Archivo mensual: enero 2016

Nueva política

congreso diputados“Queremos hacer  una nueva política”,  “estamos por el cambio”: son los mensajes que suenan con más fuerza en el nuevo escenario político de nuestro país. Una mirada analítica a la historia de las ideas políticas nos confirma  que plantear en política como ideal lo nuevo y lo viejo es una idea caduca, pues lo que importa, o debiera importar, es hacer “buena política”,  asumiendo como referente básico el principio del bien común. Igual sucede con la idea del “cambio”: ¿hacia qué o hacia dónde? No todos los cambios en la vida y en la historia son o han sido realizados desde y para este referente básico. Y es en este caminar por los senderos de la buena política en donde hay que situar la actividad más importante de nuestros políticos en estos momentos: el pacto o los pactos a los que inevitablemente nos lleva el resultado de las últimas elecciones. Pactar forma parte de la esencia de la política, pero ha de ser el bien común su principio orientador. Cuando los pactos giran alrededor de estrategias de partido, de cálculos electoralistas, de confrontación para eliminar al contrario…, se sitúan más en el marco de la  lucha por el poder que en el de la buena política. Los pactos que demanda el pueblo soberano en estos momentos exigen proyectos consensuados que tiendan a regenerar la democracia y a solucionar los graves problemas sociales que acucian a amplias capas sociales de nuestro país. La percepción que se tiene en este momento es que los pactos se están orientando más en la dirección primera que en la segunda. Se situarán, pues, en la esfera de la nueva política, pero no en la de la buena política. Hay dimensiones esenciales de la vida  cotidiana de las personas que  constituyen el objetivo principal de la política por lo que su ausencia de los pactos derivaría en clara perversión política, expresión significativa de una crisis profunda de nuestra democracia. El mundo del trabajo, de la familia, de la educación, de la sanidad…, sin obviar por supuesto otros temas relevantes como la territorialidad del Estado, en forma de proyectos, han de ser prioritarios para forjar unos pactos que hoy por hoy  no se vislumbran.  

Grupo AREÓPAGO

Nueva política

congreso diputados“Queremos hacer  una nueva política”,  “estamos por el cambio”: son los mensajes que suenan con más fuerza en el nuevo escenario político de nuestro país. Una mirada analítica a la historia de las ideas políticas nos confirma  que plantear en política como ideal lo nuevo y lo viejo es una idea caduca, pues lo que importa, o debiera importar, es hacer “buena política”,  asumiendo como referente básico el principio del bien común. Igual sucede con la idea del “cambio”: ¿hacia qué o hacia dónde? No todos los cambios en la vida y en la historia son o han sido realizados desde y para este referente básico.

Y es en este caminar por los senderos de la buena política en donde hay que situar la actividad más importante de nuestros políticos en estos momentos: el pacto o los pactos a los que inevitablemente nos lleva el resultado de las últimas elecciones. Pactar forma parte de la esencia de la política, pero ha de ser el bien común su principio orientador. Cuando los pactos giran alrededor de estrategias de partido, de cálculos electoralistas, de confrontación para eliminar al contrario…, se sitúan más en el marco de la  lucha por el poder que en el de la buena política. Los pactos que demanda el pueblo soberano en estos momentos exigen proyectos consensuados que tiendan a regenerar la democracia y a solucionar los graves problemas sociales que acucian a amplias capas sociales de nuestro país. La percepción que se tiene en este momento es que los pactos se están orientando más en la dirección primera que en la segunda. Se situarán, pues, en la esfera de la nueva política, pero no en la de la buena política.

Hay dimensiones esenciales de la vida  cotidiana de las personas que  constituyen el objetivo principal de la política por lo que su ausencia de los pactos derivaría en clara perversión política, expresión significativa de una crisis profunda de nuestra democracia. El mundo del trabajo, de la familia, de la educación, de la sanidad…, sin obviar por supuesto otros temas relevantes como la territorialidad del Estado, en forma de proyectos, han de ser prioritarios para forjar unos pactos que hoy por hoy  no se vislumbran.

