron con su fe, al contrario, él se siguió sintiendo hijo de Dios y sacerdote toda su vida, según testimonian sus amigos cercanos, y como deja claro en la entrevista realizada por Gonzalo Altozano, del semanario Alba, en 2007. Sirva de muestra estas palabras que escribió poco antes de morir, publicadas por el propio Lamet en su página web: “Bueno, al fin muero cristiano como empecé. Creo en Dios. Amo a Dios. Espero en Dios. No perseveré en la Compañía de Jesús, pero jamás dejé de amarla y estarle agradecido. No conozco el odio, no necesito perdonar a nadie. Pero sí que me perdonen cuanto se sientan acreedores míos con razón, que serán más de los que están en mi memoria. Amé al prójimo. No tanto como a mí mismo, aunque intenté acercarme muchas veces. No haré un discurso sobre mi paso por la vida. Cuanto hay que saber de mí lo sabe Dios. En cuanto a mis restos, sólo deseo la cremación y consiguiente devolución de las cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad pues de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo eso es humo: Sólo deseo oraciones. De este mundo sólo me llevo lo que me traje, mi alma. Consignado todo lo cual, agradecido a todos, deseo causar las mínimas molestias. Dios os lo pague”. Esta última referencia a la Compañía de Jesús da un valor especial al libro que estamos comentando. Martín Vigil merece un lugar importante en la nómina de escritores españoles de Literatura Cristiana, y en este blog no se lo vamos a negar. La entrada “Yo, Ignacio de Loyola” de José Luis Martín Vigil aparece primero en Ediciones Trébedes.

Hacia una desamortización 3.0

catedraldezaragoza Como todos sabemos, durante el siglo XIX se produjeron en España diferentes procesos desamortizadores con el fin de poner en el mercado bienes pertenecientes a la Iglesia católica y a órdenes religiosas por considerar que no eran suficientemente explotados. Consistieron en la apropiación de los mismos por parte del Estado, con venta en subasta, para dedicar el beneficio obtenido a amortizar deuda pública. En pleno siglo XXI, nos encontramos a las puertas de una nueva desamortización, distinta en su forma pero igual en la sustancia. El Ayuntamiento de Zaragoza (gobernado por Podemos-Izquierda Unida) ha iniciado un proceso para la reclamación de la propiedad de la Catedral Zaragozana y de varias Iglesias locales. Dentro de la estrategia, ha enviado incluso una carta al Papa Francisco en la que, apelando a “un debate tranquilo y respetuoso” y con “espíritu de entendimiento”, por considerar que los señalados templos son “joyas del patrimonio de la ciudad”, se señala que no deberían ser de propiedad de la Iglesia. Intentos similares se están llevando a cabo en otros puntos de España, como es el caso de la iniciativa para expropiar la Catedral de Córdoba. El objetivo es claro: todo para el pueblo –o, lo que es lo mismo, para quienes gobiernan, que son los que deciden sobre el uso de los bienes–y siempre en contra de la Iglesia católica. Seguramente no pocas personas ven con indiferencia estas tentativas; es más, puede que algunas las contemplen con simpatía o, incluso, las apoyen abiertamente. Ninguna de ellas se da cuenta de que lo que está en discusión, en el fondo, no es la propiedad de un templo religioso, sino la libertad. Subvertir el orden constitucional establecido, hacerlo atacando abiertamente derechos de personas y comunidades, no sólo es contrario a Derecho y antidemocrático; es, sencillamente, un ataque a la libertad derivado de una concepción dictatorial del poder público. Esto es lo que está en juego. Y nos afecta a todos.  

GRUPO AREÓPAGO

Estamos celebrando la Pascua

Estamos celebrando el Triduo Pascual en comunidad. Compartimos con vosotros las charlas y las homilías, en nuestro canal de ivoox:

También compartimos las charlas en video, en nuestro canal de YouTube.

¡Qué los frutos de esta semana Santa sean abundantes para todos!

Violencia contra la mujer

violencia Recientemente se han publicado los datos extraídos del informe anual de 2016 del Observatorio contra la violencia doméstica y de género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Según estos datos, el número de denuncias presentadas cada día por violencia contra la mujer, asciende a trescientas noventa y una. El número de mujeres fallecidas en ese mismo año, fue de cuarenta y cuatro. A pesar de todos los esfuerzos realizados por las distintas administraciones y asociaciones, a pesar de las campañas de sensibilización que diariamente podemos ver en cualquier medio de comunicación, en redes sociales, etc; las cifras son ciertamente alarmantes. ¿Qué está ocurriendo para que este despliegue mediático, todos los esfuerzos hechos desde la educación y la cultura, no estén dando aparentemente ningún fruto y las estadísticas sean tan absolutamente dramáticas? Las generaciones más jóvenes educadas en la tolerancia, en el reconocimiento de la mujer como igual, en el respeto a todos. Los jóvenes que han crecido celebrando el día de la mujer, participando en manifestaciones que reivindican sus derechos, sufren este drama de modo más acusado aún según estas mismas estadísticas. Quien deduce que la violencia en el seno de la familia, es un fruto de una guerra de géneros, parte de un grave error y es por eso que al hacer mal el diagnóstico, el remedio aplicado no da el fruto que se espera. ¿Qué estamos haciendo mal? Sin duda, como decíamos antes, en primer lugar hay un error en el diagnóstico de la causa. Es imposible que los “remedios contra la violencia” den fruto si olvidamos que el hombre es unidad de alma y cuerpo. Cualquier medida que olvide esta realidad, aunque se ponga en marcha con la mejor de las intenciones, quedará en papel mojado, porque no estará atajando el mal desde su raíz. Las medidas a aplicar tendrán que ir necesariamente dirigidas a fomentar ese reconocimiento en el otro de un igual, de un hermano y por supuesto a tratar de curar, de sanar aquellos comportamientos que generan en el agresor estas conductas, sin olvidar que el hombre necesita también recibir cuidados en su dimensión espiritual y que es en esa área donde encontramos muchos de los comportamientos que dan origen a  esta violencia y falta de respeto al “próximo”.

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