Archivo mensual: junio 2016

El voto del cristiano coherente

voto

Para el cristiano que busca ser coherente, la convocatoria de elecciones para formar el gobierno de la nación presentaba un pequeño dilema moral. Para que su voto fuese “útil” debía elegir entre cuatro formaciones políticas en cuyos programas, sin excepción, aparecen propuestas severamente inmorales. La perspectiva de realizar el bien social de participar en la gestión del poder de un Estado a través de la elección responsable de una de las varias formas legítimas de propugnar el bien común se veía empañada por algunos puntos de los programas electorales que son claramente contrarios a la enseñanza del Magisterio. He aquí el dilema moral: votar el 26 – J era optar por el mal menor.

Este dilema es pequeño porque la responsabilidad del voto en España se divide entre treinta y cinco millones y medio de ciudadanos. En vez del mal menor el cristiano también ha podido optar por un bien posible; de hecho, un porcentaje significativo de votantes ha manifestado que apuesta por la democracia pero que no comparte el programa de ningún partido. Esta opción no sólo es legítima, sino también moralmente buena.

El dilema moral es pequeño, además, porque la moral del cristiano en política abarca un campo muchísimo más vasto que el día de ir a votar, y el criterio moral de intervención en toda la realidad social es el del bien común, no el del interés general de la mayoría. El cristiano quiere el bien de todos, y lo busca haciendo el bien. Tras el 26 – J el cristiano seguirá procurando el bien, haciendo por entenderse y por colaborar con todo partido, gobierno y creyente o no creyente, siempre que se mueva en el marco del bien común.

Y, por supuesto, el cristiano seguirá realizando acciones responsables el 27-J, el 28-J y cada día, pidiendo a Dios que cada ciudadano y, en particular, los que tienen la responsabilidad de servir a todos, lo hagan desde el criterio del bien común.

 

 

 

Grupo AREÓPAGO

El sueño de Europa

europa

En el lenguaje y  pensamiento social, ideología y utopía son dos términos que expresan constructos sociopolíticos frecuentemente contrapuestos, y muy presentes en el debate político desde la ambigüedad que les caracteriza. Sin entrar en valoraciones y prescindiendo de las múltiples patologías derivadas de su aplicación práctica, hoy se puede afirmar, que las dos son necesarias y muchas veces complementarias. La ideología, como producto social capaz de crear identidad, y fundamental para la convivencia desde la triple función que se le asigna, integrar, legitimar y estabilizar. Y la utopía como impulsora de la ideología cuando esta se anquilosa y momifica haciendo enfermar el tejido social.

Desde estas perspectivas podemos asegurar que la Europa actual vive en una situación de encrucijada. Aquel proyecto europeo de “solidaridad de hecho” con el que soñaron sus  padres (Declaración Schuman 1950) ha desaparecido de su memoria histórica. La peor muestra de su ideología (la Europa de los mercaderes) se ha significado con toda su crudeza en el asunto de los refugiados. Y es desde esta encrucijada desde donde el Papa Francisco, en su discurso al recibir el Premio Carlomagno, se ha permitido soñar: “Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía”.

Europa, en su recorrido histórico de los últimos tiempos, ha ido soltando por el camino importantes dimensiones de su proyecto originario: sus raíces cristianas, su cultura humanista; el equilibrio entre el norte rico y el sur que languidece, entre zonas rurales subdesarrolladas y zonas superpobladas e industrializadas, entre lo que desean acoger la inmigración y entre los que la rechazan…

Ante esta “Europa anciana” que ha vendido su alma a la ideología del dinero y de la eficacia, y delante de sus gobernantes, el Papa ha planteado sus sueños. Sueños con la mirada puesta en los que vienen en busca de acogida, para que el ser emigrante no sea un delito; en los enfermos y ancianos para que no sean objetos de descarte; en los jóvenes para que puedan respirar el aire limpio de la honestidad;a favor de políticas familiares centradas más en los rostros que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes…En fin, sueños cargados de esperanza para “ayudar al renacer de una Europa cansada, pero todavía rica de energías y de potencialidades”.

Grupo Areópago

Vídeo

Reflexionando sobre la Ideología de Género

La belleza del amor

amor

A. Marina en su “Diccionario de los sentimientos” hace una disección psicolingüística e histórica, rica y atrevida, de los sentimientos. En uno de sus capítulos señala que “el amor es el arquetipo sentimental por antonomasia”, pero asegura que “es ante todo un lío”, por las “ideas contradictorias” que los humanos parecemos tener sobre él. Seguramente no le falta razón. Hoy día la palabra amor y las expresiones que genera en el lenguaje cotidiano se ha trivializado, manoseado, degradado o cubierto de tan falsos pudores, que es muy difícil reconocerlo en su auténtico sentido, en su valor y profundidad humana. En esta postmodernidad líquida en que estamos sumidos es muy frecuente confundir amor con amoríos y juego, autoestima con egoísmo encubierto, o respeto con indiferencia.

Tal vez, por eso, y seguramente por mucho más, el Papa Francisco en su exhortación “Amoris laetitia” ha querido dotarlo de todo el sentido de plenitud humana y divina que atesora y lo ha valorizado y embellecido hasta el extremo de convertirlo en la idea central del documento. El mismo lo señala en su introducción.

Mucho se ha hablado sobre la familia y las familias, tanto en ámbitos eclesiales como civiles, desde que el Papa convocó los respectivos Sínodos para reflexionar sobre ella. El ruido mediático se ha esforzado en convertir cuestiones accidentales en esenciales y acentuar lo que es átono, desenfocando su problemática según intereses particulares. Sin duda, son muchos e importantes los problemas que afectan hoy a la familia, primera estructura social de acogida, “lugar primario de humanización de la persona y la sociedad”. Pero los que más inciden y propician la crisis que la afecta son todos aquellos que la desestructuran  como “comunidad de amor”, propiciada por lo que algunos llaman “cultura del yo” o de “vivencias”.

De ahí, que la llamada del Papa Francisco a “La alegría del amor”, como tarea permanente para las familias, sea también una llamada de atención a una sociedad donde la obsesión por el disfrute inmediato de la intimidad y la búsqueda sin freno de vivencias y placeres se han convertido en valores sociales dominantes  que, a largo plazo, sólo producen insatisfacción e infelicidad. “El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme”, son palabras que reafirman el profundo significado de una palabra tan degradada.

Luciano Soto

Grupo Areópago