 

Grupo AREÓPAGO


Cuando #lomalo vence

periodistas Hagan un ejercicio práctico. Abran un periódico de edición impresa o digital. Cualquier periódico, y cualquier día. Cuenten las noticias que hay. Presten atención a las noticias que tienen carácter positivo y cuáles negativo. Cuántas reflejan informaciones de hechos que podríamos denominar buenos y cuántas informan de acontecimientos tristes y negativos.  O sintonicen un informativo de televisión o radiofónico, pongan atención a los titulares. Cuántos positivos y cuántos negativos. El resultado será el mismo en los medios escritos que en los audiovisuales. El 90% de la información que recogen los medios de comunicación son historias de acontecimientos negativos. Lo bueno ocupa menos espacio. Los acontecimientos que hablan de esperanza, de vida o de valores positivos son poco o nada atractivos para las redacciones. Los grandes titulares son para los “malos”, los “buenos” se quedan en las curiosidades, en las páginas finales o en la contraportada o cierre. Lo “bueno” llega a ser hasta curioso. Dentro de un panorama de delitos, corrupción, muertes, tragedias y escándalos que surja una noticia en positivo resulta hasta “especial”. “Lo bueno” nos devuelve en muchos casos la sensibilidad por el otro, y aquello de que no “todo el mundo es malo”. Los medios de comunicación influyen en nosotros, en nuestras opiniones y hasta en nuestra forma de pensar. Se suele decir que ofrecen lo que nosotros queremos escuchar, leer o ver. La noticia es poder, un poder que saca a la luz lo que interesa y silencia lo que no se quiere dar a conocer. Lo que es noticia existe, y lo que no es, es como si no existiera. Sólo “lo malo” vende; atrae lo escandaloso; impacta lo más amarillo. Es una excelente fórmula mediática que tiene bastante éxito. Cada día se producen más noticias buenas que malas, lo único es que “lo malo” sobresale y por lo tanto es lo que más se conoce. Y si se conoce, existe. Los medios de comunicación deberían apostar por ofrecer más historias positivas, que nos enseñen valores y actitudes que sean ejemplo para todos nosotros y que demuestren que el bien se impone al mal, aunque este último gane la batalla mediática. La celebración de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas, nos puede dar esperanza para lograr este objetivo.  

Grupo AREÓPAGO

Cuando #lomalo vence

periodistas

Hagan un ejercicio práctico. Abran un periódico de edición impresa o digital. Cualquier periódico, y cualquier día. Cuenten las noticias que hay. Presten atención a las noticias que tienen carácter positivo y cuáles negativo. Cuántas reflejan informaciones de hechos que podríamos denominar buenos y cuántas informan de acontecimientos tristes y negativos.  O sintonicen un informativo de televisión o radiofónico, pongan atención a los titulares. Cuántos positivos y cuántos negativos. El resultado será el mismo en los medios escritos que en los audiovisuales. El 90% de la información que recogen los medios de comunicación son historias de acontecimientos negativos. Lo bueno ocupa menos espacio.

Los acontecimientos que hablan de esperanza, de vida o de valores positivos son poco o nada atractivos para las redacciones. Los grandes titulares son para los “malos”, los “buenos” se quedan en las curiosidades, en las páginas finales o en la contraportada o cierre. Lo “bueno” llega a ser hasta curioso. Dentro de un panorama de delitos, corrupción, muertes, tragedias y escándalos que surja una noticia en positivo resulta hasta “especial”. “Lo bueno” nos devuelve en muchos casos la sensibilidad por el otro, y aquello de que no “todo el mundo es malo”.

Los medios de comunicación influyen en nosotros, en nuestras opiniones y hasta en nuestra forma de pensar. Se suele decir que ofrecen lo que nosotros queremos escuchar, leer o ver. La noticia es poder, un poder que saca a la luz lo que interesa y silencia lo que no se quiere dar a conocer. Lo que es noticia existe, y lo que no es, es como si no existiera.

