Archivo mensual: junio 2006

“El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad

La fascinación de la abominación

conrad1Josehp Conrad (1857-1924), marino y escritor, publicó esta novela en 1902, reflejando en el argumento no pocas experiencias personales de su vida marinera. Sin embargo, la calidad de este breve relato no está en los detalles de marinería, sino en un lenguaje cautivador y envolvente, un argumento desarrollado con plena tensión drámatica y un mensaje profundo que toca y conmueve el corazón del lector.

Antes de leer este libro, uno puede pensar que la civilización es un fruto del hombre occidental, y allí donde vaya, sea como explorador, conquistador o comerciante, la civilización se proyectará a su paso como su sombra. Sin embargo, el testimonio de Conrad nos muestra una perspectiva distinta: el hombre occidental es fruto de su civilización, y si se le aparta de ella corre el peligro de convertirse en el peor de los salvajes.

Marlow, el protagonista del relato, descubre en la selva una fuerza brutal en la que “la tierra parecía algo no terrenal. Estamos acostumbrados a verla bajo la forma encadenada de un monstruo dominado, pero allí, allí podías ver algo monstruoso y libre. No era terrenal, y los hombres eran… No, no eran inhumanos. Bueno, sabéis, eso era lo peor de todo: esa sospecha de que no fueran inhumanos”. Este es el punto en que el lector se siente profundamente interpelado, cuando Marlow escucha las danzas alocadas de los indígenas: “lo que estremecía era pensar en su humanidad (como la de uno mismo), pensar en el remoto parentesco de uno con ese salvaje y apasionado alboroto”.

Kurtz, el segundo personaje sobre el que se apoya la novela, es un agente comercial que, perdido en la soledad de la selva buscando marfil, ha sucumbido a “la fascinación de lo abominable”. La selva “le había susurrado cosas acerca de sí mismo que desconocía, cosas de las que no tenía idea hasta que no oyó el consejo de esa enorme soledad; y el susurro había resultado irresistiblemente fascinante. Resonó fuertemente dentro de él porque su corazón estaba hueco”.

Quizá los teólogos tendrían que buscar en esta novela argumentos para reformular las raíces de la concupisciencia. Ésta es la historia de los hombres que, ante la experiencia de la soledad, se lanzan por el precipicio de la abominación presas de su propio vértigo. Lo más inquietante es, quizá, que nuestro estilo de vida es, cada vez más, una fábrica de solitarios. Marlow dice sobre Kurtz: “su alma estaba loca. Al encontrarse sola en la selva había mirado dentro de sí misma y, ¡santo cielo!, os lo aseguro, se había vuelto loca”.

Kurtz grita, en un grito que a la vez es un susurro: “¡El horror! ¡El horror!” Ese es el resumen de su experiencia, un horror que le espanta y que al mismo tiempo le atrae con una fuerza incontenible. La visión de la realidad humana en el espejo de la soledad, resulta repugnante e insoportable. El autor, en un tono derrotista, da a entender que sólo la civilización, en lo que tiene de artificio, nos salva de este callejón sin salida. Marlow, por una parte, admira a Kurtz, por su valor al enfrentarse a su propia miseria, pero por otro lado, sus conclusiones le aterran. Decide destacar lo admirable de su memoria, olvidando los aspectos más despreciables. Así cobra sentido la escena final del libro. El propio protagonista la describe como: “Al final conjuré el fantasma de su talento con una mentira”.

Esta novela, escrita en los albores del siglo XX, tuvo una gran influencia en la literatura posterior. Sin duda, el hombre que tuvo (y tiene) la experiencia (como víctima y como autor) de los grandes horrores del siglo pasado (las muertes masivas de la I Guerra Mundial, los campos de concentración, el Gulag, las bombas atómicas, el exterminio fraticida de Camboya, etc, etc, etc) se ve claramente reflejado en la dramática experiencia de este libro.

Una reflexión interesante, que queda pendiente tras su lectura, es si sus conclusiones son acertadas y el artificio civilizador es lo bastante fuerte como para contener el atractivo del horror. Decía Baudelaire que “la civilización verdadera (…) no está en el gas, ni en el vapor, (…) sino en la disminución de la huella del pecado original”. Creo que vale la pena, en un mundo deslumbrado por los prodigios de la técnica, perder algo de tiempo pensando sobre esto, y valorar adecuadamente el progreso de nuestra civilización.

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“La verdad de las mentiras” de Mario Vargas Llosa

El arte como evasión

vargasllEste libro, publicado en 2002, es una colección de comentarios de Vargas Llosa a novelas importantes del siglo XX. Las 35 novelas seleccionadas no son las mejores, ni las más representativas, pero si dan un panorama interesante de la narrativa de todo el siglo, al menos de sus dos primeros tercios, porque los últimos veinte o treinta años están muy poco representados. Puede ser una buena guía de selección de obras para quien quiera recorrer el camino de la narrativa durante el siglo pasado.

La colección de comentarios viene custodiada por dos artículos de Vargas Llosa en que profundiza sobre el sentido del arte y la literatura. Estos dos ensayos, titulados “La verdad de las mentiras” y “La literatura y la vida”, describen muy bien el concepto estético de Vargas Llosa y el sentido que él da a la tarea literaria.

Para Vargas Llosas la literatura es un artificio evasivo. La realidad es desagradable y el ser humano, para sobrevivir en este mundo inhabitable, inventa mundos ficticios, mentiras con apariencia de verdades, en los que sumergirse. La habilidad del autor literario será introducir al lector en un mundo falso, pero que parezca cierto, y hermoso. “La literatura sólo apacigua momentáneamente esa insatisfacción vital, pero, en ese milagroso intervalo, en esa suspensión provisional de la vida en que nos asume la ilusión literaria, somos otros“.

Este concepto evasivo del arte atraviesa todos los comentarios, en los que Vargas Llosa va descubriendo la habilidad de los autores para crear mundos falsos que ilusionan (en un sentido ambigüo del término) a sus entregados lectores. Como ejemplo, comentando “La señora Dolloway” de Virginia Woolf, escribe: “.. el mundo real ha sido rehecho y perfeccionado de tal manera por el genio deicida del creador que todo en él es bello, incluido lo que en la deleznable realidad objetiva tenemos por sucio y por feo“.

Mi opinión es que Vargas Llosa está totalmente equivocado este punto. Para empezar, no creo en la hipótesis de que la realidad sea deleznable. La realidad es misteriosa y paradójica, y debemos profundizar en lo que se nos impone como aparente para saber si es o no real. Lo que aparentemente es bello o repugnante, puede ser en realidad todo lo contrario para una mirada que sea capaz de ver la verdad profunda de las cosas.

Esa es la misión del artista, seleccionar aquellos elementos de la apariencia que considere oportunos, recomponerlos, y mostrarnos con ellos una historia que nos descubra la verdad escondida. Si esa verdad es reconocida por nuestros sentidos más profundos, nacerá un sentimiento estético, que llamamos belleza, y valoraremos ese trabajo como una obra de arte.

Parafraseando al propio Vargas Llosa, sería más exacto y oportuno decir que, en la obra de arte, el mundo real ha sido rehecho y perfeccionado de tal manera por el genio divino del que participa el creador literario, que todo en él es bello, incluido lo que en la aparente realidad objetiva tenemos por sucio y feo.

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