Sólo “lo malo” vende; atrae lo escandaloso; impacta lo más amarillo. Es una excelente fórmula mediática que tiene bastante éxito. Cada día se producen más noticias buenas que malas, lo único es que “lo malo” sobresale y por lo tanto es lo que más se conoce. Y si se conoce, existe.

Los medios de comunicación deberían apostar por ofrecer más historias positivas, que nos enseñen valores y actitudes que sean ejemplo para todos nosotros y que demuestren que el bien se impone al mal, aunque este último gane la batalla mediática. La celebración de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas, nos puede dar esperanza para lograr este objetivo.

 

Grupo AREÓPAGO


Ciudadanía no, ¡Personas!

personas

En el lenguaje político (y, cada vez con mayor frecuencia, también en el jurídico) se ha extendido en los últimos años el empleo de la palabra “ciudadanía” para referirse al conjunto de personas que forman parte de la sociedad. Especialmente se hace uso de la misma para referirse a los electores. De este modo, los dirigentes políticos se autoatribuyen el poder de interpretar, como si de un bloque unánime se tratara, el sentido del voto y, peor aún, la voluntad de los votantes.

Así se ha podido apreciar, con enorme claridad, en el debate mantenido entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, tras el acuerdo para la formación de la Mesa del Congreso, durante el cual el primero, claramente enojado, afirma que “eso no es lo que quería la gente cuando ha votado” y que “en las próximas elecciones la gente no se va a olvidar de esto”. Al hablar así actúa como intérprete máximo y único de la voluntad de todos los votantes, desprecia la representatividad que implica todo mandato político en un Estado democrático en relación con cada uno de los miembros del Parlamento y excluye el diálogo con las fuerzas políticas que no coincidan con sus planteamientos.

Sólo cada persona sabe las razones de su voto y la finalidad por ella buscada con el mismo. A los elegidos les corresponde gestionar adecuadamente los resultados de las elecciones buscando, en todo, el bien común.

Estamos ante una clara muestra de la despersonalización del ser humano, en este caso en su condición de miembro de una comunidad política. Y, despersonalizado, es fácilmente manipulable como miembro anónimo de la masa. Es la versión 2.0  del despotismo ilustrado, del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”: dado que la ciudadanía, la gente, las masas no son capaces de saber lo que más les conviene, corresponde a los dirigentes políticos decidir por ellos, sustituyendo su voluntad y su individualidad.

Los ciudadanos, las personas, hemos de ser capaces de reivindicar la singularidad de cada ser humano, que es único e irrepetible, en todas las dimensiones de la vida. También en la política.

 

Grupo Areópago


Instituciones políticas y diálogo

 

elecciones

Los resultados electorales al Parlamento de nuestro país, al igual que ocurriera con el Parlamento de Cataluña, nos presentan un panorama político cargado de incertidumbres. Es obvio que el bipartidismo en el que se ha cimentado la vida política española desde la Transición, dando seguridad y estabilidad al sistema, ha muerto. El pluralismo sociocultural de nuestra sociedad ha propiciado un nuevo territorio político, fragmentado y de complicada lectura. Necesitamos, pues, salir de la situación acomodada en que vivíamos y echar mano de una pedagogía más creativa y dialógica.

Las Instituciones que conforman la vida democrática de un país son necesarias, por no decir imprescindibles. Pero cuando estas instituciones no sirven para los fines para lo que fueron creadas, o por intereses particulares se separan de ellos, entran en proceso de descomposición. En estos últimos tiempos muchas instituciones fundamentales para el buen funcionamiento de un estado democrático, como son los partidos políticos, o el poder judicial, los sindicatos y asociaciones empresariales,… están siendo cuestionadas por estas razones. Las últimas encuestas del CIS nos lo confirman. La partitocracia, la corrupción y el clientelismo no se alejan mucho de sus causas.

El conocer de dónde venimos para actuar sobre el presente e impulsar el futuro es un camino pedagógico adecuado para entablar relaciones con la realidad. Una mirada reflexiva sobre el pasado nos enseña que las instituciones sociopolíticas son un cauce fundamental para conseguir estabilidad en un mundo cambiante y plural y para promover reformas que el dinamismo de nuestra sociedad demanda; y, por otra parte, que son importantes instrumentos del Estado si sirven al bien común de los ciudadanos. Dicha mirada nos ayuda a comprender, también, que no son las instituciones sino las personas que las dirigen o coordinan, los ocupantes de los cargos, a las que hay que pedir responsabilidades.

En la actual situación política se impone el diálogo ético. Pero dialogar no es “hacer ruido”, es saber hablar y saber escuchar. Cuando el lenguaje se transforma en voces altisonantes, muy común en tertulias radiofónicas y televisivas, se le vacía de contenido; y cuando se le convierte en mercancía se transforma en publicidad engañosa, muy propia de nuestros políticos. Nuestra situación política actual pasa necesariamente por una actitud de búsqueda creativa y una ética política del consenso a favor del bien común.

Grupo Areópago

 


“Gilead” de Marilynne Robinson

Marilynne RobinsonLa experiencia de la fe sencilla

Lo primero que se va a encontrar el lector es con un relato espléndidamente escrito. La habilidad de la autora para introducirnos en el alma del protagonista, su manejo del lenguaje, de los tiempos de la historia, del nivel progresivo de las confidencias… todo esto hace que este libro sea una experiencia deliciosa de lectura. La historia se desarrolla en torno a un anciano pastor metodista que dirige una comunidad en un perdido pueblo en Iowa (Estados Unidos). El protagonista siente cercana la hora de su muerte y escribe una larga carta a su hijo de siete años para que pueda leerla cuando sea mayor y él ya no esté. La sencillez y profundidad de la fe del reverendo se van descubriendo a lo largo de las experiencias pasadas que va recordando y los hechos diarios que ocurren mientras va escribiendo la carta. En la vivencia de los hechos cotidianos se va fraguando la experiencia del amor de Dios y del pecado del ser humano, encarnándose en una vida sencilla y concreta. Leida desde un punto de vista católico, como es mi caso, la obra adquiere una interesante perspectiva, quizá lejos de la intención de la autora pero que considero que puede ser muy valiosa. Me refiero a su valor como instrumento de un diálogo ecuménico. Muchas veces el diálogo entre confesiones cristianas se plantea desde el intercambio de posiciones doctrinales y teológicas, sin embargo este libro nos ofrece la oportunidad de dialogar sobre la experiencia religiosa de un alma sencilla, que nos hará sentirnos más hermanos y avivar el deseo de unidad. La experiencia del protagonista presenta indudables analogías, por un lado, y discrepancias, por otro, con lo que podría haber sido una situación similar vivida por un sacerdote católico. Cuestiones como los sacramentos, el celibato, la autoridad… serían claramente muy diferentes,  sin embargo, creo que forman más parte del decorado que del meollo de la historia. El punto sobre el que pivota el núcleo de la historia es la vida interior, la oración, la acción de la gracia y la libertad del ser humano. Entre muchos puntos en común parece que surge realmente una discrepancia: el tema de la predestinación. El protagonista tiene experiencia de lo que es el perdón: “(…) ser perdonado constituye solo la mitad del don. La otra mitad es que también nosotros podemos perdonar, restituir y liberar y, por tanto, sentir la voluntad de Dios obrar a través de nosotros, lo cual constituye la gran restitución de nosotros a nosotros mismos“, sin embargo queda sin respuesta clara sobre el tema de la predestinación cuando le preguntan “¿Hay personas que, simplemente, nacen malas, llevan una mala vida y, al final, van al infierno?“, y finalmente su interlocutor concluye “Entonces la gente no cambia“. Su esposa, con una inteligencia mucho más intuitiva lo resuelve mejor: “Una persona puede cambiar. Todo puede cambiar“. El protagonista parece finalmente sumarse a esta tesis con su bendición final. Vale la pena apuntar aquí que la doctrina católica reconoce la predestinación positiva: Dios elige a alguien para una misión y le prepara de forma especial para ella, el caso más relevante y clarificador es la Virgen María; sin embargo no acepta la predestinación negativa, porque todos los seres humanos están llamados a la salvación. Es llamativo que la vivencia de los protagonistas sobre el punto de mayor discrepancia se convierte a su vez en un punto de encuentro. A esto me refiero con el valor de esta historia como instrumento de diálogo, como si dos hermanos regañados descubrieran de pronto un gesto familiar que los une. Marilyne Robinson fue galardonada, entre otros, con el National Book Critic Circles Award en 2004, el premio Pulitzer en 2005, y en 2010 fue elegida miembro de la American Academy of Arts and Sciences. La entrada “Gilead” de Marilynne Robinson aparece primero en Ediciones Trébedes.

“Gilead” de Marilynne Robinson

Marilynne RobinsonLa experiencia de la fe sencilla

Lo primero que se va a encontrar el lector es con un relato espléndidamente escrito. La habilidad de la autora para introducirnos en el alma del protagonista, su manejo del lenguaje, de los tiempos de la historia, del nivel progresivo de las confidencias… todo esto hace que este libro sea una experiencia deliciosa de lectura.

La historia se desarrolla en torno a un anciano pastor metodista que dirige una comunidad en un perdido pueblo en Iowa (Estados Unidos). El protagonista siente cercana la hora de su muerte y escribe una larga carta a su hijo de siete años para que pueda leerla cuando sea mayor y él ya no esté.

La sencillez y profundidad de la fe del reverendo se van descubriendo a lo largo de las experiencias pasadas que va recordando y los hechos diarios que ocurren mientras va escribiendo la carta. En la vivencia de los hechos cotidianos se va fraguando la experiencia del amor de Dios y del pecado del ser humano, encarnándose en una vida sencilla y concreta.

Leida desde un punto de vista católico, como es mi caso, la obra adquiere una interesante perspectiva, quizá lejos de la intención de la autora pero que considero que puede ser muy valiosa. Me refiero a su valor como instrumento de un diálogo ecuménico. Muchas veces el diálogo entre confesiones cristianas se plantea desde el intercambio de posiciones doctrinales y teológicas, sin embargo este libro nos ofrece la oportunidad de dialogar sobre la experiencia religiosa de un alma sencilla, que nos hará sentirnos más hermanos y avivar el deseo de unidad.

La experiencia del protagonista presenta indudables analogías, por un lado, y discrepancias, por otro, con lo que podría haber sido una situación similar vivida por un sacerdote católico. Cuestiones como los sacramentos, el celibato, la autoridad… serían claramente muy diferentes,  sin embargo, creo que forman más parte del decorado que del meollo de la historia. El punto sobre el que pivota el núcleo de la historia es la vida interior, la oración, la acción de la gracia y la libertad del ser humano. Entre muchos puntos en común parece que surge realmente una discrepancia: el tema de la predestinación.

El protagonista tiene experiencia de lo que es el perdón: “(…) ser perdonado constituye solo la mitad del don. La otra mitad es que también nosotros podemos perdonar, restituir y liberar y, por tanto, sentir la voluntad de Dios obrar a través de nosotros, lo cual constituye la gran restitución de nosotros a nosotros mismos“, sin embargo queda sin respuesta clara sobre el tema de la predestinación cuando le preguntan “¿Hay personas que, simplemente, nacen malas, llevan una mala vida y, al final, van al infierno?“, y finalmente su interlocutor concluye “Entonces la gente no cambia“. Su esposa, con una inteligencia mucho más intuitiva lo resuelve mejor: “Una persona puede cambiar. Todo puede cambiar“. El protagonista parece finalmente sumarse a esta tesis con su bendición final.

Vale la pena apuntar aquí que la doctrina católica reconoce la predestinación positiva: Dios elige a alguien para una misión y le prepara de forma especial para ella, el caso más relevante y clarificador es la Virgen María; sin embargo no acepta la predestinación negativa, porque todos los seres humanos están llamados a la salvación. Es llamativo que la vivencia de los protagonistas sobre el punto de mayor discrepancia se convierte a su vez en un punto de encuentro. A esto me refiero con el valor de esta historia como instrumento de diálogo, como si dos hermanos regañados descubrieran de pronto un gesto familiar que los une.

Marilyne Robinson fue galardonada, entre otros, con el National Book Critic Circles Award en 2004, el premio Pulitzer en 2005, y en 2010 fue elegida miembro de la American Academy of Arts and Sciences.

La entrada “Gilead” de Marilynne Robinson aparece primero en Ediciones Trébedes.

No todo vale

periodicos

La deontología profesional periodística se basa en dos principios fundamentales: la responsabilidad social y la veracidad. Dos principios que, lamentablemente, muchos medios de comunicación y no pocos periodistas han perdido o han olvidado, como se pone de manifiesto en multitud de informaciones que se publican y que se expanden como la pólvora entre las redes sociales. Estos días varios medios de comunicación, ajenos a la veracidad y sin contrastar con la fuente la información,  han distorsionando,  “barriendo para sus intereses ideológicos”, unas palabras del arzobispo de Toledo, don Braulio Rodríguez, con el único propósito de generar polémica. Las han sacado de su contexto, buscando un jugoso titular para criticar al prelado y, con ello, a la Iglesia, que siempre está en el punto de mira y a cuyos miembros se trata sin ningún tipo de respeto.

Don Braulio, en la homilía pronunciada el domingo 27 de diciembre de 2015, Festividad de la Sagrada Familia (publicada en Padre Nuestro y en la web del Arzobispado de Toledo) afirmaba en relación a la violencia de género que “la mayor parte de las mujeres que mueren lo son por sus maridos que no las aceptan, las rechazan por no aceptar tal vez sus imposiciones; o por su expareja, o también por el que convivía con ella; frecuentemente la reacción machista tiene su origen en que ella ha pedido la separación. Estupendo que esas mujeres amenazadas lo digan y haya posibilidad de evitar el crimen con nuevos mecanismos de alerta. Pero el problema serio radica en que en esas parejas no ha habido verdadero matrimonio”. Palabras claras y sencillas de entender, que eran continuación de una reflexión previa sobre la necesidad de cambiar los corazones como única medida verdaderamente eficaz para combatir este mal.

Sin embargo, algunos medios de comunicación, buscando sus intereses particulares, no han terminado de comprender lo que ha dicho el arzobispo y han tergiversado la información. Estos medios han destacado párrafos sueltos fuera del contexto y han cambiado el orden de los párrafos de la homilía, sin tener en cuenta ningún tipo de orden lógico ni argumental y dando el sentido que les interesaba conseguir para generar confusión y polémica. Todo ello con un único objetivo: hacer daño a la Iglesia. No interesa transmitir la verdad de las palabras del Arzobispo, que denuncia lo poco que se hace ante estos terribles acontecimientos.

La veracidad, el rigor y la objetividad han dejado de estar presentes en algunos ámbitos periodísticos para dar paso, cada vez con mayor protagonismo, a la mentira, a la subjetividad y a las malas y falsas interpretaciones.

En el periodismo no todo vale con tal de hacer críticas que generan falsas opiniones. En el periodismo no todo vale con tal de conseguir visitas a la web, vender más periódicos y tener más audiencia. En el periodismo no todo vale con tal de herir a la Iglesia, distorsionando lo que no se ha dicho ni pensado. Sin la verdad no es posible el diálogo. No todo vale.

Grupo Areópago

 

Por interés publicamos el enlace de la homilía de Don Braulio:http://www.architoledo.org/Arzobispo%20don%20Braulio/2015/12%2027%20homilia%20sagrada%20familia.htm

Y el enlace a lo que publicaban algunos medios:

http://politica.elpais.com/politica/2016/01/04/actualidad/1451919164_061299.html

http://www.periodicoclm.es/articulo/sociedad/arzobispo-toledo-vincula-reaccion-machista-mujer-pida-divorcio/20160104102719004135.html?src=tpu